I
La ciencia es el camino más expedito que tiene el hombre para alcanzar un conocimiento objetivo de la realidad material que lo rodea. La objetividad lograda en dicho conocimiento previene al pensamiento de la tentación de pretender ir más allá de la verdad científica, buscando inexistentes principios metafísicos “superiores”. Sin el recurso de la objetividad es imposible obtener un conocimiento fidedigno de las leyes que gobiernan el comportamiento de los fenómenos naturales y sociales. Además, se haría imposible cualquier forma de aplicación práctica de los conocimientos logrados.
La peligrosa moda del relativismo filosófico reniega del principio de objetividad al sostener, por ejemplo, que en el ámbito de la ciencia cualquier explicación es válida. Valga el caso del físico y filósofo Paul Feyerabend para quien las proposiciones “la Tierra gira alrededor del Sol” y “la Tierra es una esfera hueca que contiene el Sol, los planetas y las estrellas fijas”, tienen el mismo grado de validez. Como para esta forma de relativismo no hay “estándares objetivos y universales”, entonces, “todo vale por igual: la filantropía y el canibalismo, la ciencia y la magia, tu virtud y mi vicio” ha escrito el físico y epistemólogo argentino Mario Bunge. A estas alturas del siglo XXI el pensamiento racional aún tiene que vérselas con un nuevo tipo de oscurantismo el cual, adoptando formas sutiles y engañosas, valiéndose de un complicado lenguaje filosófico barnizado con algunos conceptos científicos, a veces distorsionados, adelanta desde el siglo pasado una cruzada en contra de la ciencia.
Los científicos indagan acerca de las causas de los fenómenos naturales valiéndose del siempre renovado método científico, apoyándose en el formalismo matemático, planteando teorías, concatenando observaciones y diseñando experimentos que terminan por respaldar o rechazar una hipótesis, en fin, haciendo lo que sea necesario para transitar por camino seguro hacia la verdad científica. La evolución de la ciencia ha permitido explicar cada vez una mayor cantidad de fenómenos con más precisión, es decir, con profundidad creciente: en la década de los años 1950 James Watson, Francis Crick, Maurice Wilkins y Rosalind Franklin descubrieron la estructura en doble hélice del ácido desoxirribonucleico (ADN) y desde entonces cada día se profundiza más y más en el conocimiento de su compleja estructura y función genética.
La ciencia es la forma más elaborada de organización de los conocimientos que la humanidad, a lo largo de su desarrollo histórico, ha venido acumulando sobre el funcionamiento de la naturaleza y la sociedad. La validez de sus hipótesis y teorías no dependen de la fe o de la autoridad de un individuo, sino del veredicto de la práctica experimental, de su relación con los hechos: fue el experimento de Joseph John Thomson cuando descubrió el electrón el que desmoronó la milenaria creencia de la indivisibilidad del átomo; fue el experimento bien hecho el que definió que los neutrinos no viajan más rápido que la luz y también fue con el experimento como se demostró la existencia del bosón de Higgs.
La ciencia es un camino para desechar prejuicios y supersticiones, para lograr una visión racional de los fenómenos que suceden en el mundo natural y social. Esto hace parte de su grandeza. No importa que a veces sus aplicaciones tecnológicas entren en contradicción con la dignidad humana, como cuando la bomba atómica fue dejada caer sobre Hiroshima y Nagasaki. La culpa no está en el conocimiento científico, recae en la forma de organización social que tiene la humanidad.
El conocimiento científico hace rato se convirtió en palanca fundamental para el desarrollo y progreso de las naciones. Los países del Tercer Mundo ven con pavor la manera acelerada como la brecha científica y tecnológica se amplía y profundiza respecto de los que pertenecen al Primer Mundo, desde donde se escuchan recomendaciones que sugieren que Colombia debe dedicarse a lo que sabe hacer bien, pero no cometer el error de tratar de incursionar en temas más sofisticados en los cuales no tiene ninguna oportunidad; que lo único que debe hacer es leer y tratar de entender la ciencia que en otros países se está haciendo y vender a las metrópolis aquellos recursos naturales (hoy los mineros) que le permitan comprar, ya elaborada, toda la tecnología que necesita.
Esas tesis han encontrado abyecto eco en los Gobiernos que hemos tenido que padecer, que han definido que no vale la pena que en Colombia se haga un esfuerzo importante para crear una capacidad propia de producción de ciencia y tecnología, que lo mejor que podemos hacer es dejar esos temas a los países desarrollados. Las políticas económicas neoliberales que han aplicado los gobernantes de estas tierras, han terminado por llevar a la nación al abismo del saber.
