Gustavo Quesada, Bogotá, julio 15 de 2019
El 26 de mayo de 1816, Pablo Morillo entró triunfante a Santa Fe de Bogotá, luego de una campaña militar relámpago, a lo largo de la cual sometió las costas y el norte de Venezuela, sitió y doblegó a Cartagena y reconquistó todo el norte y el centro de la Nueva Granada hasta Santa Fe de Bogotá. Juan Sámano, desde el sur, tomó a Popayán y avanzó triunfante para arribar a la misma capital en octubre de ese mismo año. La revolución estaba derrotada: desaparecieron las federaciones del Nuevo Reino de Granada y la Capitanía General de Venezuela. Paralelamente se inició la política del terror. Nunca se sabrá el total de ajusticiados, aunque casi toda la generación de hombres y mujeres que en La Nueva Granada proclamó las Juntas de Gobierno, la Independencia y las primeras constituciones, fue ejecutada entre 1815 y 1817. Pablo Morillo y Juan Sámano estaban dispuestos a borrar de la memoria, no solo a los protagonistas de las primeras repúblicas sino incluso los documentos de sus ejecutorias políticas, que fueron incinerados, al estilo de la Inquisición, en la Plaza Mayor (hoy Plaza de Bolívar), según el Diario de la Independencia de José María Caballero, en octubre de 1816.
Solo la provincia del Casanare, que abarcaba los actuales departamentos de Arauca, Casanare, Meta y Vichada, la vertiente septentrional de nuestra Orinoquia, continuó siendo libre. Desde el 13 de septiembre de 1810 en Pore, su capital, los casanareños erigieron una Junta de Gobierno y adhirieron al Gobierno de las Provincias Unidas. Allí, con el empuje de fray Ignacio Mariño y de jefes guerrilleros, diestros en la guerra irregular, pero díscolos y caudillistas, como Ramón Nonato Pérez, Francisco Olmedilla, Juan Nepomuceno Moreno y Juan de Galea, sin olvidar a Juana Béjar, se mantuvo encendida la llama de la revolución. Hacia esta provincia emigraron en 1816, primero, el general Rafael Urdaneta nombrado jefe de la provincia por Camilo Torres, y luego, Manuel Serviez y Francisco de Paula Santander, desobedeciendo las órdenes del presidente José Fernández Madrid, quien sucedió en la presidencia a Camilo Torres, de marchar hacia Popayán, donde hubieran sido capturados y fusilados. Además, estaba en el aire el compromiso de José Fernández Madrid y el Congreso de la Federación de capitular ante Pablo Morillo, a lo que estos dos militares dignamente no accedieron.
En la provincia del Casanare, en Arauquita, una reunión de los militares refugiados nombró en 1816 a Fernando Serrano como presidente, a Santander como jefe militar y a Urdaneta y Serviez como consejeros. Era el modo de mantener un mínimo gobierno de los insurgentes. José Antonio Páez desconoció este acuerdo y se impuso como jefe político y militar, valido de su prestigio ante los llaneros. Santander, en medio de estas difíciles circunstancias, poco tiempo después, viajó a encontrarse con Bolívar en Barcelona (Venezuela), para apoyarlo en su intento de recapturar a Caracas.
Mientras esto acontecía en la provincia del Casanare, Simón Bolívar, en su cuarto intento por ganar la guerra en la Capitanía General de Venezuela, negoció con Santiago Mariño, Francisco Bermúdez y Manuel Piar, caudillos patriotas que controlaban el oriente venezolano y que no lo aceptaban como jefe. Resuelta transitoriamente esta disensión, se tomó la ciudad de Angostura (hoy ciudad Bolívar) y todo el cauce del río Orinoco, zona estratégica que le permitió la salida y el abasto por el Atlántico, a la vez que le facilitó las comunicaciones con Barinas, Apure y el Casanare. En esta ciudad el Libertador en 1818 creo un gobierno provisional dotado de Consejo de Estado, Corte de Justicia y él como Jefe Supremo y Capitán General de los ejércitos; fundó el Correo del Orinoco y envió a Santander de nuevo al Casanare a fines de 1818, en calidad de General de Brigada con autoridad sobre todo el ejército, desplazando a Páez. Igualmente convocó a elecciones para el Congreso que sesionaría en febrero de 1819 en Angostura. En estas elecciones participaron todas las provincias libres incluida la del Casanare.
Vuelto al Casanare, con autoridad y ya conocedor del territorio y de sus hombres, Santander unió los jefes guerrilleros, organizó y disciplinó a las tropas irregulares, en su gran mayoría indígenas y mestizos, convirtiéndolas en ejército regular; nombró a Juan Nepomuceno Moreno como gobernador y jefe civil (¿presidente?), acuñó una moneda, de circulación restringida, con la plata de las iglesias y promulgó la conocida Proclama de Pore del 18 de diciembre de 1818 (todavía en discusión) que dio bases políticas y principios constitucionales al ejército granadino. Con este ejército enfrentó a José María Barreiro, quien tenía órdenes, del ahora Virrey Juan Sámano, de descender al Casanare y aniquilar la resistencia de los casanareños a sangre y fuego. Entre el 3 y el 24 de abril de 1819 Santander eludió una confrontación abierta con el general español y por el contrario lo sometió a una guerra de desgaste. La población abandonó los pueblos y los cultivos. Como consecuencia, los soldados de Barreiro no consiguieron comida, muchos enfermaron o desertaron y sus caballos murieron, mientras los patriotas los acosaban y luego se difuminaban en las inmensas llanuras, los esteros y los morichales. José María Barreiro, se vio obligado a retroceder a la provincia de Tunja, para fortificar los pasos de la cordillera que pudieran servir de rutas a los patriotas para invadir el centro de la Nueva Granada, en donde la población respaldaba a soto voce, la Independencia y a las guerrillas de Coromoro y los Almeida que no daban tregua a los españoles. La retirada de Barreiro dejó libres las llanuras de la Nueva Granada y Venezuela. Un gigantesco territorio entre los Llanos de Venezuela y los Llanos de la Nueva Granada, estaba liberado a comienzos de 1819. La organización política de 1818 hecha por Bolívar en Venezuela y por Santander en el Casanare, la instalación del Congreso de Angostura, la férrea unidad política y militar de todos los insurgentes y el fracaso de comienzos del 19, de Barreiro, fueron pivotes que facilitaron la Campaña Libertadora.
