Apreciado compañero de esta lucha, senador Carlos Gaviria, a quien los colombianos elegiremos como presidente de la Republica el próximo año. Querido compañero, también, de tantos años de lucha Héctor Valencia, jefe nacional de mí partido, el MOIR. Ante la distinción de los distintos compañeros y compañeras de la mesa que agradezco muy especialmente que nos acompañan en esta noche, voy, por razones fáciles de entender, no a saludarlos a todos, sino que voy a hacer una selección que espero me resulte representativa de todo lo que tenemos aquí: en primer término mí saludo muy especial al Padre Bernardo Hoyos, a quien le agradezco muy especialmente que este con nosotros, por lo que mucho que él representa en un país como el nuestro y por las muchas luchas que ha librado desde hace tiempo. Un saludo muy especial a mi compañero de lucha en el sector agropecuario, al doctor Ángel María Caballero, quien me alegró el día habiendo venido desde Ibagué a acompañarme en este acto. Saludo a todos los queridos compañeros de las distintas organizaciones de Alternativa Democrática y lo hago a través de Gloria Inés Ramírez, quien espero nos acompañe en el Senado de la República en el próximo cuatrienio. Y con todo propósito deje para saludar de último para resaltar su presencia aquí a la gente del Polo Democrático Independiente y a Germán Navas que me acompaña esta noche. Hago votos, como usted Germán, para que su presencia aquí nos resulte simbólica en el sentido en que esa unidad que estamos bregando a construir se convierta en un hecho, ojalá, en un plazo muy corto. Queridos Compañeros y compañeras del MOIR. Queridos compañeros y compañeras que no pertenecen al MOIR y que me enorgullece y me hacen el honor de estar conmigo esta noche.

Hace cuatro años, cuando presenté mi candidatura al Senado de la República, señalé que el debate electoral se desarrollaría en medio de la peor crisis de la historia de Colombia. Y hoy, cuando debo hacer el análisis de lo que sucede y lo que viene, hay que decir que la debacle sigue ahí, pero profundizándose, generando consecuencias dolorosas para cada vez más colombianos. Sin embargo, Álvaro Uribe Vélez, el primer responsable de lo que ocurre, en vez de dejarle el paso a otro de los suyos para que continúe con lo mismo según ha sido la tradición oligárquica, decidió reelegirse, prevalido de una supuesta popularidad que puede discutirse de muchas maneras, pero sin poner en duda que sí tiene tres respaldos: el de la cúspide del poder económico, el del 70 por ciento de la clase política y el de los Estados Unidos.

Debo empezar, entonces, por analizar el proyecto reeleccionista, pues solo así podremos comprenderlo y generar las condiciones para derrotarlo, de forma que empecemos a sentar las bases de un país que puede ser mejor, mucho mejor, en la medida en que lleguemos a la dirección del Estado quienes deseamos transformar el inicuo orden de cosas imperante.

Si en algo es falaz el proyecto de los uribistas es en justificarlo con las supuestas mejorías de la situación nacional, cuando los hechos muestran que sucede lo contrario de lo que dice la propaganda oficial. Los índices de pobreza y miseria son tan negativos que nos avergüenzan ante el mundo. El desempleo solo disminuye en las estadísticas oficiales, que colocan entre los que tienen trabajo a quienes renunciaron a buscarlo, hartos ya de no encontrarlo. Cerca de la mitad de la nación sufre y hasta muere porque carece de derechos en salud, en tanto la otra parte padece por las deficiencias del sistema contributivo y del Sisben. Crece el déficit habitacional y el drama de los millones que se hacinan en covachas. Son legiones también los compatriotas que les han cortado los servicios públicos y casi todos los que deben quitarse el pan de la boca para pagar unas tarifas que no cesan de subir. Millones no tienen cupos en las instituciones de educación públicas, lo que obliga a sus familias a dejarlos en la ignorancia o a matricularlos en las privadas. En una enorme proporción, los salarios no les permiten una vida digna a quienes logran emplearse, y la inestabilidad laboral se convirtió en otra fuente de sufrimiento nacional. Suelen ser bajas, cuando no empujan a la ruina, las utilidades de quienes se ganan el sustento por cuenta propia. E incluso no son pocos los empresarios que van hacia la quiebra, perseguidos por un entorno que les es adverso de muchas maneras.

