Entre 1871 y 1917 se inicia una nueva etapa de la historia del mundo. Por una parte, el capitalismo entra en su fase imperialista, cualitativamente distinta de su momento anterior de consolidación y ascenso, en la que el viejo colonialismo toma características peculiares y da surgimiento al neocolonialismo que dominará la historia del siglo XX. Por otra parte, se inicia la época de la revolución socialista con la revolución de octubre en Rusia, la cual da comienzo a una nueva forma de producción en el mundo, la del socialismo, con sus avances y retrocesos, como corresponde a un momento de la historia en la que un modo viejo de producción entra en decadencia y uno nuevo comienza a desarrollarse lenta pero seguramente. El surgimiento del imperialismo es al mismo tiempo el comienzo del socialismo. “El imperialismo es la continuación del desarrollo del capitalismo, su fase superior, en cierto aspecto, una fase de transición hacia el socialismo… El imperialismo es el capitalismo marchitándose pero que aún no se ha marchitado, agonizante, pero no muerto” (1).

La guerra entre Estados Unidos y España en 1898, la guerra anglo-boer de 1899 a 1902, la disolución del Imperio Otomano de 1856 a 1890, la repartición de África entre Inglaterra, Francia, Alemania e Italia, la guerra ruso japonesa de 1904, la repartición de China, el dominio inglés en la India, son acontecimientos y fenómenos que expresan el surgimiento del imperialismo como una nueva etapa del capitalismo (2). No se trata ya del viejo colonialismo. No hay regiones nuevas para conquistar, descubrir u ocupar. Se trata más bien, como dice Lenin, del “reparto definitivo del mundo”, o sea, “que la política colonial de los países capitalistas ha terminado ya la conquista de todas las tierras no ocupadas que había en nuestro planeta. Por vez primera, el mundo se encuentra ya repartido, de modo que lo que en adelante puede efectuarse son únicamente nuevos repartos, es decir, el paso de territorios de un propietario a otro, y no el paso de un territorio sin propietario a un dueño” (3). Las guerras mundiales no son sino el producto de esta lucha feroz que se entabla desde principios de siglo, preparada desde 1871, entre las potencias capitalistas más avanzadas del globo. La desventaja relativa de Alemania respecto de Inglaterra y Francia en la competencia mundial por zonas de influencia, es lo que conduce a la primera guerra mundial. Y un fenómeno parecido lleva a la segunda guerra mundial, después de que Alemania había quedado reducida a la impotencia tras la derrota de 1919 y las imposiciones de sus enemigos. De todas maneras, lo fundamental es dejar claro que la transformación del capitalismo en imperialismo culmina a finales de la crisis económica de 1900 a 1903. Este hecho histórico es aceptado por historiadores de las más diversas tendencias y concepciones ideológicas.

1. La transformación del capitalismo

¿Qué había sucedido en el desarrollo del capitalismo? Fundamentalmente, que el capitalismo comenzaba a negarse a sí mismo, sin dejar de ser capitalismo, pero sometido a contradicciones insalvables que daban base para el surgimiento de una nueva fase en la historia del mundo. Marx desarrolla un análisis genial de este proceso, cuando apenas se encuentra en el momento de su iniciación y cuando aparecen en el mundo capitalista las llamadas “sociedades anónimas”. En esencia, lo que esto lleva implícito es la abolición de la propiedad privada del capital. Los capitalistas se transforman en “simples capitalistas de dinero”, alejados cada vez más del proceso productivo, reemplazados por administradores y gerentes de capital ajeno. Las empresas aparecen como empresas sociales por oposición a las empresas privadas. “Es”, dice Marx, “la supresión del capital como propiedad privada dentro de los límites del mismo régimen capitalista de producción” (4). Se efectúa un cambio radical en los caracteres de la propiedad. La ganancia se da a través, sobre todo, del interés, es decir, “como simple remuneración de la propiedad del capital” (5). Tanto la producción como el trabajo aparecen separados de la propiedad del capital y de la propiedad sobre los medios de producción. Marx dice que este resultado del máximo desarrollo de la producción capitalista “constituye una fase necesaria de transición hacia la reversión del capital a propiedad de los productores, pero ya no como propiedad privada de productores aislados, sino como propiedad de los productores asociados, como propiedad directa de la sociedad” (6).

