Guillermo Guevara Pardo, Bogotá D.C., noviembre 11 de 2018

“La creencia en un mundo exterior independiente del sujeto perceptor, es la base de toda ciencia natural”. Albert Einstein

“La verdad puede ser confusa o contraria a la intuición. Puede contradecir creencias profundas. Experimentando, llegamos a controlarla”. Carl Sagan

La ciencia es una de las empresas más hermosas del intelecto humano, tan hermosa como son las más elevadas expresiones del arte. Mientras los filósofos buscan explicar las razones últimas de nuestra existencia y los artistas plasmar la belleza de lo tangible e intangible, los científicos indagan sobre las causas de los fenómenos naturales valiéndose del método científico, del formalismo matemático, intuyendo predicciones, planteando teorías, concatenando observaciones, haciendo experimentos para validar o rechazar una hipótesis hasta encontrar el camino seguro que conduce a la verdad, relativa y absoluta. Sí, es cierto, en ocasiones el conocimiento científico y sus aplicaciones tecnológicas han dado lugar a consecuencias no deseables; aun así, hoy nuestra vida es mejor que la de generaciones anteriores que vivieron un desarrollo científico y tecnológico mucho menor. Es imposible concebir un mundo donde no existan la ciencia y sus incontables aplicaciones tecnológicas.

La investigación científica busca respuestas a los fenómenos del mundo en las demostraciones, en las pruebas que recaba, en las observaciones; desecha la posibilidad de encontrarlas apelando a divinidades o fuerzas sobrenaturales. Históricamente el conocimiento científico ha evolucionado desde lo general a lo particular explicando una mayor cantidad de fenómenos con más precisión, es decir, con profundidad creciente. Cada descubrimiento científico plantea nuevas preguntas, amplía el campo de lo que se sabe y no se sabe: esa dinámica genera una forma especial de ignorancia, no la nacida de la falta de curiosidad, sino otra, de calidad superior que impulsa la ciencia hacia la búsqueda de nuevos saberes. En palabras de James Clerk Maxwell, el más grande científico entre Newton y Einstein: “La ignorancia, hondamente sentida […] es el preludio de todo auténtico progreso en el saber”.

 

La ciencia es la forma más elaborada de organización de los conocimientos que la humanidad ha venido acumulando sobre el funcionamiento del mundo. La validez de sus hipótesis, teorías y leyes no dependen de la fe, de su belleza intrínseca, de la coherencia matemática o de la autoridad de un individuo sino del veredicto de la práctica experimental, de su contrastación con la realidad, con los hechos. Gracias a ella vivimos una época de asombrosos avances tecnológicos. En 2007 se cumplieron los primeros cincuenta años de la exploración espacial; hasta 1957 era poco lo que se sabía del sistema solar, no se tenía ninguna sospecha de que en Marte existieran montañas y cañones que hacen parecer al Everest una loma y al Gran Cañón del Colorado una pobre zanja, se suponía que bajo las cerradas nubes de Venus podría existir una exuberante y brumosa jungla o quizás un desierto seco y baldío, de Saturno solo se veían algunos de sus anillos y apenas se conocían unas pocas lunas de los planetas gigantes, la Tierra nunca se había observado como planeta, no se sabía del cataclismo sideral que dio origen a Luna y no se tenía evidencia de la existencia de otros sistemas solares. Hoy, sondas espaciales, telescopios, aceleradores de partículas y otros artilugios han ampliado, como nunca, nuestra visión del universo. Algo semejante ha ocurrido con la exploración de las entrañas del átomo: sus misterios han sido develados y dominados. No importa que su “eléctrica hermosura” hubiera sido guardada como si fuera solo “píldora norteamericana”, para dejarla caer “en Hiroshima”; haber logrado su dominio es “felicidad matutina”, canta en la Oda al átomo el poeta chileno Pablo Neruda. La ciencia también ha llegado a la intimidad de la célula: la esbelta molécula de ADN se manipula y edita de mil formas y se transfiere entre organismos separados por eones de evolución. En 2008 investigadores del Instituto Venter ensamblaron el primer genoma sintético de una bacteria, primer paso hacia la producción de vida artificial con inimaginables aplicaciones. Cada vez se hace más claro el proceso que permitió el origen a la vida, así como el de los múltiples caminos seguidos por la evolución para formar organismos pensantes. El conocimiento de estos y otros hechos se amplía y se hace más profundo.

