Foto: Diana Sánchez, para El Espectador.
Había una vez, y el tiempo no es muy lejano, las pálidas circunstancias de un reino unánime. Unánimes sus vestidos y unánimes sus canciones, unánimes sus opiniones en almuerzos y periódicos. Terminada la jornada, después de apiñarse en buses como cuerpos ventilados y unánimes, los habitantes de aquel reino descansan en sus lechos tranquilos, encienden sus televisores, todos al tiempo, y frente a la secuencia de titulares felices y acordes, hacen el amor a sus esposos siempre dispuestos, siempre los mismos con sus conversaciones sobre autos construidos en serie, uniformados para el fútbol o el trabajo. Todo en orden y en control, todo preparado. Nadie los vio quejarse entre su soledad unánime.
Los hijos querían ser como sus padres, ordenados en cuadrículas y pupitres, engrosar la fortuna familiar en una escala ascendente y rutinariamente unánime. Las muchachas operaban sus cuerpos frente a una misma foto. Los operarios, obedientes y conformes, seguían la fila de los bancos frente a una taquilla austera, consabidamente unánime. Sus celadores, bajo la lluvia unánime que moja a los justos, veían llegar los invitados con sus trajes a la moda, danzar sus cuerpos al compás de una canción, alegre como sus obituarios, siguiendo el ritmo entre sus casas de cristal o de ladrillo, unánimes; con sus palabras y sus coros afinados en una ronda sucesiva. Siempre correctos y apropiados, felices como sus sombras.
“Hemos alcanzado la anhelada unidad”, cantaban los parlantes de todo el reino, “estamos librados de las críticas molestas, inapropiadas”, y en las calles unánimes del reino unánime seguían las rutinas, seres uniformados de camino a los cinemas, aplastados en los buses con su silencio unánime. Cuentan los cronistas del reino, siempre preocupados por las noticias positivas, que alguna vez rabiaron las encuestas con un grupo político, también unánime, vestidos de un verde taciturno y unísono, conformes sus cabezas huecas coronadas con pirámides, incomprensibles, sus ojos ensoñados y confusos.
Relatan las cronistas que estos risueños muchachos, alimentados de zanahorias como conejos numerosos, llenaban las plazas y las calles con sus letanías monocordes, exhibían sus girasoles sonrientes, todos a uno, donde antes el espacio de la molesta oposición, entonces cretinizada gracias a sus ringletes hipnóticos. Mas pronto volvió el equilibrio a la paridad de los reinos. Los jefes se pusieron de acuerdo en un apretón de manos, silencioso y ecuánime, y pronto giraron sus girasoles al solecito que más alumbra, entusiastas, un sol unánime como la luna y las monedas.
Desde las periferias del reino llegaban las noticias de una brutal corrupción: un campo saqueado para entregarlo a las familias más felices, de ingresos seguros, espías del estado escuchando las llamadas tras la borrasca de los teléfonos. Los hospitales robados, operando pacientes inexistentes, las glorias del ejército como una simulación virtual. Mas la censura matizaba los informes titulándolos de “carruseles”, “hay que cuidar el sueño de nuestros niños emprendedores”, decían los locutores entre líneas: personajes inofensivos y rigurosamente escogidos, patrones de conducta y modelos de pasarelas. Y los habitantes del reino unánime continuaban sus comparsas de la calle a la oficina, de los colegios a los cines públicos. Medicados para la depresión, la memoria, felices y bronceados con sus gemelas, joviales sonrisas, los dientes inútiles de su inédita indignación.
También contaban los informes, -había que taparles los oídos a los niños-, de una matanza de estudiantes en los reinos del Norte. Un mono alto y de maneras vikingas, receloso de la diferencia, hastiado de los cambios como los habitantes de este reino unánime, mató con bomba y si piedades a todo el que se moviera o pensara distinto. ¿Pero por qué asesina este caballero si es tan unánime como nosotros?, se preguntaban los escépticos ciudadanos. ¿De dónde sale esta rabia en la paridad de sus pensamientos, acaso su gobierno no controló la molestia de los instintos, las quejas y los reclamaos? Y de inmediato rechazan estas versiones del atentado como “literatura peligrosa”, fruto de imaginaciones innecesarias como los cuentos y novelas, ya desterradas por el gran negocio para obra y gracia de la tranquilidad. “La única especulación que no es dañina es la que a diario nos enriquece”, decían los sabios de este reino, su mirada ecuánime bajo las aulas unánimes.
