Después de muchos intentos, todos fracasados, Francisco de Miranda, el precursor de la independencia de América del sur del yugo español, dejó sembrada la semilla de la revolución cuya germinación lograría extenderse a todos los estados de Suramérica, exhortando a los miembros de los cabildos a no dudar más y a tomar a su cargo el gobierno de las provincias. Esto lo dejo escrito en la Carta enviada el 20 de julio de 1808 a los patriotas que gestaban la rebeldía.

Antecedían a esas calendas, la conquista de España por parte de Napoleón, hecho consumado con la abdicación de los reyes de Borbones, el 5 de mayo de 1808 y el establecimiento de José Bonaparte hermano de Napoleón, como soberano de las tierras conquistadas. Exactamente lo mismo que los españoles venían haciendo con Suramérica por más de tres siglos y los Ingleses con Norteamérica por dos siglos, lo cual ponía en el entramado la lucha de las potencias colonialistas por la conquista de vastos territorios y nuevos mercados.

Esos hechos venían marcados por acontecimientos históricos como la revolución norteamericana iniciada en 1776 y culminada en 1783, las revoluciones de Túpac Amaru en el Perú y la Comunera de José Antonio Galán en el Socorro en 1781 y la revolución francesa de 1789. Todos estos sucesos fueron aserrando el árbol de la colonia que mantenía atada a América del sur a la corona española, para que dos décadas después se iniciaran las revoluciones que darían lugar a la independencia. Así el 19 de abril de 1810 la revolución logra su primera victoria con la conformación de la junta de gobierno de Caracas en la provincia de Venezuela, el 25 de mayo, se constituye la asamblea de Buenos Aires, el 10 de julio, se firma el acta de independencia de la provincia del Socorro, el 20 de julio, se destituye al virrey de la Nueva Granada en Bogotá, la luces de las revoluciones de independencias se extienden a México, Chile, Ecuador y a todo el continente.

Así las revoluciones de independencia, dieron lugar al nacimiento de los estados nacionales de Suramérica y con ello desde el de La nueva Granada, la Gran Colombia y la batalla de Boyacá que diera la definitiva independencia en 1819 con la cual nació ésta nación, esa revolución cuyo grito de independencia “del oscuro invasor español” como invoca el himno de Barrancabermeja, arriba al bicentenario el próximo 20 de julio y para la provincia del Socorro en Santander el 10 de julio, son motivos suficientemente egregios para conmemorar esta primera independencia.

Los próceres que sacrificaron todo para darle a esas naciones lo mejor de la naturaleza y la creación humana, estarán revolcándose desde sus tumbas al observar la perdida de la independencia que ellos nos legaron, solo que la dominación que ahora se ejerce sobre estas naciones es más sofisticada, porque se desarrolla con unos gobernantes que desligaron su suerte personal de la suerte de la nación, con lo que se ha mantenido el atraso y la negación a la soberanía, la democracia y el progreso de sus pueblos. No hay otra explicación para que en el mismo continente donde se desplegaron acontecimientos de tanto valor para la humanidad, se presente el contraste de haberse desarrollo la potencia más poderosa de mundo y de la historia, Estados Unidos, mientras todas las naciones de su vecindario presentan los panoramas más atrasados del planeta. Una en el primer mundo y las otras en el tercero para explicarlo en términos contemporáneos.

Las relaciones que Colombia opta con Estados Unidos son Tratados de Libre Comercio en condiciones que empeñan para siempre las posibilidades de desarrollo de la nación, la presencia de tropas extranjeras en bases militares nacionales, las certificaciones unilaterales en materia de control de narcóticos para tener derecho a preferencias arancelarias, la imposición de políticas económicas que no se practican en su nación, los condicionamientos a dispensar el pago de la deuda externa sacrificando las necesidades nacionales, la privatización de los haberes públicos, la explotación de los recursos naturales por monopolios extranjeros, las condiciones miserables de la población y los trabajadores y el establecimiento de una educación y cultura del subdesarrollo, hacen que esta nación se ahogue en un rezago sempiterno cuando arriba a sus 200 años de independencia, es decir una involución.

Una segunda independencia soberana, democrática y progresista aguarda la estampa de unos nuevos hombre y mujeres celebérrimos, que honren la memoria de los próceres que nos dieron la primera independencia. Que la conmemoración del bicentenario de la independencia que se adelantará con muchos eventos, halle auspicio de ese anhelo nacional.

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