El mundo es un caleidoscopio de fenómenos y eventos que podemos percibir a través de nuestros sentidos.
Nuestra cognición interpreta estas señales eléctricas que llevan cifrada dentro de ellas la información del mundo natural, y luego sucede: Big Bang de asombro en nuestra mente.
El entendimiento del Universo a través de la razón es generador de este asombro, induciendo un ciclón bioquímico a través de nuestras redes neuronales: éxtasis, curiosidad, incertidumbre.
Escudriñamos esta sensación, y nos volvemos adictos al descubrimiento, la novedad, el entendimiento. Necesitamos hacernos preguntas, tener ideas, explorar posibilidades, buscar respuestas para satisfacer esta sensación punzante de intelección y emoción.
Eventualmente descubrimos que este proceso es generador de conocimiento y de nuevas y más complejas interrogantes; crecen exponencialmente, dudas que evolucionan fractalmente. De ahí que la ciencia rejuvenece la mente; siempre hay nuevos horizontes que mirar y descifrar. Y siempre se expanden, conquistando continentes, mundos y galaxias.
Y subyacentemente, sucede que fecundamos un romance con las ideas y el conocimiento. Interpretar el mundo que nos rodea nos produce placer. Nos apasionamos con la capacidad de encontrar respuestas, y nos regocijamos en esa dualidad de aprender, y que este aprendizaje nos revele que con cada lección, es más aún lo que desconocemos.
Somos Alicia persiguiendo al conejo blanco. Probamos brebajes que nos encojen y nos magnifican. Vemos y experimentamos situaciones que desafían nuestras ideas. Una aventura constante de creatividad buscando sinergia con la razón.