Moisés Wasserman, El Tiempo, Bogotá D.C., 12 de marzo de 2020

Las terapias alternativas no son una curiosidad simpática, son un peligro.

Las pseudociencias y terapias alternativas no son una curiosidad simpática, son un peligro. Un caso emblemático fue el de Joey Hofbauer. Era un niño de 7 años al que le descubrieron un día una protuberancia en el cuello. Lo trataron con penicilina, sin efecto, y finalmente, en un importante hospital le diagnosticaron linfoma de Hodgkin. Era 1977, pero ese cáncer ya era tratable, con una muy alta probabilidad de cura total.

 

A los padres, las palabras ‘quimioterapia’ y ‘radiación’ les produjeron terror, y estalló una verdadera batalla. De un lado estaban el hospital y los servicios de bienestar infantil; del otro, los padres y algunos activistas, entre ellos la nefasta Sociedad Birch, y la NHF (Federación Nacional de Salud), organización que hace un excelente negocio con la medicina alternativa.

Los padres lo llevaron a Jamaica, donde iniciaron tratamiento con Laetril, un compuesto extraído de semillas de albaricoque. Ha sido llamado también vitamina B17 y amigdalina. Es un compuesto que nunca fue probado como anticancerígeno (ni antinada) y que en su degradación produce cianuro.

La ley en Estados Unidos permite a los servicios de bienestar infantil proveer cuidados médicos a un menor, incluso en contra de la voluntad de sus padres. Así que el caso fue llevado ante un juez que aceptó la voluntad de los padres con la condición de que encontraran un médico que se responsabilizara del tratamiento y rindiera un informe a los seis meses. Los padres acudieron a Michael Schachter, un psiquiatra que, a pesar de no haber tratado jamás un cáncer, aceptó ser el tratante.

Para ir sobre seguro, el Dr. Schachter, además del Laetril, le suministró una cantidad de remedios que la sabiduría popular decía que curaban el cáncer. Así, Joey tomó una megadosis de vitaminas que acabó dañándole el hígado, recibió durante seis meses dos enemas diarios de café, lisado de estafilococos, una autovacuna preparada a partir de su orina y otras porquerías.

A los seis meses los tumores en el cuello se habían multiplicado, pero el informe del Dr. Schachter al juez fue altamente positivo; aseguró que iba en vías de curación. Para aumentar la confusión, el actor Steve McQueen se presentó como ejemplo de la cura exitosa de un cáncer usando Laetril. El juez, en forma incomprensible (o tal vez comprensible por las presiones de las organizaciones civiles mencionadas), decidió que se podía continuar el tratamiento. Equiparó los conceptos expertos de hospitales y oncólogos reconocidos con los del Dr. Schachter y los del actor y decidió, con profunda ignorancia, aceptar los segundos.

Las cosas se desarrollaron mal: infortunadamente, Joey murió de cáncer con metástasis en varios órganos, y poco después murió Steve McQueen, convertido en un esqueleto forrado de piel, también con múltiples metástasis. La presión de los grupos ciudadanos interesados obligó a las autoridades del FDA (institución que da licencia de uso a nuevos fármacos en Estados Unidos) a conducir un estudio controlado del supuesto fármaco con 187 enfermos de cáncer. El resultado fue que Laetril no sirve para nada y su uso fue prohibido en Estados Unidos y Europa.

Pero la historia no termina ahí. Hoy, quien quiera un tratamiento puede viajar a México, y en Colombia se puede adquirir en tiendas de internet. El juez siguió juzgando, sin distinguir a los activistas de los expertos, y el Dr. Schachter abrió una clínica para tratamientos alternativos que lo hizo rico.

Cuando joven leí la Historia de la estupidez humana, de Paul Tabori. Como fue escrita en 1959, no tenía esta historia (en una nueva edición debería incluirse, con todos los merecimientos). Lo que sí describía bien era la inmensa capacidad humana para el autoengaño y para engañar incautos.

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