El agua aborrascada vino en pleno día

Para aposentarse en nuestras casas

Como dueña súbita que entra mirando los trastos

Con rabia y desprecio,

Trastos de pobres:

Atarrayas rotas y faltas de pesos,

Chinchorros desleídos por el sudor,

Camas mordidas cien veces por el agua,

Colchones laminados por el peso de nuestros cuerpos,

Taburetes taimados, sabios de tanto sobrevivir,

Ollas y calderos resplandecientes.

Dio vueltas por las calles y los patios

Limpiándolos de llantas y materas,

Puso sitio a gallinas y puercos,

Amenazó a los perros,

Dispersó al burro y al caballo

Riéndose de las marramuncias que había hecho

Con las sementeras de maíz, arroz y plátano.

La recibimos como nuestra dueña,

Conocida comadre de grandes aspavientos

Que lamía las cañabravas de las paredes del rancho

Un año sí y el otro también,

Pero está vez, por nuestra incuria,

Era una vieja furiosa de anchas caderas,

Abultada pollera, grandes pechos,

Voz ancha y honda.

Por nuestro descuido se nos metió la señora agua,

Nos rompió los muritos,

Barrió los diques,

Se llevó los puentecitos.

Incuriosos nosotros

Que no habíamos sabido poner en orden

Nuestros problemas:

Las perrerías del alcalde con las partidas,

Las marranadas del gobernador con los auxilios,

Las bestialidades del presidente con el presupuesto.

Descuidados en los días de holganza,

De nuestra incuria nos quejamos,

Sin haberle puesto trompero

A la piara de los concejos,

Sin haber herrado

La manada de las Asambleas,

Sin haber empotrerado

Las bestias –de silla y carga- de los Congresos,

Sin haber echado los monstruos vesánicos

De los banqueros.

Ahora, compañero, compadre, compita

Cuánto laboreo para nuestras atarrayas:

Primero, orearlas,

Segundo, remendarlas,

Tercero, llevarlas a las canoas,

Cuarto, lanzarlas al agua crecida,

Que como es sabido riega el pescado

A las ciénagas y a los montes.

Ahora, compadre, compañerito:

Cuánto trabajo para nuestras machetas

Cuando al fin –siempre hay un al fin- bajen las aguas,

Cortar madera y cañabrava para los ranchos,

Desmatonar los potreros,

Tumbar los rastrojos.

Ahora, recuérdelo mi pariente,

Por nuestra desidia,

Cuánto que hacer,

Cuánto que volver a hacer,

Cuánto que deshacer

En las tierras bajo y sobre la señora agua.

En tanto se secan las tierras

Por la brava luna del sol,

Por nuestra incuria,

Cuánto trabajo para nuestras atarrayas.

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