Que no diga, entonces, Uribe Vélez que es de las buenas condiciones de existencia de los colombianos de donde emana la autoridad moral con la que reclama el derecho a reelegirse.

Uribe ni siquiera puede alegar a su favor que hay que darle tiempo a que sus políticas actúen para que las cosas mejoren, porque estas, lejos de dirigirse a remover las causas de las carencias, apuntan a mantenerlas o a empeorarlas, dado que obedecen a la misma lógica neoliberal que se inició en el gobierno de César Gaviria Trujillo bajo los lineamientos del Consenso de Washington y las imposiciones del Fondo Monetario Internacional. En cuanto a la producción industrial y agropecuaria, se mantiene la avalancha de bienes importados que la arruinan o anquilosan. Sigue la privatización, la misma que con la Ley 100 de salud mata más colombianos que todas las violencias que sufre el país y que con la Ley 142 de servicios públicos esquilma a las gentes y les arrebata hasta el derecho a tener electricidad, agua y teléfono en sus domicilios. Persiste este gobierno en montar una estructura tributaria que les disminuye los impuestos a monopolios y transnacionales y se los aumenta al pueblo raso y a las capas medias. La llamada “revolución educativa” intentar ocultar el propósito de menoscabar la educación pública en favor de la privada y en detrimento de la calidad de la enseñanza. No tienen antecedentes las medidas en contra del medio ambiente, como es propio de un gobierno que intenta envenenar los propios parques naturales de Colombia. Y ha sido especialmente regresiva su decisión de perseguirles cada centavo a los asalariados, en particular los que se derivan de sus derechos de organización y contratación colectiva, como bien lo muestran las reformas laboral y de pensiones, al igual que la liquidación de Telecom y de otras empresas del Estado y la arremetida contra los trabajadores de Ecopetrol.

La decisión de Uribe de firmar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos despeja cualquier duda sobre sus intenciones económicas, sociales y políticas. A estas alturas del debate, cuando crece la oposición a dicho Tratado incluso entre quienes se ilusionaron con que los beneficiaría, ya se sabe que el TLC no es un proyecto de integración sino de recolonización de Colombia, en el que ganarán los imperialistas estadounidenses y perderá la nación colombiana, exceptuando entre sus miembros al grupito de criollos que se lucra por cumplir con el deshonroso papel de presentar como conveniencias nacionales lo que no es otra cosa que los intereses extranjeros.

El TLC busca confirmar y hacer irreversibles las grandes pérdidas industriales y agrarias sufridas desde 1990, al igual que generar unas nuevas, porque amarra al país a las necesidades de las transnacionales estadounidenses así le terminen por sobrar, como le están sobrando, millones de compatriotas y millones de hectáreas de sus mejores tierras. Ese Tratado acentuará la tendencia a transferirle al capital extranjero la propiedad de las empresas nacionales que no se arruinen en el proceso, al igual que a cubrir con todo tipo de gabelas al parasitismo financiero internacional. Hasta un ciego puede ver que el TLC requiere para sostenerse que los colombianos se resignen a vivir con mayores tasas de desempleo y menores salarios que los que padecían antes del neoliberalismo. Entre sus peores efectos está el objetivo gringo de aplastar, en muchos casos con basura, la rica y hermosa cultura de los colombianos. Y es obvio que si se pierde del todo la soberanía económica, se acabará de perder también la soberanía política, lo que, a su vez, pondrá todavía más el poder del Estado al servicio de los negociantes foráneos y de sus voceros en el país.