Del norte al sur, entre los planos y desiertos donde hoy cruzan las avenidas, descansan los vestigios de una edad antigua: la Era primitiva y sin progreso. Cuentan los ancianos del reino que antes había entre las llanuras un río feroz y sin dominio, páramos inútiles y ciénagas sin modales, el canto de pájaros desafinados. Una naturaleza que andaba a su libre antojo, sin respetar aceras o industrias, ocultando a los facinerosos entre sus mangles.
Pero por fortuna llegó un rey de mano firme y corazón grande, Profeta del Ubérrimo. Vendió estas lomas improductivas a los sagrados capitales, domesticándolas, pavimentó los ríos para que niños y niñas se sintieran más seguros. “Si el alma ha de ser unánime para encontrar la paz, unánimes tienen que ser las tierras y unánimes los sembrados”, decía con sabiduría salomónica el profeta. Y así se reemplazaron las molestas junglas por socavones mineros, productivos y unánimes, se arrasaron las cosechas dispersas para imponer las palmas obedientes, patrióticas y exóticas como los credos. La rebeldía de los árboles silvestres, siempre perseverantes, hacía pensar a los hijos en alejarse de sus padres. Las flores, peligrosamente distintas, murmuraban aventuras peligrosas y caminos sin riquezas, envenenaban los caminos del progreso como poetas confusos y dispersos, ajenos al emprendimiento.
Todos los días llegaban las encuestas: “90% para la unidad nacional”, “nuevos negocios y nuevas adhesiones”, y los niños se alegraban frente a sus padres ad portas de la meta, impunes en su obediencia. Un mundo igual y de iguales, todos felices. ¿Eran creyentes? Claro que eran creyentes. En fila asistían a los templos para recibir una hostia unánime. Pero en sus reinos los Santos gozaban de la mayor popularidad, incluso superior que la de su Dios unánime: “nuestro genial gobernante resucitó de entre los muertos de cuatro gobiernos, el infeliz crucificado sólo de uno”, decían con suspicacia y admiración. Había pobreza en las despenas y carteras, pero tenían que ser unánimes. Crecían los vientres poniendo en peligro la salud de las madres, pero igual tenía que estar hinchadas como vasos unánimes. Los abortos inducidos, antipatrióticos, alteraban la sabia avenencia del destino.
Y así seguían viviendo estos barrios unánimes, con sus televisores unánimes y sus parejas unánimes, un hambre unánime en sus alacenas y estómagos, pero felices y unánimes a fin de cuentas. Cerrando las ventanas para impedir el parpadeo de las estrellas, nunca unánimes; pagando sus impuestos unánimes sin burla ni protesta, votando en sus consultas unánimes como donantes de sangre. Conformes sus sueños y acordes sus canciones, descansando en un domingo de siete días, felices y unánimes. En santa comunión con la unidad unánime de sus parlamentarios rotundos, unánimes; durmiendo y olvidando entre sus casas felices, junto a sus tierras removidas o explayadas al unísono, sobre la paz de sus fosas comunes y siempre unánimes.
Mas de repente, en mitad de la noche, una mujer escribe un poema triste, de ritmos y cadencias dispersas. Sus palabras apestaron la ciudad de una feroz indignación, dejaron entre los marcos de las casas un eco de voces lamentables, como si alguien abriera las despensas felices para alumbrar un arenque. Decía que la casa de esta patria unánime, de niñas y de niños felices, desde “hace varios siglos que se viene abajo”. Criticaba la indiferencia de esta jovial resignación, la actitud de estas personas que, “como si nada”, “van y vienen por las habitaciones en ruinas, hacen el amor, bailan, escriben cartas”, mientras “los vivos duermen con los muertos”. “En esta casa todos estamos enterrados vivos”, decía la desadaptada.
Por fortuna, nadie escuchó sus reclamos. Primero fueron las propagandas de un país bonito y satisfecho, “tierra de la pasión”, luego la imp-unidad nacional que trajo la paz, llenando de prósperos soldados las carreteras, borrando a los desdichados con eficientes motosierras, como a su tiempo con los árboles inútiles y rebeldes. Santo gobierno que convirtió a los campesinos en las saludables “autodefensas”, bautizados mas tarde con el epíteto de “bacrim”, para no asustar a los niños: “La palabra defensa habla de resistencias innecesarias, bacrim recuerda sumos esperanzados, leches de chocolate”. Tras el suicidio de la poeta, los habitantes recibieron la noticia con una prudente aceptación. Atribuyeron su depresión a la ausencia de pastillas. Su queja a una infancia jamás superada, terca como la dignidad de sus palabras procaces. Y así volvió la unanimidad unánime a los blancos papeles del reino.