 

La ciencia hace rato se convirtió en palanca fundamental para el progreso y desarrollo de las naciones. Las que pertenecen al llamado Tercer Mundo ven con pavor la manera acelerada como la brecha científica y tecnológica se amplía y profundiza respecto de las del Primer Mundo, desde donde se escuchan recomendaciones como la del norteamericano Michael Porter (adscrito en su momento a la Escuela de Negocios de Harvard) quien sugiere que Colombia debe “dedicarse a lo que sabe hacer bien, esencialmente, producir café, pero no cometer el error de tratar de incursionar en temas más sofisticados en los cuales no tiene ninguna oportunidad”[1], es decir, a los países pobres se les niega la posibilidad de contribuir al desarrollo del conocimiento, lo único que pueden hacer es leer y tratar de entender la ciencia que otros países están haciendo. Lo grave es que estas absurdas ideas “han encontrado un eco entusiasta en los gobiernos de muchos países del Tercer Mundo…”[2] induciendo a la opinión pública a creer que “no vale la pena, en un país como el nuestro, realizar esfuerzos para crear una capacidad propia de producción de conocimiento y que lo mejor que podemos hacer es esperar a que los países avanzados se ocupen de esos temas, y contentarnos con adquirir los productos una vez listos para la venta”.[3] Todos los gobiernos que se han comprometido con la fracasada agenda neoliberal, especialmente los muy nefastos de Uribe, Santos y el actual de Duque, pusieron a Colombia en el último vagón del tren de la ciencia y la tecnología. Los científicos colombianos han reclamado del Gobierno dar a esas dos actividades la importancia necesaria para que contribuyan a mejorar el bienestar de las gentes del país. Rodolfo Llinás ha señalado: “Colombia no está dando todo lo que puede dar desde el punto de vista humano. Definitivamente nuestros artistas son fantásticos, nuestros escritores son fantásticos, pero nuestros científicos no pueden ser fantásticos. No porque falte capacidad, sino porque simplemente no existe el interés ni la voluntad social y política necesaria para sostener un eje científico fuerte…”.[4] Por esa razón los estudiantes y profesores de las universidades públicas se movilizan: defienden la posibilidad para que en el país exista ciencia.

 

Colombia es un país neocolonial y semifeudal, consecuencia del dominio económico y político que sobre nuestro territorio ejerce el Imperio Norteamericano: eso condiciona su atraso científico y tecnológico. Uno de los caminos a seguir para ir cerrando la brecha que nos aleja de las naciones más desarrollados es la educación, que entre sus objetivos fundamentales deberá apuntar a “el fortalecimiento de la producción nacional en todos los sectores y niveles de la economía, desde el agropecuario hasta el de servicios, pasando por el industrial”, para lo que se hace necesario “construir una nación soberana e independiente, cuya sociedad sea capaz de solucionar las necesidades de todos sus ciudadanos proporcionándoles los bienes materiales e inmateriales necesarios para su subsistencia, la educación debe plantearse el reto de alcanzar los más altos niveles científicos y tecnológicos, y colocarse cada vez más a tono con el desarrollo mundial de las fuerzas productivas. Uno de los factores fundamentales para la pérdida de la independencia nacional y la prolongación de la dominación imperialista que padece actualmente el país, es el atraso científico y tecnológico cuya base se encuentra en el sistema educativo” [5].

