La muerte de Mandela ha conmovido al mundo entero. A su homenaje en Pretoria asistieron jefes de Estado de todo el mundo, desde Obama hasta Raúl Castro. Artículos y notas de todas las tendencias se refirieron a su vida y a su muerte. Y se publicaron interpretaciones sobre su obra de las más diversas visiones políticas. Todo un acontecimiento. A pesar de la inmensa cantidad de literatura sobre él, me atrevo a escribir mis notas sobre un personaje extraordinario. Miro la historia de Mandela unida a la historia de Sudáfrica y, en gran medida, a la historia moderna de la raza negra.

Lo extraordinario de su vida tiene que ver con haber vencido veintiséis años de cárcel y salir libre para producir un cambio político impensable. Había sido condenado a prisión perpetua en 1963 por su lucha contra la segregación. Los negros en Sudáfrica no se podían sentar juntos con los blancos ni en un estadio de fútbol. Había graderías aparte para ambos. Esa era la expresión del llamado apartheid o segregación legal de los blancos contra los negros que se extendía a toda la sociedad. Se trataba de un régimen impuesto en 1948 por los afrikáner, los herederos de los colonos holandeses que habían logrado el control del gobierno con el Partido Nacionalista. Pero la segregación política, económica y social se había ya impuesto legalmente desde 1910 cuando Sudáfrica logró una autonomía relativa en el Commonwealth británico, a la que se la había dado el nombre de “Pequeño Apartheid”. Culminaba un largo proceso histórico de tres siglos.

Sudáfrica sólo vino, en realidad, a consolidarse como nación en la segunda mitad del siglo XX. En lo que es hoy su territorio se han descubierto en el último siglo restos homínidos de tres millones de años y de homo sapiens de hasta 100.000 años. Pero sólo entra en la historia moderna entre los siglos XV y XVI, como producto de las excursiones europeas alrededor del mundo. Por allí pasó Magallanes dándole vuelta a la tierra por primera vez. Así llegaron primero los portugueses, a los que les siguieron holandeses e ingleses. En 1814 Gran Bretaña la incorporó a su imperio colonial. Los británicos conformaron una colonia con más de 25.000 esclavos negros y tan solo 20.000 colonialistas blancos. Veinte años después decretarían allí la abolición de la esclavitud.

Este fue sólo el comienzo, porque la poderosa tribu nativa de los Zulúes formó su Estado propio con gobierno independiente e impuso su régimen sobre el resto de la población negra y amenazó la hegemonía de los blancos. No duró sino hasta el asesinato de su gran jefe, Shaka Zulu. Vino, entonces, el enfrentamiento entre los herederos de los colonos holandeses, los afrikaner, y los colonos ingleses. Fueron las dos famosas guerras de los Boers, con el triunfo de los colonialistas ingleses en 1904 contra los afrikáner. Así se dio vía libre a lo que se llamó Unión Sudafricana, protectorado inglés, verdadero origen de lo que hoy es Sudáfrica. Su economía dependía del oro y los diamantes, descubiertos a mediados del siglo XIX. Los blancos ingleses y holandeses eran los únicos con todos los derechos políticos. Los negros y los indígenas estaban reducidos a la pobreza y la discriminación.

Sudáfrica surge entonces a la historia moderna con la colonización holandesa e inglesa. Es la unificación de, por lo menos, nueve territorios de muy diverso origen y de muy compleja conformación política. Al convertirse en miembro de la Comunidad Británica de Naciones después de la Segunda Guerra Mundial, se impone el Partido del Congreso Nacional Africano, controlado por los afrikáner que imponen la segregación contra la población negra en 1948. Durante el colonialismo inglés de la primera mitad del siglo XX, habían ido ganando cada vez más fuerza política. En 1924 cambiaron el inglés y el holandés por el afrikaner, una lengua propia sólo de los blancos sudafricanos. Lo que impusieron fue una independencia y una democracia que sólo se aplicaba a ellos. Los negros no tenían derecho al voto, no podían ejercer práctica profesionales en las áreas blancas, les era prohibido ocupar posiciones en el gobierno, el transporte público era completamente segregado incluyendo los aviones, las oficinas públicas estaban divididas por razas, las zonas de los negros carecían de servicios públicos, los hospitales eran distintos según la raza, la educación casi no llegaba a los negros, los costos de la educación superior para ellos eran inalcanzable. La inmensa mayoría de raza negra había quedado discriminada y humillada. La población blanca que sólo constituía el 20% controlaba el 95% del territorio.