El aspecto fundamental que Marx señala respecto de la aparición de las sociedades anónimas consiste en que la ganancia reviste ”exclusivamente la forma del interés”, y ”esta clase de empresas sólo son posibles siempre y cuando arrojen simples intereses” (7). Tanto el carácter social que adquiere la propiedad del capital dentro del capitalismo, como el papel que entra a jugar el interés, inician la transformación del crédito en la producción capitalista. Surge algo peculiar, propio solamente de la etapa más elevada del capitalismo, el capital financiero. Lo que se da es verdaderamente una contradicción entre el capital industrial de libre competencia directamente productivo y el nuevo capital financiero. “El sistema de las acciones entraña ya la antítesis de la forma tradicional en que los medios sociales de producción aparecen como propiedad individual, pero al revestir la forma de la acción, siguen encuadrados dentro del marco capitalista; por consiguiente, este sistema, en vez de superar el antagonismo entre el carácter de la riqueza social y como riqueza privada, se limita a imprimirle una nueva forma” (8). Así se da una gigantesca centralización del capital y una “expropiación en la escala más gigantesca” (9). Pero el crédito expresa, en su punto más álgido, la agudización de las contradicciones del régimen de producción capitalista. Acelera el desarrollo material, estimula el mercado internacional, centraliza y extiende la forma de administración de la empresa al conjunto de la sociedad, pero también generaliza el fraude y la especulación, genera las explosiones violentas de las crisis y con “ellas los elementos de la disolución del régimen de producción vigente”. Muy graciosamente se refiere Marx a este fenómeno, en que conviven la corrupción más desmedida inherente al capital financiero con las bases de transición hacia un régimen de producción nuevo: “esta dualidad es la que da a los principales portavoces del crédito, desde Law hasta Isaac Pereire, esa agradable fisonomía mixta de estafadores y de profetas” (10).

Cuando Lenin en 1916 desarrolla estas tesis, precisamente al encontrarse en pleno fragor la primera guerra mundial imperialista, el proceso que Marx había comenzado a analizar ha adquirido ya el carácter universal del desarrollo del capitalismo y se ha convertido con plena vigencia en “la fase superior”. Para Lenin, como para Marx, no se trata de una simple etapa que pueda ser superada por otra dentro del capitalismo. No. Para ellos lo que se está dando es la última etapa del capitalismo, cuyas características son, por una parte, la negación misma del capitalismo y, por otra, la base material de una nueva forma de producción. Marx es completamente explícito al respecto. “Esto equivale a la supresión del régimen de producción capitalista dentro del propio régimen de producción capitalista y, por tanto, a una contradicción que se anula a si misma y aparece prima facie como simple fase de transición hacia una nueva forma de producción… Es una especie de producción privada, pero sin control de la propiedad privada” (11). Por eso Lenin puede, basado en el análisis de la economía mundial de 1916, cuando este proceso ha adquirido plenamente todas sus características, señalar que el imperialismo es la base material del socialismo, pero que también es el capitalismo agonizante, caduco, corrupto, superexplotador, inmensamente agresivo, totalmente antidemocrático, en pleno proceso defensivo (12).

Lo que cambia el carácter del capitalismo es la gigantesca acumulación de capital producida en los países más avanzados del mundo, concomitante con lo cual aparece el monopolio como la forma específica de propiedad de la nueva fase y el predominio del capital financiero por oposición al predominio del capital industrial de libre competencia. Lenin llama a esto la ”sobremaduración” del capitalismo. la formación de un “exceso” de capital, y la necesidad ineludible de la exportación de capital. La exportación de capital es un fenómeno secundario durante el siglo XIX y que no responde a una necesidad ineludible de los países capitalistas. Pero con el imperialismo, se vuelve una condición esencial de la supervivencia del capitalismo, la forma más eficaz de contrarrestar su crisis, de contener la baja tendencial de la cuota de ganancia. En 1914, por ejemplo, Gran Bretaña tenía invertido fuera de su territorio la suma de veinte mil millones de dólares, lo cual equivalía a una cuarta parte de toda su riqueza (13). Cincuenta años después, en la primera mitad de la década del sesenta, solamente el capital a crédito, colocado por los países imperialistas en los países atrasados, ascendía a una suma similar a toda la inversión en el extranjero de la Gran Bretaña en esa época. Pero menos de veinte años después, el endeudamiento externo del mundo subdesarrollado se había multiplicado por diez y llegaba a la fabulosa suma de doscientos mil millones de dólares sin contar la inversión directa (14). Tanto Francia como Alemania contaban a principios de siglo con sumas enormes invertidas en el mundo entero, más fuera de sus colonias que dentro de ellas. Alemania había invertido para el comienzo de la primera guerra mundial en África, Asia y el Imperio Otomano, mientras Francia le tenia prestado a Rusia la suma de dos mil millones de dólares. La lucha entre Francia, Inglaterra y Alemania por controlar zonas de influencia y proteger sus intereses, era una lucha a muerte (15). Hoy esa lucha continúa, aunque hayan cambiado sus protagonistas. Pero, de todas maneras, lo esencial es que los países imperialistas exportan capital o perecen. Esa es la moderna ley de hierro del Capitalismo y no era así en el siglo XIX.