Científicos como el neurobiólogo Rodolfo Llinás han reclamado del gobierno colombiano darle a la ciencia y la tecnología la importancia necesaria para contribuir a mejorar el bienestar de las gentes del país. Con claridad el doctor Llinás ha señalado: “Colombia no está dando todo lo que puede dar desde el punto de vista humano. Definitivamente nuestros artistas son fantásticos, nuestros escritores son fantásticos, pero nuestros científicos no pueden ser fantásticos. No porque falte capacidad, sino porque simplemente no existe el interés ni la voluntad social y política necesaria para sostener un eje científico fuerte”.
Los centros de poder mundial han decidido condenarnos, por ahora, a cien años de soledad científica y tecnológica. Para lograrlo necesitan debilitar al máximo nuestra soberanía nacional y arrasar con la débil estructura industrial y agropecuaria, objetivos que están alcanzando desde que se inició lo que se conoce como la apertura económica y que se ha profundizado con los tratados de libre comercio negociados con Estados Unidos y la Unión Europea, amén de los TLC con Canadá, Corea del Sur y otros países. En las condiciones de diseño de un país atrasado, dedicado únicamente a la producción de bienes primarios, como los mineros, no hay necesidad de una educación que imparta una enseñanza científica, que garantice la formación de profesionales y científicos de primerísima calidad. Se explica entonces, lo que en su momento expresó Marco Palacios cuando era rector de la Universidad Nacional: “Quizás estemos enseñando demasiado, entregando un profesional que supera los requerimientos del mercado”.
II
Ante las preguntas ¿son las teorías científicas una descripción aproximadamente fiel de la realidad material?, ¿tiene la ciencia la misma capacidad explicativa que el mito?, ¿existe la realidad independientemente de la conciencia o es una proyección de ésta?, ¿cómo logramos saber que una teoría científica es falsa o verdadera? los defensores del relativismo epistémico han dado respuestas que hacen parte del credo posmodernista y con las cuales pretenden socavar la legitimidad del conocimiento científico.
El significado más común de la palabra relativismo tiene que ver con la afirmación de que se puede atribuir un peso o valor equivalente a cualquier explicación posible, pues no existe un criterio objetivamente válido para decidir cuál de todas las opciones es la verdadera ya que toda afirmación depende de las condiciones o contextos de la persona o grupo que la afirma. El relativismo epistémico considera que la ciencia no es más que un “mito”, una “narración” o una “construcción social”. La ciencia es uno de los tantos mitos culturales, no más verdadero ni válido que los mitos de cualquier otra cultura; por ejemplo, la ciencia sostiene que los indígenas americanos proceden de Asia, mientras que una creencia nativista dice que surgieron a la superficie de un hueco situado en el interior de la Tierra. Objetivamente una de las dos tesis tiene que ser falsa. Para evitar la contradicción el arqueólogo británico Roger Anyon, quien durante años estuvo estudiando al pueblo zuni que habita en Nuevo México (Estados Unidos), encuentra esta curiosa vía intermedia: “La ciencia es una manera, una entre muchas, de conocer el mundo… La visión de los zuni es tan válida como la que la arqueología nos propone sobre el pasado prehistórico”. Esta forma de anarquismo filosófico permite que el inicialmente citado Feyerabend, en su tratado Contra el método, plantee esta barbaridad: “Mientras los padres de un niño pueden escoger entre educarlo en el protestantismo, en la fe judía, o suprimir toda instrucción religiosa, no gozan de la misma libertad en el caso de las ciencias, pues resulta obligatorio aprender física, astronomía e historia”. Aceptar esta fórmula implica, ni más ni menos, que se podría implementar un sistema educativo con un currículo donde los conocimientos de la astronomía podrían reemplazarse por las ficciones de la astrología; donde el maestro que quisiera enseñar sobre el origen del hombre escogería uno de entre los miles de mitos que sobre el tema existen y desechar los conocimientos logrados por la investigación paleontológica.
Como para el posmodernismo todos los puntos de vista son válidos y deben ser respetados, entonces la afirmación de que el holocausto nazi haya ocurrido es una cuestión de creencia personal; o deben tener la misma validez las investigaciones de la astronomía sobre la formación de la Vía Láctea y el relato mítico griego que dice que la galaxia se originó cuando sobre el firmamento se derramó leche de uno de los senos de Hera, la mujer de Zeus; o a la teoría del diseño inteligente se le debe dar la misma respetabilidad que a la teoría de la evolución darwiniana.