Es el momento histórico en que aparece Mandela. Tenía treinta y dos años cuando en 1952 organizó la primera jornada de desobediencia civil contra el primer gobierno independiente blanco de Francois Malland. Entonces su movimiento seguía la no violencia de Gandhi cuya influencia provenía de su lucha en Sudáfrica por la década del treinta. En 1955 se publica la Carta de la Libertad aprobada en el Congreso de la Libertad. Al año siguiente es arrestado con 156 compañeros de lucha pacífica y permanece en la cárcel hasta 1961. Después de la masacre de Sharpeville en 1960, Mandela renuncia a la no violencia y adopta la lucha armada. Funda un movimiento armado con el nombre de Umkhonto we Siswe—Lanza de la nación. Y afirma: “si no hay un asomo de cordura de parte del gobierno, en último caso la contienda entre el gobierno y mi gente terminará definida por la violencia y la fuerza.” Se dedica a la resistencia armada y resulta clasificado por la ONU como terrorista, incluido en la lista de la CIA, de la que no lo retirarían ni siquiera como presidente de Sudáfrica.

El régimen fascistoide de Sudáfrica lo detuvo de nuevo el 5 de agosto de 1962, lo acusó de lucha armada, de instigar los trabajadores de Johanesburgo a la huelga, de salir del país sin permiso, de recibir ayuda de la Unión Soviética. Había estado en Argelia, Angola, Marruecos y Etiopía en busca de ayuda para su causa y en entrenamiento militar. Fue condenado a prisión perpetua, acusado de terrorismo. Lo confinaron 17 años a la isla de Robben y diez más en distintas prisiones del régimen sudafricano. Desde allí se convirtió en un símbolo de la lucha mundial contra el apartheid. Se graduó de abogado en el programa a distancia de la Universidad de Londres, a pesar de todas las condiciones infrahumanas de la prisión.

Durante la década del 80 creció la presión internacional contra el apartheid, el aislamiento del régimen surafricano se fue haciendo cada vez más insostenible, el movimiento negro en el país se fortaleció, todo lo cual obligó al régimen sudafricano a negociar con Mandela en distintas oportunidades hasta la liberación definitiva en 1990. De la cárcel salió como el líder indiscutido del movimiento negro de Sudáfrica y fue elegido como su primer presidente negro en 1994. En seguida se estableció la llamada Comisión para la Verdad y la Reconciliación que trabajó sobre la base del lema “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”. Mandela no cayó en el racismo, no planteó su movimiento político como una lucha entre negros y blancos, no definió su programa presidencial para vengarse de los blancos que lo habían perseguido por más de treinta años. Por eso el premio Nobel de la paz no se lo adjudicaron sólo a él, sino también al presidente blanco de Sudáfrica, Frederik de Klerk, que lo había liberado y con quien había llegado a los acuerdos que cambiaron al régimen oprobioso de apartheid en Sudáfrica.

Nelson Mandela es un símbolo histórico contra el racismo, venga de los blancos o de los negros, contra todo racismo. Esa fue su vida, esa es su historia. Mandela no transformó la economía sudafricana, no modificó el régimen neoliberal predominante, no cambió la explotación de los trabajadores en las minas, poco hizo para acabar con la miseria de la población en la que no había diferencias raciales, no se le midió a una lucha internacional contra el imperialismo dominante en el mundo, no tomó partido en la denuncia de las invasiones estadounidenses en Irak y Afganistán, no se enfrentó a las grandes potencias. Su país fue incluido en el círculo de los BRICS—Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica—sin que juegue un liderazgo determinante en el cambio de las condiciones políticas del mundo de hoy.

La vida de Mandela fue, de verdad, una victoria contra el racismo. Para ello defendió los derechos civiles de los ciudadanos. Enseñó al mundo que el pacifismo como táctica única puede perder eficacia en la lucha y fracasar. Al derrotar el apartheid logró la unidad nacional de una nación fragmentada por las luchas tribales, por las invasiones extranjeras y las migraciones históricas. Sobre la base de la unidad nacional y la derrota del racismo legal permitió que Sudáfrica pasara a la cabeza del continente africano. Su lucha fue una sola victoria. Le queda a su país un duro camino por andar.

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