Nada más rutinario que la información sobre mergers and acquisitions, como si cada caso, en vez de ser un paso adicional en la concentración del capital, fuera algo benéfico y moralmente indiferente. Primero fueron las fusiones a escala nacional, luego a escala continental y ahora son a escala mundial, hasta el extremo de que ya no hay industria que no esté dominada por tres o cuatro compañías multinacionales, la norteamericana, la japonesa y la europea.

Hace pues años que pasó la época realizadora del capitalismo. Los creadores de grandes empresas han cedido su lugar a los compradores de grandes compañías y nada hay que más odiado por el neoliberalismo, paradójicamente, que la competencia, madre de la innovación, el progreso y el buen servicio.

Cada adquisición sigue el mismo libreto: se justifica la fusión por las sinergias. Éstas se traducen en la venta de los activos redundantes (para lograr enormes ganancias iniciales) y en la excedencia de buena parte de los empleados. El negocio consolidado logra grandes utilidades permanentes con el despido masivo, sin pensar en los daños humanos ni en la calidad del servicio.

El merger más reciente es el de dos bancos con enormes utilidades, el J.P. Morgan Chase que va a adquirir el Bankone, acompañado del despido de unos 10.000 empleados de ambos establecimientos, el cierre de centenares de oficinas y el recargo de trabajo en los nuevos departamentos comunes.

Esta noticia, en vez de llenar de horror a los comentaristas, se registra con notas laudatorias sobre la perspicacia y capacidad de los ejecutivos de las empresas que engullen a otras, porque la inercia gubernamental los deja actuar impunemente.

Mirando objetivamente éste (y multitud de procesos similares) uno quisiera pensar que esos grandes ejecutivos no son sino enemigos del género humano, que cada vez que sacrifican el empleo de miles de sus conciudadanos se embolsican cifras astronómicas. Herr Ackerman, por ejemplo, por despedazar a Manessmann, obtuvo un bono de 31 millones de euros, como vemos en el juicio que acaba de iniciarse en Frankfurt contra él y sus compañeros de junta directiva, coludidos con la contraparte para liquidar su propia empresa. ¡Pero tranquilos, se espera un largo juicio y la derrota de la entrometida Fiscalía!

Todo esto viene a cuento ante el foro «Por otro mundo posible», de Mumbay, donde 100.000 idealistas claman por un orden económico al servicio de la humanidad.

Como el neoliberalismo y la globalización están para quedarse, hay que armar el idealismo con una actitud realista y pragmática que no acepte la idea en boga de que no hay nada que hacer frente a la demolición del Estado y al estatus neocolonial determinado para nuestros países.

La idea de un Estado fuerte y eficaz, capaz de contener los excesos del capitalismo, no está derrotada ni siquiera en los países del primer mundo, porque contra los procesos de desindustrialización y desempleo estructural creciente se están movilizando fuerzas políticas de signo contrario, opuestas a los gobiernos que se cruzan de brazos frente a atrocidades como la fusión bancaria que estamos comentando o contra la deslocalización industrial, que durante el gobierno de Mr. Bush ya ha significado la migración de 2.5 millones de empleos, especialmente hacia China.

Como se requiere un nuevo voluntarismo para oponerse a la resignación fatalista (de la cual nada bueno puede esperarse), tendremos que seguir ocupándonos de estos asuntos. Un preocupante ejemplo de fatalismo, incidentalmente, acaba de ser denunciado por el senador Habib Merheg, de la bancada uribista, en El Tiempo del 19 de enero, cuando acusa al Mincomercio, doctor Botero, de ser esclavo del proyectado TLC, tal como los Estados Unidos nos lo quieren imponer. El senador llega inclusive a considerar este tratado como un contrato de adhesión: «sí, porque el gobierno está siendo presionado por muchos frentes, la presión de Estados Unidos por causa de la droga, la presión por la ayuda militar, la presión del Fondo Monetario Internacional, en fin. Yo siento que el gobierno va a salir a firmar el acuerdo con base en lo que le pongan en la mesa».

Esta gravísima denuncia exige seria reflexión, porque sobre la adhesión resignada a la imposición imperial no puede edificarse un futuro promisorio para Colombia.

Contrabando y TLC. Con igual vehemencia un dirigente gremial solicitó al gobierno apurar el TLC y atacar el contrabando, ignorando que ambos fenómenos causan los mismos efectos: disminución de la renta de aduanas, reducción del mercado para el producto nacional y sacrificio del empleo colombiano.

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