1. Consecuencias de la “Regeneración”
La “Regeneración” fue, entre otras cosas, un movimiento contra el partido liberal. Núñez y Caro dirían que el ataque no fue al partido liberal, sino al anarquismo y extremismo de los “radicales”- Pero después de la Constitución del 63, el “radicalismo” fue el movimiento que constituyó el partido liberal, no importa sus divergencias internas transitorias. El partido independiente de Núñez salido del partido liberal, se transformó rápidamente en el partido nacional en alianza con el partido conservador y más adelante, fue absorbido por éste. El partido independiente no representa al partido liberal, aunque hubiera surgido, en principio, como una disidencia. En la lucha contra la “Regeneración” el partido liberal fue el mismo partido que venía del 63, guiado por los radicales. Los puntales de su ideología descansaban en el liberalismo decimonónico, parte integrante de los principios de la revolución democrática-burguesa de los siglos XVIII y XIX. El partido liberal defendió la vigencia de las plenas garantías a los derechos individuales; la libertad de cultos y la separación de la Iglesia y el Estado, con sujeción de aquélla al poder estatal; la libertad plena de comercio; la libertad de imprenta sin limitaciones; la abolición de la pena de muerte y de todos los privilegios legales o eclesiásticos; el sufragio directo, universal y libre; impuesto directo y progresivo; división de los poderes del Estado. Se orientaba este programa a la defensa del gobierno democrático burgués que garantizara el libre juego económico de carácter capitalista cimentado en las libertades políticas. Estas ideas podrían resumirse en estos tres principios fundamentales: 1) Garantía a los derechos individuales y a las libertades democráticas; 2) sometimiento de la Iglesia al Estado; 3) una política de impuestos que permitiera el libre juego económico, sin monopolios, fueros o privilegios. La lucha contra el partido conservador sobre estos tres puntos básicos llevó al partido liberal a profundizar el sentido de las reformas, tales como la liberación de los esclavos, la supresión de los resguardos, el librecambio, la desamortización de bienes de manos muertas, una política de baldíos, la supresión de todos los monopolios, la eliminación de la pena de muerte, la limitación de la fuerza policiva del Estado, etc. Durante gran parte de la segunda mitad del siglo XIX, el enfrentamiento entre los dos partidos se concentró en el problema religioso, por la resistencia de la Iglesia a aceptar la expropiación de sus tierras y por la defensa que el partido conservador hace de los privilegios eclesiásticos amparado en su fidelidad a la religión. Un principio como el de que la Iglesia tenia que someterse al Estado constituyó un punto trascendental en la lucha del liberalismo contra el escolasticismo medieval que defendía la supremacía del poder religioso sobre el poder temporal apoyado en la concepción teocrática del Estado, raíz de la ideología política del feudalismo.
Si la lucha del partido liberal se concentró en el problema religioso y en el librecambio, obedeció a las condiciones concretas del desarrollo del país que tenían que ver, como lo hemos repetido varias veces, con la creación de las condiciones para el despegue del capitalismo. El problema agrario colombiano del siglo XIX se mantuvo ligado íntimamente al problema religioso. Resultaba prácticamente imposible cualquier principio de reforma agraria que no se iniciara por el primer terrateniente de la época que era la Iglesia con sus comunidades religiosas. Pero el otro problema, el del librecambio, a su vez, tenia una ligazón profunda con el problema agrario, dado que para las condiciones del mercado interior era necesaria la liquidación o neutralización del régimen terrateniente imperante. En estas circunstancias el problema agrario no surgió a primera línea sino en contadas ocasiones, porque la primacía se la llevaban el conflicto religioso y la lucha alrededor de una estrategia económica del librecambio, que llevaban implícito el de la necesidad de suprimir el sistema de latifundio inculto que predominaba en el régimen feudal desde la Colonia. El partido liberal no hizo sino conciliar permanentemente en la lucha por la reforma agraria desde el enfrentamiento entre los dos sectores en que se dividió durante la Convención de Rionegro. En otros términos, la necesidad de la reforma agraria que constituía el nudo gordiano del desarrollo económico del país, permaneció en segundo plano, con etapas esporádicas de auge que no fueron suficientes para llevar adelante la revolución democrática con toda consecuencia. Al llegar la época de la “Regeneración” los problemas centrales que se pusieron al orden del día tuvieron que ver con el carácter de la democracia política y con la vigencia del librecambio en todos sus aspectos. La derrota política sufrida por el partido liberal en 1880 y la derrota militar de 1885 por el entreguismo de Sergio Camargo, colocaron al partido liberal en gran desventaja frente al partido conservador unido con Núñez, lo cual fue aprovechado en forma magistral por este último para imponer las condiciones a que habían aspirado largamente los terratenientes.
Es necesario ante todo definir a qué se debió la derrota del partido liberal en 1880 y en 1885. Aparte de una serie de factores secundarios, la causa fundamental radicó en la incapacidad del partido liberal para dar pasos adelante en el desarrollo económico del país y sacar las consecuencias necesarias de su política de librecambio orientadas a impulsar la inversión capitalista en la industrialización. Desde el punto de vista político, el partido liberal no quiso y no fue capaz de liquidar el poder de los terratenientes. Y desde el punto de vista económico, el partido liberal no tuvo el suficiente valor de llevar adelante una reforma agraria democrática. Un gran sector de los comerciantes que le servían de apoyo, adquirieron intereses en la propiedad latifundista y ambicionaron extender su dominio sobre la tierra sin que se diera cambio estructural en el régimen terrateniente. Política y económicamente el partido liberal no solamente dejó un margen para el avance de los terratenientes, sino que contribuyó a consolidar su posición. Fue éste el fenómeno que tan sagazmente aprovechó Núñez. El partido liberal no estaba en las mejores condiciones para el gran ataque, y definitivo, que le lanzarían los terratenientes. Políticamente un sector que venía deslizándose hacia el partido conservador, encuentra en Núñez su dirigente y se lanza sin vacilaciones en esa dirección. Sufría, pues, el partido liberal una deserción cuantitativa importante, que, aunque minoritaria, cualitativamente poseía una interpretación del momento que vivía el país y una alternativa que iba a contar con el apoyo decidido del partido conservador. Económicamente, el partido liberal no contaba con una alternativa para la crisis económica coyuntural que venía aproximadamente desde 1875 ni para los problemas de estancamiento que lo que exigía era un impulso más allá del librecambio. Por eso Núñez lanza su consigna de “regeneración política o catástrofe”. Ante la guerra, paz; ante la anarquía, orden; ante el caos federal, autocracia; ante las libertades democráticas, autoridad. Y en el plano económico, ante el librecambio, proteccionismo; ante el dogmatismo radical de los liberales, pragmatismo sin principios; ante la competencia mercantil, monopolio estatal; ante la proletarización inminente, vigencia de los artesanos. Así respondía Núñez a una coyuntura que le era favorable y derrotaba al partido liberal desconcertado y acobardado política y económicamente. De ahí a la entrega, la conciliación y la traición, no hubo sino un paso.
Núñez y Caro lograron amarrar y amordazar al partido liberal con el régimen aprobado en la Constitución del 86. Diez años después de promulgada, el partido liberal se encuentra profundamente escindido entre los partidarios de una oposición pacifista y de una oposición armada contra la “Regeneración”. Todo el partido liberal coincidía en la inexorabilidad de la oposición. La generación radical de expresidentes, exgobernadores, exministros anteriores a 1880 dirigían la facción pacifista. Una generación joven sin muchas ideas nuevas dirigía la facción guerrerista. En vísperas de la guerra civil de los mil días, esta división era aguda. No hay testimonio más elocuente que el violento editorial de Uribe Uribe en su periódico El Autonomista contra la vieja generación de dirigentes del partido liberal: “Singular es el contraste entre la suerte de la generación nueva y la que la precedió. Formóse ésta cuando el partido estaba en el poder y llegó la segunda a la ciudadanía cuando la obra liberal se derrumbaba. Los hombres de aquélla desarrollaron su inteligencia bajo el reinado de la libertad absoluta de la imprenta; y ésta ha padecido algo como la ablación de la mitad de su cerebro, bajo la cuchilla de la represión de la prensa. Se hicieron ellos jurisconsultos en los Juzgados y Fiscalía, en los Tribunales y en la Corte; nosotros litigando pobremente ante una administración de justicia banderiza, o copulsando los comentadores en la soledad del gabinete; se formaron ellos militares bajo el uniforme, con el pré y mandando tropas veteranas al servicio del gobierno; nosotros en las filas aleatorias de la revolución, y leyendo las teorías de los tratadistas; en las cátedras universitarias se instruyeron en las reuniones públicas, en las Legislaturas y Congresos tuvieron escuela de oratoria; en los gobiernos de los Estados y ministerios nacionales se hicieron estadistas; en las Legaciones aprendieron diplomacia; y con la tranquilidad y tiempo que deja la posesión de los empleos, cultivaron la literatura, y otros ramos del saber. ¿Qué cosas semejantes pueden decirse de los desventurados que les hemos sucedido? Ni honores ni gajes tuvimos nunca del partido; sólo sacrificio nos cuesta. Repleto está nuestro Haber con él; en blanco o poco menos la página del Debe. Las amarguras, no las dulzuras, los dolores no los goces del servicio a la causa es lo que nos ha tocado en suerte. Barcos llamó Daudet a las generaciones que van llegando a la vida. El que trajo la nuestra navegaba con presagio siniestro y feliz el que condujo la pasada… Hay entre los jefes liberales muchos que por gozar de comodidades para la vida, tienen todo el tiempo necesario para proclamar las esperas de la evolución social, que ellos llaman científica; gentes felices que soportan las miserias y desventuras de los otros con una amable filosofía… ¡Ah! pero ellos, los viejos jefes, acatados por los adversarios y bien a cubierto de las contingencias de la vida» pueden desde sus gabinetes más o menos confortables, encomiar la espera en el triunfo final, pregonar las virtudes del quietismo y motejar los males de la impaciencia” (1). Esta división que venía gestándose desde el momento mismo en que se sintieron los efectos de la “Regeneración”, pero que se agudizó después de las elecciones para el Congreso de 1896, al que sólo llegó un solo representante, Rafael Uribe Uribe, alcanzó su momento culminante con el editorial de El Autonomista. Pero ¿cuál era el carácter de la oposición liberal a la “Regeneración”?
El partido liberal, bajo la dirección de los “radicales”, se propuso despojar de todo poder al partido conservador, imponerle las reformas más urgentes que le quitaran a los señores de la tierra sus privilegios y, si fuera posible, liquidarlo de la vida política efectiva del país. Esa fue la etapa que siguió a la Constitución de Rionegro. Pero su incapacidad quedó manifiesta. Parte por el gran poder de los terratenientes, parte por la vacilación, unas veces, y otras, por la traición, del partido liberal. En este proceso los terratenientes no se plegaron, no vacilaron, no adoptaron las posiciones del partido liberal, con el objeto de ganar terreno y tomarse el poder en la mejor oportunidad. No lo hicieron así. Por el contrario, se dedicaron al hostigamiento, al sabotaje, a la guerra permanente. No era como decía Núñez que los “radicales” fueran los señores de la guerra, sino que los conservadores no dieron un paso atrás en la defensa de los principios esenciales que defendían el orden terrateniente. En esta forma, veinte años de lucha permanente, les dio el triunfo con la gran “traición” de Núñez. Entonces el partido conservador dio los pasos necesarios para devolverle en la misma moneda que el partido liberal le había pagado. Se dispuso a liquidarlo. Los señores de la tierra elaboraron una Constitución que neutralizara al partido liberal y que le diera los instrumentos para darle el golpe mortal en el momento definitivo. La división entre los partidarios de la oposición pacifica y la oposición armada, demuestra cuan efectiva fue la táctica del partido conservador para liquidar a su enemigo. El debate efectuado por Uribe Uribe en el Congreso de 1896 presenta toda la tragedia del partido liberal en la oposición.
Uribe Uribe tiene que afrontar solo a un Congreso homogéneamente “nacionalista” y defensor extremo de la “Regeneración”. El mensaje de instalación es una diatriba de Caro contra el partido liberal, a los que considera una banda de anarquistas, cuya rebelión ha sido develada por las fuerzas de la legalidad. Para poder darse cuenta del ambiente de aquel Congreso es necesario escuchar a Caro: “Para el mes de abril de 1894 se había organizado en la capital una conspiración anarquista, de que di cuenta al Congreso de aquel año… La revolución no dejó tras sí ningún documento en el cual se tratase de cohonestar de algún modo la guerra que se desataba sobre los pueblos… las pocas proclamas de caudillos revolucionarios de que tuve conocimiento, eran documentos de redacción grosera, que sólo contenían injurias cuando no impudentes amenazas de exterminio… Continúa la maquinación secreta, los medios para hacer el mal faltan, la intención persiste… se conciben y discuten proyectos infernales… El sufragio es un derecho político que emana de la ley, y no se concibe que honradamente usen de él los enemigos de la ley, los que sólo pretenden discutir violentamente el orden legal; las urnas son palenques a que concurren los partidos políticos propiamente dichos, esto es, los partidos legales, no los bandos de facciosos, ni los grupos de gentes notoriamente perniciosos… Enhorabuena que los anarquistas, ejerciendo derechos políticos de que podían usar por indulto del gobierno, habrían concurrido a las urnas a depositar sus votos por candidatos de un partido legal de oposición… Como ejemplo de los resultados a que se aspiraba por medio de un trabajo electoral al parecer encaminado a fines pacíficos, citaré el caso de haber sido elegido representante quien, habiendo sido uno de los principales autores, acaso el principal, del proyecto del 23 de enero (se refiere a Uribe Uribe), se ha vanagloriado de aquella hazaña, lo cual bien claramente demuestra la extensión de la libertad de sufragio concedida por el gobierno en las últimas elecciones, y el carácter revolucionario que prevalece en organizaciones exteriormente pacíficas…” (2).
