En algún momento del proceso evolutivo humano, individuos arcaicos pertenecientes al género Homo abandonaron el continente africano y llegaron hasta Asia y Europa. Algunos, como el Homo erectus, vivieron en China y la isla de Java. Otros, doblaron hacia Europa y allí evolucionaron para dar origen a lo que hoy se conoce como el “hombre de neandertal”, nombre que se deriva del “esqueleto tipo” que se descubrió en 1856 en el Valle de Neander, (Alemania). Los neandertales vivieron en tierras europeas durante 200.000 años, para desaparecer misteriosamente hace apenas 28.000 años, un parpadeo en la escala geológica del tiempo.

Hasta hace algunos años se había imaginado a los neandertales como seres brutales y simiescos que eran incapaces de caminar erguidos, que no tenían ninguna relación genética con nosotros e inclusive, se suponía que cargaban con una especie de minusvalía intelectual que los alejaba definitivamente de nuestro particular camino evolutivo.

Pero la ciencia de la paleoantropología ha venido desvirtuando tan parcializada concepción. Los hombres neandertales tenían una fuerte estructura muscular, sus cuerpos presentaban estaturas promedio de 1,60 metros para el sexo femenino y 1,70 metros para el masculino, y un volumen cerebral de 1.500 centímetros cúbicos. Su particular configuración corporal es el reflejo de la adaptación a las duras condiciones climáticas del continente europeo, que en esa época vivía bajo una de las eras glaciales. Los neandertales evolucionaron en condiciones de aislamiento genético y geográfico, fenómeno que se conoce en biología con el nombre de endemismo.

Estos humanos eran además hábiles recolectores de productos vegetales, cazadores y carroñeros. Fabricaban diversos útiles de piedra muy refinados (lo que implicaba una gran capacidad de abstracción), usaban el fuego, adornaban sus cuerpos, cuidaban de los ancianos y de los impedidos, enterraban a sus muertos y posiblemente practicaban algún tipo de rito funerario. Todo esto exigía el uso de un lenguaje articulado, complicadas interacciones sociales y la posesión de unas capacidades cognitivas que se pueden calificar de humanas.

Hace poco el arqueólogo portugués, Joáo Zilháo, de la Universidad de Bristol, presentó unas conchas con restos de pigmentos halladas en dos yacimientos españoles con una antigüedad de 50.000 años, es decir, unos 10.000 años antes de la llegada de los Homo sapiens modernos a Europa. Además de las referidas conchas, también se encontró un hueso de caballo de morfología alargada que podría haber servido para mezclar el pigmento, o para aplicarlo en el cuerpo, o bien para perforar una piel teñida. Parece que los neandertales pintaban sus caras y que las conchas fueron utilizadas a manera de paletas de pintura. Para Zilháo los neandertales y los humanos modernos no representan dos especies distintas, a pesar de sus diferencias anatómicas, y tampoco mostraban diferencias cognitivas respecto de nosotros. Para el científico de la Universidad de Bristol “la emergencia del comportamiento humano se produjo por una lenta y quizás intermitente acumulación de conocimientos que, paralelamente al incremento en la densidad de población dio lugar a la aparición de sistemas de identificación social”.

Pero no son menos espectaculares los hallazgos que ha brindado la genética molecular. La investigación de Svante Pääbo del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig, le ha permitido concluir que el 4% del ADN de los humanos modernos que no viven en África, procede de los neandertales como consecuencia del entrecruzamiento de ellos con los primeros humanos anatómicamente modernos. Pääbo ha completado la secuenciación del 60% del genoma neandertal, para lo cual ha empleado material genético obtenido de tres fósiles de 38.000 años de antigüedad hallados en Croacia.

El hallazgo desvirtúa la teoría que supone que durante la expansión del Homo sapiens hacia otros continentes, éste no se mezcló genéticamente con los humanos arcaicos que iba hallando en su camino. El encuentro de intimidad que produjo la hibridación pudo haber ocurrido en el Próximo Oriente hace entre 50.000 y 80.000 años, pero el ADN neandertal que portamos no parece codificar ninguna rasgo de importancia desde el punto de vista funcional.

La próxima vez que te mires al espejo, recuerda que hemos sido creados a imagen y semejanza de las estrictas fuerzas que impulsan la selección natural.

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