Miguel Ángel Quintanilla*, Investigación y Ciencia, mayo de 2020, No 524

El legado de un pensador brillante que destacó por la amplitud de su obra, su originalidad y su compromiso con la ciencia y el progreso de la humanidad.

El pasado 24 de febrero falleció en Montreal el científico y filósofo argentino-canadiense Mario Bunge, a la edad de cien años. Conocí a Bunge durante el IV Congreso Internacional de Lógica y Filosofía de la Ciencia, celebrado en Bucarest el año 1971. Acababa de presentar mi tesis doctoral sobre la epistemología de Karl Popper y estaba familiarizado con el manual de filosofía de la ciencia (Scientific research) que Bunge había escrito unos años antes. En esa tesis criticaba el sesgo idealista que apreciaba en la filosofía de Popper. En Bucarest comprobé que el propio Bunge había realizado una crítica demoledora de la teoría popperiana que también él tachaba de idealista. Desde entonces he admirado la filosofía materialista, racionalista y crítica de Bunge y he tenido la suerte de poder disfrutar de su generosa amistad.

¿Cómo sintetizar en un breve texto la amplitud, originalidad y valor intelectual de las aportaciones de Bunge a la filosofía de nuestro tiempo? Podemos intentarlo si centramos la atención en su proyecto de hacer una filosofía científica.

La expresión «filosofía científica» no es muy común en los ambientes académicos de nuestros días. Se supone que las ciencias son campos de conocimiento perfectamente definidos, bien establecidos e independientes, y que la filosofía es una disciplina humanística, que ha ido cediendo terreno ante el avance de la ciencia, y refugiándose en cuestiones relativas a la propia tradición académica en vez de ocuparse de problemas vivos, planteados por la ciencia y la tecnología actuales.

Se puede reconocer, desde luego, la existencia de una zona común en la que ambas disciplinas se mantienen en contacto, como ocurrió de hecho en torno a la corriente principal de la filosofía de la ciencia que floreció en el siglo XX. Allí podemos situar a figuras señeras del pensamiento universal como Bertrand Russell y Karl Popper o el movimiento del positivismo lógico, que se inició en el Círculo de Viena y que, tras el impacto de la obra de Kuhn (La estructura de las revoluciones científicas), dio paso al predominio de posiciones relativistas e irracionalistas en los años 70.

Sin embargo, al margen de esas zonas de contacto, se supone que el pensamiento científico tiene su propio valor independiente, justificado por los criterios de racionalidad y control experimental que impone el método de la ciencia. Frente a él, la reflexión filosófica se limita a una labor de análisis lógico y epistemológico, o bien simplemente cede su terreno en los ámbitos en los que el conocimiento científico va abordando problemas y proponiendo teorías que, si tienen éxito, terminarán suplantando y descalificando a las teorías filosóficas. La mecánica de Newton sustituyó a la filosofía natural de los filósofos medievales, la biología molecular y la teoría darwinista de la evolución acabaron con las especulaciones filosóficas en torno a la naturaleza de los seres vivos, y la psiconeurobiología terminará con las especulaciones de la psicología precientífica o pseudocientífica.

Bunge es uno de esos grandes filósofos del siglo XX que aproximaron la reflexión filosófica al conocimiento científico y que destacaron por su originalidad, rigor, profundidad y compromiso con la ciencia. Y, sin embargo, es difícil encuadrar a Bunge en ninguno de los entornos académicos que destacaron en lo que hemos llamado la corriente principal de la filosofía de la ciencia en el siglo XX. Para empezar, no era ni europeo ni angloamericano, sino argentino de nacimiento y canadiense de adopción. Tampoco era heredero del positivismo lógico, aunque en los ambientes académicos no vinculados a ese movimiento se le caracterizara usualmente como positivista, utilizando esta expresión como un reproche. Por otra parte, fue uno de los primeros y más sinceros admiradores de Popper, pero también uno de sus críticos más duros. Y su juicio sobre la obra de Kuhn fue siempre muy negativo, porque lo consideraba responsable del giro irracionalista que predominó en la filosofía de la ciencia a partir de los años 70.

Pero hay una forma más amplia de entender la zona de contacto entre filosofía y ciencia. Por una parte, se trata de señalar aquellos aspectos o componentes del pensamiento científico que tienen una naturaleza intrínsecamente filosófica. Por otra, de recuperar y afrontar problemas y teorías filosóficas teniendo en cuenta los conocimientos científicos.

Ejemplos del primer tipo los encontramos en el análisis de conceptos como significado, verdad, teoría, causa, azar, entidad material, acontecimiento, proceso, mecanismo o probabilidad. Todos ellos forman parte de las ciencias particulares, pero requieren de la reflexión filosófica para ser entendidos de forma precisa y rigurosa. Y, a la inversa, hay muchos conceptos e ideas filosóficas (realidad, sustancia, mente o espíritu, sociedad, artefacto, riqueza, justicia) que es preciso reelaborar a la luz de los nuevos conocimientos que derivan de la investigación científica. El concepto de átomo fue durante siglos un concepto filosófico, pero hoy nadie podría construir una teoría filosófica de los átomos sin incorporar los resultados de la física. Igualmente nadie debería construir una teoría de la mente o de la conciencia sin incorporar los conocimientos de la neurociencia cognitiva. En este sentido más amplio (ideas filosóficas en la ciencia y conocimientos científicos relevantes para avanzar en la reflexión filosófica) es en el que se puede hablar de la contribución de Bunge a la filosofía científica.