Lo primero que hace Uribe es salir a la defensa del partido liberal y para ello utiliza el debate sobre la legalidad de los representantes y el fraude de las elecciones. Entonces dice: “Lo cierto es que hoy se apela a otra clase de razonamientos para explicar la ausencia del partido liberal en estos bancos. El Ministro de Relaciones Exteriores, y con él algunos de los honorables representantes que me han combatido, cree que esa ausencia se debe a que el partido liberal, ha perdido todo prestigio entre las masas populares, que se han apartado de él y que lo temen por el solo recuerdo de sus fechorías antiguas; que el partido liberal está, por consiguiente, del todo debilitado; y poco faltó para que el señor Holguín lo declarase muerto y sepultado. Pero entonces ¿por qué se hace que se paren 30.000 soldados sobre la losa de la tumba de ese nuevo Lázaro, agitados de día y de noche por el temor a su resurrección? ¿Por qué se apuntan contra ese sepulcro los cañones de una inmensa y costosa artillería, en que el señor General Holguín parece depositar toda su confianza? ¿A qué contra un muerto, todo ese aparato de parques, de cruceros, de acorazados y fortalezas, de facultades omnímodas, de inseguridad, de supresión de la prensa y de mensajes presidenciales dedicados exclusivamente a escarnecer al que, según se afirma, ya no es de este mundo? A este respecto tengo que repartir el dilema propuesto por un notable escritor conservador, que no vacila en calificar de grande iniquidad la conducta que se ha venido observando con el partido liberal; o éste es tan fuerte y temible que justifique el alto pie de fuerza y las medidas que se adoptan contra él, y entonces el modo de aplacarlo y de alcanzar la tranquilidad nacional no es seguir oprimiéndolo, sino reconocerles sus derechos, en virtud de los cuales él tendría aquí, en ley y justicia, una numerosa representación, proporcional a la fuerza que se le supone; o bien, no le corresponde legalmente más representación que la escasa que ha alcanzado, porque su número e importancia en el país no dan para más, y entonces sobran el numeroso ejército, los costosos armamentos y todo el aparato de resistencia desplegado contra un enemigo” (3).
Partiendo de la defensa del partido liberal, Uribe Uribe desarrolla un furibundo ataque a las facultades omnímodas dadas al Ejecutivo por la Ley 61 de 1888 o ley de los caballos, la emprende contra la “Regeneración”, se opone a los gravámenes del café que ponen un inmenso peso sobre los productores, se alza contra los recargos en las contribuciones, y sienta su posición sobre la ley de prensa, el servicio militar y otros asuntos de vital importancia para la vida del país. En todo el furioso debate que el representante liberal adelanta, hay un argumento central y es el de distinguir entre la Constitución del 86 y la “Regeneración” un movimiento del partido nacional que utiliza la Constitución del 86 contra el partido liberal. Pero el partido liberal no sólo acepta la Constitución del 86, sino que la tiene que aceptar para que se le considere un partido legal, no obstante las objeciones que pueda abrigar contra algunos puntos de la Constitución. Por eso dice: “A lo menos en cuanto a los liberales, la conducta de la Regeneración, a fuerza de inicua, ha llegado a ser curiosa. Ha hecho de las instituciones, y especialmente de las facultades omnímodas, elemento de opresión contra nosotros, y cuando resistimos a plegamos bajo el peso, nos califica de rebeldes impenitentes, de eternos enemigos del orden y de la paz, y en esa virtud agrava las persecuciones y castigos: es decir, que por cuanto no besamos sumisos y agradecidos el látigo con que se nos flagela, admirando su fuerza y contextura, se nos vapula más aún, increpándonos duramente, como en el último mensaje, nuestra falta de simpatías por este instrumento. A nadie sino a nuestros tiranos sorprenderá entonces que el castigo nos confirme en la aversión…” (4). Para Uribe el problema es la aplicación de la Constitución que ha recurrido a las facultades extraordinarias y las ha hecho permanentes. Los nacionalistas defendían el carácter constitucional de la Ley 61 y la necesidad de mantenerla para preservación del estado de derecho. Uribe plantea su posición en la siguiente forma: “Porque lo que se propone es convertir la ley de facultades omnímodas de temporal en permanente. Ocho años largos hace que ella rige, pero como su vigencia es abiertamente inconstitucional hay la esperanza de verla cesar algún día, mientras que la que ahora se propone lleva trazas de hacerse perdurable, en su carácter de reglamentación permanente de lo irreglamentable. El partido liberal prefiere que se deje en pie la Ley 61, que, como exceso de un mal, clama por el remedio, en vez de esta hipócrita suavización del mismo mal, que en definitiva lo agrava y lo prolonga” (5). Pero es importante hacer la comparación entre la Ley 61 que Uribe prefiere al proyecto de institucionalización de esas medidas. Las descripciones que el mismo Uribe nos hace de las consecuencias de la ley de los caballos son para si mismas elocuentes; proscripciones, encarcelamientos sin cuenta, detenciones arbitrarias y sumarias, deportaciones, multas a la prensa, suspensión de periódicos, clausura de imprentas, violación de domicilios, clausura de institutos docentes, interceptación del correo, prohibición del derecho de reunión, violación de todos los derechos (6). El decreto que proponen los nacionalistas mantiene todas las atribuciones del Ejecutivo para apoderarse del poder judicial, a tal punto arbitrario que Uribe exclama: “No queda, pues, duda de que este proyecto ‘en desarrollo de un artículo de la Constitución’, es la supresión de toda normalidad constitucional, y como ya sabemos contra quién van esas nuevas ‘medidas de seguridad’, el proyecto equivale al mantenimiento del partido liberal fuera de la ley” (7).
¿Era la posición de Uribe de tal carácter que lo llevaría a levantarse en armas contra la Constitución del 86? Se levantara o no se levantara en armas Uribe declara que el punto de partida en cualquier caso sería la Constitución del 86 (8). Acusado de perjuro por haber entrado al Congreso jurando fidelidad a la Constitución y sin embargo estar contra ella, Uribe replica que debe acatamiento a la Constitución, no obstante los procedimientos irregulares que sufrió el proceso de su promulgación (9). Y añade: “Y sin embargo de todo esto; sin embargo de que esa Constitución se ha hecho despreciable para todos, y para el partido liberal odiosa, como instrumento de la más ruda opresión de que jamás comunidad política alguna haya sido víctima; sin embargo de eso, deseo sinceramente que, si la paz continúa, la normalidad constitucional se establezca plenamente, para que si la Constitución es buena, como a despecho de todo lo afirman algunos, su bondad resalte, y si no para verificar en ella la máxima inglesa: la ley mala, ejecutarla, para que su maldad se patentice y la reforma se imponga. Es decir, creo que el partido liberal debe aceptar la Constitución del 86, contra la cual se le considera en permanente rebeldía; debe aceptarla como un hecho cumplido y positivo, si no como una creación de derecho, por razón de su origen; debe aceptarla por declaración explícita, como implícitamente la aceptó no combatiéndola desde su promulgación, y la ha aceptado ejecutando actos pacíficos que presuponen el régimen político que en ese instrumento se apoya; pero debe aceptarla reservándose el derecho de esforzarse por introducir en esa Carta las reformas solicitadas por la opinión, en especial la de que sea lealmente practicada en todo tiempo, erigiendo —si posible fuere— en traición a la patria la concesión o el ejercicio de facultades omnímodas ni extraordinarias, que la desvirtúan o la anulan. Y creo más: que el partido liberal debe aceptar el Código del 86, no con el inconcebible propósito vindicativo de medir un día a sus adversarios con la misma vara con que lo han medido, sino por una científica y elevada consideración política: si la garantía de duración de un instrumento constitutivo proviene de la concurrencia en su formación de los dos grandes partidos nacionales, a fin de que en él desaparezcan combinadas y adunadas las dos tendencias que ellos representan: fortificación de la autoridad a expensas de la libertad, el uno, y extensión de la libertad a expensas de la autoridad, el otro; autoritario el uno, individualista el otro, ¿por qué no admitir la Constitución del 86, que representa la primera tendencia, esforzándose por introducir las reformas que representarían la segunda, y llegando así a la formación de un Código político verdaderamente nacional?” (10).
Queda muy a las claras el dilema de la oposición liberal comandada por Uribe en ese momento. Ya no posee los principios de los liberales que impulsaron la Constitución del 63, se arrepiente del federalismo que consagró esa Carta, pide un compromiso entre las dos posiciones extremas representadas por las ideas del 63 y del 86, acepta los principios básicos de la Constitución del 86, propone una forma de gobierno que a la vez sea conservadora y liberal “para garantizar el orden y la tradición, y favorecer la libertad y la innovación… se preconizaba, en fin, la virtud de un justo medio, adquirido por concesiones reciprocas en lo adjetivo, dejando en pie lo sustancial, a fin de alcanzar de ese modo la realidad de la república” (11). Esta era la fracción “extremista” del partido liberal, la partidaria de la lucha armada contra el régimen conservador, la heredera de los principios liberales abandonados supuestamente, por la vieja generación fustigada agriamente por Uribe. En esas condiciones, presenta un programa liberal que los conservadores de la Cámara tildan de conciliacionista y de haber adoptado los principios de la “Regeneración” (12). No tiene Uribe otra alternativa que salir a clarificar su posición, con lo cual no hace sino reafirmar la tragedia de su lucha, vacía ya de los grandes principios democráticos que habían inspirado casi cuarenta años de confrontación. Dice así: “Los cuatro objetos que me propuse no quedarían por eso menos logrados: lo., presentar temas concretos de consideración para inducir a cada uno a hacer su examen político de conciencia, y para facilitar el acuerdo de unos y otros sobre bases positivas; 2o., tranquilizar al verdadero y único partido conservador sobre las miras y propósitos del liberalismo; 3o., tranquilizar también a la porción seria, prudente o timorata de nuestro mismo partido, acerca de las tendencias de la porción avanzada; y 4o., quitar al gobierno regenerador el pretexto para seguir persiguiéndonos so capa de partido ilegal y rebelde” (13). Todo el fondo del asunto radica en que Uribe Uribe ha perdido el sentido sobre el verdadero contexto en que se debate el país. Así se justifica que hable de alcanzar de ese modo (conciliando) la realidad de la república”. No existe, por tanto, para él la necesidad de que el régimen representado por los terratenientes, victoriosos y fortalecidos por diez años de ”Regeneración”, desaparezca, como la condición necesaria de cualquier desarrollo para el país. Esa perspectiva ha quedado liquidada. Es indispensable, por tanto, que el enfrentamiento secular desde el mismo momento en que se inicia el movimiento revolucionario de la emancipación, quede saldado y se inicie una etapa en que las dos posiciones contrapuestas, convivan y esa convivencia se consagre en la Constitución. En esencia, la oposición de Uribe Uribe se dirige a que la Constitución del 86 no sea el instrumento de un solo bando, de un solo partido, de una sola clase, sino que se reforme para dar cabida a las dos clases que se habían venido disputando el destino de Colombia, sobre el presupuesto de la aceptación mutua y la tolerancia recíproca. Lo grave, en el punto de vista de Uribe y del liberalismo “avanzado” que comandaba, consistía en la renuncia a los principios de la revolución democrática y la traición a la lucha por el desarrollo del país cimentado en la liquidación del régimen terrateniente. Desde este punto de vista, la lucha contra los terratenientes no sólo se justificaba, sino que era una condición indispensable, tal como lo hemos venido defendiendo. El feroz debate de Uribe no es sino una claudicación.
Entonces, ¿qué exigía el partido liberal? Cuatro cosas: 1) abolición de las facultades omnímodas y de la irresponsabilidad presidencial; 2) expedición de una ley racional de prensa; 3) reforma de la ley de elecciones; 4) esclarecimiento y castigo de los fraudes fiscales (14). Con estos propósitos enmarcaba su posición en la lucha por las libertades democráticas fundamentales. Decía Uribe: “…sepan todos que los liberales no sostenemos estas luchas solicitadas por el ansia de recuperar el poder o porque no nos consolemos de haberlo perdido, sino por la necesidad de reducir a nuestros opresores a que nos otorguen la efectividad de nuestros derechos. Peleamos por la libertad, no por el Presupuesto… Sólo un móvil tan elevado como urgente puede echarnos inermes a la guerra o a estériles luchas parlamentarias contra la rabia de los sectarios o el interés de los explotadores” (15). No se encontraba Uribe muy distante de las posiciones de Carlos Martínez Silva que, en ese momento, partía diferencias con el nacionalismo. Pero Caro y los nacionalistas tenían muy claro sus propósitos. Ellos no hacían discriminaciones entre los nuevos y viejos liberales. Más aún, sabían que la línea más radical estaba representada por Uribe y no por Aquileo Parra, Sergio Camargo, Nicolás Esguerra y demás representantes de la línea pacifista. Estaban dispuestos a liquidar al partido liberal, a borrarlo del mapa y no iban a hacerle concesiones que pusieran en peligro su propósito principal. A pesar de los esfuerzos de algunos “históricos” para que se reconociera la legalidad del partido liberal y se hicieran las reformas pertinentes exigidas por los liberales, los nacionalistas no transigieron. Por otra parte, los terratenientes presionaban en el Congreso una serie de reformas tributarias tendientes a la recolección de fondos para adelantar su política contra los liberales y para favorecer las ambiciones de su clase. Los impuestos al café afectaban a los liberales de Antioquia y el recargo en las contribuciones afectaban a los comerciantes y a la incipiente burguesía industrial. Uribe Uribe abandera los intereses afectados, sin obtener ningún resultado. A la posición política absolutamente intransigente de los nacionalistas se añadían los atentados contra intereses muy sentidos de esa clase que estaba dejando de jugar un papel en el país y de la nueva que iba surgiendo poco a poco. El partido liberal, no obstante su posición conciliadora y vacilante, había quedado acorralado. Uribe Uribe lo expresaba con vehemencia a su regreso de México en 1898: “…ni el bochorno de tantas afrentas nos ha enardecido; ya que no el sentimiento de la justicia, ni la sed de venganza nos ha aguijoneado; puestos fuera de la ley, perseguidos y acosados, como no lo fueron jamás los iroqueses, los pieles rojas ni los maoríes, hemos sido incapaces de pagar con odio varonil el odio que se nos dedica; hemos permanecido impasibles y como dormidos. Señores: ya no es sangre, es suero incoloro lo que a los liberales nos circula por las venas…” (16). Y añade al final de su discurso: “Declaro, por tanto, que renuncio a la lucha. Los hombres de cierta clase y cierto temple nada tienen que hacer con colectividades que no saben o no quieren cumplir con su deber; y si ellas se amañan a vivir sin libertad, u optan por recibir humildes la limosna del derecho a las puertas de los detentadores poderosos, en vez de derribarlas a culatazos, penetrar animosamente en el edificio, expulsar a los usurpadores y traficantes, y tomar por la fuerza posesión de lo propio, hay quienes sentimos invencible repugnancia para coadyuvar en esa obra… Continuara todavía la brega si por asomos creyera al liberalismo capaz de demandar con altivez lo que le pertenece y le ha sido inicuamente arrebatado; pero pues todo lo aguarda de la clemencia del gobierno me retiro, porque no tengo medios de obrar sobre él, y porque aun cuando los tuviera, me daría vergüenza emplearlos, trocando la actitud de reclamante orgulloso por la de palaciego suplicante” (17). Estaba planteando desesperadamente la guerra, porque era la única forma de supervivencia, pero sin ningún planteamiento revolucionario. Así queda evidente que la guerra de los mil días no surgió por la defensa de los principios de la revolución democrática a punto de perecer, que hubiera levantado el partido liberal, afanoso como estaba de hacer las concesiones indispensables a los terratenientes, cuyo testimonio es el debate y la conducta de Uribe Uribe, sino por la decisión inflexible de los conservadores de liquidar al partido liberal que los lleva a no transigir ni en las modestas peticiones de su contrario.
