La ciencia consiste en un conjunto de prácticas, tales como contrastar hipótesis, realizar experimentos, proponer explicaciones o construir modelos y teorías. La teorización consta a su vez de otras prácticas, como la conceptualización, o la acuñación de nuevos conceptos. Con ellos, los científicos formulan leyes, y combinando leyes generan teorías, que pueden ser aglutinadas en grupos de teorías o disciplinas científicas. Por ejemplo, con los conceptos de masa, fuerza, atracción y distancia se formula la famosa ley de la gravitación de Newton: «Cualesquiera dos partículas se atraen con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de su distancia». Esta ley se combina con otras, como la no menos famosa «F=m.a », conformando la mecánica clásica, una de las teorías mecánicas dentro de la física. Los conceptos científicos son, por así decir, donde todo empieza.
Usamos los conceptos en nuestra representación del mundo y en la comunicación con los demás. Tienen que ver, por tanto, con nuestras representaciones mentales y con el lenguaje, pero no son ni entidades mentales subjetivas, ni entidades lingüísticas. Tomemos el concepto ordinario de montaña. Dicho concepto no es la palabra española «montaña», ni la inglesa «mountain», ni ningún otro vocablo; es lo que todas esas palabras sinónimas significan. Tampoco constituye una representación mental subjetiva. Cuando dos personas entienden la oración «José subió la montaña», sus imágenes mentales difieren, mientras que lo que entienden ambos, el contenido de la frase, del cual montaña forma parte, es lo mismo. Los conceptos corresponden, pues, a lo expresado por ciertas palabras y captado por la mente.
Resulta esencial distinguir también entre conceptos y propiedades en el mundo (como la de ser tigre, agua u oro). Los primeros no pueden identificarse con las segundas, pues puede haber conceptos a los que no corresponde ninguna propiedad en el mundo (pensemos en minotauro o flogisto). Un problema filosófico interesante consiste en averiguar cómo las teorías científicas que usan conceptos que no corresponden a nada en el mundo (flogisto, calórico, éter) pueden tener éxito predictivo.
Los conceptos vienen a ser, pues, «la idea» que expresan los términos conceptuales con significado. Es muy difícil caracterizar esa entidad. Los filósofos no se ponen de acuerdo, más allá de que no es meramente lingüística ni subjetiva. Pero, para lo que sigue, nos bastará con esta noción general de concepto como la idea de la propiedad que existiría en el mundo, caso de referir el término conceptual a una propiedad del mundo.
Lo dicho hasta aquí se aplica a todos los conceptos, incluidos los científicos. A diferencia de los ordinarios, los conceptos científicos se distinguen por una gran precisión. Casi todos los conceptos ordinarios son vagos: si bien presentas casos claros de aplicación y de no aplicación, su uso no siempre queda claro (¿cuánto pelo debe faltarle a alguien para que podamos considerarlo calvo?). Para la mayoría de los fines cotidianos, la vaguedad no es mala. Sí lo es, en cambio, para la ciencia, cuyas finalidades (como diseñar satélites o medicinas) requieren un altísimo grado de precisión. Por eso los científicos acuñan conceptos más precisos que los ordinarios.
Existen tres tipos principales de conceptos científicos: clasificatorios, comparativos y métricos, progresivamente más precisos. Los conceptos clasificatorios (mamífero, nitrato, conífera) son propios de las ciencias clasificatorias o taxonómicas, como ciertas ramas de la química, la botánica o la mineralogía. Las ciencias taxonómicas no acuñan conceptos clasificatorios sueltos, sino en familias: las clasificaciones. Una clasificación es una colección de conceptos que, aplicados a cierto conjunto de objetos, lo divide en grupos o taxones. Por ejemplo, la clasificación «mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces» divide al conjunto de los vertebrados en cinco taxones. Para que una familia de conceptos constituya una buena clasificación ha de generar una partición del conjunto inicial: todo individuo ha de pertenecer a algún taxón, ningún individuo puede hallarse en dos taxones y no puede haber ningún taxón vacío.
Las ciencias taxonómicas más interesantes no presentan una única clasificación, sino varias sucesivas tales que unas refinan a otras. Los seres vivos se clasifican en hongos, animales, plantas y protistas. A su vez, los animales se clasifican en protozoos, poríferos, celenterados… Y así sucesivamente. Estas series de clasificaciones son las jerarquías taxonómicas. Por otro lado, cada clasificación se realiza atendiendo a cierto criterio (el que expresan los criterios clasificatorios que conforman la clasificación), y diferentes criterios (morfológicos, funcionales, etcétera) pueden dar lugar a distintas clasificaciones. Determinar cuál es el mejor criterio para clasificar un conjunto de objetos constituye uno de los problemas más importantes, y filosóficamente más interesantes, de las ciencias taxonómicas.
Las clasificaciones son óptimas para conceptualizar propiedades del tipo «todo o nada». Un animal es tigre o no; una planta es conífera o no lo es (un animal no es más, o menos, tigre que otro, ni una planta más, o menos conífera que otra). Pero no todas las propiedades del mundo son de este tipo. La masa no es una propiedad de «todo o nada», sino gradual: dados dos cuerpos con masa, tiene sentido decir que uno tiene más, o menos, o igual, masa que el otro. Lo mismo sucede con la longitud, la temperatura, la densidad y muchas otras. Obviamente, las clasificaciones no son óptimas para conceptualizar propiedades graduales. Para ello necesitamos conceptos comparativos.