Quien conozca los resultados de la política de “seguridad democrática” con la que alardea tanto el uribismo, encontrará que en este aspecto la retórica tampoco logra ocultar la realidad. Puede demostrarse que el Estado se halla bien lejos de lograr el monopolio sobre las armas, monopolio sin el cual nunca podrá alcanzarse la verdadera paz que anhelamos los colombianos. Y eso que esa política se ha adelantado procediendo sin el respeto por las normas democráticas que deben regir las actuaciones de la fuerza pública, lo que ha conducido a no pocos abusos, en general contra ciudadanos que no han cometido delito alguno, como es el caso de la arbitraria detención de nuestro compañero Jhon Castaño en Florida, Valle del Cauca. Puede comprobarse, además, que ley de justicia y paz crea una apariencia de desmovilización y que la campaña electoral del Presidente para reelegirse contará con la ventaja inaudita del respaldo de poderosas organizaciones armadas ilegales.

En el balance de sus actuaciones políticas, Uribe tampoco sale bien librado. Por ello, ya ni siquiera se atreva a hacer demagogia con su supuesta lucha “contra la politiquería y la corrupción”. La descarada compraventa de los congresistas para cambiar la Constitución en beneficio de Uribe y de sus escuderos, entre otras muchas actuaciones del mismo tenor, destaparon hasta para los más ingenuos por qué Julio César Turbay Ayala -ese rey del manzanillismo nacional, y del autoritarismo que también tanto les gusta a los uribistas- terminó sus días convertido en uno de los faros que iluminaba el camino del Presidente-candidato. Y la forma y el fondo autoritarios de cada una de las decisiones de Uribe desnudan su naturaleza y sirven de advertencia sobre cómo podría actuar si el pueblo decidiera rebelarse, cosa que bien podría suceder durante su segundo mandato, de tener éxito su proyecto de reelegirse.

Si lo descrito hasta aquí es la verdadera Colombia, ¿cómo explicar que las encuestas le otorguen a Uribe un respaldo tan notorio, como el que dicen que tiene? La reciente elección del alcalde de Manizales, en la que según estas el vencedor debía ganar por el treinta por ciento de los sufragios pero apenas triunfó por trescientos votos, llevan a la posibilidad de que los encuestadores, por la razón que sea, falseen la realidad. Pero quizá también ocurra que las respuestas reflejen cuán engañadas tienen a las gentes, víctimas de la más cuidadosa campaña de manipulación que se haya orquestado desde la Casa de Nariño.

El arte de gobernar a Colombia en beneficio de unos cuantos ha sido también el de manipular a las mayorías, siempre ofreciéndoles que su vida cambiará por arte de la magia del nuevo Presidente y sin remover las causas de su pobreza. Lo nuevo con Uribe, entonces, no radica en que también gobierne con esas mañas, pues sin ser hábil en ellas nunca hubiera podido derrotar a los que venció en su carrera por convertirse en el primero entre sus pares. Lo que puede considerarse novedoso, y de ahí su relativo éxito, es su persistencia enfermiza en utilizar esas astucias, reiterándolas con un nivel de descaro sin antecedentes en el país, probablemente porque ninguno de sus antecesores había sido capaz de llevar su falta de escrúpulos a donde la ha llevado quien hasta auspicia entre sus conmilitones que lo promuevan como el Mesías que esperaba la nación desde 1819. ¿Puede haber mayor alarde de politiquería que el de un politiquero que se arropa con la bandera de la lucha contra los politiqueros? ¿No cumplen los consejos comunitarios el evidente propósito de engañar a las gentes del común? ¿Cómo calificar la manera como consiguió en el Congreso los votos para aprobar la reelección? ¿Y qué decir de quien ha llevado la sumisión de Colombia a Estados Unidos a niveles nunca vistos, utilizando la palabra patriotismo en cada frase?