2. La encrucijada del partido liberal
Se encontraba el partido liberal en la encrucijada. En vísperas de la guerra sus lineamientos ideológicos apenas encontraban asidero, embarcados como estaban sus jefes y sus ideólogos en busca de un rumbo seguro. En efecto, el periódico liberal dirigido por Uribe Uribe, El Autonomista, publica una serie de artículos firmados por Aníbal Galindo y Tomás O. Eastman sobre la verdadera naturaleza del liberalismo y su posición ante el proceso de la “Regeneración”. Este proceso venía dándose desde 1880, cuando Núñez descubre sus verdaderas intenciones y se lanza contra el liberalismo. La Convención de 1892 sólo muestra la división profunda del partido liberal en las tres corrientes que enfrentan a la “Regeneración”: pacifistas, guerreristas y guerreristas sólo en última medida, pero sin infundirle un rumbo ideológico y programático al partido liberal que lo capacitara para enfrentar la reacción nacionalista. Al nombrar al pacifista Santiago Pérez como jefe del partido, se ratifica tan sólo la posición medrosa que trata de impedir la descomposición del organismo, sin darle salidas para la lucha. La Convención de 1897 arma al partido liberal con un programa con el que pretendía enfrentar las nuevas condiciones. Esencialmente, coincide con las posiciones de Uribe Uribe en el Congreso; 1) limitación del Poder Ejecutivo; 2) descentralización política y administrativa; 3) reforma electoral con un organismo independiente del Ejecutivo; 4) supresión de los recargos impositivos y de los monopolios estatales; 5) libertad de ejercicio de la industria bancaria; 6) reformas al monopolio monetario y crediticio del Estado; 7) relaciones del Estado y la Iglesia reguladas por un Concordato. El Manifiesto de la Convención caracterizaba este programa en la siguiente forma: “La Convención ha acordado, y somete al examen sincero de los hombres de buena voluntad, un programa político, que es moderación del antiguo credo liberal. Ese programa concuerda en muchos puntos con el formulado por su adversario histórico, el partido conservador, que a su turno ha cogido rizos a su antigua bandera” (18). Se entregaban todas las banderas económicas de más de cuarenta años de lucha y se cedía en un punto fundamental como era el de la libertad religiosa y la separación de la Iglesia y el Estado. El hondo significado de esta entrega del partido liberal radicaba en la aceptación irrestricta de que los terratenientes controlaban el poder y que la táctica de supervivencia residía exclusivamente en la conciliación. No es extraño que Aníbal Galindo reniegue hasta de la idea de libertad con los mismos argumentos de Núñez y Caro: “Pues lo mismo, exactamente, lo mismo ha pasado con la libertad en el mundo. Nadie cree hoy en ella como se creía en 1848. Entonces se creía que la libertad era un principio absoluto que lo curaba todo, que resolvía y desataba por si sola todas las dificultades. Hoy no se tiene en ella la misma fe. Después de aquella época, el mundo político, y con él sus publicistas y sus más grandes hombres de Estado, se ocupan en hacer la rectificación del principio, en pedirle cuenta de sus exageraciones y de sus errores, de lo que esos grandes pensadores llaman ‘mécomptes de la liberté’, mezclando al principio de libertad grandes dosis del de autoridad y seguridad; y es claro que a una generación que se ocupa en hacer estas mezclas, en rectificar estas cuentas, no se le puede exigir el mismo entusiasmo, ni los mismos sacrificios de tranquilidad, de bienestar y de vida que a la generación educada por Lamartine y por Esquiroz en los idilios de la revolución” (19).
Gerardo Molina interpreta esta crisis ideológica, programática y política del partido liberal como la transición hacia un partido popular que habría surgido transformado de la guerra de los mil días (20). Según Molina las ideas de Uribe Uribe de “socialismo de Estado” de 1904 estarían coincidiendo con las de Aníbal Galindo y éstas, a su vez, constituirían un polo opuesto a las de Eastman, partidario todavía del laissez-faire decimonónico. En todo el pensamiento de Molina, lo que hace popular al partido liberal, es la adopción de ese “socialismo de Estado” que se pone, supuestamente, al servicio del pueblo. Una interpretación de esta naturaleza nos hace regresar a la polémica sobre la “Regeneración” y al significado que le da Liévano Aguirre a las ideas de Núñez como la concreción de un “socialismo de Estado”. Pero Galindo, al proponer un nuevo programa para el partido liberal que tendría que transformarse en “partido demócrata”, y centrándolo en la reorganización de la Hacienda Pública, en la reconstrucción fundamental del sistema oligárquico de educación pública, y en la abolición del servicio militar obligatorio, no está proponiendo ningún “socialismo de Estado”. Coincide más con Núñez que con ningún otro y da su apoyo a la Constitución del 86. Desde este punto de vista, la apología que hace Molina de las ideas de Galindo, se contradice con su tímida oposición al movimiento “Regenerador”. En realidad, Molina ataca a Eastman porque se opone a éste que él también llama “socialismo de Estado”, pero no cala el fondo de sus planteamientos. El acierto fundamental de Eastman radica en la correcta caracterización de la “Regeneración” como un sistema de tendencia monarquista y autocrática, no importa que confunda el intervencionismo de Estado y la centralización propia de la época del absolutismo con el “capitalismo de Estado” de la época del imperialismo. Esa es también la confusión de Molina, la que le sirve, precisamente, para salvar la posición antidemocrática y absolutista de Galindo, en la misma forma que ha confundido a tantos otros.
La guerra de los mil días sorprende al partido liberal en condiciones extremadamente precarias, sometido a una cuádruple crisis: 1) Grave crisis ideológica, cuando ha abandonado los principios programáticos de 1850 y de 1863 y todavía no ha logrado adherirse a otros que le sirvan como alternativa, mientras, por el contrario, ha adoptado tesis del partido conservador que contradicen su lucha secular; 2) grave crisis política, cuando carece de una táctica cohesionada y clara para enfrentar la represión brutal que se ejerce en su contra y la amenaza de liquidación a que está abocado, dividido como se encuentra entre los pacifistas y guerreristas enfrentados antagónicamente; 3) grave crisis popular, porque no llega a interpretar con precisión y visión el momento económico que vive el país, la etapa de su evolución y el momento en que el librecambio tenia que haber dado paso a medidas políticas y sociales que favorecieran el desarrollo capitalista y no retrocedieran el proceso histórico; 4) grave crisis militar, porque no está preparado para la guerra, no tiene armas, no posee una dirección unificada, no cuenta con una estrategia militar planificada, no tiene un control centralizado sobre sus efectivos en todo el país. El gobierno nacionalista parece comprender esta situación desesperada del partido liberal y, en lugar de impedir la guerra, la azuza. No vamos a hacer un recuento de la guerra, pero es conveniente preguntarse: ¿por qué el gobierno deja en libertad a los jefes guerreristas, estando perfectamente enterado de sus planes de insurrección? ¿Por qué el gobierno permite a las juventudes liberales de la capital salir libremente de Bogotá a enrolarse en el ejército y llega hasta facilitarles el transporte? ¿Por qué el gobierno cambia su Ministro de Guerra interesado en aligerar la contienda y facilitar la paz por un ministro que da órdenes para que se prolongue la lucha lo más posible? ¿Por qué el Ministro de Guerra le da ánimos a los liberales para que se organicen y les otorga tiempo con el fin de que permanezcan en el campo de batalla? (21). Estos y otros interrogantes serían pertinentes. No nos cabe la menor duda de que el gobierno nacionalista buscaba atrapar a los liberales, no para infligirles una derrota cualquiera, sino para liquidarlos como partido. El gobierno estaba fuerte, contaba con las condiciones para conseguir los recursos necesarios, estaba cohesionado, y encontraba un partido liberal en completa crisis. Era tal el grado de descomposición del partido liberal que, ni siquiera ante la guerra logró unificarse ni encontrar criterios comunes para adelantar la política en un momento en que la mayoría del pueblo estaba dispuesta a apoyar una lucha contra el régimen despótico de la “Regeneración”. Aníbal Galindo, Carlos Arturo Torres, Lucas Caballero, connotados representantes de ese partido, colaboraban íntimamente con el gobierno que controlaba su enemigo. Tal era la situación.
El partido liberal perdió la guerra de los mil días. La perdió militar, política e ideológicamente. Podría argumentarse que desde el punto de vista político, el partido liberal consiguió una amplia amnistía, que gracias a su lucha consiguió su reconocimiento por parte del partido conservador y que, por la fuerza de las armas, obtuvo del gobierno de Reyes los cuatro objetivos básicos que Uribe le había señalado a la revolución de 1899. Eso es cierto. Pero el precio de esos cuatro puntos consistió en el sometimiento político al partido conservador y en la renuncia a los programas de la revolución democrática. La derrota de 1902 significó el fin del partido liberal del siglo XIX. En los últimos veinte años se venia precipitando a su ruina. Podría aventurarse que el mismo triunfo no habría logrado la recuperación ideológica del partido liberal, dadas las premisas que jefes como Rafael Uribe Uribe habían colocado ya en la base de la lucha contra la “Regeneración”. El partido conservador no alcanzó a liquidarlo en la guerra, pero lo mantuvo bajo su égida. En esta forma culmina un proceso trascendental para la historia de nuestra patria, proceso que consideramos de suma importancia para entender el siglo XX, y en el cual hemos venido insistiendo. Nosotros consideramos que la contradicción principal del siglo XIX tuvo que ver con la lucha por la consolidación de la revolución democrático-burguesa y el desarrollo del capitalismo en el país. De ahí que no podemos estar de acuerdo con aquellos autores de izquierda, más bien románticos que científicos, por ejemplo Torres Giraldo, que colocan la contradicción principal en la lucha del pueblo contra las clases dominantes, incluyendo en ellas tanto a los terratenientes como a los comerciantes. Precisamente la lucha del pueblo tenía su manifestación fundamental en todo el esfuerzo por liquidar el régimen terrateniente heredado de la Colonia, bajo la dirección de una de las clases dominantes que habían dirigido la revolución emancipadora, la de los comerciantes. Esta clase formó el partido liberal. Por el carácter del comercio que servia de base económica a una clase precapitalista, por la alianza con los artesanos en un largo tramo de lucha, por el poder de los terratenientes, por la traición de un amplio sector de los comerciantes, el partido liberal fue incapaz de consolidar la revolución democrático-burguesa. La tragedia de la oposición al proceso de la “Regeneración” es testimonio elocuente de este fracaso y de esta traición. No fueron los nuevos dirigentes del partido liberal, como Uribe Uribe y Benjamín Herrera, capaces de contrarrestar el embate feroz de los terratenientes desde 1880. Cuando la contradicción con el partido nacional se agudizó hasta el extremo, el partido liberal no contaba con ideas políticas y económicas que orientaran su acción revolucionaria. La paz de Wisconsin, con la que el partido liberal selló su derrota, señaló el fin del partido liberal como partido revolucionario, carácter que venia en decadencia desde el comienzo de la “Regeneración”. Aunque Joaquín Tamayo no es consciente del significado que tienen sus palabras, sin embargo son lo suficientemente elocuentes como para reflejar ese momento histórico: “La quiebra de los partidos políticos fue un hecho e irremediable… El liberalismo como partido doctrinario a mediados de 1902 a duras penas soportaba esa crisis orgánica. Los civilistas de Bogotá, representantes de la escuela de Rionegro, carecían de poder para imponer a la masa sus aspiraciones; el viejo partido dividido hasta lo infinito por querellas inoportunas —como al final de la guerra de Melo— quedó al margen de toda intervención posible” (22). La obra de Rafael Núñez había llegado a su cima. Los terratenientes lograban derrotar a sus adversarios, someterlos a sus condiciones e imponerle al país la hegemonía de su estructura feudal. En esas circunstancias Colombia entraba al siglo XX, al siglo del imperialismo, atrasada, débil, indefensa y con el poder del Estado en manos de los terratenientes con su hegemonía consolidada.
