El presidente Uribe y su ministro Botero no han cumplido aún con el acto obligatorio de sinceridad de informarle al país cuáles actividades económicas o sectores de producción de nuestro país van a desaparecer bajo el TLC, cuáles van a ser duramente golpeados, cuáles van a poder defenderse y cuáles se van a beneficiar. Ellos se han limitado a decir que ese salto al vacío nos va a convertir en el país de Jauja, y a repetir el argumento simplista y no aplicable de que otros lo han hecho así y de que eso les ha traído ríos de leche y miel.
Ellos y sus “asesores” no saben quizás que por siglos Inglaterra, por ejemplo, les ha dado “libre” acceso a su rico mercado interno a Nigeria, Sudán, Gana y todas sus colonias y antiguas colonias africanas y asiáticas, y de que éstas siguieron y siguen siendo países paupérrimos. Tal parece que sus “asesores” les han dicho que los colombianos tenemos muy pocas entendederas.
En esta columna conocemos bien la economía colombiana, y especialmente la industria colombiana, en cuyas fábricas hemos trabajado hace casi medio siglo. Por eso nos permitimos hacerle ver, respetuosamente, el gobierno, que el TLC va a acabar (más pronto o más tarde) con los cultivos colombianos de trigo, cebada, maíz, soya y sorgo; y a poner en serio peligro de desaparecer al algodón, al arroz, a los cítricos, al tabaco, a las oleaginosas y a las fábricas de aceites vegetales.
Es cierto que seguramente va a beneficiar a los ingenios azucareros, destilerías de alcohol, fábricas de conservas de frutas, y manufacturas de cacao. Dice el ministro Botero que también va a beneficiar a las industrias lácteas y a las de carnes y sus conservas. Pero él olvida que esos dos sectores son muy pequeños y que la ganadería colombiana es muy ineficiente (salvo unos pocos ganaderos).
Es cierto también que van a beneficiarse los productos de cultivos permanentes, como el cacao, los frutales tropicales, la palma africana, el banano y el plátano; así como algunas industrias intensivas en mano de obra calificada como la llamada carpintería en acero inoxidable, y la de aparatos eléctricos de potencia. Pero los beneficiados son muchos menos en número y los perjudicados son sectores más grandes, más importantes y más lesionados.
Van a ser duramente golpeados varios renglones industriales: (1) los que tienen un bajo porcentaje de valor agregado nacional (productos de caucho, resinas poliméricas, varios grupos metalmecánicos, varias molineras de trigo, ensamble automotriz, por ejemplo; (2) los que tienen un alto punto de equilibrio en términos de capacidad (numerosas fábricas de manufacturas plásticas, numerosas de confecciones, varias ramas de metal mecánicas); (3) los renglones poco automatizados (buena parte de las curtimbres, casi todas las manufacturas de madera); (4) los que tienen baja productividad por hombre-hora frente a EE.UU. (vestuario, calzado, alimentos ready-made, las medianas químicas con procesos “batch”, la mayoría de las paraquímicas medianas y pequeñas); (5) los que son intensivos en capital y muy sensibles a economías de escala (pulpa y papel, fibras sintéticas, fertilizantes nitrogenados, productos químicos para industria). Una o dos siderúrgicas se cerrarán.
Se beneficiarán los sectores que ya son buenos exportadores (cemento, hilanderías y tejedurías de algodón, pesca marítima). Y podrán sostenerse, sin beneficio pero sin graves perjuicios, los productos agrícolas que EE.UU. no produce; los productos vegetales en conserva, las conservas marinas, las de productos de alta relación de volumen a precio unitario (como vidrio hueco y prensado, muebles de madera, ácidos inorgánicos). Ojalá nos equivoquemos, pero el resultado neto de toda esta aventura va a ser el complemento que faltaba a los daños inmensos que sufrió el país con la “apertura importadora” de Gaviria, que recomendaron los mismos “asesores” de ahora.