Alan Sokal y Jean Bricmont en su magnífico libro Imposturas Intelectuales definen el posmodernismo como “una corriente intelectual caracterizada por el rechazo más o menos explícito de la tradición racionalista de la Ilustración, por elaboraciones teóricas desconectadas de cualquier prueba empírica, y por un relativismo cognitivo y cultural que considera que la ciencia no es nada más que una “narración”, un “mito” o una construcción social”.
Algunos de los exponentes más destacados del pensamiento posmodernista han pregonado ideas tan absurdas como el “fin de la historia” supuesto por Francis Fukuyama; la negación de la posibilidad del pensamiento humano para lograr una explicación objetiva de la realidad; idioteces como la de Jaques Lacan de hacer equivalente la erección del miembro sexual masculino a la raíz cuadrada de menos uno, o sea un número imaginario; a tratar de establecer una relación entre el lenguaje poético y la teoría matemática de conjuntos, como era la pretensión de Julia Kristeva; a calificar ese monumento científico de la Física, los Principia, escrito por Newton, como poco más que un manual de destrucción lleno de metáforas del científico macho invadiendo y desgarrando en pedazos la naturaleza, como piensa Sandra Harding; a plantearse la pregunta de si la más famosa ecuación de la física (E=mc2) “es sexuada”, como lo cree Luce Irigaray, quien dice que sí, pues la ecuación privilegia “lo que camina más aprisa”. Por su parte Bruno Latour, al conocer la noticia de que Ramsés II pudo haber muerto por tuberculosis hacia el año 1213 a.C., comentó que le parecía un anacronismo que al Faraón lo hubiera matado una bacteria que fue descubierta por Robert Koch en 1882 y llegó al extremo de afirmar que “antes de Koch, el bacilo no tiene existencia real”. Para el oscurantismo posmoderno el mundo exterior es una consecuencia del trabajo científico, no su causa. Si se siguiera esa lógica entonces tendríamos que aceptar que la radiación cósmica de fondo (el “eco” del big bang de hace 14.000 millones de años) solamente existe desde 1965 cuando fue descubierta por Arno Penzias y Robert Wilson; que los elementos químicos cumplen la ley de la periodicidad únicamente a partir de cuando Mendeleiev los organizó en su tabla periódica; que los electrones existen desde 1897 cuando J.J. Thomson los descubrió en el Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge, que la ley de la selección natural únicamente funciona desde cuando la propuso Charles Darwin en su libro El Origen de las Especies. A estos y otros absurdos se llega cuando se aceptan todos esos irracionales argumentos. Con razón Mario Bunge sostiene que los militantes de la escuela posmoderna francesa “eran los mayores exportadores de basura intelectual del mundo”.
Para el posmodernismo la realidad física es en el fondo una construcción lingüística y social, la realidad es una proyección de la conciencia, los objetos no están presentes en el mundo sino que son constructos mentales. Esta concepción hunde sus raíces en el idealismo de Platón donde el conocimiento es un asunto de la razón, no de la experiencia: “La razón utilizada de forma debida, conduce a ideas que son ciertas y los objetos de esas ideas racionales son los universales verdaderos, las formas eternas o sustancias que constituyen el mundo real”. También se alimenta de las tesis expuestas en el siglo XVIII por George Berkeley: existir es ser percibido, que significa que lo único que posee existencia real es el mundo de las sensaciones, mientras que la realidad externa no existe. Los hombres solamente pueden conocer sensaciones e ideas de los objetos, pero no la materia y el ser. Quien así piense tendrá que negar la capacidad del hombre de acceder al conocimiento verdadero del mundo y en consecuencia negará la validez de la ciencia para conocer y explicar los fenómenos naturales y sociales.
Contrastemos esas opiniones con las expresadas, entre otros, por Aristóteles, Leonhard Euler y Albert Einstein. Conceptuaba el Estagirita: “Decir que las ideas son los prototipos y que todo lo demás participa de ellas es hablar por no callar, es recurrir a simples metáforas”. Argumentaba el matemático suizo: “Cuando mi cerebro suscita en mi alma la sensación de un árbol o de una casa, digo, sin vacilar, que fuera de mí, existe realmente un árbol o una casa de los que incluso conozco el emplazamiento, el tamaño y otras propiedades. No es posible encontrar ningún ser, hombre o animal, que dude de esta verdad. Si un campesino quisiera dudar de ella, si dijera, por ejemplo, que no cree en la existencia de su señor, aunque lo tuviese ante sí, sería considerado como un loco y con razón: pero desde el momento en que un filósofo afirma cosas semejantes, espera que admiremos su saber y su sagacidad, que superan infinitamente los del pueblo llano”, mientras que para el padre de la teoría de la relatividad “la creencia en un mundo exterior independiente del sujeto preceptor, es la base de toda ciencia natural”.