2. El imperialismo como dominación

“Económicamente”, dice Lenin, “el imperialismo es el capitalismo monopolista” (16). Por esta razón, lo que caracteriza el desarrollo del capitalismo en el siglo XX es que el carácter de monopolista que adquiere, cuya imperiosa necesidad de supervivencia lo conduce a la exportación de capital, es ya una negación de su propio carácter y de sus propias leyes, es su propia negación, aunque todavía no su desaparición. El poder económico adquirido por el capital financiero, obliga a los países capitalistas a buscar el control de las materias primas, de mano de obra barata y de tierra a bajo costo en los países atrasados, en donde los beneficios son elevados y, mediante cuyo control, logran ampliar el mercado de exportación de sus mercancías. “… En el umbral del siglo XX asistimos… a la situación monopolista de unos pocos países ricos, en los cuales la acumulación de capital había alcanzado proporciones gigantescas. Surgió un enorme exceso de capital en los países avanzados. Mientras el capitalismo es capitalismo, el exceso de capital no se consagra… sino el acrecentamiento de estos beneficios mediante la exportación de capital al extranjero, a países atrasados. En estos países atrasados el beneficio es ordinariamente elevado, pues los capitales son escasos, los salarios bajos, el precio de la tierra poco considerable, las materias primas baratas” (17). Esta necesidad de exportación de capital, de mercados más amplios y de beneficios mayores es lo que, realmente, da origen al nuevo tipo de colonialismo, al neocolonialismo. Surge, así, un fenómeno que no era posible en el siglo XIX, es decir, la dominación por medios económicos sin el control político-militar, la pérdida de la independencia nacional por la fuerza del control económico que ejercen un puñado de países en donde se ha desarrollado el capitalismo monopolista. En el siglo XX, a diferencia del siglo XIX, se dan dos formas de perder la independencia nacional. Una, por el control económico, por la fuerza del capital financiero internacional y el crédito de país a país, sin control político-militar directo, como una exigencia insustituible de la economía monopolista. La otra, por medio del dominio directo, por la invasión y el poder político militar, la forma colonial utilizada en el siglo XIX como una política de la burguesía, pero no como una necesidad de supervivencia. La primera es la típica dominación del siglo XX que no existió durante el siglo anterior, porque no se habían desarrollado las características monopolistas del capital ni había llegado a predominar el capital financiero. Las características del capital internacional disminuyen la necesidad del dominio colonial directo, dado el poder inherente al capital financiero. “El capital financiero es una fuerza tan considerable, por decirlo así tan decisiva en todas las relaciones económicas e internacionales, que es capaz de subordinar, y en efecto subordina, incluso a los Estados que gozan de una independencia política completa… La política colonial capitalista de las fases anteriores del capitalismo se diferencia esencialmente de la política colonial del capital financiero”. “Los capitalistas no se dividen el mundo llevados por una particular perversidad, sino porque el grado de concentración a que ha llegado les obliga a seguir este camino para obtener beneficios y se lo reparten ‘según el capital’, ‘según la fuerza'” (18). El capitalismo del siglo XIX no fue imperialista. Hemos señalado con Marx y Lenin que el imperialismo no comenzó sino en un momento muy avanzado de desarrollo del capitalismo, proceso de transformación que se inicia hacia finales del siglo XIX, que culmina plenamente a principios del siglo XX y que se expresa sin ambages en la primera guerra mundial imperialista de 1914.

