Colombia perdió a Panamá en 1903. Estaba culminando en el mundo un siglo de predomi-nio europeo y se iniciaba un profundo cambio en la historia de la humanidad. Todas las conquis-tas, dominaciones, invasiones, subyugaciones de países hasta entonces se habían operado exclusi-vamente por la fuerza de las armas. De ahí en adelante se irían operando cada vez más por la fuer-za del capital y sería el capital el que comenzaría a comandar las armas. Todo el territorio suscep-tible de conquista estaba controlado por alguna potencia. Por haber llegado tarde al reparto del mundo, la Alemania de Bismarck (1871-1890) no había alcanzado a obtener territorios de domi-nación. Estaba en desventaja, pero constituía la potencia a la ofensiva, la de mayor desarrollo rela-tivo, la de una expansión económica más rápida. Estaba desafiando a Gran Bretaña y Francia, las dos principales potencias del siglo XIX. Así se preparaba la Primera Guerra Mundial, de carácter interimperialista, por la supremacía económica y política del mundo.
Todo iba coincidiendo. Los estados-nación se habían consolidado en Europa, Asia y Amé-rica. Ciencia y técnica se desbordaban y ofrecían resultados sorprendentes en todos los campos, desde la medicina hasta la ingeniería. En Inglaterra, Francia, Alemania y Japón reinaba la gran industria y surgían los grandes monstruos financieros. Estaba tomando fuerza ese fenómeno ca-racterístico del siglo XX de la separación del capital y la producción, sin precedentes históricos, que iría a permitir el flujo libre de capitales sin “dueño” aparente inundando todos los países, des-arrollados y subdesarrollados por igual, tras los más elevados rendimientos. En el momento de la guerra del 14, por ejemplo, los británicos tenían veinte mil millones de dólares en inversión ex-tranjera, los franceses ocho mil setecientos y los alemanes seis mil. Una cuarta parte de la riqueza de los ingleses se componía de acciones colocadas en el extranjero. Y casi la sexta parte de la ri-queza de Francia estaba invertida fuera del país. Los ferrocarriles de América, las minas, las plan-taciones, se fabricaban y desarrollaban con capital europeo.
Pero en América se operaba un fenómeno que definiría el siglo XX, el desarrollo econó-mico de Estados Unidos. Puede decirse hoy que si el siglo XIX fue un siglo europeo, el siglo XX fue un siglo estadounidense, que, de verdad, vino a definirse después de la caída de la Unión So-viética en 1989, después de tres guerras mundiales. Estados Unidos fue el que sacó ventaja de la primera, quedó como potencia hegemónica después de la segunda y derrotó a la Unión Soviética que se había lanzado a desafiarlo durante la guerra fría. Su poderío se había originado del extraor-dinario desarrollo económico obtenido a partir de la Guerra Civil en 1865.
Logró, como ningún otro país de América, consolidar su mercado interior de bienes de consumo y de capital. En 1900 había quedado integrado el país con ferrocarriles de más de dos-cientas cincuenta mil millas de extensión. Ya era autosuficiente en carbón, hierro y acero, y se iniciaba la industria del petróleo. Su agricultura abastecía de trigo y algodón el consumo nacional de casi cincuenta millones de habitantes. Y su economía se caracterizaba por exorbitantes mono-polios en todos los sectores de la actividad económica: acero, ferrocarriles, petróleo, carne enva-sada, tabaco, maquinaria agrícola, níquel, plata, cobre, caucho, vidrio, azúcar, explosivos, whisky, banca, en manos de legendarios magnates a lo Rockefeller, Carnegie, Morgan, Harriman, Var-derbilt, Guggenheim, McCormick, Armour. Para 1904, 319 monopolios industriales con capital de siete mil millones de dólares se habían absorbido cinco mil trescientas empresas independien-tes. Había pasado el país del Norte del capitalismo de libre competencia al del monopolio y el dominio del capital financiero. Estaba a la par con las grandes potencias europeas.
El poderío económico, el auge de los monopolios, la bonanza en todos los campos, crearon una conciencia política y empresarial de superioridad para competir con Europa y Japón por la conquista del mundo. Primero, en el Caribe los estadounidenses le quitaron Cuba y Puerto Rico a España, e intentaron quedarse con Santo Domingo. Después abrieron el camino en el Pacífico con Alaska, Hawai, Samoa, Islas Guano, Guam, Islas Midway, hasta llegar a Filipinas y mirar la posi-bilidad de entrar a China. No se trataba ya de conformar el territorio del estado nación como lo habían hecho con New Mexico, Colorado y California, sino de acomodarse en la lucha por la su-premacía mundial que se prolongaría por todo el siglo. Tercero, en América utilizaron la Doctrina Monroe, instrumento decimonónico concebido para la defensa de todos los países independizados contra la reconquista europea, devenido en el “big stick”—gran garrote—contra los países del continente americano; y acudieron también a la teoría del llamado “destino manifiesto” para es-parcir la democracia contra las monarquías feudales y las dictaduras militares, por una parte, y al principio económico del libre mercado destinado a abrirle campo a sus mercancías y capitales, ambas en un proceso indetenible de superproducción de mercancías y de sobreabundancia de ca-pital.
En su historia del mundo moderno, Palmer y Colton resumen muy bien el proceso: “Esta-dos Unidos, al abrirse el siglo veinte, con la posesión de una inmensa esfera de influencia en América, puestos de avanzada económicos y estratégicos en el Pacífico, una política activa en el Lejano Oriente y una marina de guerra creciente, era una de las Grandes Potencias del mundo.” (Palmer y Colton, A History of the Modern Word, pag. 627) Esa potencia, con ese desarrollo eco-nómico espectacular, esa ideología de supremacía y conquista, y puntos estratégicos de acomo-damiento en la geografía mundial, era la que ambicionaba apoderarse de Panamá. No se trataba solamente de la apertura de un canal interoceánico que le permitiera la comunicación de su costa occidental con la oriental, sino de la ubicación más estratégica de todas desde la cual buscar el predominio sobre Europa y colmar una ambición probable de hegemonía mundial.
Los grandes ideólogos de ese “destino” secular, desde un desconocido capitán Mahan has-ta un prestigioso senador Cabot Lodge, representaban una tendencia decidida a la utilización de todos los medios posibles de colonización y expansión territorial y económica. Tanto Cuba como Panamá se convertirían en el modelo de nuevas formas de colonialismo para el que no serían ne-cesarios los virreyes, pero los cambiaría por la diplomacia del dólar, la independencia política, la modernización económica, el crédito internacional, los planes de desarrollo, los organismos multi-laterales, la apertura económica y las instituciones mundiales de comercio. Un Roosevelt, Teodo-ro, aplicaría el garrote. Otro Roosevelt, Franklin Delano, utilizaría el dólar. En estas condiciones, Estados Unidos no podía permitir que Francia le ganara la contienda con un nuevo Suez y se esta-bleciera en el pleno centro de lo que vendría a ser su “patio trasero”, el canal de Panamá.
Bibliografía mínima: R.R.Palmer y Joe Colton, A History of the Modern World; Allan Nevins y Henry Steele Commager, Breve historia de los Estados Unidos; Douglas C North, The Economic Growth of the United Status, 1790-1960; A.E. Campbell, Theodore Roosevelt; Hugh Thomas, Cuba. La lucha por la libertad, 1762-1909; Ramiro Guerra y Sánchez, La expansión territorial de los Estados Unidos; Philip S. Foner, La guerra hispano-cubano-americana y el nacimiento del imperialismo norteamericano.
27 de mayo de 2003