Después de su gran victoria en Dien Bien Phu en mayo de 1954, que obligó al poder colonial francés a sentarse a la mesa de paz en Ginebra, Vo Nguyen Giap fue a visitar el campo de batalla. La tierra roja había ennegrecido con la sangre del enemigo. Las tapas de bala, el alambre de púas y los fragmentos del bombardeo estaban regados por todo el campo; los cuerpos insepultos llenos de moscas amarillas. En uno de los puestos de artillería quedaba un montón de papeles sobre el piso con una carta del general francés a su esposa. El general Giap, que había sido profesor de historia, consideró que valía la pena conservarla en los archivos del Vietnam libre.
Esta victoria traía mucho tiempo de preparación. Los franceses habían fortificado el valle, al noroeste de Tonkin en la frontera con Laos, de tal manera que pudieran llevar sus tropas a las montañas que la rodeaban. Los franceses consideraban que las montañas eran inalcanzables: escarpadas, selváticas, nubladas, llenas de cuevas profundas. El general Giap invocó las palabras de su héroe Napoleón Bonaparte, cuyos planes de batalla dibujaba con tiza cuando todavía estudiaba en el Liceo en Hue: “si una cabra puede pasar, también puede hacerlo un ser humano; si un ser humano puede pasar, también lo puede hacer un batallón.” Lentamente, sigilosamente, en una sola fila, 55.000 hombres tomaron allí posesión, aprovisionados por 260.000 culis con canastas, 20.000 bicicletas y 11.800 balsas de bambú. La artillería fue transportada por secciones. Desde este nido de águila se escavaron trincheras y túneles hasta casi toparse con los franceses. El enemigo jamás tuvo oportunidad alguna.
Aquí estaban de nuevo las máximas de Bonaparte: audacia, sorpresa. Pero también una arremetida a lo Lawrence de Arabia, cuyos “Siete pilares de la sabiduría” siempre los tenía consigo el general Giap. Y mucho de Mao Tse-tung, cuyos tres pasos de la guerra (táctica de guerrilla, pausa, guerra ofensiva) había asimilado en su breve exilio en China acusado de actividad comunista, a principios de 1940.
La clave de todas sus victorias, como lo había ya señalado Mao, era el ejército del pueblo. Los franceses podían haberse formado como profesionales en la academia de San Ciro, pero no sabían por qué estaban luchando. Los americanos que vinieron después—cuando Vietnam quedó dividido y se estableció el régimen anticomunista en el sur—podían bombardear sus tropas con B-52 y envenenarlas con defoliantes, pero los soldados americanos no querían estar allí. En cambio, sus hombres estaban peleando para liberar su propia tierra. Desde el comienzo en 1944, había preparado su ejército de resistencia, dotado con armas atrasadas, en la ideología de una lucha intensa, con equipos de propaganda para adoctrinar los campesinos en sus aldeas. El resultado fue una fuerza guerrillera que podía habitar en su tierra, desaparecer dentro de ella (como en el laberíntico camino Ho Chi Minh por el que se abastecía a los combatientes en el Sur desde el Norte a través de senderos selváticos y túneles) preparada con infinita paciencia para despistar al enemigo y atraerlo hasta hacerlo rendirse. Así era luchar a lo vietnamita. Le tomó al general 30 años, desde la declaración de independencia de Francia en 1945 hasta la caída de Saigón en 1975, la capital del Sur, para hacer una realidad su visión.
Un volcán bajo la nieve
No porque fuera un populista, exactamente. Su padre había sido un lettré, un intelectual de la localidad, también campesino; tenía un grado de abogado. Giap era elegante, pasaba revista a sus tropas con un uniforme blanco, un sombrero de fieltro y corbata; aún en una cueva en la montaña, bajito y sonriente, siempre aparecía fresco como una flor. Escribía poesía y su francés era impecable. Los franceses, sin embargo, podían adivinar por entre todo esto, el odio que ardía en el fondo, sobre todo después de la muerte de su padre y de su primera esposa, en una prisión francesa, después de ser torturados. Lo llamaban “un volcán bajo la nieve”.
Sin embargo, fue un soldado inverosímil. Nunca tuvo entrenamiento y nunca se hubiera convertido en comandante militar, dijo alguna vez, si Ho Chi Minh, el líder de las fuerzas del Vietmin y más tarde de Vietnam del Norte, no hubiera tomado la decisión por él. Conoció a Ho en China y lo convirtió en su ídolo, desde su barba gótica hasta sus sandalias blancas de caucho. Lo llamaba “Tío”; y él le decía “hermoso como una muchacha”.
En el gobierno, en donde él estaba a cargo del “orden revolucionario” y de las tropas, el progreso político y militar de la revolución estaba estrictamente coordinado. Tanto Dien Bien Phu como el objetivo militar de la ofensiva Tet de 1968 (que dirigió magistralmente, aunque se encontraba en Europa Oriental en ese momento) fueron los que infringieron una masiva desmoralización al enemigo, y cambiaron la opinión de Francia y de Estados Unidos en contra de la guerra. Él era soberbio, malgeniado, se metió en un número de batallas prácticamente innecesarias—pero ganó sus dos guerras, demostrándole de manera irrefutable al resto del mundo colonizado que un país rural atrasado podía derrotar el gran poder colonial.
Después de la muerte de Ho en 1969 perdió influencia, y compañeros suyos envidiosos lo dejaron a un lado. Alguien lo calificó como un comunista indiferente. No le gustaba el grupito de línea dura que manejaba el país, y ya en la vejez atacó el partido por corrupción. Siempre fue tenido como un formidable héroe en Vietnam, cuyo resurgimiento como un país próspero y unido le produjo una gran alegría. El trabajo revolucionario, escribió una vez, tiene que tener una gran previsión: no precisamente saber lo que el enemigo puede hacer mañana, sino también cómo va a cambiar el mundo en el futuro. En el sangriento campo de Dien Bien Phu, él supo eso con absoluta claridad
Traducción de José Fernando Ocampo T.