 

La ciencia, además de las condiciones económicas que determinan su desarrollo, no escapa a la lucha permanente que se da entre las dos más importantes escuelas filosóficas: el idealismo y el materialismo. Arthur Schopenhauer, un filósofo de clara convicción idealista para quien es lo mismo decir que “el sujeto cognoscente es un producto de la materia” y que “la materia es una simple representación del sujeto cognoscente”, plantea acertadamente esa contradicción: “Es saludable mantener un punto de vista idealista para que haga de contrapeso al punto de vista materialista. Es posible considerar toda la controversia sobre lo Real y lo Ideal como una controversia sobre la existencia de la materia, pues en última instancia es la realidad o la idealidad de la materia lo que se debate. ¿Existe la materia como tal en nuestra representación o es independiente de toda representación? En este último caso, sería la cosa en sí, y cualquiera que suponga que la materia existe por sí misma tiene que ser consecuente y declararse materialista, es decir, hacer de la materia el principio para la explicación de todas las cosas. Quien, por el contrario, niegue que la materia sea la cosa en sí está implícitamente declarando que es un idealista”. El idealismo, aliado fiel de las concepciones religiosas, niega la existencia objetiva de la naturaleza a la que considera una proyección de la mente; el mundo material solo existe en nuestra mente, en nuestras ideas y sensaciones: “El mundo es una ilusión creada por el cerebro… Nada de lo que hay aquí está realmente fuera, todo son ilusiones creadas por nuestro cerebro” ha declarado Ignacio Morgado, profesor de Psicobiología de la Universidad Autónoma de Barcelona (España).

 

El idealismo negando la objetividad del mundo resbala hacia el relativismo epistémico, que considera la ciencia como un «mito útil», una «narración», una «construcción social», «otro punto de vista más» u «otra forma de hacer política». Planteamientos semejantes tuvieron algunos científicos alemanes y otros estudiosos antes que el nazismo llegara al poder cuando impulsaron la creación de una «ciencia aria» que suplantara a la existente, la cual pusieron en tela de juicio. La nueva ciencia debía basarse más en principios intuitivos que en aquellos derivados de la teoría; en el éter, lugar de residencia del Geist (espíritu); se consideraba un constructo social donde el origen racial del observador «afecta directamente la perspectiva de su obra» de tal manera que científicos de razas no arias no estaban cualificados para investigar; el materialismo, fundamento del marxismo, debía ser completamente erradicado de la ciencia; la práctica científica se basaría no en la prioridad de la materia, sino en el espíritu; la objetividad en la ciencia se consideraba como una tetra de los profesores universitarios para defender sus intereses. Adolfo Hitler pregonaba: “Asistimos al fin de la Edad de la Razón […] Una nueva era caracterizada por la explicación mágica del mundo está surgiendo, una explicación basada en la voluntad antes que en el conocimiento: la verdad no existe, ni en el sentido moral ni en el científico […] La ciencia es un fenómeno social, y por tanto está limitada por la utilidad o por el daño que produce. Con su eslogan sobre la objetividad de la ciencia, la comunidad universitaria solo busca liberarse de la tan necesaria supervisión del Estado. Eso que llaman crisis de la ciencia no es más que los hombres empiezan a descubrir por sí mismos que han tomado el camino equivocado abrazando la objetividad y la autonomía”. Václav Havel, dramaturgo, último presidente de Checoslovaquia y primero de la República Checa, premio Príncipe de Asturias, consentido de las potencias económicas del mundo, pregonaba respecto de la ciencia, ideas semejantes a las del Führer. Para Havel las principales causas de los conflictos del siglo XX estaban en el hábito de «pensamiento racional y cognitivo», en el «culto a la objetividad», en la «objetividad deshumanizada». En uno de sus más célebres ensayos que apareció a modo de editorial en el New York Times, el dramaturgo nacido en Praga escribió: “La era moderna ha estado dominada por la creciente creencia, expresada de distintas maneras, de que el mundo –y por tanto el Ser− es un sistema totalmente reconocible gobernado por un número finito de leyes universales que el hombre es capaz de comprender y moldear en beneficio propio […] Esta era…se caracterizó por el rápido avance del pensamiento racional, cognitivo. Ello a su vez desembocó en la orgullosa creencia de que el hombre, en tanto pináculo de todo lo que existe, era capaz de describir de forma objetiva, de explicar y controlar todo lo que existe, y de poseer la única verdad sobre el mundo. Fue esta una era en la que se dio el culto a la objetividad despersonalizada, una era en que el conocimiento objetivo se amasó y explotó tecnológicamente […] Una era de ideologías, doctrinas, interpretaciones de la realidad, una era en la que el objetivo último consistía en encontrar una teoría universal del mundo, y con ella, la llave a la prosperidad universal […] El comunismo fue el resultado de un perversión extrema de esta tendencia […] La caída del comunismo puede interpretarse como una señal de que el pensamiento moderno –que se basa en la premisa de que el mundo es susceptible de ser objetivamente conocido− ha llegado a su crisis última”. Según Havel, para el conocimiento del mundo el hombre debe desdeñar la objetividad, que está en crisis. Lo que el hombre necesita para superar la supuesta crisis de objetividad es “espiritualidad individual, conocimiento personal y de primera mano de las cosas […] y, sobre todo, confiar en su propia subjetividad como su lazo principal de unión con la subjetividad del mundo…”. Así como Hitler aspiraba a la creación de una «ciencia aria», también Havel llamaba a la fundación de una nueva forma de ciencia, una «ciencia que sea nueva, posmoderna».