El otro factor que tal vez explique mucho del respaldo a Uribe es la naturaleza notoriamente plutocrática de sus decisiones, pero dejando claro que es en beneficio de los monopolios y las transnacionales, pues las políticas neoliberales golpean al pueblo, como es sabido, pero también al empresariado no monopolista de todos los sectores. Para confirmar este aserto basta con recordar algunas decisiones económicas en lo que va de este cuatrienio, tales como la de extender el monopolio del transporte urbano a más ciudades, la regresión de las normas petroleras a los contratos de concesión, la ley de garantías a los inversionistas, las sucesivas leyes de exenciones tributarias, la privatización de Granahorrar y la más descarada y notoria de todas: el intento de regalarle Telecom a Carlos Slim. Malagradecidos serían estos personajes si no le restituyeran a su benefactor siquiera una porción de lo que este les ha dispensado.

También moviliza opinión a favor de Uribe que este lograra agrupar en torno suyo a cerca del setenta por ciento de los congresistas, a quienes ha reclutado de uno en uno mediante el poder del colombiano que más empleos da y más cheques gira en el país. Y no es poca la capacidad de manipulación de quienes, desde Bogotá hasta la última vereda, manejan redes de bien, regular y mal pagos propagandistas de la candidatura presidencial que tenga mayores posibilidades de perpetuarles su parte en el botín burocrático, la que no puede ser otra que la de reelección, pues en Colombia, como explicara un senador uribista, el que manda “es el partido del presupuesto”.

Lo que haga o deje de hacer la Casa Blanca resulta asimismo de importancia decisiva en la labor de presentar a Uribe como lo que no es, pues sería imposible que alguien como él aspirara a perpetuarse en el gobierno sin el beneplácito estadounidense, realidad que en este caso es tanto más cierta en razón de los muchos y bien conocidos rabos de paja del actual mandatario. Que los gringos sabrán cobrarse el respaldo a las desmedidas ambiciones de su espolique, hace aún más ominoso el proyecto uribista de reelección presidencial.

Pero lo que ocurre en Colombia no puede explicarse si al país no se le hubieran bajado sus defensas contra los virus de la politiquería, la corrupción y la antidemocracia, como se deduce del hecho de que el Presidente haya cambiado la Constitución en su beneficio personal y nombrado a Andrés Pastrana como su embajador en Washington, y que estos dos actos vergonzosos, y como tales imposibles de ejecutar con éxito en otros países, se celebren en los principales medios de comunicación como “jugadas maestras” de Uribe. Estos ejemplos, entre otros muchos, ilustran que ha ganado fuerza la idea, descompuesta en extremo, de que “en política, mientras se tenga éxito, cualquier cosa está bien”, posición que en medio del poder y las presiones de quienes la esgrimen termina por ganar aunque sea el silencio de muchas gentes que no la comparten.

Este ambiente también facilita otros hechos tan graves como que la mayoría de la Corte Constitucional, en el mismo fallo sobre la reelección en el que se arrogó el derecho de revisar los actos legislativos que aprueba el Congreso, le concedió una importancia minúscula a que el Presidente modificara la Constitución en su beneficio, a que se rompiera el principio de igualdad entre los candidatos presidenciales, a que se desbaratara la separación y el balance entre los poderes establecido en 1991 y a que 71 congresistas con familiares colocados en la administración Uribe convirtieran en una farsa el trámite de sus impedimentos para actuar en la reforma. ¿Cómo no notaron, además, que lo que Uribe trama es una especie de golpe de Estado a posteriori, maniobra que recuerda los actos de Rafael Núñez que le dieron inicio a una hegemonía de cuarenta años? ¿Y cómo silenciar que fue para darles el visto bueno a engendros como este que la Corte Constitucional se tomó el derecho de legislar en la ley de garantías, como evidentemente legisló, para legalizarles a los uribistas la reelección, deslizando la falacia, además, de que así igualó los derechos de los ciudadanos-candidatos con los del Presidente-candidato?