Conceptos comparativos permiten ordenar los objetos de un cierto conjunto según el grado en que estos tienen una propiedad, y lo hacen atendiendo a cierto criterio de comparación. El criterio comparativo permite determinar, para dos objetos cualesquiera dentro del conjunto, cuál de ellos posee la propiedad en mayor grado, o si ese grado es el mismo para ambos. Un concepto comparativo, masa, para la masa podría ser el siguiente: x es tan o más masivo que y si y solo si, al colocarlos en los platos de una balanza, el plato de y no desciende respecto del de x. Un concepto comparativo, temp, para la temperatura, podría formularse así: x es tan o más caliente que y si y solo si, pasando un tubo con mercurio de x a y la columna de mercurio no asciende. Y análogamente para las otras propiedades como la longitud, la densidad o la dureza.
Para una propiedad gradual puede haber más de un procedimiento de comparación. Así, también pueden compararse masas de este otro modo: x es tan o más masivo que y si suspendiendo x de un muelle y sustituyéndolo después por y, el muelle no desciende. Este no es el concepto anterior, masa, sino otro diferente, masa*. Un problema filosófico interesante consiste en determinar cuándo dos conceptos comparativos conceptualizan la misma propiedad. Otro, hallar la forma de generalizar un concepto para objetos no comparables mediante un procedimiento dado (¿Cómo podemos ordenar, por masa, planetas o átomos, objetos que no podemos poner en balanzas ni muelles?).
Los conceptos comparativos son óptimos para conceptualizar cualitativamente las propiedades graduales. Sin embargo, se les escapa algo. Supongamos que tengo en mi mesa un libro, tres lápices (idénticos) y cinco bolígrafos (idénticos), y que los comparo mediante una balanza. El libro tiene más masa que un lápiz o un bolígrafo, un bolígrafo más que un lápiz, los lápices son igual de masivos entre sí, y los bolígrafos también. Eso es todo lo que podemos decir con nuestro concepto comparativo. No obstante, hay una diferencia cuantitativa que se nos escapa: dos lápices juntos, por ejemplo, equilibran un bolígrafo, pero necesito ciento cincuenta bolígrafos para equilibrar el libro. El libro es mucho más masivo respecto del bolígrafo, de lo que el bolígrafo es respecto del lápiz. Para capturar estas diferencias en el grado en que se tiene una propiedad gradual, los científicos acuñan conceptos cuantitativos o métricos.
Los conceptos métricos son los más precisos y útiles, pero también los más complejos. Asignan a los objetos números que representan el grado en que cada objeto tiene la propiedad. Un concepto métrico de masa puede asignar al libro el número 600, a cada bolígrafo el 40 y a cada lápiz el 20; otro puede asignar al libro 0,6, a cada bolígrafo 0,04 y a cada lápiz 0,02. Existen varias asignaciones posibles, y cada sistema de asignación corresponde a una escala. En nuestro ejemplo, la primera asignación se hace en la escala de gramos y la segunda en la de kilogramos. Y hay otras muchas, como la escala de libras o la de onzas.
Asimismo, debe cumplirse cierta condición: si un objeto tiene la propiedad en mayor o igual grado que otro, cualquier escala aceptable debe asignar al primero un número mayor o igual que al segundo. Es decir, las asignaciones numéricas deben preservar el ordenamiento cualitativo. Esto es así para todas las escalas. Sin embargo, algunas especialmente útiles cumplen condiciones adicionales. Pongamos que un libro se equilibra con ciento cincuenta bolígrafos y un bolígrafo con 2 lápices. En este caso, el número asignado a cada bolígrafo ha de ser el doble del asignado a cada lápiz, y el asignado a cada libro 150 veces el de cada bolígrafo. Las escalas de este tipo (como las de masa, longitud y otras) se llaman proporcionales, y son las más útiles para la ciencia.
Pero no todas las propiedades graduales pueden medirse mediante escalas proporcionales. La temperatura termométrica, por ejemplo, se mide con otro tipo de asignaciones, menos útiles que las proporcionales: nos referimos a las escalas de intervalos. La teoría de la medición explica cómo es posible que entidades matemáticas como los números se apliquen a la realidad física, cómo es posible medir una propiedad con uno u otro tipo de escala y en qué sentido unas escalas resultan más útiles que otras.
Los conceptos cuantitativos o métricos constituyen el máximo grado de conceptualización de la naturaleza. Gracias a ellos, las teorías que los usan pueden disponer de todo el rigor y la potencia del aparato matemático, logrando así un asombroso grado de precisión, tanto en sus formulaciones teóricas como en sus predicciones y aplicaciones prácticas. Por ello la matematización de una disciplina es el ideal al que todo científico secreta aspira, y su logro representa un paso de gigante en las capacidades teóricas y prácticas de la misma. Estos conceptos, con los que culmina la capacidad conceptualizadora de la ciencia, son los que Galileo tiene en mente cuando escribe: «Este libro abierto ante nuestros ojos, el universo, […] está escrito en caracteres matemáticos […] sin los cuales es imposible entender una palabra, sin ellos es como adentrarse vanamente por un oscuro laberinto» (Opere VI, 232).
*José Díez es profesor de filosofía de la ciencia en la Universidad de Barcelona.