Pese a un fugaz distanciamiento de los medios de comunicación que durante su mandato lo colmaron de lisonjas y le otorgaron un obsesivo y frenético cubrimiento, el ex presidente Álvaro Uribe no pierde su habilidad para perturbar –aún más- un ambiente político que como el colombiano no se caracteriza precisamente por su calma, sosiego y pulcritud. Hoy sobrecoge a muchos ya no con sus omnipresentes apariciones públicas, sino con las declaraciones desaforadas de los últimos días y con las acciones que desde la penumbra viene orquestando. Unas y otras han empezado a develar sus temores al encontrarse con una realidad desfavorable en la que la condición de ex presidente ya no le permite camuflar de manera tan efectiva los hallazgos que se vienen realizando por parte de la justicia, en los que sus más cercanos colaboradores se han visto vinculados directamente con actos delincuenciales y sobre los que se sospecha habría tenido injerencia directa el ex mandatario.
El otorgamiento de asilo político por parte del gobierno Panameño a María del Pilar Hurtado, ex directora del DAS investigada por sus actuaciones frente a los seguimientos ilegales hechos durante el gobierno de Álvaro Uribe a magistrados, periodistas, políticos de oposición y defensores de derechos humanos, entre otros, marca más que un hecho lamentable en el que una figura como la del asilo ha sido mal empleada y mal concedida, una afrenta enorme al pueblo colombiano, que por fin y por boca de los mismos funcionarios que llevaron a cabo estas ejecutorias de acoso y hostigamiento, empezaba a conocer la verdad, las motivaciones y los actores principales en esta funesta historia real conocida como “las chuzadas”.
Historia en la que las abrumadoras pruebas y testimonios rendidos por ex funcionarios del más alto nivel del pasado gobierno, asombran por la concordancia en sus declaraciones, al señalar que la información que ilegalmente obtenían tenía como destino principal la casa de Nariño. Empleados del círculo más cercano a Uribe que podrían ponerlo en una situación más que penosa y compleja en el caso de señalarlo directamente, no solo debido al repudio que estas acciones han despertado en gran parte de la opinión pública, sino a la gravedad de los cargos que se le podrían imputar al ex presidente de comprobarse su participación.
Es por demás entendible el rechazo que ha recibido la medida de asilo a la ex directora del DAS en tantos y tan diversos sectores (incluso muchos cercanos a Uribe), que en contravía de los lineamientos y preceptos internacionales en esta materia que indican que esta figura se debe otorgar exclusivamente a individuos que son víctimas de una persecución política en sus países, en este caso se ha otorgado con fines absolutorios a una de las directas implicadas en el seguimiento y acorralamiento político al que se vieron sometidos muchos colombianos. La habilidosa maniobra de la ex directora y que según el periodista Daniel Coronell fue orientada por el mismísimo ex presidente Uribe, (Revista Semana. “Lo que me dijo María del Pilar”, Noviembre 20 de 2010) empieza a dejar un repugnante tufo a impunidad, encubrimiento y confesión tacita de culpabilidad.
La complicidad de facto por parte del gobierno panameño no es casual. En un evidente contrasentido se le brinda asilo a la ex directora del DAS, a sabiendas que hace apenas unos meses la procuradora de ese país había sido relevada de su cargo por una condena conferida en su contra precisamente por un caso de escuchas ilegales. Solo la cercanía entre el ex presidente Uribe y el gobernante de panamá Ricardo Martinelli, puede explicar en parte la decisión de ese gobierno para conceder este asilo, que según comunicación de su cancillería fue otorgado “con el ánimo de contribuir a la estabilidad política y social de la región”. Habrá que agradecer entonces al gobierno de Panamá por esta menuda contribución a la democracia y a la justicia, al no brindarle asilo a los perseguidos sino a los perseguidores.
La simpatía y cooperación entre ambos líderes de la derecha latinoamericana se cimienta en el afán neoliberal de sus agendas económicas, en un talante autoritario que contrasta con la docilidad pasmosa ante las ordenanzas de Washington y en seguimientos que buscan tener un dominio total de la información y los individuos de su interés, replicando de esta manera las formas que han utilizado los imperios para mantener su control y mando, como ha quedado al descubierto nuevamente con la reciente filtración de 250 mil documentos por la web wikileaks, en los que se revelan instrucciones del gobierno estadounidense a sus diplomáticos para espiar a funcionarios de extranjeros y de la ONU. Métodos similares aplicados igualmente por amos y peones.
Por esto no es de sorprender la inmensa solidaridad que ha desplegado la derecha latinoamericana con el ex presidente, sus colaboradores y sus atropellados procedimientos. Una derecha que al unísono de la mundial, intenta reconfigurarse y tomar un nuevo aliento, cuidando las maltrechas espaldas de sus líderes, que ante un malestar y una irritación generalizados en sus pueblos, sienten amenazados sus privilegios e intereses particulares, y temen que la clase a la que representan sea relevada del poder como ya ha ocurrido en tantos países hastiados de la doctrina neoliberal de la desigualdad y la miseria. La derecha pro imperial de Uribe, Santos, Martinelli, Calderón, Piñera, que desesperada busca hacer eco de sus planteamientos a través de sus medios y que con nobel de literatura a bordo pretende encontrar una legitimidad y un alivio que viene perdiendo dramáticamente.
El ex presidente Uribe, ahora desde las sombras y con la usual pericia del malhechor, combina equitativamente métodos mafiosos y amistades poderosas. La condición de ciudadano que ahora lleva, y que ha generado una percepción sustancialmente diferente incluso entre los que fueran sus seguidores, lo llevan a cometer actos desesperados que intentan encubrir los verdaderos logros de su régimen, entre los cuales se encuentran el desastre económico y social legado, la entrega de nuestras riquezas y nuestro territorio a inversionistas y grandes compañías extranjeras, la pauperización progresiva de los colombianos, y la persecución matrera e implacable a quienes tuvieran otra concepción de la realidad en Colombia. Pálido recuerdo que empieza a dejar el Doctor Uribe, quien a la luz de los resultados de su gestión pública y de sus embates continuos contra quienes no piensen como él ni acaten sus mandatos, pareciera tener junto con sus socios, colaboradores y familiares, como objetivo primigenio de su existencia, sacar provecho del caos reinante en nuestro país y lucrarse con la dominación a la que es sometido el pueblo colombiano.