Entre el 23 de mayo de 1819 cuando en la aldea de Setenta, en las márgenes del río Apure, Bolívar y su Estado Mayor decidieron suspender la guerra en Venezuela -que iban perdiendo otra vez- e invadir la Nueva Granada, y el 20 de septiembre de ese mismo año, cuando, ya victorioso, partió para Angostura y dejó a Francisco de Paula Santander como vicepresidente, pasaron apenas 111 días de una acción revolucionaria, que transformó una derrota grave en una victoria definitiva. “Hay días que concentran años”. El ejército patriota, entre junio y julio de 1819, cruzó los llanos inundados, los ríos que bajaban tormentosos de la cordillera, ingresó desde Apure al Casanare (4 de junio), trepó el Páramo de Pisba (4-9 de julio), derrotó a Barreiro en el Pantano de Vargas (25 de julio) y en el Puente de Boyacá (7 de agosto) e ingresó triunfante a Santa Fe de Bogotá el 10 de agosto de 1819. Un día antes el virrey Sámano y sus conmilitones, aterrados, pusieron pies en polvorosa. De ahí en adelante, el desarrollo del Congreso Angostura y la creación de Colombia (17 de diciembre de 1819), el Congreso y la Constitución de Cúcuta (1821), las batallas de Carabobo (1821), Pichincha (1822), Junín (1824) y Ayacucho (1824), fueron la lógica consecuencia de una revolución popular triunfante y con unos objetivos políticamente definidos.
Esta epopeya militar fue grandiosa y es justo conmemorarla. Pero vayamos despacio. Primero que todo fue el resultado de la constancia revolucionaria, que se mantuvo desde 1810 y que logró deslindar a Colombia de España en la conciencia de los granadinos. “La opinión era toda su fuerza” y “esa opinión está rota” (Carta de Jamaica, 1815) diría Bolívar refiriéndose a la identidad de los criollos con España. Pero además fue posible gracias a varios factores: 1. La política de terror de Pablo Morillo que lo enfrentó a la mayoría de la población granadina. 2. La unidad político militar de los insurgentes ya descrita y el establecimiento desde febrero de 1819 del Congreso de Angostura que asumió la estrategia política de darle forma soberana y republicana a Colombia. 3. La creación de un ejército profesional, por Bolívar y Santander, con el apoyo y la experiencia de la Legión Británica. 4. La política de Inglaterra, a la que, derrotado Napoleón, ya no le interesaba la alianza con España y prestó auxilio a los insurgentes. 5. La opinión pública internacional favorable, lograda, en gran medida, por El Correo del Orinoco, periódico que leía con fervor la intelectualidad progresista de Europa, derrotada, luego de la caída definitiva de Napoleón. 6. La construcción de un frente político-militar que permitió unir a todos los interesados en independizarse de España, sin importar la etnia, la clase o la función social. 7. El apoyo popular. Si bien el pueblo respaldó las Juntas de Gobierno, las proclamas de la independencia de sus provincias y las constituciones desde 1810, es solo después de 1816, cuando esta actitud se convirtió en masiva. El pueblo organizó guerrillas, se enroló en el ejército, entregó sus hijos, aportó dinero, caballos, ganado, ropas, alimentos e información. Papel notable jugaron los curas y las mujeres. En pocas palabras la Guerra de Independencia, relativamente marginal entre 1810 y 1816, de ahí en adelante se convirtió en una guerra de la mayoría. Por ejemplo, en la batalla de Charalá o de Pienta, el 4 de agosto de 1819, los vecinos de esta villa impidieron con piedras, palos, garrotes y lanzas el paso de los 800 hombres, bien armados, del realista Lucas González, llamado con urgencia por Barreiro, ya derrotado en el Pantano de Vargas, para reforzar su propio ejército supremamente menguado y desmoralizado. Esta masacre, más que batalla, que duró 4 días, le costó a los charaleños la destrucción de la villa y más 300 muertos. Pero gracias a ella Barreiro no tuvo refuerzos en la batalla del Puente de Boyacá. Podríamos citar miles de ejemplos: el ejército de indios y mestizos del Casanare, el reclutamiento voluntario de centenares de campesinos boyacenses, el auxilio de las partidas de irregulares que en diferentes lugares desarticularon las tropas de los realistas, etc.
Por estas calendas, cuando conmemoramos el Bicentenario de la Independencia y nos preguntamos por su importancia y significado, hay algo que debemos asimilar de los hombres y mujeres que nos dieron la Independencia: si queremos que algún día se concentren años en la lucha por reconquistar nuestra emancipación nacional y social y nuestra soberanía, debemos emular su constancia, la política de frente y el logro de la participación popular. Recuperar la soberanía, que nos legaron nuestros antepasados entre 1810 y 1824, es el gran mandato histórico de la conmemoración de este Bicentenario.