Moisés Wasserman, El Tiempo, 20 de mayo de 2021

Es un organismo dinámico, con participación creciente de científicos de todas las regiones del país.

La Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales cumple 85 años el próximo 28 de mayo. Con una ley firmada por el presidente Alfonso López Pumarejo, la Sociedad Colombiana de Ciencias Naturales le dio paso a una forma institucional diferente, la de “Academia”. Su largo nombre, que a algunos les parece un poco pomposo, es herencia de España, donde desde 1847 existe la Academia Real con ese mismo nombre (lo de Real, interrumpido durante los años que fue República)

El término ‘academia’ se tomó de la escuela filosófica de Platón, que funcionó en Atenas, en los jardines de Academo, desde el año 378 a. C. (con algunas interrupciones) hasta su clausura por el emperador Justiniano el 529 d. C. Pero el término adquirió un significado muy diferente; hoy describe instituciones multidisciplinarias, conformadas por científicos reconocidos, escogidos por sus pares en un proceso de selección riguroso. En la mayoría de los países donde existen (incluido el nuestro) tienen la función de asesorar al gobierno en los asuntos de su competencia. Se trata de una asesoría valiosa porque se soporta en la autoridad del conocimiento y es independiente de grupos políticos, de gremios y del propio gobierno.

La más antigua en este formato es la Academia de los Linces, fundada en Italia en 1603. La llamaron de los linces por la visión aguda (como la de esos felinos) que tenían sus miembros para analizar los problemas. Las más tradicionales son la Royal Society inglesa, fundada en 1660, y la Académie Française, en 1668. Fueron en parte el resultado de un gran debate que se conoció como el “debate de los antiguos y los modernos”. Ese debate precedió a la Ilustración y fue fundamental en el reconocimiento del papel del conocimiento empírico en el progreso social. En esas instituciones disertaron los científicos que pusieron las bases de todo lo que sabemos hoy en física, química, matemáticas, biología y demás. En Alemania surgió por esos años la Academia Leopoldina, y un siglo después, la de Suecia y la de Rusia. Esta última durante la época soviética se convirtió en un organismo estatal con inmenso poder político.

En América también surgieron. La de Estados Unidos fue fundada en medio de la guerra de Secesión en 1863; en Argentina, en 1878, y en Brasil, en 1916. La nuestra, de 1936, resultó de la convergencia de varios experimentos y de la transformación de otras instituciones. Curiosamente, en 1933 el presidente Olaya Herrera le otorgó a la Academia la función de asesorar al Gobierno, antes de que fuera fundada. El primer intento republicano fue del general Santander, quien, siendo el vicepresidente encargado de la presidencia, fundó en 1826 la Universidad Central con sedes en Quito, Bogotá y Caracas, y la Academia Nacional de Colombia. Entre esa primera fundación y la definitiva, 110 años después, nacieron y murieron una cantidad de sociedades y organizaciones científicas diversas.

Hay quienes piensan que las academias son obsoletas e intrascendentes. Están equivocados. Son organismos extraordinariamente ricos por el nivel de sus miembros y por sus productos. Varias de ellas, por ejemplo, son los centros mundiales que más premios Nobel reúnen. La comunicación entre las academias es mucho más fluida y eficiente que entre otros organismos internacionales, incluida la ONU.

La Academia colombiana no es ajena a ese esfuerzo global. A pesar de su apariencia, algo formal y ceremoniosa, es un organismo dinámico, con participación creciente de científicos –hombres, mujeres, jóvenes y mayores– de todas las regiones del país. Ojalá los gobiernos acojan las recomendaciones desinteresadas que esta y otras academias en el país, de disciplinas diversas, le ofrecen; con ellas tendrá mayores probabilidades de acertar.

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