3. La claudicación del partido liberal
La etapa histórica del partido liberal que abarca los últimos cuatro lustros del siglo XIX es de descomposición, la que surge con la derrota y dura hasta la subida de Alfonso López es de reconstrucción. El signo de esta reconstitución está dado por el encuentro de una nueva ideología y por la adopción de una táctica política de sometimiento al partido conservador. Los jefes liberales que simbolizan esta transición son Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera y los dirigentes que van a recibir y a impulsar al partido liberal del siglo XX con una nueva ideología son Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos. Esa nueva ideología adoptada por el partido liberal se imponía poco a poco en el mundo, principalmente en Europa, impulsada por la socialdemocracia, ante la liquidación de casi todos los partidos liberales del siglo XIX. Se trataba del “socialismo de Estado”. Sólo dos años después de haber firmado la paz el partido liberal, Uribe Uribe plantea con toda claridad el nuevo rumbo ideológico que debe seguir. Es la famosa conferencia dictada por él en el Teatro Municipal de Bogotá el 4 de octubre de 1904. Para entonces, ya estaba trazada también la nueva táctica política. El partido liberal no solamente da su apoyo al gobierno conservador de Rafael Reyes, sino que se convierte en su principal soporte, aun por encima de un amplio sector del mismo partido conservador. Posteriormente se compromete en la conformación de un nuevo partido, la Unión Republicana, bajo la dirección del conservador Carlos E. Restrepo. Un sector del partido liberal vota por el candidato conservador José Vicente Concha. El general Benjamín Herrera apoya la candidatura de Guillermo Valencia contra Suárez y acepta un ministerio en el régimen de Concha. Se desata una gran polémica interna en el partido liberal sobre la colaboración con el gobierno del general Ospina. Alfonso López Pumarejo trata de organizar un movimiento de apoyo liberal a uno de los candidatos conservadores en las elecciones de 1930. Candidato de “concentración nacional” lo es Olaya Herrera que ya había colaborado con Holguín, Ospina y Abadía Méndez, llama conservadores a su gobierno, entre ellos, al más notable de los financistas de ese partido, Esteban Jaramillo. Los datos son innumerables para testimoniar la táctica de sumisión al partido conservador para llegar al gobierno. Indudablemente, el partido liberal logra este objetivo, pero a costa de una transformación ideológica fundamental que le permite no solamente convivir con su adversario del siglo XIX, sino llegar a identificarse en los objetivos cruciales de gobierno del país.
La conferencia de Uribe en el Teatro Municipal traza los lineamientos ideológicos del partido liberal del siglo XX. Su punto de partida es el arrepentimiento de su actitud guerrerista pasada y la renuncia a los principios que lo llevaron a las armas: “…hemos creído—dice— muy inteligente, muy estético y muy caballeroso entrematarnos por teoremas que el pueblo a quien hemos arrastrado a los campos de muerte no supo nunca con qué salsa se comían” (23). Y, al terminar su disertación, añade: “Yo he podido renunciar, como en efecto he renunciado, una vez por todas y para siempre, a ser un revolucionario con las armas, pero no he renunciado a ser un revolucionario y un agitador en el campo de las ideas. Cada mañana toco tropas a las que he venido profesando, y pasada la revista revaluadora, doy de baja sin pena a las que hallo inútiles para el servicio y las repongo con otras jóvenes y robustas” (24). La idea nueva que Uribe ofrecía al partido liberal era la de un socialismo de arriba hacia abajo, un socialismo que tomara al Estado como guía suprema de la economía, único capaz de sacar al país del atraso, un socialismo que no cayera en los extremos de atacar los bienes de los ricos, sino solamente que formulara principios económicos de mejor repartición por medio de los impuestos, un socialismo que no es anticristiano. “El socialismo que defiendo difiere tanto del absolutismo que mata la dignidad humana, como del individualismo que mata la sociedad” (25). Y al iniciar su discurso había dicho: “No soy partidario del socialismo de abajo para arriba que niega la propiedad, ataca el capital, denigra la religión, procura subvertir el régimen legal y degenera, con lamentable frecuencia, en la propaganda por el hecho; pero declaro profesar el socialismo de arriba para abajo, por la amplitud de las funciones del Estado…” (26). Planteaba Uribe en esta forma las tesis antiindividualistas y anticolectivistas, las cuales parten de la tesis utópica liberal de la neutralidad del Estado, pero que, renunciando a los principios del liberalismo revolucionario de los siglos XVIII y XIX, adoptan el intervencionismo estatal como planificador, racionalizador y organizador de la vida económica, mediante la limitación de la libertad, la imposición, la regulación, propias de un sistema de gobierno que ha entrado en flagrante contradicción con la democracia política para someterse a las fuerzas propias del monopolio. Es esta la fórmula que adopta el capitalismo monopolista de Estado en la búsqueda de proteger los nuevos intereses surgidos de la etapa de “decadencia” del capitalismo y de la necesidad de neutralizar el movimiento revolucionario mundial dirigido por el proletariado. De esa necesidad se hace eco Uribe que había leído la literatura socialdemocrática imbuida en el revisionismo europeo: “Para prevenir el socialismo de la calle y de la plaza pública, no hay más remedio que hacer bien entendido socialismo de Estado y resolver los conflictos antes de que se presenten. Para ello, no basta esperar el simple desarrollo de lo establecido, confiando en que se cumpla la ley de Bastiat: todos los intereses legítimos son armónicos, ¿porque quién defiende esa legitimidad? Lo que a diario presenciamos es precisamente el choque de los intereses. Para evitar las formas agudas, hay que prever” (27). Las reformas fundamentales planteadas por Uribe sirven de pauta al liberalismo del siglo veinte, en la mejora de la asistencia publica, en un sistema tributario, en una legislación laboral, y una serie de puntos tocantes con la vivienda, las herencias, la inmigración, la cultura que hoy se han convertido en el programa repetitivo de los dos partidos liberal y conservador. Pero hay que notar dos aspectos de suma gravedad. Primera, Uribe preconiza el corporativismo en una forma muy similar a como lo habría de impulsar la fallida reforma constitucional de tinte fascista de Laureano Gómez en 1953. Y segundo, el problema agrario se reduce a convertir en duraderos los contratos de arrendamiento, ignorando el más grave problema del país, porque según Uribe, refiriéndose al problema de la tierra, “entre nosotros la propiedad no es cuestión que se debate”. La tierra sobra y cualquiera puede hacerse a unos baldíos (28).
De inmediato las nuevas ideas planteadas por Uribe al partido liberal tenían un doble efecto. Por una parte, eludían los temas candentes que habían enfrentado a los dos partidos durante el siglo pasado y, en esta forma, preparaba el terreno para la colaboración y la sumisión. Por otra parte, los nuevos principios ideológicos se presentaban lo suficientemente neutrales e inocuos como para no ir a producir una reacción del partido conservador en un futuro próximo. Uribe podría tranquilamente, y con él Benjamín Herrera, los grandes intelectuales liberales como Baldomero Sanín Cano y casi todo el partido liberal, dar su apoyo al régimen de Rafael Reyes (29). Pero Uribe no sólo había renunciado a los principios liberales que podrían, en alguna forma, haber contribuido a la culminación de la revolución democrática, como lo hacían en ese momento figuras de la talla de Sun Yat-Sen en China, sino que conciliaba en igual forma con quien se iba convirtiendo en el enemigo más peligroso del país, después del atraco de Panamá, el imperialismo norteamericano. En este sentido es típica su actitud frente al problema más candente del momento, el de Panamá. Nombrado por Reyes delegado a la Conferencia Panamericana de Rio de Janeiro en compañía de Guillermo Valencia, redacta un documento de tipo jurídico para demostrar la violación que había cometido Estados Unidos de las leyes internacionales y de los tratados, pero sin mencionar el atentado contra la soberanía nacional y el carácter imperialista de la expansión norteamericana mediante el patrocinio de una supuesta independencia nacional de Panamá. Uribe era perfectamente consciente no sólo de lo que significaba esa supuesta independencia de Panamá, sino también de los propósitos que abrigaba Estados Unidos con la Conferencia de Río tendientes a crear una actitud favorable para las concesiones comerciales a que aspiraba, así como del peligro que representaba Estados Unidos para América Latina. En su artículo sobre la separación de Panamá que fue escrito como una ponencia para la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, en donde nunca la quiso presentar, dice: “La conferencia dará lugar a un formidable gasto de vocablos como fraternidad, solidaridad, americanismo, unión, estrechamiento de relaciones amistosas, aproximación, y otros análogos, que no sonarán como sarcasmo en los oídos de los delegados colombianos si proceden de labios hispano o lusoamericanos, pero que viniendo de los Estados Unidos habrán de clasificar entre las mentiras convencionales, en tanto que subsista sin composición el atentado de Panamá” (30). Y también tiene claridad sobre el peligro norteamericano. Al analizar el propósito del Secretario de Estado, Mr. Root, de quebrar el monopolio comercial de Europa en América Latina, añade: “El viaje de Mr. Root es, pues, un viaje de conquista comercial. La Conferencia de Río, trae envuelto en números de programa de puro adorno y fantasmagoría un clou, un plato de resistencia: otorgar a los Estados Unidos tarifas aduaneras y otras ventajas que le permitan convertirse en proveedores de nuestros mercados. Es una nueva y muy lógica derivación de la Doctrina Monroe, en una de sus últimas ediciones, corregida y aumentada, con glosas y comentarios de la acreditada Casa Rooseveit & Root. ‘América para los americanos’ quiere ahora decir que este continente debe bastarse a sí mismo, producir, porque eso es pagarle tributo. La emancipación comercial debe ser el complemento de la emancipación política… Con todo, si conquista comercial hubiere, seguirá una marcha progresiva de norte a sur. Verdaderamente México va siendo en lo económico, y quizá no tardará mucho tiempo para serlo también en lo político, una simple prolongación de los Estados Unidos… Después seguirán Venezuela y Colombia por ocupar las costas septentrionales más vecinas a los Estados Unidos, con los cuales establecerán tráfico rápido al través del Mar Caribe, como ya en parte lo tiene establecido…” (31). No obstante estas declaraciones, la actitud de Uribe en Río y su cambio frente a los Estados Unidos confirman su falta de principios y su entrega a quienes consideraba conscientemente enemigos reales o potenciales.
En Río, la delegación colombiana presidida por Uribe y Guillermo Valencia actúa de la siguiente forma: 1) acepta en silencio la asistencia de Panamá como república independiente; 2) calla completamente el atentado de Estados Unidos contra Colombia; 3) ninguna exigencia hace de modificar el orden de la Conferencia para tratar un problema de tal magnitud. Uribe Uribe se sienta con los delegados de los Estados Unidos y Panamá. Pero el delegado de los Estados Unidos era nada menos que el Secretario de Estado de Roosevelt, el mismo que había robado a Panamá. No solamente eso, sino que sale de los contactos con la delegación americana completamente transformado: “Contra los pronósticos pesimistas de muchos que auguraban una política egoísta, absorbente e imperiosa de los Estados Unidos de América, en el seno de la Conferencia; contra el deseo acaso de los que en muchas partes la anhelaban, para salir verídicos en sus afirmaciones antiyanquistas, la conducta de los representantes de la república del Norte ha sido inspirada, en su conjunto, como en el más insignificante de sus detalles, por el más elevado, noble y desinteresado amor al bienestar común. Por ninguna parte ha aparecido la más leve insinuación de imperio, el menor gesto de desdén hacia una nación débil, la más insignificante tendencia a beneficiarse, desde el punto de vista comercial, con algún acto impuesto a la asamblea. Dando un hermoso ejemplo del más puro sentimiento republicano, nos han tratado a todos en el mismo pie de igualdad, han hecho uso de una exquisita tolerancia, y en casos en que habrían podido tomar iniciativas incontrastables, han preferido adherir modestamente a las fórmulas de conciliación. El gran trust panamericano, predicho por algunos, bajo la dirección de los Estados Unidos, no ha aparecido por ninguna parte. La delegación americana ha dado esta vez el inesperado espectáculo de hacerse amar irresistiblemente, aun de sus adversarios naturales” (32). Esta declaración de amor irresistible a quienes había declarado apenas un mes antes enemigos potenciales de Colombia y a quienes habían desmembrado el país, es el símbolo más elocuente del partido liberal del siglo XX salido de la guerra de los mil días y de la “Regeneración” con un nuevo contenido político e ideológico. Un partido sumiso y entregado a los terratenientes y al imperialismo, conciliador y vacilante, sin los ideales democráticos que adopta esa ideología precisa, la del capitalismo de Estado, que le permite esgrimir la más desaforada demagogia de socialismo desde arriba para poder neutralizar las fuerzas revolucionarias y mantener sometido el pueblo a sus condiciones. Esta declaración amorosa de Uribe a los Estados Unidos fue incluida en el informe oficial de la delegación colombiana al gobierno.
La actitud contra la conducta entreguista de Uribe no se hizo esperar. Una violenta carta de Diego Mendoza, el mismo que había sido destituido por Reyes cuando trató de tomar una posición patriótica ante Estados Unidos, destitución que no fue protestada por Uribe Uribe su fiel colaborador, en contra de la delegación colombiana a la Conferencia, obliga a Uribe a dar una respuesta en la que justifica plenamente su conducta entreguista. Uribe declara que no era conveniente censurar a los Estados Unidos ni protestar por la presencia de la delegación panameña. Las razones que aduce lo dibujan de cuerpo entero: el asunto de Panamá no estaba en el programa, porque Estados Unidos había maniobrado para que se eliminara ese punto; no era conveniente enemistarse con los países que habían ya reconocido a Panamá; tratar este asunto hubiera dividido una Conferencia en la que no hubo la más mínima discordancia importante que enfrentara a los participantes. Como dice Uribe textualmente: “Propiamente, no había manera de orillar el asunto sin herir y sin aparecer extemporáneo y descortés” (33). Pero además, argumenta Uribe, el gobierno colombiano, de quien recibimos directivos para esta Conferencia, ha aceptado los hechos de la separación y se encuentra en los trámites de negociación, la cual pudiera ponerse en peligro con una actitud demasiado inflexible. Una actitud de ese carácter hubiera orientado la Conferencia contra Estados Unidos, porque se encontraban allí muchos países agraviados por él. Pero el argumento más contundente, el más profundo y el que descubre la verdadera realidad de lo que pasaba en Colombia en ese momento es el siguiente: “Con tales antecedentes no era posible ni oportuno, ni de utilidad ninguna, suscitar querellas y despertar rencores en el seno de una corporación de confraternidad americana… Incriminar a los Estados Unidos y a Panamá equivalía a distribuir las responsabilidades que les cupiera a ellos según nuestros discursos, con los otros países de América…; habría sido echar a un lado, con escándalo de cultura universal, la cortesía entre naciones, base de la vida internacional, que si en toda ocasión es atendible, singularmente lo era en ésta, en que el Brasil ofrecía graciosamente su hospitalidad y se empeñaba en halagar y festejar de todos modos a los representantes de los Estados Unidos. ¿En qué pie habríamos colocado a la república después de malquistarla con los demás países, hoy que tanto necesita de la concurrencia extranjera?” (34).
