“Yo amé un país y de su limo oscuro

Parva Proción en corazón acerbo” (1)

A Aurelio Arturo, el universal poeta nariñense, me lo contaron mis padres. No lo habían leído, ni lo habrán hecho. Sin embargo, en las noches, cuando mi padre andaba por las venas azules de los ríos de Oriente, mi madre hablaba de él, de Aurelio. Es decir, nos contaba las historias de sus vidas en los ríos de Colombia.

El río de ella solo tenía una orilla, la otra no se alcanzaba jamás. Había visto sus aguas con los ojos ciegos que se incuban en el vientre y escuchado sus animales con los oídos pávidos que se acunan en los gritos de la selva inminente. Recordaba por los recuerdos de su madre, como yo ahora, por los de ella. Hablaba de pequeños monos que cabían en el hueco de la mano, llevados por los indios a mi abuela. Era un edén: una casa a la mano de la masa poderosa del rio, una cerca de guadua o cañabrava, un pasar suave. Entonces, en la noche de mi historia, su madre oía como en el alba, bajo el cielo lívido, llegaba la voz firme de los que venían del otro lado del río inabarcable, de más allá de nuestro Sur: “dese preso, Marcos Montealegre”. Eran los peruanos. Acababa el idilio. Él, preso en el monte; ella, refugiada en Manaos. Cuando mi madre nació ya se había fugado mi abuelo y por caños y ríos llegado a la ciudad de la selva, a los mármoles que el cieno ruñía. Bajarían luego los tres en un vapor, alta columna de humo, hasta el mar. No supo y esa fue su gran historia: El Amazonas, en el sur, entre una breve nube con el acre aroma de la pólvora.

Con mi padre la historia era a plena luz. A la luz de sus claros ojos. Vista de inocencia: todo lo que contara era verdad, se puede jurar. Si mi madre decía que fue la voz de su padre, escuchada a hurtadillas, cantando en una habitación de una pensión en Bogotá, la que enamoró a su madre y la hizo esperar hasta que él volvió de prestar el servicio militar para casarse y embarcarse hacia el Amazonas, fue el ansia de ver los ríos del Sur lo que llevó a mi padre a regalarse para ir a Tres Esquinas. Podría haberse quedado en el Guardia Presidencial cuidando equívocos patricios, pero le pudo el deseo de las grandes aguas que no conocía.

“Ir por los ríos en el sur, decir canciones,

Era bueno. Trabajar entre ricas maderas” (2)

Lo arrojó un avión entre el verde y sobre el agua firme, no muy lejana de la cordillera que la pare. Ríos, montes, indios. Los domingos, casi con la mano, sacaban pescados gordos como bueyes. El parque lo gastaban cazando chácharos, venados, zainos, pajaritos del cielo. Andaban en canoítas celosas por el Caquetá y el Orteguaza a visitar las rancherías de los indios. Comían mañoco, bebían, que sé yo que bebían. Se ahogaban en el celaje de los ríos y esperaban a los hidroaviones. Se le abrían los bellos ojos contándonos a los hijos la grandeza de las aguas y su gente.

Sin saberlo ambos me llevaron por las sendas borrosas de la selva al encuentro de Aurelio. En toda agua poderosa estaba su nombre cantando bajo, bajito, la vida de los hombres de labor en los ríos del Sur. A pesar de ello, no conozco los ríos del Sur, no conozco a Pio Quinto Sierra, no he bajado. Empecé este viaje inconcluso como mi paisano Rivera en el piedemonte, en el camino por Chipaque y Cáqueza. El agua de los montes caía sobre mi cabeza. Abajo el agua escribía azul como Carranza. Los ríos adolescentes mugían su reto. Aguas del Orinoco. No sé si las de Aurelio vayan lentas al Amazonas o apresuradas al Océano Pacífico rompiendo lomos de cordillera. No sé. De todos modos van ciertas a nuestros corazones.

