Libardo Gómez Sánchez, Neiva, junio 4 de 2019

Una tasa de cambio baja, producto de la proliferación de dólares del narcotráfico, la renta petrolera por los altos precios y la inversión extranjera directa especialmente en la explotación petrolera, del oro, el carbón, otros recursos naturales y en generación de energía eléctrica mediante la construcción de hidroeléctricas; acompañada de un crecimiento constante de las importaciones desde los Estados Unidos, dieron por algún tiempo la sensación de que las cosas mejoraban para los consumidores; una vez se desplomaron los precios del combustible y se congelaron las inversiones en exploración y explotación y se vino la confrontación entre los EEUU y China, por la decisión de gravar las importaciones del segundo; se desencadenó una acelerada devaluación del peso frente al dólar y las manifiestas debilidades de nuestro aparato productivo nos traen de sopetón a la realidad económica que vivimos.

Una sociedad de espaldas a la generación de riqueza verdadera; la que se desprende del conocimiento, la investigación y la tecnología; que ha permitido a su dirigencia política decidir quienes son los beneficiarios de las rentas que producen la tenencia de la tierra y el arbitrio de las prerrogativas y monopolios estatales; que no facilitan el crecimiento de los emprendimientos que a diario inician miles de colombianos renuentes a buscar empleo, agotados de buscarlo, ansiosos de establecer su propio negocio como alternativa de ingresos y de vida.

Las actividades económicas amenazadas por la libre importación de productos provenientes de economías que subsidian y otorgan múltiples apoyos a sus productores; empresarios derrotados por un costo país excesivamente alto: elevadas tarifas de energía, gasolina cara, proliferación de peajes en las vías, tasas de interés de crédito extorsivas, contribuciones e impuestos inferiores para las grandes corporaciones en relación con los pequeños y medianos negocios.

Un modelo al que ya descalifican cientos de economistas del más encumbrado nivel, pero que se mantiene por la presión de los poderes que ha forjado durante su imperio y de continuar, apuntalará aún más las penurias visibles de las mayorías.

La pregunta del millón: hasta cuando soportaran las clases medias, que conocen las mieles de una vida medianamente decente, su progresiva pauperización; será primero su reacción contra los responsables de sus desgracias o las pujas de los poderosos anticipará el incendio de la pradera creando conmociones que distraigan las contradicciones internas, aplazando su resolución o debilitando su control y permitiendo que se desnuden las razones de la pobreza.

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