Libardo Gómez Sánchez, Neiva, abril 10 de 2017
En Siria las familias se reunía alrededor de la mesa luego de la oración, postrados en dirección de la Meca; las viandas, como era costumbre antes de la guerra impuesta por occidente, la formaban el tahine, el babaganush, Kibe, suficiente provisión de aceitunas y pan, todo regado en aceite de olivas, de postre dulces; ahora lo cotidiano es la angustia, la averiguación de los afectados por los combates que se suceden sin cesar y que destrozan el concreto pero también las vidas; Damasco, la cuna de una civilización muy antigua, ahora es como el escenario apropiado para imaginarse el apocalipsis, las familias ahora son solo miembros disgregados.
Cuando el gobierno de los Estados Unidos en cabeza de George Bush ordenó la invasión a Irak, con el pretexto de eliminar arsenales de armas químicas, que nunca se pudieron mostrar porque no existían, se detonó uno de los vórtices de violencia de mayor magnitud que la humanidad haya conocido y que dio lugar a la desestabilización de una vasta zona del planeta, de la que han emigrado millones de refugiados que huyen desesperadamente de la crueldad de las bombas, las balas y la decapitación; no es nueva la estrategia de avivar conflictos por fuera de las fronteras nacionales para atenuar las dificultades internas de gobernantes impopulares, a la acción del Republicano mencionado, han sucedido recientemente personajes como Putin, Maduro y ahora Trump que de manera unilateral, en calidad de juez y verdugo, sin respetar las instancias diplomáticas construidas luego de la segunda guerra mundial, para dirimir desacuerdos y facilitar la cooperación en asuntos como el Derecho internacional, la paz y la seguridad, pasando por encima de toda regla, como en el viejo oeste, reta a duelo al contendor, valido de su inmenso poderío militar seguro de someter al más débil; ordenó el bombardeo a una base militar Siria, con la excusa de castigar un ataque con armas químicas en una población de esa Nación atribuido al gobierno de Bachar al-Azad; a renglón seguido envía un portaaviones con su séquito de guerra a las aguas de Corea del Norte, en una clara provocación a un régimen que de igual forma no se caracteriza por la prudencia en el manejo de sus relaciones internacionales; es claro el juego del presidente de los Estados Unidos, no logró las mayorías en el Congreso para acabar el programa de salud vigente, los jueces neutralizaron su norma segregacionista de ingreso de musulmanes a su país, ahora a sangre y fuego pretende unificar alrededor de sus planes imperiales.