Comprendieron estos habitantes, a fuerza de la buena educación, que la imaginación hacía infelices a los hombres. Pensar en otros mundos, menos unánimes, despierta los anhelos de un rencor antiguo, la formalidad de los estándares protege al cuerpo de las risas contagiosas. Pues sólo podían ser “felices los normales” en este reino, -la diferencia entristece, trastoca los planes de unidad. Nada de “amores devorantes”: la furia asusta a los inversionistas. A la pregunta por los planes de gobierno siempre “sí”, “cómo no”, “al mal tiempo buena cara”. Y así se unificaba la mandada en su inofensivo optimismo. Felices “Los vendedores y sus compradores”: prosperan las arcas de la unidad. “Los caballeros ligeramente sobrehumanos”, estos sí entienden de la salud de un cuerpo unánime. “Los delicados, los sensatos, los finos”, esos no sienten la incomodad de las preguntas que corroen. Que nadie sueñe ni nadie invente, a fin de cuentas nadie les va a escuchar. El problema del que se queja es su mente enferma, no la realidad. Que pongan los pies sobre la tierra unánime.
¿Y qué pasaba con el 10% restante? Su presencia es de dudosa existencia. No se conservan registros de inconformidad, como lo advierten los estudiosos, pues si todos estaban acompañados y felices no habría necesidad de la palabra “alternativa”. Existe el rumor de un candidato a la alcaldía del reino, Artelio o Aurelio Suárez, su nombre está bajo vigilancia. ¿Quién era ese tal Aurelio? Un terco sin moderaciones. Se cuenta que en los debates –había elecciones para mantener el teatro del equilibrio, debates televisados para alegrar y distraer la aburrición de los sábados-, este facineroso señalaba la llaga en la lengua de los poderosos. Recordaba que el reino unánime, de iguales, sus gentes y noticias unánimes, era la ciudad más desigual de todo el planeta. Que había un millón de habitantes que no estaban de acuerdo con hacer avenidas, pues no tenían dinero ni para el pasaje. Que el principal problema del reino no era la movilidad –unánime y en serie-, sino la falta grosera de una movilidad social.
De inmediato los medios salieron a su encuentro. Lo tildaron de radical y soñador, de proponer otros mundos mejores cuando el único unánime era este. Y rechazaron su “quejadera” porque hacía desdichados a los niños, adulteraba las comidas y baja el rating. Su posición era demasiado irrestricta, demasiado constante como para entender que la felicidad perpetua estaba en ceder, encontrar en los justos medios la comodidad indicada. En el centro: imagen divina de lo unánime, lugar común de las posturas correctas. Parece que esto fue entendido por un antiguo rebelde, Amañado Petrus, quien entendió, por fin, de las lecciones y las dádivas de una manada consecuente, y entonces cambió su discurso de la crítica al elogio, quitó de sus gafas los lentes insidiosos, francamente inapropiados.
Entonces todo siguió igual, para fortuna y acervo del reino. Los niños en sus pupitres derrotados y unánimes, felices en las fiestas con su música unánime. Eficaces, las encuestas promovieron su unidad unánime, lejos de las protestas amargadas y molestas, sin la presencia de arrugas o rubores en los rostros, haciendo del reino la sagrada paridad que les fue encomendada. Desterrados los idealistas que hablaban tan confuso –su lenguaje era disperso e incómodo, incomprendido hasta por sus amigos-, nadie volvió a estar abatido ni a levantar las cejas, nadie volvió a interrumpir el tráfico con sus molestas marchas.
Erradicada la tentación de trasformar las cosas, peligrosa destrucción de lo establecido, comprendieron, a tiempo, que su camino estaba en el suicidio o en el viaje, “que vayan a increpar a otros reinos con sus palabras raras”. Y así volvió la paz a los dominios unánimes del reino, sin nadie que recordara las cadenas, los muertos, todas las cosas tristes que alejan a la manada de su feliz unanimismo.