Esta concepción leninista del imperialismo que nosotros consideramos como un desarrollo de las tesis de Marx de acuerdo a lo que hemos expuesto, se diferencia radicalmente de las tesis de Rosa Luxemburgo sobre la acumulación de capital y el expansionismo del sistema capitalista, así como de sus derivaciones en las diferentes variantes de la llamada “teoría de la dependencia” (19). La mayoría de los historiadores colombianos de la “nueva historia” se apartan de Marx y Lenin y acuden a Rosa Luxemburgo y a los “dependentistas” para tratar el problema del subdesarrollo. El caso más claro es el de Mario Arrubla (20). Para él, el imperialismo comienza con el mismo desarrollo del capitalismo y es inherente a toda la época que abarca su proceso. Las etapas que él señala, no significan un cambio esencial dentro del mismo desarrollo del capitalismo, sino simples desenvolvimientos de la expansión capitalista mundial. Por otra parte, esta concepción luxemburguista no concibe el imperialismo como la dominación del capital financiero mediante el mecanismo de la exportación de capitales. Para Arrubla, como para los “dependentistas”, el neocolonialismo no consiste en la pérdida de la independencia nacional, sino en el desarrollo del capitalismo como efecto de la expansión del capital internacional en los países atrasados. Como consecuencia, el problema nacional no tiene sentido y sólo lo adquiere el de la lucha contra el capital internacional, ignorando así, como fenómeno determinante, la dominación de unos países sobre otros como resultado del desarrollo desigual del capitalismo. Para una interpretación de la historia de Colombia esta diferencia de concepción sobre el desarrollo del capitalismo resulta determinante. Para Arrubla toda la historia de Colombia ha sido dependiente, porque se ha enmarcado dentro del desarrollo del capitalismo mundial desde la época de la colonia española. Esta posición convierte en inocua la revolución de independencia y niega el carácter independiente del siglo XIX. La expansión del capitalismo mundial habría hecho imposible la independencia nacional y sólo el intercambio mercantil o capitalista desigual habría sido suficiente para el avance del capitalismo en Colombia y, por tanto, para su ‘ ‘dependencia’ ‘. En una concepción leninista del problema la pérdida de la independencia en el siglo XIX solamente fue posible mediante la invasión militar, hecho que no se dio en Colombia, precisamente porque el capital no había llegado a adquirir ese poder autónomo de ejercer la dominación económica sin la invasión político-militar.

El monopolio, el predominio del capital financiero, la exportación de capitales, la lucha por el reparto del mundo, la pérdida de la independencia nacional mediante la dominación directa e indirecta, el surgimiento de grandes asociaciones internacionales de capital, todo esto son expresiones acabadas de la nueva época que vive el mundo del siglo XX. “El imperialismo es la progresiva opresión de las naciones del mundo por un puñado de grandes potencias” (21). Por supuesto que los conflictos internacionales entre las grandes potencias del mundo que pugnan por la extensión y consolidación de la opresión de las naciones siguen siendo iguales en la forma a los que se dieron en los siglos XVIII y XIX, pero su contenido social y de clase ha cambiado fundamentalmente. “El circuncambiante histórico objetivo ha pasado a ser enteramente distinto” (22). Tres cambios esenciales se han dado en este proceso, desde el punto de vista de su contexto político y social. Primero, el capital ascendente que procuraba la liberación nacional contra el feudalismo, ha dado campo al capital financiero, que Lenin califica de ultrarreaccionario. Por eso el blanco fundamental de la lucha es el capital financiero internacional. Segundo, el marco de los Estados nacional-burgueses que fue un apoyo para el desarrollo de las fuerzas productivas se ha convertido en su obstáculo al haber llegado a ser en los países más avanzados del mundo, una fuerza de opresión mediante el dominio del monopolio y del capital financiero. Y tercero, la burguesía que fue una clase revolucionaria que luchó por el avance del mundo y era una clase en ascenso en los siglos anteriores, se ha convertido en una clase que se hunde, decadente y reaccionaria. Ya no es esa clase la ascendente, sino otra clase enteramente distinta, el proletariado (23). Por eso el capitalismo, cuya superestructura política era la democracia burguesa, ha vuelto a la reacción política, que corresponde al monopolio. Hilferding decía: “El capital financiero aspira al dominio, no a la libertad”. Y Lenin añade: “El imperialismo procura violar la democracia, procura implantar la reacción tanto en la política exterior como en la política interna. En este sentido, el imperialismo es, indudablemente, la ‘negación’ de la democracia en general, de la democracia en su conjunto, y no tan sólo de una de las exigencias de la democracia, a saber, la autodeterminación de las naciones” (24).