 

Para la filosofía idealista no es cierto que las ciencias naturales logren dar con verdades absolutas y relativas, ciertas y objetivas, del comportamiento de la materia en cada campo del conocimiento científico. Carlos Marx dice que “todos los idealistas, tanto los filosóficos como los religiosos, los antiguos como los modernos, creen en inspiraciones, revelaciones, salvadores, taumaturgos, y sólo depende del grado de su formación que esta creencia tome una forma tosca, religiosa, o una forma culta filosófica”. El pensamiento científico ha estado, desde mediados del siglo pasado, bajo el ataque de defensores de formas modernas del idealismo como son el posmodernismo y el constructivismo. Algunos de sus más encumbrados exponentes han declarado cosas como las siguientes: “En la ciencia, las pruebas fácticas no afectan en absoluto a la validez de las proposiciones teóricas.”; “El mundo natural tiene un papel pequeño o nulo en la construcción del conocimiento científico.”; “Dado que la resolución de una controversia es la causa de la representación de la naturaleza, y no la consecuencia, no puede usarse el resultado –la naturaleza- para explicar cómo y por qué se ha resuelto una controversia.”; “La ciencia se legitima a sí misma vinculando sus descubrimientos al poder, lo que determina (no sólo condiciona) aquello que se establece como conocimiento fidedigno […].”[6]

 

El materialismo niega la existencia de fuerzas y entes más allá de lo natural, es ateo; la materia es lo primario, es la fuente de las sensaciones, de las ideas; primero está la materia, después la mente: esta es un reflejo de la materia, del ser; ha establecido desde siempre una alianza con la ciencia pues las teorías científicas son descripciones ciertas de los objetos y procesos del universo; sostiene que la existencia del mundo es independiente de la de seres conscientes aquí o en cualquier otra parte del cosmos. Para el físico de la Universidad de Nueva York, Alan Sokal “la meta de la ciencia es descubrir (algunos aspectos de) cómo son realmente las cosas. Más concretamente:

  1. El propósito de la ciencia es dar una descripción verdadera (o aproximadamente verdadera) de la realidad.

Este objetivo puede conseguirse porque:

  1. Las teorías científicas, son, bien verdaderas, bien falsas. Su verdad (o falsedad) es literal, no metafórica; no depende en absoluto de nosotros, de cómo las comprobemos, de la estructura de nuestra mente o de la sociedad en la cual vivimos, ni nada por el estilo.
  2. Es posible obtener pruebas que confirmen la verdad (o la falsedad) de una teoría.”[7]

Por su parte Mario Bunge, físico y epistemólogo argentino, ha declarado: “El materialismo no es una ontología entre otras, sino la ontología de la ciencia y la técnica. En particular, el materialismo es la fuerza filosófica que ha impelido algunas revoluciones científicas, tales como la física atómica y nuclear, la biología evolucionista, la teoría química de la herencia, el estudio científico del origen de la vida, la fisiología de la mente y los avances más recientes de la paleoantropología y de la historiografía”. Además, ha recalcado que los descubrimientos de la ciencia se refieren “a entes concretos, y nadie descubrió ideas desencarnadas. O sea, el espiritualismo, o idealismo, nada aportó y nada nuevo surgió en su apoyo”.