La razón verdadera del entreguismo de Uribe, era la misma que movía al gobierno de Reyes a buscar por todas formas el arreglo con Estados Unidos, no importa a qué precio, hasta llegar a firmar un tratado tan indignante como el Cortés-Root que no tuvo su curso en el Congreso, y la que movió a los gobiernos siguientes a desarrollar un gran debate en torno al precio con que Colombia se contentaría con la “venta” de Panamá y en torno a la frase precisa que señalara alguna mínima responsabilidad moral a Estados Unidos sin exigirle el respeto a la soberanía nacional. Esa razón radica en la ansiedad de la oligarquía colombiana por recibir los grandes capitales norteamericanos disponibles para la exportación e iniciar la gran carrera del endeudamiento. Uribe Uribe, por ejemplo, mostró tanta urgencia de “arreglar” lo de Panamá que invitó a Mr. Root, con la aprobación del gobierno de Reyes, a que en su paso de la Conferencia Panamericana, hiciera escala en Cartagena, lo que lleva a que un personaje como el general Ospina firme una carta contra el gobierno, como resultado de lo cual es encarcelado (35). ¿Qué otra “concurrencia extranjera” distinta de la de Estados Unidos tenía en mente Uribe Uribe que pudiera ponerse en peligro con una actitud de denuncia en la Conferencia de Río? Ningún otro país de los allí presentes estaba en capacidad de exportar capital a Colombia y financiar las obras de infraestructura, fuera de los Estados Unidos. Esa es la raíz profunda del afán entreguista de Uribe y de su servilismo ante el gobierno de Reyes a quien obedecía fielmente. En ese preciso momento la única concepción sobre el desarrollo colombiano era la del endeudamiento y Uribe empezaba a distinguirse como uno de los abanderados de ese tipo de modernización. Esencialmente, su inquietud por una modernización a toda costa, así fuera por medio de la entrega a los Estados Unidos, explica su apoyo irrestricto a un gobierno de carácter modernizante para las condiciones de extremo atraso que vivía Colombia, como lo fue el régimen de Reyes. Reyes es el primer abanderado de la modernización desde arriba que va a caracterizar también el gobierno del general Ospina, con lo cual coincide Uribe Uribe y los gobiernos liberales más connotados.
Rafael Uribe Uribe representa la etapa de transición del partido liberal, de ese partido francamente antiterrateniente que fue en el siglo XIX a un partido modernizante por capitalismo monopolista de Estado que propicia las estructuras favorables al imperialismo norteamericano. Primero, Uribe Uribe comanda la oposición más radical a la “Regeneración” hasta conducir a su partido a la guerra. Segundo, Uribe Uribe es quien orienta el sentido, la estrategia y el contenido de la guerra de los mil días, a pesar de la competencia que le ofrece Benjamín Herrera. Tercero, Uribe Uribe es quien ofrece por primera vez, en forma clara, la nueva ideología del partido liberal, la del capitalismo de Estado. Cuarto, es Uribe Uribe quien orienta al partido liberal en la etapa que va de la derrota de la guerra hasta la fecha de su asesinato. Su posición vacilante ante la Constitución del 86 y, por tanto, ante la “Regeneración”, no es sino la expresión de un partido que ha perdido su rumbo ideológico y no encuentra un asidero para enfrentar a su enemigo. La derrota de la guerra que Uribe acepta con anticipación a la paz de Wisconsin no es sino la consecuencia lógica de esa crisis política, ideológica y militar que padecía el partido liberal, por lo menos desde 1880 y que fue organizándose a medida que la “Regeneración” se consolidaba. La guerra de los mil días fue más el resultado de la determinación de los conservadores de acabar con los liberales que la consecuencia de una determinación decidida de estos últimos por defender los principios que había alimentado su colectividad. La renuncia expresa y taxativa de Uribe a los principios del liberalismo representa el testimonio más elocuente de que la guerra de los mil días lo que logró fue liquidar los últimos vestigios decisorios de esa ideología en el partido liberal. Los rezagos que quedarían de esa hecatombe no contarían con la fuerza suficiente para hacerse sentir en adelante en la orientación del partido liberal contemporáneo. La división de guerristas y pacifistas en la última década del siglo pasado dentro del partido liberal y la misma falta de apoyo de un sector de los liberales a la guerra fueron señales muy claras de que el partido liberal no contaba con una posición ideológica resistente contra el embate de los conservadores. De ahí a una entrega ideológica y política no había sino un paso que dieron los dirigentes liberales después de la derrota. No se trató solamente de una colaboración táctica con el propósito de recuperar fuerzas y ser capaz de dar una lucha más efectiva por el poder. Era que esa táctica conciliadora reflejaba la situación interna del partido liberal que renunciaba, como lo hemos dicho, a los objetivos de la revolución democrática y, además, adoptaba principios francamente opuestos a ellos que, por el momento, se disfrazaban con las ideas demagógicas y rimbombantes de “socialismo de Estado”, de “liberalismo moderno”; de “capitalismo de Estado”, de “liberalismo modernizante”. La traición del partido liberal a la revolución democrática coincide, por supuesto, con el cambio que sufre la burguesía en el contexto mundial con el paso del capitalismo al imperialismo. Se ponía de acuerdo el partido liberal colombiano, no con las condiciones revolucionarias de los pueblos oprimidos contra el imperialismo, como lo hacían muchos en ese momento, sino con las condiciones que el imperialismo exigía para entrar a saco nuestros recursos y nuestra economía. Esa fue la misión de Uribe como la expresión del proceso que sufrió el partido liberal en esa etapa.
No era, por tanto, de extrañar que apareciera en el país el intento de un nuevo partido político, en el que se agruparon aquellos conservadores que procedían del sector de los ”históricos” y un sector del partido liberal francamente partidario de la armonía conciliadora con los conservadores. Este partido se denominó Unión Republicana. A él se afiliaron no solamente jefes connotados del liberalismo como Nicolás Esguerra, Benjamín Herrera y Tomás O. Eastman, sino liberales de las nuevas generaciones que entrarían rápidamente a jugar un papel decisivo en el destino del partido liberal como Enrique Olaya Herrera y Eduardo Santos. La Unión Republicana simplemente significó el esfuerzo de ambos sectores por institucionalizar el reconocimiento del partido liberal, después del frustrado intento de los terratenientes por liquidarlo de la vida política del país. Jugaron en la efímera existencia de esta organización política un papel preponderante la reforma electoral que consagró la representación de la minoría, la limitación del Poder Ejecutivo que había extralimitado la Constitución del 86 y algunas reformas administrativas tendientes a establecer un sistema tributario y rentístico así como una real descentralización hacia los municipios y departamentos. Tanto los programas como los proyectos de ley del republicanismo aparecen firmados por representantes de los dos partidos, entre los cuales sobresalen los ya mencionados y además Pedro Nel Ospina, Miguel Abadía Méndez, Agustín Nieto Caballero, Luis Eduardo Nieto Caballero, Tomás Rueda Vargas, Aquilino Villegas, Lucas Caballero, Luis Cano, Eduardo Rodríguez Piñeres, Armando Solano, Guillermo Quintero Calderón y otros (36). Inclusive Rafael Uribe Uribe entra en conversaciones con los republicanos y, especialmente, con Carlos E. Restrepo, muy desde el principio del movimiento con el propósito de fusionar el partido liberal y el republicanismo. El rechazo de Restrepo motiva el rompimiento radical de Uribe con el republicanismo y su oposición frontal contra él, oposición que lo lleva a votar por Concha y no por la candidatura republicana representada por un liberal en la persona de Nicolás Esguerra (37). Sólo después del fracaso de este intento, Uribe mantiene su independencia liberal frente al republicanismo, pero queda patente su espíritu conciliador.
Después de la guerra de los mil días, el surgimiento del republicanismo sella la paz entre el partido liberal y el partido conservador y es un primer paso que anuncia ya el proceso que seguirá la política del país en el siglo XX. Resultaría ingenuo, sin embargo, confundir este intento de fundar un nuevo partido compuesto por militantes de los dos partidos tradicionales con lo que representó la vigencia del partido nacional de Núñez y Caro en la época de la “Regeneración” o con la alianza institucional de los dos partidos en el Frente Nacional. Como fenómeno eminentemente transitorio, el republicanismo refleja el proceso que toma auge en esta etapa, pero que venía ya manifestándose desde la división del partido conservador en 1896, al que hemos aludido más atrás, y que tiene que ver con el desarrollo del capitalismo nacional con base en una incipiente industrialización. Se trata, por una parte, del partido liberal en busca de una identidad como partido de la burguesía y, por otra parte, un sector del partido conservador que se conecta con los intereses de los cafeteros y con la misma industrialización antioqueña. Pero tanto uno como otro tomarán rumbos muy distintos a los que en este momento han escogido. El partido liberal no llegará a representar los intereses de la burguesía nacional ni ese sector del partido conservador renunciará a sus intereses terratenientes. Como el país se enrulará por las vías que le trace el neocolonialismo, los dos partidos encontrarán fácil la adopción de los dictámenes de la dominación imperialista. Resultará más productivo para el partido liberal la independencia forzosa de Uribe Uribe, la cual le permite mirar con mayor seguridad el futuro de su partido. Eso es lo que harán. Pondrán en marcha la elaboración de una nueva ideología, de una nueva táctica, de nuevos métodos y se lanzarán sobre los nuevos efectivos electorales compuestos por una clase obrera en ascenso. Sin embargo los “republicanos” pertenecientes al partido liberal servirán de puente más adelante cuando se empiece a gestar la alianza de la gran burguesía y de los grandes terratenientes con el gobierno de Olaya Herrera en los últimos años de esta etapa que pone fin a la transformación del partido liberal.
Si en 1904 Uribe Uribe trazó los lineamientos generales de lo que sería el partido liberal en el siglo XX, en 1911 le da los principios básicos de organización y un nuevo programa. Como punto de partida afirma: “No hemos agotado nuestra obra ni nuestro destino; al contrario, puede decirse que nuestra tarea apenas comienza… El liberalismo es hoy el único partido capaz de instituir en Colombia un órgano a la vez impulsor y moderador… Venimos con la antigua fuerza de propulsión pero sin el fogoso aturdimiento que nos caracterizaba. Nuestra actitud es conciliadora. Desterremos toda idea de ceder a un espíritu de exclusivismo. Partido igualmente celoso de progreso y del respeto por sus tradiciones, no entiende jamás conservar sin renovar, ni innovar sin conservar, ni transigir con el mal sólo porque sea antiguo. Ni reacción ni revolución, es su divisa; eso es, no se pondrá a remolque de los reaccionarios, sean de la clase que fueren, ni de los revolucionarios tomando esa palabra en el sentido corriente. En otros términos, se mantendrá sin reservas igualmente lejos de dos políticas que condena por igual: la de los enemigos del progreso y la de los amigos de los medios violentos” (38). Quedaba, en esta forma, plenamente definida la perspectiva en que se movería el partido liberal, cuyo ambiente se había venido preparando desde antes de la guerra de los mil días. Por esta razón, es importante examinar el diagnóstico que nos da Uribe Uribe y el programa que le traza al partido liberal.
Son cuatro los puntos del programa: 1) Una acción política, 2) una acción legislativa, 3) una acción económica y 4) una acción organizativa. Para Uribe el partido liberal debe centrar una acción legislativa en el problema administrativo del Estado y, por tanto, en la solución adecuada de lo que había sido siempre esa contradicción inextricable de federalismo y centralismo, superando la fórmula “regeneradora” de centralización política y descentralización administrativa. Y apunta a un problema importante del régimen político colombiano: “En efecto, no es a los hombres a quienes hay que acusar, es al sistema, es al desacuerdo entre el régimen administrativo y el político. Nos llamamos república y somos despotismo: esa es la paradoja sobre el cual vivimos. El favoritismo, la política de clientela, la tiranía presidencial, ministerial, departamental y municipal; las candidaturas oficiales; todos esos choques, todos esos abusos tienen la misma causa; la contradicción fundamental entre el nombre de república y el fondo cesarista, o sea este formidable pisón de mina, creado para triturar todo lo que necesita, por la omnipotencia de los centros directivos” (39). Todo el documento tiene este tono. Ha desaparecido ya la beligerancia que reclamaba la vigencia del contenido democrático del régimen político, reducido ya a una simple forma. Por eso puede añadir: “En estos propósitos no estamos solos; no somos los únicos que abrigamos estas aspiraciones; son muchos los conservadores que piensan en la necesidad de reformas radicales…” (40). Resulta comprensible que uno de los puntos álgidos de la lucha contra la “Regeneración”, como la de la total libertad de prensa, haya quedado reducida a esta fórmula anodina e insípida en el programa de Uribe: “Mejora de la ley de prensa” (41). Pero algo más, todo el problema central del país, alrededor del cual había girado medio siglo o más de luchas y contiendas trascendentales, como el problema religioso, que expresaba de fondo el del régimen terrateniente, en la forma ya señalada por nosotros, desaparece por completo y queda reducida a una fórmula general que nada dice: “Ley de defensa agrícola” (42). Y cuando en el punto referente a la acción económica resume todas las reformas que serán el código de todos los programas liberales del siglo en materia social, explica mejor esta ley agraria con una sola frase: “Creemos en las ventajas de una ley agraria, en favor de los arrendatarios…” (43). En ningún momento Uribe deja de ser el maestro de la demagogia liberal contemporánea, cimentada firmemente en proponer minúsculos remedios e inoperantes para grandes males. La tendencia de los liberales ha sido la de señalar los problemas en una forma más o menos descamada, especialmente los de carácter social relativos a la desigualdad, para darles soluciones que nunca llegan al fondo de los problemas. Encontramos frases lapidarias, semejantes a las que ya hemos leído sobre la amenaza norteamericana, que quedan en el vacío o porque se proponen alternativas conciliatorias o traidoras a los intereses que dicen defender, o porque los hechos concretos históricos los desmienten, en forma similar a como el amor irresistible a los norteamericanos le hace olvidar los crímenes que acaban de cometer. Por ejemplo dice: “Ya que los otros partidos nada han hecho en definitiva por el pueblo, salvo empobrecerlo, fanatizarlo y envolverlo en sombras de ignorancia cada vez más espesas, es necesario que el liberalismo esté con el pueblo, no con meras reformas políticas, sino económicas…” (44). Pero añade a continuación su concepto de oro que permite llegar al verdadero fondo del pensamiento liberal expuesto por Uribe: ” ‘Siempre tendréis pobres con vosotros’, dice el Evangelio y es una gran verdad. Por eso nadie se promete el milagro de que todos lleguen a ser ricos; no se trata de crear aquí abajo el Paraíso; ya se sabe que el hombre perdió sus llaves para nunca jamás; pero siquiera que no sea el infierno anticipado” (45). No puede en esta forma llamarse al liberalismo de Uribe un liberalismo popular, como lo hace Gerardo Molina, simplemente porque se adelanta a una serie de medidas lenitivas para la condición extremadamente grave del pueblo. No se justifica el silencio de los autores de la “nueva historia” sobre la violación, la conciliación y la traición de Uribe Uribe a la revolución democrática tan patente en Ignacio Torres Giraldo, Jorge Orlando Melo y Alvaro Tirado (46).
