Ya no sorprende encontrar la figura del embajador de los Estados Unidos en los eventos de trámite interno del país. El embajador William B. Wood, habla, opina, ordena y manda en la continuación de una injerencia que, en otras épocas, era un poco más discreta.
Desde la época del presidente Ernesto Samper cuando los funcionarios colombianos acudían en romería a Washington con una escudilla en la mano, y tras la aprobación del Plan Colombia todo subterfugio desapareció y la intermediación entre las instrucciones de Washington y las sesiones en donde se dibuja la estrategia comercial, donde se establecen las prioridades del gasto militar y donde se diseñan las reformas legislativas tiene la presencia constante del representante del país del norte.
A tal punto han llegado las cosas que el Presidente del Congreso y el embajador colombiano en Washington ya fungen de corresponsales radiales y promotores de actividades sociales al haber sido suplantados en sus funciones y suprimidas sus otras actividades.
A lo mejor el asunto resulte económico pues ya no habrá de necesitarse el ministerio de Relaciones Exteriores y los asuntos diplomáticos y consulares pueden quedar en manos del Departamento de Estado. Tal vez el Ministerio de Comercio Exterior deba desaparecer y así se ahorran las pantomimas de Cartagena y Atlanta al quedar todo sujeto a las disposiciones del Secretario Zoellick y su equipo. Si se entrega la independencia en patentes y desarrollo científico pues podría acabarse con el ministerio de Seguridad Social y la investigación, de hecho ya van a patentar el borojó y el bizcocho de achira. La industria petrolera ya se entregó, así como el gas, el carbón, la electricidad, la telefonía, la banca y gran parte de la producción agrícola.
La sangre en las guerras internas seguirá siendo colombiana, así como los huéspedes de las cárceles de aquí y de allá.
¿Cuál será entonces el futuro? ¿Acaso Puerto Rico? ¿Tal vez Panamá? ¿Irak posiblemente?