La Tierra es un planeta altamente dinámico. Su corteza se halla fragmentada, como la cáscara de un huevo duro, en varias porciones llamadas placas tectónicas. Estas estructuras se deslizan muy lentamente sobre el manto: unos 2,5 centímetros por año, pero son las responsables de importantes fenómenos geológicos como son los sismos, las erupciones volcánicas, la orogénesis (formación de montañas), la forma y distribución de los continentes, etcétera.

Un sismo, seísmo o terremoto se produce cuando en las profundidades de la corteza terrestre, se libera energía largamente acumulada tras la ruptura de una falla geológica. Es de aclarar que la mayoría de los temblores no los captamos en nuestra vida diaria; pero no dudemos que están ocurriendo regularmente como lo demuestran los registros en un sismógrafo. Experimentamos aquellos que tienen la energía suficiente como para mover las cosas o causar grandes desastres.

Predecir cuándo va a ocurrir un sismo es muy difícil dada la variedad de factores que intervienen en su génesis. La ciencia de la sismología alcanzará algún día una buena aproximación a ese ideal. Mientras tanto se hace necesario aplicar los conocimientos acumulados para mejorar la construcción de estructuras que puedan soportar la furia desatada desde las entrañas de la Tierra y además, educar a la población. Para desgracia de muchos hay momentos en que quienes deben tomar las decisiones políticas para proteger las vidas humanas, hacen oídos sordos a las advertencias de los especialistas, como sucedió días antes al 13 de noviembre de 1985 cuando la actividad volcánica del Nevado del Ruiz arrasó la ciudad de Armero llevando la muerte a más de 20.000 personas. El gobierno de aquel entonces ya había sido advertido desde septiembre de ese año de la incrementada actividad del famoso volcán. ¿Alguien ha respondido por esa tragedia anunciada?

En la noche del 6 de agosto de 2009 en la población de L’Aquila la tierra tembló con tanta fuerza que murieron 309 personas y quedaron heridas otras 1.500, además de los inmensos daños que se produjeron en 20.000 edificaciones de la capital de Abruzos, en el centro de la bota italiana. Resulta que la justicia de Italia acaba de condenar a seis años de cárcel a siete científicos, acusados de homicidio culposo múltiple por no haber sido capaces de predecir el sismo. Esta insólita decisión ha desatado un verdadero terremoto en el seno de la comunidad científica mundial: más de 5.000 expertos de todo el mundo, incluidos premios Nobel, la han rechazado en una misiva que enviaron al presidente italiano, Giorgio Napolitano.

¿Se puede culpar a la ciencia de ese desastre? El presidente del español Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Emilio Lora Tamayo, ha declarado: “Ante los fenómenos naturales, el papel del científico es aportar el conocimiento disponible en cada momento para determinar las probabilidades de que ocurra y los riesgos que puedan derivarse”. Y agrega: “El problema es que, en el caso de los terremotos, no deja de ser un conocimiento basado en datos estadísticos. Lo que manejan son probabilidades y lo difícil es interpretarlas. Pero quien tiene la responsabilidad última sobre las decisiones que se toman son los gestores políticos”. A los científicos italianos les están cobrando algo que por ahora es imposible y que por lo tanto está fuera de su control: prever un terremoto a corto plazo.

Pero allá en la patria de Galileo, como acá, en la del sabio Caldas, los “gestores políticos” hicieron caso omiso de las advertencias que lanzó días antes de la tragedia Giacchino Giulani, sismólogo del Instituto Nacional de Astrofísica. El profesor Giulani basó su alerta en las mediciones que hizo de la incrementada concentración del gas radón. Un indicio de lo que estaba por venir. Su catastrófica advertencia molestó al alcalde de L’Aquila y fue obligado a retirar la información que había publicado en la Internet. El experto terminó siendo acusado por el gobierno de Silvio Berlusconi de sembrar el pánico.

En este desafortunado incidente los hombres de ciencia parece ser que están siendo utilizados como chivos expiatorios, para cubrir los intereses económicos de quienes participaron en la construcción de edificaciones defectuosas. ¿Se revive el espíritu medioeval y oscurantista que contra la ciencia se siguió, siglos atrás, en la persona de Galileo Galilei? Además la medida alienta a toda clase de fundamentalistas para espetar improperios contra la ciencia, la cual no es infalible, como son las deidades. Pero estas no existen.

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