4. Estructuración del nuevo partido liberal
Casi cincuenta años transcurren desde la derrota del partido liberal en 1880 hasta el triunfo de una candidatura liberal en 1930. En este transcurso el partido liberal se descompone durante el período que va hasta la guerra de los mil días y trata de levantarse bajo el impulso que le da Uribe Uribe. Lo fundamental en la etapa de 1902 a 1914, fecha del asesinato de Uribe, radica en el establecimiento de las bases principales que servirán de guía al partido liberal para su desarrollo posterior, no importa que no lleguen a ser completamente acatadas en ese momento por sus jefes y por sus seguidores. Dos rasgos esenciales hay que señalar como resultado de esos primeros quince años del siglo: formulación de unos principios ideológicos cuyo núcleo reside en el capitalismo de Estado, por una parte, y el planteamiento de una serie de reformas sociales tendientes a ganar un nuevo sector social que será clave para el futuro del liberalismo, la clase obrera, por otra parte. Así como el proceso de descomposición del partido liberal en los últimos veinte años del siglo XIX da origen a diversos enfrentamientos internos y divisiones de toda índole, la efervescencia de ideas y tácticas políticas que se produce en el seno del partido liberal en estos quince años conduce a divisiones, enfrentamientos y tendencias de diverso tipo. El partido liberal continúa en crisis, pero está a punto de salir de ella, ya no como el partido de la revolución democrática sino como el partido de la modernización imperialista dirigido por la gran burguesía financiera. Pero esta transformación pasa por un momento intermedio, difícilmente definible en términos de fechas precisas, relacionado íntimamente con el despegue de la industrialización, y que tiene que ver con el encuentro del partido liberal con la burguesía. Aproximadamente esa definición de su nuevo carácter de clase ligado a la burguesía moderna y no simplemente precapitalista, como en el siglo XIX, comprende de 1915 hasta el final de esta etapa, o sea, hasta el ascenso de Alfonso López Pumarejo al gobierno. El fenómeno que se opera en estos años resulta de la conformación al mismo tiempo en el país de la burguesía nacional y de la burguesía financiera, burocrática y monopolista, ambas representadas por el partido liberal del siglo XX en plena formación, con intereses económicos opuestos y contradictorios y aunque no aparezca así desde el primer momento dado el completo proceso de desarrollo capitalista del país durante este período. Al mismo tiempo que está despegando la industria nacional no monopolista, base de la burguesía nacional, empieza a desarrollarse un sector financiero, principalmente ligado al Estado, mediante el vertiginoso endeudamiento externo de 1920 en adelante. O sea, al mismo tiempo que despega el capitalismo nacional se desarrolla el capitalismo imperialista, y los dos parecen interconectarse y confundirse en los inicios del proceso. Por esta razón resulta tan compleja la transformación del partido liberal y a este fenómeno se deben las múltiples confusiones a que ha dado origen.
Desde el asesinato de Uribe hasta el comienzo de la llamada “danza de los millones” que se abre paso con el gobierno del general Ospina, el partido liberal aún mantiene la posibilidad de escoger entre las dos alternativas de desarrollo que se le abren al país y que, implícita o explícitamente, merodean el ambiente nacional. La gran frustración de Reyes y, en cierta medida, de Uribe Uribe, consistió en no haber podido impulsar el desarrollo por endeudamiento externo a que tanto aspiraba y por el que hizo tantos esfuerzos, tratando de todas maneras de componer la situación con los Estados Unidos. Sólo quedaba en este periodo la otra alternativa, la de la revolución democrática basada en la extirpación del régimen terrateniente. Sin embargo, el clamor por el desarrollo coincidía no con el esfuerzo y decisión de llevar a cabo esta tarea fundamental de nuestra historia, sino con la abierta o disimulada aspiración por los capitales extranjeros. Las posibilidades de que el partido liberal volviera a plantear los principios fundamentales de la revolución democrática que habían sido la bandera de ese partido en el siglo XIX, quedaban en las manos del general Benjamín Herrera quien iría a conducir su partido hasta las vísperas del triunfo del liberalismo con su llegada al gobierno. No estaba en capacidad la generación de los “centenaristas”, grupo liberal civilista que se había agrupado en torno a la oposición a Reyes, cuya norma de conducta radical residía en la conciliación y en la armonía con los terratenientes, de emprender esta tarea, lo cual no solamente emanaba como conclusión de sus escritos periodísticos, sino que iba a quedar a la luz del día con su actuación política desde el gobierno (47). A eso lo llamaron los centenaristas una tarea “civilizadora”, a la que le hacen eco sus apologistas contemporáneos como López Michelsen (48). Su espíritu conciliacionista, no sólo llevó a los centenaristas a caminar de brazo con los terratenientes, sino a eludir permanentemente la lucha contra el imperialismo hasta convertirse en connotados agentes de sus intereses (49). Quedaba, pues, Benjamín Herrera. Pero pocas esperanzas podía ofrecer un personaje que había permitido el desembarco de los marinos norteamericanos en Panamá en 1902, y había aceptado la mediación de los invasores para firmar la paz en el buque almirante Wisconsin, en el fondo, con el mismo argumento de Uribe Uribe de que Marroquín le entregaría el canal a los norteamericanos si no hacían la paz (50). Quien tuviera un mínimo de sentido patriótico y contara con un triz de ánimo de lucha por la soberanía nacional no podía esgrimir el argumento de que si entregaba las armas, Marroquín iría a defender a Panamá y el canal, cuando él mismo había llamado a los norteamericanos para enfrentarlos a los liberales. Pero además, desde el punto de vista de la estrategia política, no era una solución entregarle el país a los terratenientes después de mil días de lucha, para salvarla, sino precisamente, rescatarlo de las garras del enemigo interior, para enfrentarlo con más fuerza al enemigo exterior. Posteriormente, Herrera, con Uribe Uribe, apoya el gobierno de Reyes, se enrola en el republicanismo, se enfrenta a Uribe que pugnaba por mantener al partido liberal independiente de los republicanos apoyando a Nicolás Esguerra, participa como ministro de Concha cuya candidatura había combatido mientras Uribe la había apoyado, y se embarca en una aventura financiera con la United Fruit Company en 1915. El general Herrera fue uno de esos defensores ocultos de la empresa norteamericana hasta el punto de que los amigos de ese monopolio aducían los negocios suyos con la United para probar que esa empresa no constituía un peligro para el país: “El general Herrera, dicen, es amigo de la United Fruit Company luego ésta no puede ser el peligro nacional que algunos creen” (51). Lo grave fue que el general Herrera tampoco fue respetado por la United Fruit, porque esta empresa le incumplió el contrato como lo hacia con todos los cultivadores de la zona, pero el general se limitó, a pesar de todo su poder, del control que adquirió sobre el partido liberal, a entablar una demanda judicial contra el monopolio norteamericano, sin haber dado nunca una lucha ni contra el control de los monopolios sobre nuestros recursos, ni contra el endeudamiento externo que se operó en el quinquenio posterior (52). Puede decirse que el general Benjamín Herrera constituyó la última oportunidad del partido liberal para salir en defensa de la revolución democrática e iniciar la lucha contemporánea por la liberación nacional contra el imperialismo norteamericano. A él le tocó dirigir al partido liberal en el momento en que hubiera podido escoger esta alternativa. De ahí en adelante el general Herrera va entregando lo último que le queda al partido liberal hasta llegar a la famosa Convención de Ibagué, después de la cual irá quedando ese partido en manos de los principales agentes financieros del imperialismo en el país, Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos, como se verá inmediatamente y como queda claro de lo expuesto en la Primera Parte.
El programa liberal de 1922, proclamado en la Convención de Ibagué, posee el significado de haberse constituido en la pauta de un partido ya claramente consolidado. Sus rasgos fundamentales expresan no solamente un lenguaje completamente nuevo, sino la incorporación de las ideas principales sometidas durante estos años de descomposición y recomposición. La Convención de Ibagué ha superado totalmente el lenguaje decimonónico y plantea los principios de ese partido liberal que se apresta a la lucha con las ideas de una clase nueva que está conformándose rápidamente, la gran burguesía financiera. Podemos dividir los puntos esenciales de ese programa en la siguiente forma: 1) reforma electoral que garantice la modernización de los sistemas utilizados para las elecciones; 2) descentralización administrativa y política dándole al Poder Legislativo injerencia directa en la elección del presidente y de los gobernadores; 3) reforma tributaria con la asesoría de técnicos extranjeros; 4) reforma del Concordato; 5) legislación laboral que regule las condiciones de trabajo, establezca un régimen mínimo de bienestar social para los trabajadores, haga obligatorios los tribunales de arbitramento en las huelgas y fomente la instrucción técnica para los obreros; 6) legislación sobre la propiedad territorial y la colonización; 7) fomento del crédito externo y de la inversión extranjera; 8) estatización de todos los servicios públicos (53). No hay vestigios siquiera de la lucha pasada. Ni sobre el problema religioso y la separación de la Iglesia y el Estado, ni sobre las libertades y derechos democráticos, ni sobre la libertad de prensa, ni sobre el problema de la tierra, ni sobre las medidas tendientes a la transformación del atraso económico se hace una mención aunque sea pasajera. Mucho menos sobre el librecambio o el proteccionismo que eran un problema superado por completo. En cambio quedan en claro los rasgos de una política de modernización con la que el partido liberal impulsará la transformación del país, como son, una legislación laboral que regule las actividades de la nueva clase social que se siente surgir por todo el país, una reforma tributaria que dote al Estado de recursos, los primeros pasos efectivos hacia un capitalismo de Estado con la estatización de los servicios y, el más importante de todos, el impulso al endeudamiento externo. Se pone así en marcha una corriente que conducirá al país al intervencionismo de Estado y hacia la dominación imperialista. La inquietud de Uribe sobre la necesidad de una legislación laboral responde claramente a las luchas de la clase obrera desde comienzos del siglo, pero principalmente las del último quinquenio en los enclaves del imperialismo, en los servicios públicos y en los puertos. A pesar de que el partido liberal se opuso a las huelgas y a los movimientos populares de esa época, también fue poco a poco comprendiendo que tenia que salir a ganarse esas masas urbanas nuevas, si es que iba a luchar efectivamente por la toma del gobierno (54). Y por otra parte, el programa a favor del endeudamiento externo coincide con la apertura del país hacia el capital norteamericano en el gobierno del general Ospina y con la lucha interna dentro del partido liberal sobre el colaboracionismo con el gobierno conservador sobre la base de participar en las ventajas aportadas por los millones de dólares que se vertían sobre el país (55). Es de anotar que todo el problema agrario del país es reducido al punto de la colonización y de los títulos sobre la propiedad de las pequeñas parcelas. Ha desaparecido el partido liberal del siglo XIX en toda su dimensión.