 

Ser materialista implica optar por una posición realista, valiente y espléndida que va mucho más allá del simple desconocimiento de los dioses, que permite entender el mundo con la certeza de que todas las cosas hacen parte de la naturaleza y pueden explicarse de manera racional. Cada adelanto de la ciencia contribuye a ampliar la comprensión general del universo, demostrando la superioridad de la razón científica; todo progreso termina explicando lo inexplicable, descarta las explicaciones sobrenaturales, religiosas. Es el desconocimiento de las formas de actuar de la naturaleza lo que ha conducido a los hombres a inventar entes y fuerzas sobrenaturales que dominan cada uno de los aspectos de la vida. Por eso es necesario alinearse con la concepción materialista del mundo, especialmente con la forma más desarrollada de esa corriente filosófica: el materialismo dialéctico, cuyas premisas permiten discernir con claridad los caminos quijotescos por los que viaja el conocimiento científico, así como entender la grandeza y racionalidad de su propio desarrollo histórico.

 

Ser materialista no es ver únicamente en los brillantes colores de un ave del paraíso un fenómeno de refracción lumínica; es también saber que la belleza surge de las diferentes formas que adquiere el infinito movimiento de la materia. Alguien puede afirmar que un científico no aprecia la belleza de una flor o de una mariposa en la misma medida que un artista; que el científico los convierte en objetos sin interés, pues los analiza y los descompone. El físico y premio Nobel Richard Feynman no estaba de acuerdo con ese análisis: “Me parece que está diciendo una bobada. Para empezar, la belleza que él [el artista] pueda ver también está a la vista de otras personas y también de la mía, creo, aunque tal vez no sea yo tan estéticamente refinado como él. Pero yo puedo apreciar la belleza de una flor… y puedo imaginar las células que hay en ella y los procesos complejos que se desarrollan en su interior, que también tienen su belleza. Lo que quiero decir es que no se trata sólo de belleza a la dimensión de un centímetro; hay también belleza a escalas inferiores: la estructura interna. También [hay belleza] en los procesos; el hecho de que los colores de la flor hayan evolucionado para atraer insectos que la polinicen reviste un gran interés, pues significa que los insectos ven los colores… Hay toda clase de preguntas interesantes que demuestran que el conocimiento de la ciencia no hace más que sumar a la emoción, el misterio y la admiración que nos produce una flor”.[8]

 

Es ineludible la relación del científico con la filosofía, como ha señalado Federico Engels en Dialéctica de la naturaleza: “…los naturalistas se hallan siempre bajo el influjo de la filosofía. Lo que se trata de saber es si quieren dejarse influir por una filosofía mala y en boga o por una forma del pensamiento teórico basada en el conocimiento de la historia del pensamiento y de sus conquistas”. La filosofía materialista también es una guía en la portentosa tarea por alcanzar una nueva forma de democracia para organizar otro tipo de sociedad, ganando los corazones y mentes de la gente y propiciar la necesaria y previa revolución cultural, donde el conocimiento científico juega un papel fundamental.

Notas:

[1] Citado por Eduardo Posada Flórez y Carmen Helena Carvajal, La ciencia para la disminución de la pobreza (Editorial), Innovación y Ciencia, volumen XV, No 1, 2008, p. 6.

[2] Ibid, p. 6.

[3] Ibid, p.6.

[4] www.eltiempo.com/lecturas, mayo 23 de 2008.

[5] Álvaro Francisco Morales Sánchez y José Fernando Ocampo, Elementos para el debate sobre “Proyecto Educativo y Pedagógico Alternativo” PEPA, Educación y Cultura, No 85, diciembre, 2009.

[6] Citado por Alan Sokal, Más allá de las posturas intelectuales, Barcelona, Paidós, 2010, p. 296.

[7] Ibid, p. 302.

[8] Citado por Emily Harrison, Paisajes Radiantes, Investigación y Ciencia, febrero, 2008, p. 47.

Deja un comentario