Dos hechos recientes llevan a pensar que el orden internacional tal como “funciona”, debe ser revaluado y reestructurado con el fin de lograr algún grado de coherencia con las exigencias de una ciudadanía global complejamente relacionada, y dispuesta, como se ha visto en el caso de algunos países árabes, a llevar hasta las últimas consecuencias sus exigencias y reivindicaciones por nuevas reglas de juego en el concierto de las naciones.
La reciente entrega del millonario botín que otorga la Academia Sueca al ganador del premio Nobel de paz caerá en las arcas del Banco Central Europeo, yugo moderno de naciones como Grecia, Portugal, España –y de Italia, Francia y todas las que caigan cuando a la tambaleante primera ficha del domino le den el empujoncito que le hace falta–. Es previsible que al estar controlado por los mismos fanáticos de mercado que gobiernan los principales organismos financieros internacionales, el BCE no dejará ver a los pueblos de su jurisdicción ni un solo centavo del premio pues en época de crisis se debe ahorrar, dice el decálogo neoliberal.
En Siria los muertos se cuentan por miles, los hospitales no dan abasto, población civil sigue muriendo y la comunidad internacional encabezada por la Unión Europea, vecino indiferente y por su cercanía el primero en ser llamado a actuar en concordancia con su “ADN de paz”, sigue, no solo mirando el conflicto desde la barrera, sino esperando el momento indicado para intervenir ¡que Patraña!. Lo cierto es que no decepcionó la Academia Sueca con el galardón de este año pues sigue la línea marcada desde la versión anterior cuando se lo concedió a Barack Obama, responsable también de miles de muertes con la más reciente fase de la guerra imperialista que encabeza: los bombardeos con aviones no tripulados (Drones) sobre territorios afgano y pakistaní.
Conflictos como el de Siria, la interesada y peligrosa introducción del factor turco a favor de los intereses de la OTAN en ese mismo escenario, y la escalada de amenazas y esperas entre Israel e Irán demuestran que además de la incoherencia de los nobel, hay algo que anda verdaderamente mal en la forma como se relacionan y resuelven su diferencias los países del mundo: Los más de 5.500 millones de dólares anuales que constituyen el presupuesto del “mayor foro político mundial” (Ver http://www.un.org/en/hq/dm/pdfs/oppba/Regular%20Budget.pdf ), que se reúnen con aporte de los ahorcados presupuestos de los Estados miembros, deberían devolverse, y ser usados en otra cosa: !Las Naciones Unidas no sirven para nada¡. Acabarlas sería el mejor comienzo para la instauración de un nuevo orden mundial. Lo mismo podría decirse,guardando las proporciones, de la Unión Europea.
En el primer caso más que en el segundo, se hacen estas aseveraciones en gracia de discusión, pues si bien es cierto que en los países más pobres del orbe alguna cosita hacen las misiones de “reconstrucción de paz”, lo principal es que mientras este organismo siga respondiendo a los intereses de las potencias –y de la superpotencia– sin proveerse de los dientes y las garras que requiere solucionar de tajo los litigios internacionales que amenacen la paz mundial, seguirá siendo un convidado de piedra en el escenario internacional y un ente inservible para los fines altruistas que se supone deben guiar su quehacer.
Ya lo advertía el depuesto presidente de Libia, Muamar Gadafi en su último discurso ante la Asamblea General, antes de invasión armada contra su país: “(…) desde la creación de Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad han acaecido 65 guerras, con millones y millones de víctimas, más que en la Segunda Guerra Mundial”, agregando después sus apreciaciones sobre la flagrante naturaleza antidemocrática del poder de veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y la necesidad de impedir que la solución a esta disfuncionalidad fuera el aumento del número de participantes en este foro de decisión: “ (…)aumentar la cantidad de potencias solo lograría aplastar a los países pequeños”, la realidad de Libia, Siria, Grecia, y los que vienen en fila del dominó como Irán, demuestra que el finado coronel, más allá de las simpatías o odios que generaba en todo el mundo, tenía la razón sobre este punto, y describía simplemente, un mundo en el que ganan nobeles de paz quienes hacen la guerra, donde el mayor foro de decisión global no puede hacer nada para impedir el derramamiento de sangre en una esquina del medio oriente, y un planeta donde en últimas, unos pocos deciden la suerte de millones: un mundo al revés.