Consideramos, pues, el programa de la Convención de Ibagué como la señal de la consolidación del partido liberal del siglo XX, de ese partido que hemos caracterizado como el “modemizador” del país por la vía del capitalismo de Estado y del endeudamiento externo. Gerardo Molina atribuye a esta Convención una importancia significativa pero con un contenido diferente al que le hemos dado nosotros. “No puede decirse —afirma— que haya innovación en él (en el programa del partido), pues se repiten principios conocidos y se reiteran viejas líneas de acción. Lo que vale es ciertamente la atmósfera popular y democrática que lo baña, como se ve en el acento puesto en la política social e instruccionista. Si nos atenemos a la letra, se sienten en el citado Acuerdo las vacilaciones del liberalismo, su falta de adecuación a un mundo que estaba en ebullición por el influjo de las revoluciones mexicana y soviética y la necesidad de mantener el compromiso entre las diferentes clases y sectores que lo forman…” (56). Primero que todo, no puede decirse que el programa de la Convención repita los principios conocidos, porque en ella no se encuentra explícitamente ninguno de los fundamentales que guiaron el partido liberal durante el siglo XIX. Lo único que podría interpretarse como tal seria el planteamiento sobre el sistema electoral, pero se refiere más a la organización administrativa de las elecciones que a una concepción sobre el proceso democrático que representaban, como sí se había sostenido durante la lucha contra la “Regeneración”. En segundo lugar, un partido que está en proceso de reconstrucción y que tiene que luchar por ganar el apoyo de las masas y de sectores nuevos de la población, no puede estar lejos de reivindicaciones populares, es una necesidad para él plantearlas y llevarlas a cabo, o de lo contrario ni atrae a sus electores ni conserva su confianza y se desmorona. La habilidad del partido liberal en ese momento radicó en escoger, precisamente, los puntos que podían ponerlo en contacto con la clase obrera ascendente, todavía sin una gran conciencia política, pero al mismo tiempo excluir de su programa no solamente los problemas más candentes de la etapa histórica que vive el país, sino sacarle el cuerpo a los puntos esenciales del programa democrático, la independencia nacional y la reforma agraria antiterrateniente. No se trata simplemente de “vacilaciones”, como afirma Molina, porque no está presentando en el programa ni siquiera posiciones intermedias o conciliacionistas, sino que está ignorando completamente el núcleo de la situación real y concreta del país. No puede atribuírsele al partido liberal una falta de información o de conocimiento, porque eran los años en que hervía por el mundo entero la corriente de la revolución proletaria en Rusia, de la revolución china y del movimiento democrático mexicano. Se trata, sin duda alguna, de una firme y decidida orientación del partido liberal hacia los intereses de la gran burguesía financiera. Lo que estuvo en debate en la Convención de Ibagué no fue la posibilidad de enrutar ese partido por el camino de la revolución democrática, a la que un sector hubiera presentado oposición, sino la mejor forma de ponerse a tono con la modernización del país que venían exigiendo los prestamistas norteamericanos y la política expansionista de los Estados Unidos en América Latina. La pugna entre colaboracionistas y no colaboracionistas con el gobierno conservador no era un problema de grandes principios que estuvieran en debate, sino de la táctica más adecuada para atraerse el nuevo electorado. Esta política no puede denominarse “popular”, porque ignora y elude las necesidades más fundamentales del pueblo. Molina acierta, solamente cuando señala que el partido liberal tiene necesidad de mantener un compromiso entre las clases. Efectivamente, esa va a ser la táctica preferida de ese partido, con la cual va a obtener sus grandes éxitos políticos. Benjamín Herrera cursa una invitación a los socialistas para que se hagan presentes en la Convención y apoyen su candidatura. La táctica de conciliación con los conservadores y de neutralización de la izquierda, que será manejada con maestría sin igual por Alfonso López Pumarejo, fue uno de los resultados de la Convención de Ibagué. La crítica de López a su partido a finales de esta década, ya en vísperas del triunfo de Olaya, será la de que no ha sido lo suficientemente audaz en su esfuerzo por atraerse a una izquierda beligerante dirigida por los socialistas y a la que empiezan a coquetearle personajes de una importancia futura muy significativa para el partido liberal como Gabriel Turbay y Alberto Lleras Camargo (57).
Tanto el programa intervencionista de capitalismo de Estado planteado por la Convención de Ibagué como su apoyo definitivo al endeudamiento externo indican inequívocamente los dos intereses más cruciales de la gran burguesía financiera que, con ese programa, tomaba la delantera en la política del país. Pero ¿era la política laboral planteada por la Convención el producto de una posición progresista y popular definida de acuerdo a los intereses de la burguesía nacional o, más bien, el resultado inevitable de la lucha de la clase obrera que amenazaba los intereses de estas dos burguesías en ascenso no suficientemente consolidadas que pugnaban por neutralizar las fuerzas capaces de poner en peligro el éxito de su nueva táctica, reforzada esta amenaza como estaba por el proceso revolucionario mundial? No tenemos la menor duda de que el programa de legislación laboral extremadamente tímido que propone la Convención no se contraponía a los intereses de la gran burguesía financiera y monopolista, sino que iba perfectamente acorde con su táctica de neutralización de la clase obrera y de los movimientos de izquierda por una parte, y de modernización imperialista, por otra. Al mismo tiempo que plantea el programa algunas reivindicaciones de bienestar social, coloca sobre la clase obrera el fatídico tribunal de arbitramento que mantiene en manos del gobierno y de los patronos la definición de los conflictos laborales, en desventaja de la clase obrera. La inteligencia de la gran burguesía, representada por el partido liberal, consistirá durante este período y el que sigue en mantener los sentidos aguzados para incorporar las reivindicaciones de la clase obrera y para ponerse a tono con ese movimiento reformista generalizado que coincidirá tanto con la orientación de un Roosevelt, siempre y cuando no amenace sus propios intereses y los del imperialismo norteamericano que irán haciéndose cada vez más imperantes.
El partido liberal reconstruido ideológica y organizativamente después de una crisis tan prolongada, se comprometía con la “modernización” del país y coincidía plenamente con las mismas inquietudes que abrigaba el imperialismo norteamericano respecto de Colombia. Mientras en el interior del país los jefes ascendentes del liberalismo agenciaban la política financiera del imperialismo y, por ejemplo, Alfonso López Pumarejo se convertía en el primer gerente del Banco Mercantil Americano primero, y en agente de la Dillon, fedeicomisaria de los empréstitos norteamericanos, después, Olaya Herrera dirigía en el exterior la entrega de los recursos naturales y preparaba el apoyo del imperialismo norteamericano al ascenso del partido liberal. El partido conservador, si bien había iniciado el proceso de endeudamiento externo con el gobierno del general Ospina, se había mostrado fiel defensor de los intereses norteamericanos desde la entrega de Panamá, la conciliación de Reyes, las teorías de la Estrella Polar de Suárez y el enclave bananero; había comenzado la entrega del petróleo y de los recursos naturales durante toda la llamada ”hegemonía conservadora”; era un partido que había venido desgastándose y no presentaba la cohesión ideológica respecto a la modernización que demostraba el partido liberal. La dependencia estrecha del partido conservador respecto de la jerarquía eclesiástica, de la ideología católica y de los terratenientes feudales, no era garantía para las reformas que el imperialismo norteamericano necesitaba impulsar con el fin de dar unas bases firmes a la exportación de capital. No fue suficiente argumento para el imperialismo norteamericano la decidida acción del gobierno de Abadía Méndez en defensa de los intereses de la United Fruit Company que culminaron con la matanza de obreros en las bananeras. Por encima de todo estaban los intereses petroleros y financieros privados de los Estados Unidos y los del gobierno norteamericano en relación con la política comercial y el refinanciamiento de la deuda externa que confiaban más en los oficios de Olaya Herrera, Alfonso López, Eduardo Santos y los programas imperialistas del partido liberal que en un partido como el conservador apegado todavía a las posiciones anticapitalistas, antimasonas y antiprotestantes de la Iglesia, bajo la dirección de la figura ascendente de un Laureano Gómez. Alvaro Pío Valencia en un articulo de El Espectador sobre la caída del partido conservador cuenta que Andrew Mellon, Secretario del Tesoro de Estados Unidos ofreció su apoyo a la candidatura de Olaya; que Mr. Piles, embajador norteamericano en Colombia, renunció porque era amigo de Valencia y en Washington se había pactado ya la presidencia para Olaya; que Jefferson Caffery fue designado nuevo embajador con el propósito de impulsar la candidatura de Olaya (58). Estos testimonios se añaden al que ya hemos narrado de la influencia decisiva que tuvo la Circular Especial de la Secretaría de Comercio de los Estados Unidos en 1928 para la elección de Olaya (59). Era quizás, la primera vez que el imperialismo norteamericano presionaba una candidatura y una presidencia. El partido conservador no respondía a las necesidades apremiantes de la dominación imperialista. Por esta razón Washington no apoya sus candidatos que como en el caso de Vásquez Cobo, habían sido fieles amigos suyos. Se cae por su desgaste, por sus pugnas internas, por la fuerza nueva que presenta el partido liberal y por la alianza del imperialismo norteamericano con los liberales.
La táctica de Olaya consistió en apoyarse en el imperialismo norteamericano y en atraer el sector conservador más comprometido con los intereses imperialistas. Un sector del partido conservador apoyó a Olaya y otro le lanzó la oposición. Con el primero conformó la “concentración nacional”, primer intento de una alianza de la gran burguesía y de los grandes terratenientes para defender los intereses del imperialismo norteamericano, esta vez bajo la dirección de un liberal. El programa de Olaya se dirigió a garantizarle las condiciones indispensables para la entrada segura de Estados Unidos. Lo planteó en cuatro puntos: 1) tranquilidad política; 2) ambiente despejado para el capital extranjero; 3) política financiera; y 4) dosificación e incremento de las exportaciones, especialmente, del café (60). Olaya se dedicó a lograr desde un principio las reformas administrativas, fiscales y financieras que este programa exigía y para ello, recurrió, como lo había hecho el general Ospina, a la misión Kemmerer, propulsora de la estrategia norteamericana para América Latina (61). De su experiencia en la embajada de Washington, Olaya había salido convencido de que los norteamericanos conocían mucho mejor nuestro país y que, por tanto, eran ellos los que debían trazar nuestra política. Decía: “Es de causar verdadera sorpresa en esas grandes instituciones bancarias ver cómo llevan mes por mes un conocimiento tan exacto y completo sobre la situación de todos aquellos países en donde tienen intereses radicados. Creo que no son raros los casos en que ellos están mucho mejor enterados de la situación de un país, que los nacionales sobre los fenómenos sociales, políticos, sobre lo que hacen los Congresos, sobre la tendencia de los gobiernos, sobre lo que dice la prensa. Y todo aquello con conclusiones tan perspicaces que a uno le maravilla que haya elementos extranjeros que sigan tan de cerca el curso de los acontecimientos de su país natal…” (62). No solamente se sirvió Olaya de las misiones norteamericanas, sino también de importantes figuras nacionales que agenciaban la política de los Estados Unidos. Esa fue, como queda consignado ya, la figura de Esteban Jaramillo, conservador, Ministro de Hacienda. Así como su admiración por Estados Unidos no tenía límites, su afán de entrega y de endeudamiento no conocía fronteras. A pesar de que el gobierno norteamericano se oponía a ampliar la deuda externa, mientras no se arreglara su refinanciamiento, ésta creció de 87 millones en que la había dejado Abadía Méndez a 170 millones (63).
La oposición conservadora no hizo sino denunciar en el Congreso y en la prensa la política pronorteamericana de Olaya. Nadie en el partido liberal salió a atacarla. Esta oposición conservadora va a trazar la pauta de la década siguiente, porque va a mantener una posición antinorteamericana bajo el liderazgo de Laureano Gómez. Sin embargo, la clave de esa oposición no residió nunca en una política antiimperialista del partido conservador, sino en un planteamiento terrateniente recalcitrante. Típico de esa oposición es el ataque de Aquilino Villegas al gobierno de Olaya por el endeudamiento, en el que dice: “Otro de los problemas que suscita el concepto nacionalista en la conducción de los Estados, sobre todo de los Estados hispanoamericanos, es la posición que deben adoptar en frente a los capitales extranjeros… En Colombia tenemos ya suficientes experiencias para comenzar a estudiar con sentido crítico y desprevenido la cuestión. Entre los innumerables mitos que nuestra pobreza de otros días forjó ante la imaginación colombiana como la fuente única de salud y el anhelo de todos los anhelos nacionales, ninguno que haya tenido la vida más dura y más indiscutida que la introducción de capitales extranjeros… Y hay que pensar que estamos amenazados por la invasión de la gran máquina organizada, productora mecánica incansable, ahorradora de trabajo humano y por consiguiente, devastadora y sembradora de hambre y de terror entre los trabajadores. Males grandes nos han hecho algunos capitales extranjeros, pero está inédito todavía el horror inconmensurable que nos amenaza, si no tomamos medidas oportunas, cuando se venga sobre nosotros en la forma del gran maquinismo y el trabajo racionalizado, que ha sembrado el hambre en la vieja Europa. Será el último de los espantos; y es un deber imperioso de los partidos que sostienen el estado intervencionista, y que saben reírse de la vieja fanfarria de Manchester, poner pecho a esta nueva forma de barbarie y de esclavitud con que nos amenaza lo que llaman la civilización. Es mil veces preferible nuestra pobreza y nuestra ignorancia, nuestra pequeña industria y nuestro artesanato colonial, laborioso y libre, que siquiera asegura el pan de cada día para todos. Yo sé que esta tesis tradicionalista es revolucionaria ante la flamante académica y oficial del capital extranjero (64).”
El gobierno de “concentración nacional” inició la primera etapa de las alianzas del partido liberal y del partido conservador, sobre la base de un nuevo partido liberal ya consolidado en representación de la gran burguesía financiera proimperialista. Un sector del partido conservador caló en esta etapa la verdadera esencia de ese nuevo partido liberal y anunció al país la desgracia que le sobrevendría con la introducción del imperialismo norteamericano agente de las máquinas, el dinero y la proletarización, bajo los auspicios de Olaya y López. Esta oposición conservadora no se materializó sino hasta el momento en que quedó completamente claro para el país que el partido liberal agenciaba la modernización imperialista. Sólo un sector del partido conservador, que hundía sus raíces en los “históricos” de la época de la “Regeneración” estaba de acuerdo con la alianza que ofrecían los liberales. Desde el punto de vista político, la estrategia de dominación iniciada por el imperialismo norteamericano desde principios de siglo, la cual encontró dificultades tras el asalto sobre la soberanía nacional en el caso de Panamá, pero que se abrió camino expedito tras la ratificación del tratado Urrutia-Thompson, propiciaba la alianza de las clases sociales que favorecieran el tipo de modernización que exigía su necesidad de exportación de capitales, con el propósito de hacer menos vulnerable su penetración en el país. Pero las clases sociales en Colombia venían sufriendo una profunda transformación durante la primera mitad del siglo XX, de cuyo proceso da testimonio fehaciente el proceso de la etapa que hemos analizado. El partido liberal pasa de los comerciantes precapitalistas a la gran burguesía financiera, manteniendo en su seno durante un tiempo a la burguesía nacional. Pero en el partido conservador se da una división que obedece primero a la tendencia de un sector de terratenientes hacia la industrialización del país y después hacia la aceptación de la modernización imperialista, lo cual los lleva a impulsar una serie de transformaciones para poner a tono el país con los intereses de la dominación norteamericana. Entre tanto, el otro sector del partido conservador mantiene la posición intransigente de los terratenientes que defienden la preservación del régimen feudal, sin ninguna contaminación imperialista, aunque en la década del treinta tomen partido en favor del fascismo y del imperialismo alemán. Mientras el partido liberal no consolida su nueva forma y adquiere por completo su nuevo contenido, los dos sectores del partido conservador, unas veces más y otras menos, aceptan su colaboración y la solicitan en distintos momentos del proceso, durante el cual el partido liberal iba abandonando sus antiguos principios en favor de los de la gran burguesía financiera, monopolista y burocrática. Una vez que la Convención de Ibagué fija las nuevas pautas del partido liberal y que los nuevos dirigentes de ese partido lo conducen por el nuevo sendero, entonces el sector recalcitrante que se toma el partido conservador, define su rompimiento con él y le abre la oposición. La división para las elecciones de 1930 es el primer paso en este sentido. La oposición de Laureano Gómez a Olaya Herrera es el segundo paso. Y el rompimiento total llega con el triunfo de Alfonso López Pumarejo, con lo cual se inicia una nueva etapa.
