Guillermo Guevara Pardo, Bogotá, abril 30 de 2017

El miedo ha sido cincelado por la fuerza incontenible de la evolución. En el cerebro de los mamíferos se controla desde componentes anatómicos muy primitivos, pero vitales; ya existía en los animales que hace millones de años adquirieron movimiento, como dice Rodolfo Llinás, activo y dirigido, en cuyos cerebros había circuitos neuronales específicamente dedicados para disparar el mecanismo de huida ante el peligro que representaba la conducta depredadora de otros animales. Los ancestros de Homo sapiens le temían a la cerrada oscuridad de la noche, por eso, cuando la luz del día se iba apagando en el horizonte de la calurosa sabana africana buscaban para dormir la seguridad de las copas de los árboles, donde la ronda del leopardo fuera solo un sueño desagradable. Gracias al miedo, entre otras cosas, parte de las dotaciones genéticas de esos ancestrales soñadores permanecen en las células de todos los seres humanos modernos. Animal sin miedo, ve disminuidas las posibilidades de transmitir sus genes y no logra cumplir el mandamiento fundamental del orden biológico: ¡reprodúcete!

 

El camino que va del miedo al terror, de Fobos a Deimos, es de uso exclusivamente humano. Diferentes formas del arte han intentado plasmar al que puede considerarse la máxima expresión del miedo: los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 en Madrid, pintados por Goya; la fotografía tomada en junio de 1972 por Nick Ut de la niña vietnamita que huye desnuda tras un ataque con napalm, durante la guerra en Vietnam; la escena en Psicosis, de Hitchcock, cuando en una bañera del motel Bates el cuerpo de Marion Crane es acuchillado varias veces.

 

La naturaleza tiene también sus propias escenas de horror. En el fragmento de Historia Natural aquí comentado participan dos insectos: un himenóptero (la avispa esmeralda) y un blatodeo (la cucaracha). La avispa de color esmeralda es un pequeño insecto de costumbres solitarias que habita en regiones tropicales de África, India y algunas islas del Pacífico. La hembra de la avispa le asegura a su descendencia una suculenta comida en la forma del cuerpo de una cucaracha; para lograrlo, despliega una muy elaborada forma de parasitismo (también practicada por otras especies de avispas) que inhibe, en la desgraciada víctima, el sentimiento de miedo y el deseo de escapar. El himenóptero utiliza para tal empresa un veneno de acción muy particular: un complejo coctel de neurotoxinas que secuestra el cerebro de la anfitriona, pero que a la vez le garantiza seguir con vida.

 

Cuando la hembra de la avispa esmeralda detecta su objetivo ataca desde arriba y en fracción de segundos le inyecta una dosis de veneno que pronto lo paraliza, dándole el tiempo necesario para hacer la siguiente picadura en el interior del cerebro con una precisión que envidiaría el más competente de los neurocirujanos. De aquí en adelante cuerpo y mente de la desdichada cucaracha, quedan al servicio de la progenie del aterrador himenóptero.

 

Con el blatodeo convertido en un zombi, la avispa vuela a buscar un lugar adecuado que utilizará como tumba. Cuando regresa, a la manera del sofisticado doctor Hannibal Lecter, rompe las antenas de la cucaracha y liba la nutritiva y dulce hemolinfa. Alguna ventaja evolutiva debe obtener de este particular canibalismo. De uno de los muñones antenales arrastra a la ya mansa cucaracha hasta la que será la morada final. Una vez situada en la cripta, la avispa adhiere un huevo a una de las patas del insectil zombi y cierra la madriguera: la infeliz, como en el cuento de Poe, es enterrada prematuramente, viva, y sin ninguna posibilidad de desencadenar el comportamiento motor que le permita huir. Las sustancias químicas que inundan su cerebro lo impiden. Para mayor desgracia, las moléculas de la pócima inyectada reducen el metabolismo de la cucaracha a la mínima expresión y previenen su deshidratación. La abnegada madre de la avispa esmeralda garantiza así que su preciada y única prole tenga suficiente reserva de alimento fresco. La larva eclosiona del huevo y encuentra ya servido un suculento plato, aún vivo, que empieza a ser devorado. Tiempo después, como en Alien, del interior del cuerpo de la cucaracha emerge una nueva avispa, que de ser hembra, repetirá este maravilloso ciclo biológico.

 

Hay que tener mucha precaución al calificar las conductas animales en términos humanos, pero es casi inevitable dejar de antropoformizar el comportamiento de la avispa esmeralda; de allí no se puede sacar lección alguna de moralidad. Simplemente así funciona la naturaleza. Si dicha conducta no hubiera sido diseñada por la fuerza material de la selección natural, sino por la intención consciente de un diseñador inteligente, este (si de verdad existiera), “debe de haber sido un sádico bastardo” apostilló algún especialista; mientras Demócrito, personaje de Creación, novela de Gore Vidal, afirma que “una deidad que crea seres vivos para torturarlos debe ser, por definición, perfectamente maligna”. Cuando Darwin estuvo en Australia y conoció una situación semejante, expresó su incredulidad de que un Dios omnipotente y benefactor fuera capaz de diseñar avispas “con la intención expresa de que se alimentasen dentro de los cuerpos vivos de las orugas”. Si Gregorio Samsa hubiera vivido en alguna región de África tropical, su destino podría haber sido más aterrador de lo que Kafka imaginó.

Deja un comentario