La carrera académica de Bunge se desarrolló en Argentina, en el campo de la física teórica y de la filosofía de la física, con un enfoque original. A partir de 1959 empezó a enseñar filosofía de la ciencia, además de física, en la Universidad de Buenos Aires. Y ese mismo año publicó su primer libro de filosofía, en el que analizaba el principio de causalidad, el determinismo y la probabilidad en la ciencia.

Sus primeras publicaciones se ocuparon de los fundamentos de la física y, en especial, de la interpretación de la mecánica cuántica. Su análisis del concepto de causalidad y de la noción de azar objetivo en la ciencia tiene el doble mérito de la originalidad y de la consistencia interna frente a las interpretaciones más ortodoxas de la teoría cuántica. Bunge siempre criticó la carga subjetivista de la interpretación ortodoxa (o de Copenhague), que veía como una teoría que se refiere a operaciones de medición o a probabilidades subjetivas. Frente a esto, él planteaba una interpretación objetiva del formalismo de la mecánica cuántica como una teoría referida a un tipo de entidades que proponía llamar cuantones y que no se pueden caracterizar con las categorías usuales de la mecánica clásica (posición y momentos clásicos, dualidad onda-partícula), pero sí describir en términos estocásticos y objetivos, independientes del observador.

La filosofía de la física fue siempre un motivo recurrente en las preocupaciones de Bunge. Pero no el único. A partir de los años 70 se embarcó en la titánica empresa de construir una filosofía científica, sistemática y completa, que fue incorporando en su Tratado de filosofía (1974-1989) en ocho volúmenes dedicados a la semántica de la ciencia, la ontología, la filosofía de la física, la biología, la psicología, la filosofía de las ciencias sociales, la de la técnica y la filosofía moral. Señalaremos a continuación seis elementos principales de esta filosofía científica.

En primer lugar, el materialismo. Para Bunge, todo lo que es real es material, es decir, que está dotado de propiedades objetivas, vinculadas al espaciotiempo y que pueden sufrir cambios y alteraciones.

El segundo lugar lo ocupa el sistemismo: la realidad material está organizada en sistemas y cada sistema se caracteriza por sus componentes, estructura y entorno. Los sistemas materiales se organizan en diferentes niveles de realidad: físico, químico, biológico, social y técnico. La integración de un sistema conlleva la aparición de propiedades sistémicas que están ausentes en sus componentes. Un sistema social está formado por organismos vivos, de carácter biológico, pero hay propiedades características de los sistemas sociales que son irreducibles a propiedades biológicas.

En tercer lugar destacamos el realismo científico. La realidad existe independientemente de que alguien pueda conocer cómo es. A través de nuestra imaginación y guiados por el método científico, los humanos hemos podido desarrollar una forma de conocer aspectos de la realidad de forma objetiva, aunque siempre parcial y revisable.

El cuarto elemento fundamental en la filosofía científica de Bunge es el conceptualismo. La lógica y las matemáticas son un instrumento imprescindible para la construcción de teorías científicas o filosóficas, la representación de hechos y la demostración de teoremas, pero los objetos matemáticos son ficciones, construcciones conceptuales inventadas por el cerebro humano, con las que podemos representar y explicar parcialmente la realidad; no son parte de la realidad material.

La quinta idea es que las ciencias sociales, en especial la economía, la historia y la antropología deben adoptar una perspectiva materialista, realista y sistémica para madurar.

Y la sexta (y última en esta lista) es que la ética y la filosofía práctica deben apoyarse en una teoría de valores objetivos, compatible con la ciencia.

Además de filósofo, físico y científico, Bunge fue también un ciudadano comprometido con una visión progresista e ilustrada de la realidad social y de la política. En su juventud, en Argentina, fundó una universidad obrera que muy pronto fue clausurada por el Gobierno peronista. En los últimos años de su vida dedicó una buena parte de sus escritos, entrevistas y conferencias a articular una visión sistémica de lo que él llamaba la democracia integral, es decir, no solo política, sino también económica (socialismo de mercado) y cultural (igualdad de oportunidades de acceso a la formación).

Para terminar, puede ser ilustrativo recordar el principio fundamental de su filosofía moral: «disfruta de la vida y ayuda a vivir a los demás». No hay ideal moral más básico que el derecho a disfrutar de la vida, que conlleva el deber de evitar la guerra, la violencia y la extorsión. Y no hay deber más básico que el altruismo como principio rector de nuestro comportamiento en sociedad.

Este es el legado de Bunge que deberíamos cultivar y acrecentar: construir una filosofía científica, y dedicar nuestro talento y nuestro esfuerzo a disfrutar de la vida y a ayudar a los demás para que puedan hacer lo mismo. Es lo que él hizo durante sus cien años de camino vital. Gracias.

*Catedrático emérito de lógica y filosofía de la ciencia en la Universidad de Salamanca y discípulo de Mario Bunge.

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