La gran burguesía financiera, monopolista y burocrática surge en Colombia como producto del endeudamiento externo, de la entrega de los recursos naturales al imperialismo y de la adecuación del Estado a los intereses financieros de los Estados Unidos. No es el producto de la transformación del capitalismo de libre competencia en monopolista por la fuerza misma del desarrollo interno de las fuerzas productivas. Por esta razón la burguesía nacional se queda a medio camino, completamente debilitada, por el brusco salto que dan comerciantes precapitalistas y burgueses industriales en ciernes, a la gran burguesía proimperialista. Por su parte, los terratenientes se dividen en quienes favorecen la alianza con el imperialismo y quienes se oponen a ella por considerar un peligro para sus intereses las transformaciones que exige la dominación extranjera. La burguesía nacional queda como una clase minoritaria, débil, entre el fuego de la gran burguesía intermediaria del imperialismo, los terratenientes proimperialistas y los terratenientes nacionalchauvinistas. Al mismo tiempo que en este período surgían la burguesía nacional como producto del capitalismo nacional, la gran burguesía financiera, monopolista y burocrática ligada al capitalismo imperialista, se transformaba un sector de los terratenientes favorables a la modernización imperialista, surgía también el proletariado y se desarrollaba haciéndose sentir por todas partes como una clase nueva y luchando por su reconocimiento en la sociedad colombiana en paros, huelgas y luchas de todo tipo. Pero también hacia su aparición una pequeña burguesía intelectual y profesional que daba muestras de radicalismo y de oposición al régimen con luchas antiimperialistas y con apoyo a la insurgencia de la clase obrera. Gran influencia va a tener esta clase en el surgimiento y desarrollo de la izquierda revolucionaria en Colombia y sus primeros pasos se dan desde principios de la década de los años veinte. Esperamos tener la oportunidad de analizar las primeras luchas de la clase obrera, las primeras incursiones de la pequeña burguesía en la vida política del país y la lucha que adelantaron los campesinos en esta etapa.
NOTAS
(1) Rafael Uribe Uribe, “Los desagradecidos”, en El autonomista, 13 de septiembre de 1899.
(2) Miguel Antonio Caro, “Mensaje al Congreso Nacional, julio 20 de 1896”, Obras completas, Imprenta Nacional, Bogotá, t. VI, págs. 179-184. El texto completo se encuentra en la Antología, Parte III.
(3) Rafael Uribe Uribe, Discursos parlamentarios, Congreso Nacional de 1896, Imprenta de Medardo Rivas, Bogotá, 1897, págs. 27 y 28. Estos discursos están publicados en Obras selectas, Colección Pensadores Políticos, Cámara de Representantes, Bogotá, 1979. Citamos Discursos parlamentarios…
(4) Ibid., pág. 172.
(5) Ibid., pág. 169.
(6) Ibid., pág. 168.
(7) Ibid., pág. 169.
(8) Ibid., pág. 191.
(9) Ibid.
(10) Ibid., págs. 194-95.
(11)Ibid., pág. 206.
(12) Ibid., págs. 267-272.
(13) Ibid., pág. 272 (los subrayados son nuestros).
(14) Ibid., pág. 350.
(15) Ibid., pág. 183.
(16) Obras selectas, tomo II, pág. 168. Texto completo en la Parte III.
(17) Ibid., pág. 172.
(18) “Manifiesto que dirige la Convención Electoral del partido liberal a la nación”, La Crónica, septiembre 15 de 1897. El texto completo del programa y el manifiesto se encuentra en la Parte III.
(19) Aníbal Galindo, “Nueva orientación”, El autonomista, septiembre 19 de 1899.
(20) Gerardo Molina, Las ideas liberales en Colombia, 1849-1914, Tercer Mundo, Bogotá, 1973, 3a. ed., pág. 193.
(21) Ver, entre otros textos, Joaquín Tamayo, La revolución de 1899, Biblioteca Banco Popular, 1975; Eduardo Rodríguez Piñeres, Diez años de política liberal, 1892-1902, Camacho Roldan y Cía., Bogotá, 1945; Carlos Martínez Silva, Por qué caen los partidos políticos, Camacho Roldan y Cía., Bogotá, José Manuel Marroquín, Pbro., Don José Manuel Marroquín, íntimo, Arboleda y Valencia, Bogotá, 1915; Luis Martínez Delgado, República de Colombia, 1885-1910, Historia Extensa de Colombia, Ediciones Lerner, Bogotá, 1970, vol. X, t. 2; Jorge Villegas y José Yunis, La guerra de los mil días, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1978.
(22) Joaquín Tamayo, op. cit., pág. 177.
(23) Rafael Uribe Uribe, “Socialismo de Estado”, en El pensamiento político de Rafael Uribe Uribe, Antología, Colección Popular No. 155, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, pág. 23.
(24) Ibid., pág, 55.
(25) Ibid., pág. 52
(26) Ibid., pág. 17.
(27) Ibid., pág. 51.
(28) Ibid., pág. 19.
(29) Baldomero Sanín Cano, “Administración Reyes, 1904-1909”, en Escritos, Biblioteca Básica Colombiana, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1977.
(30) Rafael Uribe Uribe, Por la América del Sur, Biblioteca de la Presidencia de Colombia, Editorial Kelly, 2 vols., Bogotá, 1955, t.1, pág. 135.
(31) Rafael Uribe Uribe, “Conferencia Panamericana, informe de la delegación de Colombia en la tercera Conferencia Panamericana”, op. cit., t. II, pág. 636.
(32) Ibid., pág. 598.
(33) Ibid., pág. 607.
(34) Ibid., págs. 610-611.
(35) Jorge Villegas y José Yunis, Sucesos colombianos, 1900-1924, Universidad de Antioquia, Medellín, 1977, pág. 99. Sobre la ansiedad de la oligarquía liberal conservadora por arreglar el conflicto de Panamá para conseguir capitales norteamericanos es interesante el comentario de El Tiempo del 19 de agosto de 1916 a un editorial del periódico La Patria, en el que arguye que el patriotismo tampoco puede ir hasta sacrificar intereses superiores del país como es la posibilidad de su desarrollo, mucho más importante que seguir defendiendo a Panamá, cuando ya es un hecho cumplido. Dice, entre otras cosas, “La opinión pública está ya perfectamente empapada de una verdad no sujeta a más discusión; la de que las objeciones hechas por el señor gobernador de Cundinamarca al proyecto de empréstitos para Bogotá obedecen sólo a un sentimiento de viva repulsión contra el capital yanqui, ‘que nos robó a Panamá’. Los escrúpulos legales, las sutilezas de carácter constitucional, han sido meros pretextos que cubren el verdadero móvil, revelado y aplaudido con loable franqueza por La Patria en categórico editorial. ¿Conviene que el país tome en consideración el problema que hoy se presenta y del que depende todo su porvenir? ¿Va contra nuestro decoro y contra nuestro honor el negociar empréstitos en un país cuyos poderes públicos andan remisos a satisfacer nuestras justas exigencias de pueblo agraviado? ¿Debemos, si esas exigencias son desoídas, petrificamos en una actitud de altivo rencor y cerrar nuestras fronteras a todo lo que venga del aborrecido país?… Es indudable que por lo menos por un cuarto de siglo los Estados Unidos, enriquecidos por la guerra que a otros arruina, convertidos en lugar de refugio del oro que huye de la hoguera en que arde el viejo mundo, serán el único lugar a donde puedan volver los ojos los pueblos jóvenes que necesitan recursos”. Ibid., pág. 261.
(36) Ver para el programa del republicanismo Jorge Villegas y José Yunis, Sucesos…, págs. 127, 219; Convención Nacional del Partido Republicano, Arboleda y Valencia, Bogotá, 1915.
(37) Villegas y Yunis, Sucesos…, pág. 151; ver Carlos E. Restrepo, Orientación republicana, 2 vols, Biblioteca Banco Popular, Bogotá, t. I, págs. 392-94.
(38) Rafael Uribe Uribe, “Exposición sobre el presente y el porvenir del partido liberal en Colombia”, El Liberal, Bogotá, abril de 1911; ver Obras selectas, t. I; en Romero Aguirre, op. cit., págs. 178-179. Citaremos Romero Aguirre. El texto completo se encuentra en la Parte III, Antología.
(39) Romero Aguirre, op. cit., pág. 183.
(40) Romero Aguirre, op. cit., pág. 184.
(41) Romero Aguirre, op. cit., pág. 185.
(42) Romero Aguirre, op. cit., pág. 186.
(43) Romero Aguirre, op. cit., pág. 191.
(44) Romero Aguirre, op. Cit., pág. 187.
(45) Romero Aguirre, op. cit., pág. 189.
(46) Torres Giraldo va dando puntadas acá y allá sobre las actuaciones de Uribe, pero siempre calla sus hechos bochornosos que en nuestra opinión, son tan importantes que resultan decisivos para juzgar de su posición histórica. El juicio central de Torres es el siguiente: “En Uribe, colgada también la espada estaba su propia concepción evolucionada de la política, reformista, democrático-burguesa, con una visión propia también de los problemas nacionales y una actitud progresista definida ante las masas trabajadoras”, op. cit., t. III, pág. 90. Uno puede preguntarse ¿era democrático-burguesa la posición de Uribe Uribe, en qué; y era progresista respecto a qué?. Melo y Tirado se limitan a consignar que Uribe propició “el abandono de las doctrinas del laissez taire y su sustitución por otras acordes con las nuevas situaciones y la afirmación del poder del Estado para intervenir en la vida económica y en la regulación de las condiciones de producción, que dada la estructura de clase, tenía que ser de explotación”, Alvaro Tirado Mejía, “Colombia: siglo y medio de bipartidismo”, Colombia hoy, Siglo XXI Editores, Bogotá, pág. 142.
(47) Ver Gerardo Molina, op. cit., t. II, cap. VII.
(48) Alfonso López Michelsen, “Apología de la Generación del Centenario”, en Cuestiones colombianas. Impresiones Modernas S.A., México, D.F., 1955
(49) Ver Stephen Randall, The Diplomacy of Modernization: Colombian American Relations, 1920-1940, University of Toronto Press, Toronto, 1977; David Bushnell, Eduardo Santos and the Good Neighbor, 1938-1942, Grainsville, 1967.
(50) Ver para un recuento de los hechos, Gustavo Humberto Rodríguez, Benjamín Herrera en la guerra y en la paz, Universidad Libre, Bogotá, 1973, caps. 20-23. Rodríguez defiende, en contra de Lemaitre, que Herrera tenía suficiente armamento, soldados y posibilidades de retomar la guerra. Con mayor razón la tendría entonces para enfrentar a los norteamericanos, como lo hicieron después en peores condiciones otros patriotas de América Latina, como por ejemplo, Sandino en Nicaragua. Para los argumentos de Uribe Uribe, ver “Manifiesto del General Rafael Uribe Uribe a los liberales de Colombia”, en Carlos Martínez Silva, Por qué caen los partidos políticos, Camacho Roldan y Cía., Bogotá, 1934, págs. 176-198. El texto completo aparece en la Parte III.
(51) El Tiempo, cit. por Jorge Villegas y José Yunis, Sucesos colombianos, pág. 222.
(52) El 31 de marzo el corresponsal de El Tiempo, Gil Blass, cablegrafiaba lo siguiente: “El General Benjamín Herrera citó a Mr. Williams, Gerente de la United Fruit Company en Santa Marta, a absolver posiciones para entablar demanda contra la United Fruit por incumplimiento del contrato. Queda así contestado el artículo”. Ibid. Ver, por ejemplo, Molina, op. cit., cap. VIII, en donde muestra que Herrera sólo puso algunas reservas al tratado Urrutia Thompson y a la misión Kemmerer pero nunca emprendió una posición contra ellos ni contra el imperialismo norteamericano.
(53)”La convención de Ibagué” en Romero Aguirre, op. cit., pág. 215. El programa completo se encuentra en la Antología, Parte IIL
(54) Ver César Ferrero Calvo, “Los sindicatos obreros colombianos”, Estudios sindicales y cooperativos, Madrid, vol. 4,1970, No. 15/16, págs. 40-44.
(55) Ver Parte Primera, cap. 2°, aparte 4.
(56) Gerardo Molina, Las ideas liberales, 1915-1934…, pág. 83, (el subrayado es nuestro).
(57) Ver cartas de Alfonso López Pumarejo a Nemesio Camacho, El Tiempo, abril 26 de 1928, mayo 21 de 1928. Consultarlas en la Parte III, Antología.
(58) Alvaro Pío Valencia, “Una historia incompleta”, Magazine Dominical, lo. de abril de 1979.
(59) Ver Parte I, cap. 20.
(60) Enrique Olaya Herrera, “Conferencia sobre los problemas económicos de Colombia”, El Tiempo, 30 de enero de 1930. Ver texto completo en la Parte III.
(61) Ver Robert N. Seidel, “American Reformers Abroad: The Kemmerer Missions in South America, 1923-1931”, The Journal of Economic History, vol. XXXII, No. 2, June, 1972.
(62) Olaya Herrera, op. cit.
(63) Aquilino Villegas, “El espectro”, El País, octubre 7 de 1934.
(64) Aquilino Villegas, La moneda ladrona, Editorial Arturo Zapata, Manizales, 1933, págs. 227-228 (el subrayado es nuestro).