En una decisión que espero mis pacientes y amables lectores sabrán excusarme, esta vez, luego de muchos años, resolví llenar la pantalla en blanco con un potpurrí al que espero no le falte interés, pues tiene como ventaja que permite abordar varios temas de actualidad al mismo tiempo.

La noticia de que Carlos Slim, el propietario de Teléfonos Mexicanos (Telmex), se va a quedar con Telecom me hizo acordar que en mi libro www.neoliberalismo.com.co (p.222) conté lo siguiente: Eduardo Sarmiento Palacio (Alternativas al modelo neoliberal, p. 144) explicó que la privatización de Telmex se hizo tan a menos precio que se vendió por 6.200 millones de dólares y que, año y medio después, valía en bolsa 30 mil millones de dólares. Y según Bussines Week (Summa, junio de 1992, p. 10), en el primer año como compañía privada Telmex produjo 2.300 millones de dólares de utilidades sobre ingresos de 5.400 millones de dólares, lo que llevó a un asesor estadounidense de la compañía a afirmar: “Dios no concibe ganancias como estas”.

El gobierno de Colombia nunca les consultó las propuestas que le ha hecho al de Estados Unidos sobre el TLC ni al Congreso, ni a las organizaciones de trabajadores, campesinos e indígenas, ni a los alcaldes y gobernadores, ni a los concejos municipales y las asambleas departamentales. En una concepción abiertamente plutocrática, solo ha tenido en cuenta al Consejo Gremial Nacional, donde se asocian las organizaciones empresariales del país (Andi, Sac y otras). Pero una vez en dicho Consejo crecieron las voces opuestas a la manera de conducir la negociación, por considerarla dañina al interés nacional, el ministro Botero, con el respaldo del presidente Uribe Vélez, anunció que, en adelante, lo que se les presente a los estadounidenses ni siquiera será acordado con las agremiaciones de los empresarios.

Hace un par de años, el ministro Jorge Humberto Botero se dio aires en el Senado diciendo que “una de las diferencias del TLC con la apertura de los años noventa es que este será sin revaluación” (¿!). Tamaño oso se agigantó porque Javier Fernández Riva puso en duda que “con un peso revaluado, que golpea la producción nacional porque facilita las importaciones y dificulta las exportaciones” las ventas al exterior puedan estar creciendo al 35 por ciento, según dice la estadística oficial. Y cuestionó las cifras de la peor manera, porque demostró que las “altas exportaciones” no pasan de ser, por lo menos en proporciones considerables, una vulgar manipulación de lavadores de dinero, los mismos que también están actuando para subvalorar lo importado, que así y todo crece a la muy alta tasa del 30 por ciento.

La refinería de Cartagena, aunque da utilidades, debe modernizarse, lo que la convertiría en un excelente negocio. Y Ecopetrol tiene con qué hacer la inversión porque atesora en bancos en el exterior, a menos del ridículo dos por ciento anual, más de mil millones de dólares. Pero ya el ministro de Minas anunció que esa plata se mantendrá en Londres y Nueva York y que les entregará el negocio a inversionistas extranjeros, con lo que, además, se viola la palabra presidencial y el compromiso del presidente de Ecopetrol con la USO de que no se privatizarían las instalaciones de Cartagena.

Por los mismos días en que el ministro de Agricultura decidió eliminarle el precio de sustentación a la leche, a pesar de que cualquiera sabe que eso pone a los lecheros en condiciones de indefensión frente a los monopolios compradores, el Presidente anunció que el gobierno compraría a un precio mínimo la coca. Y Uribe no lo dijo en chiste.

Hubo un suceso que por razones obvias no trascendió en el país. Hace unos días, se eligió alcalde en Manizales. Y cada encuesta, incluso la de la semana de las votaciones, dio como ganador, por un margen del 20 por ciento, a uno de los candidatos. Pero a la hora de contar los votos, ¡oh sorpresa!, el que según los encuestadores debía barrer, apenas ganó por 300 votos. Que la preocupación que desde ese día acompaña a los uribistas manizaleños se extienda entre sus copartidarios de todo el país.

Vale la pena ver “La caída”, la película que muestra los últimos días de Adolfo Hitler. Y vale la pena porque, entre otras cosas, muestra cómo el lumpen organizado en una banda de manipuladores “los nazis” pudo llevar al fanatismo a casi toda la nación alemana, una de las más cultas de Europa.

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