El imperialismo no está dedicado a promover el progreso del mundo y, mucho menos, de los países atrasados. Su único propósito consiste en aumentar sus ganancias. sin preocuparse de la producción, de las necesidades de las masas, o del desarrollo de los pueblos. Lo que resulte de avance o de progreso proviene de la circunstancia de que el imperialismo necesita promover aquello que le permita saquear en forma más eficaz los países coloniales y neocoloniales. De esta manera, permite y promueve las formas de desarrollo capitalista que le sirven a sus intereses, al margen de las necesidades y de los intereses de los países dominados. Para ello utiliza toda una serie de mecanismos: las guerras de agresión que destruyen el país; los tratados desiguales que dan al país imperialista garantías para ejercer control de parte o del total de la economía; control sobre el comercio, las comunicaciones y la agricultura; penetración del capital extranjero y la suplantación del capital nacional por medio de extorsión, competencia y tecnología; monopolización del crédito, la banca y las operaciones financieras; creación de una clase intermediaria que trabaje en interés del país imperialista explotando con la usura los sectores débiles de la economía nacional; firme alianza con la clase terrateniente y con la burguesía intermediaria para mantener los rezagos feudales en la agricultura; abastecimiento de armas y entrenamiento militar del ejército y de la policía; penetración cultural a través del control progresivo del sistema educativo, los medios de comunicación hablados y escritos, y sobre el entrenamiento de los intelectuales (25).

3. Imperialismo, lucha, por la hegemonía mundial y capitalismo de Estado

El proceso a través del cual Estados Unidos llega a constituirse en la potencia hegemónica mundial está determinado principalmente por las dos guerras mundiales. Antes de la primera guerra, la lucha por la hegemonía se concentraba en Europa. Alemania era el poder imperialista en ascenso, mientras Francia e Inglaterra defendían una posición ya consolidada en Asia y África. Entre tanto Estados Unidos ganaba terreno en América Latina, desplazando progresivamente a Inglaterra que había obtenido resultados importantes en su expansión imperialista a finales del siglo XIX, especialmente al Cono Sur del continente. Alemania logra formar un eje con Austria e Italia para enfrentarse a la Triple Alianza de Inglaterra, Francia y Rusia. Estados Unidos no entra sino al final de la guerra, se beneficia de los estragos causados por la guerra en sus aliados y sale fortalecido de haberse convertido en el poder decisorio que había inclinado la balanza a favor de la Triple Alianza. Pero entre la primera y segunda guerra mundial la lucha por la hegemonía se hace más aguda debido a la posición cada vez más agresiva de Alemania, acorralada por las demás potencias y amenazante con el fascismo y su alianza con Japón e Italia. Los puntos fundamentales de conflicto son América del Sur, China y las colonias de los países imperialistas. Estados Unidos avanza cada vez más en América Latina. Allí tiene que defender el Canal de Panamá y los vastos intereses adquiridos especialmente después de 1920 en todo el continente. Pero también tiene intereses en China y se lanza a una competencia sin cuartel para conquistar las fuentes de petróleo que irían a influir poderosamente en la definición de la segunda guerra mundial. En esta lucha por la hegemonía, Estados Unidos entra en alianza con Inglaterra y Francia para derrotar al imperialismo más agresivo y más peligroso en ese momento que era el de Alemania y Japón. De la guerra el mayor beneficiado es Estados Unidos que emerge como la potencia hegemónica mundial. Había comenzado su ascenso imperialista con la victoria en la guerra hispanoamericana, con el robo de Panamá y la construcción del Canal. Se había fortalecido económica y militarmente después de la primera guerra mundial con el debilitamiento de las potencias europeas y había resultado como la potencia hegemónica sin competencia importante después de la segunda guerra mundial. Pero las guerras de Corea y Vietnam, la revolución china y las revoluciones de liberación nacional en el periodo más reciente han ido debilitando el poder hegemónico norteamericano. La Unión Soviética ha surgido como la potencia que compite palmo a palmo con Estados Unidos por la hegemonía mundial. Ya no es Estados Unidos la potencia en ascenso, sino la Unión Soviética que avanza con éxito, principalmente, en África y Asia.

La transformación del capitalismo en imperialismo, la agudización de las contradicciones entre el capital y el trabajo, la lucha sin cuartel por la hegemonía mundial, la división del mundo en países opresores y países oprimidos, son los fenómenos fundamentales que definen el desarrollo del capitalismo en el siglo XX. La historia de Colombia está íntimamente ligada a este proceso. Pero esta etapa de decadencia del capitalismo en el mundo que se expresa en el dominio del monopolio y del capital financiero parasitario significa además que una nueva forma de producción y de organización social surge en el mundo. En efecto, la Revolución de Octubre en Rusia inicia una nueva etapa en la historia mundial, la era de la revolución mundial proletaria y la era del socialismo. “Porque la primera guerra mundial imperialista y la primera revolución socialista victoriosa, la Revolución de Octubre, han cambiado la dirección histórica de todo el mundo y señalado una nueva era histórica para todo el mundo… En una era así cualquier revolución contra el imperialismo que se produzca en una colonia o semi-colonia, es decir, cualquier revolución contra la burguesía y el capitalismo internacionales, no pertenece ya a la antigua categoría de la revolución democrático-burguesa mundial, sino a una nueva, y ya no forma parte de la antigua revolución mundial burguesa o capitalista, sino de la nueva revolución mundial: la revolución mundial proletario-socialista” (26). Desde la revolución francesa hasta la guerra franco alemana de 1871 que incluye la primera revolución proletaria, la de la Comuna de París, el mundo vivió la era de la revolución mundial burguesa. En ese periodo el “contenido objetivo del proceso histórico de la Europa continental no era el imperialismo, sino los movimientos burgueses de liberación nacional” (27). Desde la Comuna de París hasta la Revolución de Octubre se da una etapa de transición. Pero la Revolución de Octubre da término a la revolución mundial burguesa, democrática, e inicia la etapa de la revolución mundial proletaria, socialista. El contenido del proceso histórico mundial es el de la liberación nacional contra el imperialismo y el de la construcción del socialismo en cada vez más regiones del mundo. La Unión Soviética fue
el primer país socialista. Su revolución fue dirigida por Lenin y continuada por Stalin. A Stalin le tocó guiar el proceso de la revolución socialista en un solo país contra el embate de todos los países imperialistas y, principalmente, contra la amenaza del fascismo durante la segunda guerra mundial. El socialismo en la Unión Soviética obtuvo triunfos extraordinarios y apoyó el proceso revolucionario en todo el mundo, en Europa Oriental, en China, en Corea, en Indochina y en otras regiones. La muerte de Stalin dio paso a la usurpación del poder por Krushov con lo que se inicia un proceso de restauración del capitalismo en la Unión Soviética y de lucha por la hegemonía mundial con Estados Unidos. En esta forma el primer país que había hecho la revolución socialista se convierte en un país expansionista con todas las características de los demás países imperialistas del globo. Exporta capital, compite por materias primas y mercados, utiliza mano de obra barata de países menos desarrollados, forcejea en todas las regiones de conflictos militares con Estados Unidos, controla regiones enteras militarmente y lucha por la supremacía del mundo cuya clave se encuentra en Europa (28). El aspecto principal de la lucha por la hegemonía es la competencia entre la Unión Soviética, la potencia imperialista en ascenso, y Estados Unidos, que tiene una posición consolidada y la defiende.

La base material de la restauración capitalista en la Unión Soviética está cimentada en el capitalismo monopolista de Estado. El fenómeno del capitalismo de Estado responde, en la etapa actual del mundo, a las necesidades que encuentra el monopolio y el capital financiero de control centralizado y de contabilidad estatal sobre la economía. Esta necesidad conduce a la nacionalización de sectores claves de la economía, especialmente en la gran industria, en la distribución y en los servicios, “combinando las fuerzas gigantescas del capitalismo con las fuerzas gigantescas del Estado a fin de formar un solo mecanismo” (29). Este fenómeno significa que la máquina del Estado se fortalece en forma desmesurada. Muchos han llamado a este capitalismo de Estado, socialismo democrático de Estado. Pero lo que cambia el carácter del capitalismo de Estado es, precisamente, el control sobre el Estado y la clase social que lo tenga. No es lo mismo un capitalismo de Estado en un Estado burocrático-reaccionario bajo la égida de los terratenientes y los financistas que en un “Estado democrático-revolucionario… que destruya revolucionariamente todos los privilegios…” (30). En la Unión Soviética Lenin estableció el capitalismo de Estado al principio de la revolución como una necesidad para construir la economía socialista, sin lo cual no podría haberse avanzado a grados más altos de economía colectiva. La nacionalización, el control y la contabilidad centralizados son comunes a la economía de capitalismo de Estado y de socialismo, y en ello radica la confusión de considerar el capitalismo monopolista de Estado como un socialismo “democrático” pero que sigue en manos de la gran burguesía burocrático-reaccionaria. Después de la llegada de Krushov al gobierno, una camarilla burocrático-reaccionaria ha usurpado el poder en la Unión Soviética y se ha aprovechado de los grandes avances que había hecho la construcción del socialismo en ese país para convertirlo en una economía de capitalismo monopolista de Estado, la más organizada y la más centralizada de la tierra.

El capitalismo monopolista de Estado que está en manos de los grandes monopolios y bajo el poder del capital financiero no conduce sino a una negación cada vez más aguda de la democracia burguesa. Por eso, desde el punto de vista político, el capitalismo monopolista de Estado, bajo el poder del capital financiero conduce al fascismo. El fascismo es la negación más extensa de la democracia burguesa, de toda la democracia. Lenin explicó esta contradicción que se da desde el principio entre la superestructura política y la infraestructura económica en el capitalismo. A pesar de que el capitalismo necesitaba para su lucha con el feudalismo la democracia burguesa y ésta era su forma política natural, existía una contradicción que consistía en que el capitalismo niega la igualdad y la libertad que afirma la democracia. La igualdad, porque divide las clases entre capitalistas y obreros; y la libertad, porque tiene que imponer en el contexto de la fábrica la disciplina más estricta y la ausencia de libertades democráticas más estrecha. Al llegar el capitalismo a la etapa del monopolio y del dominio del capital financiero esta contradicción entre la superestructura política y la base económica se vuelve antagónica. Tanto más es así, cuanto que el sistema capitalista se ve amenazado por el surgimiento del socialismo y por la exigencia de la plenitud de la democracia burguesa que consiste en el poder de la mayoría (los obreros) sobre la minoría la (burguesía). De ahí que Lenin diga que el imperialismo es la negación de la democracia, de toda la democracia (31). Lo que tiende a implantar el capitalismo monopolista de Estado como una necesidad ineludible en el conjunto de la sociedad es esa misma disciplina y despotismo que tiene que reinar en toda fábrica capitalista.

Si el capitalismo de Estado surge en un país como Colombia por la fuerza de la dominación imperialista y no por el desarrollo interno de sus condiciones económicas, lo que hace es agregar a la pérdida de la independencia nacional un régimen político cada vez más oprobioso, más antidemocrático y de tendencias cada vez más fascistas por la naturaleza misma del tipo de Estado que se implanta. La discusión con el liberalismo colombiano del siglo XX debe enmarcarse dentro de este orden de ideas. Como veremos más adelante, la tendencia que aparece dentro del partido liberal después de la derrota final sufrida en la guerra de los mil días y que determina una etapa crucial de nuestra historia, defiende cada vez con más ahínco el capitalismo de Estado que Uribe Uribe llamó ya “socialismo de Estado” y que han seguido sin dudar los principales dirigentes de ese partido. A esta posición más social-demócrata que liberal se han acogido importantes sectores intelectuales que propugnan por un fortalecimiento del Estado sin tener en cuenta en manos de quién se encuentra el poder, confundiendo así una posición antiimperialista con un nacionalismo chauvinista de profundas raíces en la orientación fascista del Estado (32). El capitalismo monopolista de Estado expresa en su forma más acabada una época histórica, en la cual se encuadra la historia de Colombia del siglo XX, que asiste a la decadencia del capitalismo, al dominio del imperialismo y al surgimiento del socialismo. Es la profunda contradicción del siglo XX, en la que el capitalismo monopolista de Estado es a la vez la expresión más acabada del imperialismo y la preparación material, la antesala del socialismo. Como diría Lenin: “La transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado pone… a la humanidad extraordinariamente cerca del socialismo: tal es precisamente la dialéctica de la historia” (33).

NOTAS

(1)Lenin, “Materiales para la revisión del programa del partido”, Obras completas, Editorial Cartago, T. XXIV.

(2)La literatura sobre el imperialismo y sobre el significado de esta etapa es profusa. Citaremos solamente las obras más conocidas y de mayor importancia para nuestro punto de vista: Lenin, “El imperialismo, fase superior del capitalismo”. Obras escogidas. En tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1961, v. 1; R. Hilferding, El capital financiero, Editorial Tecnos, Madrid, 1963; N. I. Bujarin, La economía mundial y el imperialismo. Editorial Pasado y Presente, Córdoba, 1971; David K. Fieldhouse, Economía e Imperio. La expansión de Europa 1830-1914, Editorial Siglo XXI, México, 1978.

(3)El Imperialismo, fase superior del capitalismo, Cap. VI.

(4)Marx, El Capital, T. III, Cap. XXVII.

(5)Ibid.

(6) Ibid.

(7) Ibid.

(8) Ibid.

(9)Ibid.

(10)Ibid.

(11) Ibid.

(12)Lenin, “El imperialismo y la escisión del socialismo”, Marx, Engels, Marxismo, Editorial Progreso, Moscú.

(13). R. R. Palmer y Joel Colton, A History of the Modern World, Alfred A. Knoff, New York, 1965, p. 619.

(14). Time, junio 3 de 1977. Ver Pierre Jalée, Imperialismo, 1970, Editorial Siglo XXI, México, 1971; Pierre Jalée, El saqueo del Tercer Mundo, Ruedo Ibérico, París, 1966; Haroíd von Cleveland y W. H. Bruce Brittain, “¿Se hunden los países menos desarrollados?”. Perspectivas Económicas, No. 22.1978/2.

(15) Palmer y Colton, op. cit., Cap. XV.

(16)Lenin, “Sobre la caricatura del marxismo y el economismo imperialista”, en Obras completas, Editorial Cartago, T. XXIII.

(17) Lenin, El Imperialismo fase superior del capitalismo, Cap. IV
(18) Ibid., Cap. VI. “…La fuerza varía a su vez en consonancia con el desarrollo económico y político; para comprender lo que está aconteciendo hay que saber cuáles son los problemas que se solucionan con los cambios de las fuerzas, pero saber si dichos cambios son ‘puramente’ económicos o extra-económicos…, es un asunto secundario que no puede hacer variar en nada la concepción fundamental sobre la época actual del capitalismo”. Ibid., Cap. V.

(19) Ver, para una crítica a las teorías de la dependencia, José F. Ocampo y Raúl Fernández, “The Latín American Revolution:A Theory of Imperialism, Not dependence” en Latín American Perspectives, Spring, 1974, V. 1, Num. 1, pp. 30-61. Una serie de autores han popularizado la “teoría de la dependencia”, entre ellos, los más importantes serian Osvaldo Sunkel, Theotonio Dos Santos, André Gunder Frank, Fernando Henrique Cardozo, Rui Mauro Marini. Para un recuento muy completo de la bibliografía, ver Ronaid H. Chilcote, “Dependency: A Critical Synthesis of the Literature”, Latín American Perspectives. Ibid.,pp. 4-29.

(20). Arrubla, op. cit, cpts. 2o. y 3o. Para Rosa Luxemburgo, la realización de la plusvalía no puede darse sólo con el mercado interior, sino que necesita de la expansión del capital hacia los países agrarios. El capitalismo, por esencia, sería expansionista y, por tanto, imperialista. Luxemburgo no está de acuerdo con Lenin en que el imperialismo sea una etapa del capitalismo en que éste se niegue a sí mismo dentro del mismo capitalismo, como lo plantea Marx. Por esta misma razón, el imperialismo tampoco es para Luxemburgo el dominio de un país sobre otro, sino la realización de la plusvalía en el mundo. Rosa Luxemburgo, La acumulación de capital, Editorial Grijalbo, México, 1967.

(21) Lenin, “El proletariado revolucionario y el derecho de las nacieres a la autodeterminación”, Obras completas, T. XXI.

(22) Lenin, “Bajo una bandera ajena”. Obras completas, T. XXI.

(23) Ibid.

(24) Lenin, “Sobre la caricatura del marxismo y el ‘economismo imperialista'”, Obras completas, T. XXIII.

(25) Ver Mao Tse Tung, “La revolución china y el partido comunista de China”, Obras escogidas, V. II.

(26) Stalin, “Significado internacional de la Revolución de Octubre” y “La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos”, Cuestiones del leninismo. Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1979; Mao Tse Tung, “Sobre la nueva democracia”, Obras escogidas, Pekín, Tomo II.

(27) Lenin, “Bajo una bandera ajena”, Obras completas, T. XXI.

(28) La teoría del presidente Mao sobre los Tres Mundos constituye una gran contribución al marxismo-leninismo, Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín, 1977, Entre 1989 y1995 se derrumbó la Unión Soviética y se desintegró en pequeños países, excepto Rusia. La Perestroika de Michael Gorvachov fue el paso de transición a la caída de lo que podría ser en ese momento la potencia más poderosa de la historia. Estas notas, escritas en 1982 no hacen sino mostrar lo que en ese momento había llegado a ser el mundo y la lucha entre las dos superpotencias.

(29)Lenin, “Guerra y revolución”. Obras completas, T. XXIV.

(30) Lenin, “La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla”. Obras escogidas, T. 2.

(31)Ver Lenin, “La caricatura del marxismo y el economismo imperialista”, Obras completas, T. XXIII. Cap. 3.

(32)Quizás el defensor más ilustrado de esta posición es el profesor de la Universidad Nacional, Darío Mesa. Ver, por ejemplo, su conferencia sobre La universidad y la revolución científico-técnica, mimeógrafo, Universidad Nacional, Bogotá. Su posición coincide plenamente con la de Alfonso López Michelsen, op. cit. y, coincidencialmente, con la de Mario Laserna, Estado fuerte o caudillo, Editorial Revista Colombiana, Bogotá, 1968.

(33)Lenin, “La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirían. Obras escogidas, T. II. Cap. II.

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