Hago inventario de las aguas que heredé y de las que busqué y hallé: Amazonas, Caquetá, Orteguaza, Humea, Gasaguan, Gasaduje, Arauca, Casanare, Cravo Norte. Me cantó la cabeza como a mi abuela, como a mi padre. ¿Qué canto era aquel? No lo sabía: era una rapsodia.

“Trabajar era bueno. Sobre troncos

La vida, sobre la espuma, cantando las crecientes.” (3)

Bajé el Magdalena. Había puertos con lentas barcas. Pueblos blancos, muchachas leves, hombres de remos ágiles. Viví en las montañas donde son alud las aguas iracundas y vi el pescado dinamitado que bajaba blanqueando el vientre por las torrenteras. Andaba por el Samaná y la Miel, por el San Lorenzo. Venteaba el río Claro, deseaba el Arma. Me iba preparando para conocer a Aurelio. Leía y en ningún libro lo encontraba. Nadie me decía, “como dijo Aurelio”. Nadie. Pero cuando iba con mis amigos, los hombres de las rudas labores, barruntaba un olor que podía ser el de él.

Quizás por amor a los amores de mi padre olvidé los ríos que vienen de la cordillera de las cenizas y torné a las tierras de Oriente para acumular más aguas a la espera de su día. Aquí estoy hoy en la mano de río indecible, de agua que cura con su puro fulgor. El agua cambia de nombre en cada caño: Jujú, Capanaparo, Cinaruco. Los pueblos no son blancos, pueblos verdes, pueblos azules, gradas para bajar el agua apocada de marzo.

Quien dijera que estos no son los mismos ríos, los mismos pueblos, las mismas muchachas del canto de Aurelio. Trabajar es bueno, en los ríos. Viví a la propia orilla del Arauca, del Río Viejo, isla de por medio de la vaguada del Bayonero. Cuando en junio el agua crecía, llegaba hasta la puerta de mi escuela. Hice era y sembré tomate con mis alumnos. Navegando todos los días en buenas canoas. Los obreros degollaban cacao, campaneaba el machete en el rebelde pajonal, halaba el bagre de la marota en el agua que besa los guamos.

“Juan Gálvez, José Narváez, Pioquinto Sierra

Como robles entre robles…Era grato,” (4)

Y sin saber por dónde, cuando salí del Rio Viejo y baje a la ciudad de Arauca, un amigo, muerto ya, como tantos, horadándome el cerebro con el azul de sus ojos, me regaló un libro. Había llegado a vivir en casa vieja en la cercanía del rio, en la Carama, Fui y me acosté en el suelo. Era verano. Por la puerta abierta entraba el sol del mediodía dorando una rama de un almendro. Las grandes hojas brillaban temblando de la brisa veranera. Me quedé dormido. Cuando desperté encontré a mi lado el libro y lo abrí: entonces la vida de mis padres y la mía estaban en una hoja más dorada y preciosa que la del almendro. Bajo el cielo luminoso de Oriente estaba Aurelio Arturo contándome

“Trabajar era bueno en el Sur, cortar árboles, hacer canoas de los troncos Trabajar era bueno. Sobre troncos la vida, sobre la espuma, cantando la creciente” (5)

Luego llegué a saber que el Aurelio que anduvo la vida con los hacheros rompiendo las montañas y navegando a palanca y canalete los ríos, en realidad pasó su existencia adulta en el delgado aire de Bogotá, atildado, lejano hombre de leyes, lector de bellos idiomas. No me sorprende. Una u otra vida no sería suficiente, no bastaría para Aurelio Arturo, cantor eximio de Colombia y de sus hombres sencillos.

“Yo que canté por los caminos, un hombre de la orilla,

Un hombre de ligeras canoas por los ríos salvajes” (6)

Notas:

(1) Aurelio Arturo, Canción de la noche callada
(2) Aurelio Arturo, Rapsodia de Saulo
(3) Aurelio Arturo, Rapsodia de Saulo
(4) Aurelio Arturo, Rapsodia de Saulo
(5) Aurelio Arturo, Rapsodia de Saulo
(6) Aurelio Arturo, Rapsodia de Saulo

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