A favor de que tarde o temprano los colombianos le den reversa al ambiente de descomposición del que se aprovecha Uribe, milita que esto suele ocurrir en los países que sufren crisis profundas, en los que, cuando no aparecen fuerzas políticas capaces de llevarlos por un rumbo correcto, logran pescar en río revuelto quienes no obstante tener todo tipo de responsabilidades en el desastre son capaces de presentarse como algo diferente y capaz de modificar positivamente las cosas, siempre y cuando la sociedad les tolere prácticas vitandas que en otros momentos no les toleraría por ninguna razón. En la historia europea de la primera mitad del siglo XX se dieron varias de las manifestaciones más famosas de este fenómeno, advirtiendo que la que aquí ocurre se expresa como una caricatura tercermundista, con más parecido a las andazas del truhán del Fujimori.

Pero no obstante mi certeza en la capacidad de los colombianos para reaccionar, también es cierto que el país puede sufrir pérdidas mayúsculas si la reelección tiene éxito. Y las sufriría porque los peores gobiernos oligárquicos son aquellos que logran un mayor respaldo ciudadano, dado que se aprovechan de su mejor capacidad de engaño para proceder con más facilidad contra los intereses y derechos de las gentes.

En favor de que tenga éxito la resistencia civil que debemos auspiciar para alcanzar la victoria, actúa que en el continente fluye un torrente de oposición al neoliberalismo. Y esa corriente democrática, a pesar de las facilidades que la violencia le otorga al uribismo para entorpecerla, también recorre a Colombia, como lo evidencia el respaldo al Polo Democrático Independiente y Alternativa Democrática. Lo que está en cuestión, entonces, no es si se acrecentará la rebeldía contra el orden imperante, a despecho de cuanta marrullería se le ocurra a Uribe, sino qué tan rápido crecerán las filas de la oposición, quiénes la dirigirán y al servicio de qué concepciones se pondrán estos, asuntos los tres que guardan relación con lo que haga la izquierda democrática en el debate electoral que ya se inicia.

Como bien lo expresa otro clamor que crece, la positiva transformación de Colombia exige que llegue al poder la izquierda democrática, cosa que solo podrá suceder si se unifica, hecho que tiene que empezar por unir al Polo y a Alternativa, por la simple razón de que si falta una de esas organizaciones dicha tendencia seguirá dividida, dada la similar representación que cada una de ellas tiene en el país. Afortunadamente, desde el primer trimestre de este año las direcciones del Polo y Alternativa coincidimos en la idea de unirnos, propósito en el que hemos avanzado bastante y que empezó por acordarnos en el Ideario de Unidad, la base programática que en la Colombia de hoy debe caracterizar a los auténticos voceros de la izquierda democrática del país.

En ese documento, que debe servir de base para el programa presidencial de la izquierda democrática, resaltan la lucha por una auténtica democracia y por la soberanía nacional, de donde deduce el repudio al autoritarismo uribista y a las imposiciones neoliberales del Fondo Monetario Internacional y la Casa Blanca. Además establece que somos partidarios de una solución política de los conflictos armados que desangran al país y deja sentado que no utilizamos la violencia como manera de resolver las contradicciones económicas, sociales y políticas entre los colombianos.

También hemos coincidido en que tendremos listas únicas al Congreso, lo que permitirá acrecentar nuestras filas allí, y en que el candidato de la izquierda democrática a la Presidencia lo escogeremos entre Antonio Navarro y Carlos Gaviria, mediante el mecanismo de someter sus nombres a votación el 12 de marzo de 2006, de manera que quien gane quede de candidato único de la organización en la que nos unifiquemos, decisión esta última que reconoce las realidades legales a las que hay que responder y que tiene como atractivo adicional buscar que la unidad sea permanente.

