TODOS LOS DÍAS me pregunto –desde hace treinta años– ¿por qué Co- lombia sigue siendo uno de los países atrasados del mundo? ¿Por qué en él aumenta todos los días la pobreza? ¿Por qué debemos importar alimen- tos? ¿Por qué la deuda externa se absorbe lo poco que producimos y es necesario entregar nuestros recursos al capital financiero internacional? ¿Por qué la distancia con los países económicamente más desarrollados del mundo crece progresivamente? ¿Por qué el ingreso por habitante ha descendido 400 dólares en los últimos cinco años? ¿Por qué tantas otras cosas incomprensibles sobre nuestra dramática realidad? Todas estas pre- guntas, y muchas más, parecen extrañas en medio de un seminario de alto nivel sobre filosofía política y globalización. Pido excusas por ello. No obs- tante, permítanme hacer una reflexión personal y apasionada, en un inten- to de un quehacer de filosofía política sobre mis inquietudes existenciales de cada día frente a la realidad de Colombia, un país que aparece en las primeras notas de los noticiarios junto a los más conflictivos del mundo.
Para leer el artículo completo utilice el siguiente vínculo: