El acceso libre e ilimitado de nuestros productos al mayor mercado del mundo es deseable porque, en teoría, basta con eso para que nuestras exportaciones se incrementen apreciablemente. Por desgracia, en la vida real «de eso tan bueno no dan tanto».

En consecuencia, los Estados Unidos, buscando su legítimo interés, exigen reciprocidad en primer lugar y, adicionalmente, reclaman el cumplimiento, por parte de nuestros países, de una serie de objetivos tendientes a favorecer los intereses de los sectores más dinámicos del comercio actual, bienes, servicios, propiedad intelectual, telecomunicaciones, inversión directa. Desde luego nosotros carecemos totalmente de esos sectores tan avanzados como exigentes. No tenemos una patente, ni un banco internacional, ni un laboratorio científico, ni una empresa multinacional, lo que indica nuestra inferioridad vergonzante a la hora de negociar con el primer país industrial, comercial, financiero, científico e inversionista del mundo.

Por lo tanto, a la hora de hablar de reciprocidad, lo que hay es una apertura más que desigual y desequilibrada en beneficio de la gran potencia.

Pero volvamos a los objetivos que los Estados Unidos consideran como prerrequisitos esenciales para la celebración de los convenios de libre comercio en el hemisferio, sea dentro del Alca o por medio de un TLC.

En la opinión colombiana solamente flota la idea de los beneficios del acceso al mercado americano. Por lo tanto no se analizan cuidadosamente los famosos objetivos que para algunos son más bien exigencias.

En total son 37 puntos ninguno de los cuales puede aceptarse sin detenido estudio. Buena parte de esos goals son fatales para Colombia, como vamos a ver en seguida.

Tal vez el tema más espinoso es el de la propiedad intelectual especialmente en lo atinente a los medicamentos. El actual Ministro de Protección Social recientemente se atrevió a distanciarse de su funesto predecesor porque aquel cedió a las multinacionales algo más de lo que se debía en patentes. Por lo tanto su Despacho se opone ahora a concederles más en ese punto.

Basta compararnos con Brasil, que desconoce las patentes para el tratamiento del sida. Allá los retrovirales se fusilan y su costo anual es del orden del millón y medio de pesos cuando en Colombia superan los dos millones mensuales por paciente. Estos asuntos serán objeto de un comentario posterior.

Aceptar que «los andinos apliquen protección a las patentes acorde (sic) con las leyes y prácticas estadounidenses» puede significar un incremento del 60% en la factura farmacéutica colombiana, según Asinfar y la Fundación Misión Salud. Esta situación haría inviables al ISS y a las EPS, cuyos mediocres servicios no resisten el menor extracosto adicional en los medicamentos, para no hablar de los presupuestos familiares.

En otro campo «mejorar el número de las aprehensiones de bienes pirateados o falsificados» significa, ni más ni menos, que condenar a los medianos y pequeños patronos colombianos a no tener computadores ni software, lo que los sacaría del mercado.

Estamos atrapados en los gajes de la pobreza. Objetivos que puedan aplicarse al intercambio entre los Estados Unidos y los países altamente desarrollados, son inaplicables cuando las dos partes están separadas por un abismo económico y tecnológico.

Pero hay ciertos puntos que no requieren el menor comentario como los siguientes: «que se establezcan salvaguardias durante un período de transición que permitan (a USA) cobrar aranceles cuando los productos andinos amenacen la industria estadounidense» (!); «que se permita a los Estados unidos seguir aplicando sus leyes antidumping y sus mecanismos de retaliación» (!!); «que se comprometan (los andinos) a apoyar la campaña de Estados Unidos contra subsidios agrícolas (de otros países) y a mantener los programas estadounidenses de crédito a sus exportadores» (!!!).

Como para el futuro de Colombia no existe tema más importante que éste de los tratados comerciales, hay que sopesar entonces las contraprestraciones que se nos exigen.

Afortunadamente no hay agenda secreta alguna. La franqueza brutal de los Estados Unidos tiene la ventaja de que no podremos llamarnos a engaño si negociamos candorosa e ingenuamente, guiados por teorías abstractas y negociadores debilitados.

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