Hace parte también de las coincidencias que la unidad organizativa se hará a partir de la personería jurídica y los estatutos legalmente modificados del Polo Democrático Independiente, y que las puertas de la organización estarán abiertas a otros sectores democráticos que quieran vincularse, con todas las garantías, a este proyecto, tales como las organizaciones representativas de las comunidades indígenas y las que hacen parte del llamado Bloque Sur. Y también facilitaremos que en torno al candidato único de la izquierda democrática se unan colombianos que pertenezcan a otras banderías.

Para el acuerdo definitivo solo faltan dos puntos que quiero compartir con Ustedes: el nombre de la organización unitaria y la dirección nacional que esta tendrá desde que se suscriba el pacto hasta que en 2006 realice un Congreso que mediante mecanismos de votación democrática escoja su dirección de ahí en adelante. En cuanto a la denominación, nuestra propuesta es que sea Polo Alternativo, nombre que recoge los aportes decisivos de cada uno de los dos sectores en trance de unificarnos. Y sobre la dirección nacional hasta el Congreso ya mencionado del año entrante, proponemos que se conforme de manera paritaria por voceros del Polo y Alternativa, con poder para decidir sobre todos los asuntos de la organización y que en unos casos tome decisiones por consenso y en otros por mayoría calificada de 75 por ciento. Esperamos que estas propuestas, que reconocen las realidades a las que debe ajustarse el proceso unitario, permitan darles la buena nueva a los demócratas de Colombia de que la unidad de la izquierda democrática sí fue posible.

Apreciados amigos y amigas que me acompañan en este acto; en especial queridos compañeros del MOIR, permítanme insistir en la orientación de nuestra dirección nacional sobre la importancia de poner todo de nuestra parte para unificar a las izquierdas de Colombia, unidad que solo será posible si cada una de las personas y organizaciones dirigentes del proceso asumimos el compromiso de trabajar con quienes si bien tenemos diferencias, diferencias que en muchos aspectos no van a desaparecer, también tenemos coincidencias sobre los aspectos fundamentales que se requieren modificar para sacar al país de la encrucijada en que se encuentra. Que todos actuemos sin ambigüedades, como bien lo ha dicho Carlos Gaviria, porque estamos orgullosos de ser lo que somos y de lo que buscamos, pero a la vez sin sectarismos estériles. Que nadie pueda decir que los militantes del MOIR no hicimos todas las contribuciones positivas posibles para sacar adelante la unidad por la que claman millones de colombianos.

En este proceso de lograr la unidad, uno de los mayores aportes de Alternativa Democrática es la candidatura a la Presidencia de la República de Carlos Gaviria Díaz, a nuestro juicio el colombiano mejor dotado para dar al traste con la reelección de Álvaro Uribe Vélez. Y decimos que es el mejor dotado por indiscutibles razones: a lo largo de su vida, Carlos Gaviria siempre ha tenido en mente propiciar la transformación democrática de Colombia, a partir de una concepción en la que juega un papel fundamental su preocupación por la suerte de los más débiles. Entre las muchas virtudes de Carlos Gaviria aparece el valor civil que lo caracteriza y que lo hace ser capaz de no transigir con las corruptelas ni los acomodamientos oportunistas tan característicos de la politiquería nacional. En una vida pública de tantos años, nadie puede esgrimir en contra de Carlos Gaviria ningún acto o conducta capaz de descalificarlo para aspirar a ser el jefe del Estado de los colombianos. Y Carlos Gaviria contribuyó de manera decisiva con la elaboración del ideario que debe caracterizar las concepciones de la izquierda democrática colombiana. Los partidarios de Carlos Gaviria, además, tenemos como nuestro principal argumento en pro de su candidatura la enorme simpatía y respeto que su personalidad despierta entre diferentes sectores del país, aceptación que lo convierte en el dirigente de la izquierda democrática que mejor puede unir en torno a él a la enorme fuerza que hay que ganar para vencer en las elecciones presidenciales del año entrante.

Pero no puedo terminar este análisis sobre la situación nacional sin decirles con toda franqueza que no soy tan optimista como lo he sido sobre el resultado final del proceso de unidad entre el Polo Democrático Independiente y Alternativa Democrática, no obstante lo mucho que hemos avanzado. Y no lo soy porque uno debe tomar la verdad de los hechos y estos nos muestran que no hemos llegado al acuerdo al que debe llegarse, a pesar de los tantos meses transcurridos.

La falta de un acuerdo final y definitivo solo puede explicarse porque en alguna parte falta voluntad política para lograrlo, pues no puede ser cierto que todos estemos por llegar a los acuerdos y que en tanto tiempo las coincidencias no logren materializarse. Y es evidente que no es ni en el MOIR ni en Alternativa Democrática en donde se le atraviesan palos a la rueda de este proceso unitario, apreciación de la que no puede deducirse que los del MOIR y Alternativa Democrática vamos a dejar de insistir en lograr la unidad que nos exigen los colombianos.

Por último, permítanme decirles que creo haber cumplido con los dos únicos compromisos que asumí si llegaba al Senado de la República: mantenerme fiel a la defensa de los puntos de vista que siempre hemos defendido y respaldar las luchas de los colombianos a favor del progreso nacional, cumplimiento que también creo me autoriza para decirles que aspiro a volver, con su generoso respaldo y el de muchos otros, a esa corporación.

Si en algo me he esforzado, espero que con algún éxito, es en darle forma política a uno de los principales aportes de Francisco Mosquera, el inolvidable fundador del MOIR, a la transformación democrática de Colombia, contribución que se refiere a que será imposible tener éxito si no constituimos el más amplio frente unitario que sea dable imaginar, en el que solo falten quienes se autoexcluyan porque han convertido en su negocio hacerle daño al país, al sacrificar los intereses nacionales ante la codicia de los monopolios extranjeros y, en especial, de los Estados Unidos.

Es por ello que en la unidad por la que luchamos los moiristas, como es obvio, pueden y deben estar la clase obrera urbana y rural, el campesinado y los indígenas, los trabajadores de la educación y la cultura, los estudiantes y los intelectuales, el artesanado y los que se ganan la vida por cuenta propia en pequeños y medianos negocios de todo tipo. Pero también sostenemos que las puertas de esta unidad deben estar abiertas para el empresariado que tenga atada o decida atar su suerte personal a la suerte de la nación, bien sea porque así responde a sus contradicciones con el neoliberalismo o a sus convicciones patrióticas.

Lo que hay que hacer, entonces, para que la izquierda democrática desarrolle la fuerza suficiente para ganar el poder no es renunciar a sus principios y objetivos en favor de las concepciones retardatarias, como nos lo plantean desde la derecha, pues ello constituiría una traición a nuestras propias creencias y a los intereses de casi toda la nación. Ganar así para qué se preguntaría cualquier colombiano honrado. ¿Para cambiar no la vida de la gente sino la de los dirigentes, que así trocaríamos el derecho de primogenitura de los colombianos por nuestros respectivos platos de lentejas? Con paciencia y persistencia, expliquemos lo que proponemos para salvar a Colombia y confiemos en que nuestra fuerza crecerá, incluso con quienes hoy no nos respaldan, y no lo hacen en buena medida porque no entienden lo que somos ni saben lo que pensamos.

La cara positiva de las crisis profundas es que pueden abrirles camino a las también profundas transformaciones que requieren los países. Y en el caso de Colombia tenemos claridad suficiente para poder darles solución a los problemas de la nación, tenemos la organización capaz de dirigir las luchas que habrá que ganar para cambiar a Colombia y tenemos en Carlos Gaviria el candidato presidencial capaz de unir a todos los que hay que unificar para librar la principal batalla política del año entrante.

Mi invitación final es a que cada uno de nosotros insista en aportar lo mejor que pueda en la causa de transformar a Colombia, para avanzar en la tarea de gestar la patria amable con la que sueñan casi todas las gentes de este hermoso y rico país.

Muchas gracias.

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