Otro aspecto particularmente chocante de los filósofos adscritos a la corriente posmodernista, es la tendencia que tienen en sus escritos a emplear un lenguaje rimbombante, oscuro, enredado, con el cual pretenden parecer profundos y decir mucho, dejándole al lector una desagradable sensación de “minusvalía intelectual” cuando en realidad, en muchos casos, están diciendo sandeces con aire de profundidad. Seguramente piensan que todo lo que es claro es de por sí, superficial. Por ejemplo, miremos la siguiente descripción de las partículas atómicas y del principio de incertidumbre de Heisenberg: “…las partículas son composiciones infinitamente compuestas por puntos de vista no sintetizables, prolijos y elementales, que constituyen un punto de vista holográfico e indivisible como la multiplicidad bergsoniana. Así, la doble naturaleza de la partícula elemental, de la cual no se puede establecer al mismo tiempo su dirección y su posición, implica una composición polifónica irreducible a la suma de estas dos naturalezas que, en cambio, multiplica sus determinaciones”. Frente a este ejemplo no puedo dejar de citar lo que al respecto dijo Peter Medawar, premio Nobel de Medicina: “El que escribe de forma oscura, o no sabe de lo que habla, o intenta alguna canallada”.
III
Como el posmodernismo niega la existencia de la realidad objetiva, los conceptos de ley natural y verdad científica se han convertido en otras de sus víctimas ilustres. Para el idealismo posmodernista no existen leyes en la naturaleza, lo que en ella predomina es el caos y es únicamente la acción de la mente humana lo que pone orden e introduce las leyes en el mundo natural: las leyes son dispositivos conceptuales mediante los cuales organizamos nuestro conocimiento empírico y predecimos el futuro. La ley está entonces en el pensamiento racional, no en la realidad material. El reconocido filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein considera que “en toda la visión moderna del mundo subyace el espejismo de que las llamadas leyes de la naturaleza son las explicaciones de los fenómenos de la naturaleza”. Creer en la existencia de las leyes de la naturaleza fue calificado de herejía en 1277 por el Papa Juan XXI, el cual falleció ese año por los efectos de la ley de la gravedad cuando sobre él se desplomó el techo de su palacio.
Las leyes que gobiernan el desarrollo de la naturaleza no dependen de la voluntad de los hombres, ellas ya actuaban desde antes que en la Tierra hubiera surgido el pensamiento consciente. Esto significa que la ley debe ser descubierta, no inventada; para descubrirla es necesario recurrir al uso de herramientas especializadas tanto conceptuales como materiales; es precisamente la existencia de leyes lo que proporciona conocimientos cada vez más profundos y universales. Lo que la ciencia ha hecho a lo largo de todo su desarrollo histórico es encontrar leyes, cuyo descubrimiento está determinado por las condiciones históricas en las cuales viven quienes las descubren: mientras la humanidad no tuvo conocimiento de la ley de la gravedad, la comprensión de los fenómenos celestes era muy limitada; por eso, durante siglos, los astrónomos se aferraron al sentido común, a la física aristotélica y al sistema de Ptolomeo. Cuando Newton descubrió la ley de la gravitación universal logró la síntesis de la mecánica de los cielos con la terrestre: una misma ley pudo explicar el movimiento de la Luna y la caída de una manzana y el conocimiento del cosmos se amplió. Conocimiento que se siguió ampliando y profundizando cuando Einstein estableció una nueva relación entre materia, espacio, tiempo y movimiento, que desembocó en el desarrollo de la teoría de la relatividad.
Otro precepto de la filosofía posmodernista es la negación del concepto de verdad: No existe algo llamado verdad objetiva. Nosotros mismos hacemos nuestra propia verdad. No existe una realidad objetiva. Nosotros hacemos nuestra propia realidad. Somos incapaces de adquirir conocimiento de la verdadera naturaleza de la realidad. Estas palabras no corresponden a la declaración explícita de algún filósofo de la posmodernidad, ellas hacen parte de la declaración de principios de ese oscuro movimiento llamado Nueva Era, pero son muy coincidentes con los fundamentos ideológicos del posmodernismo.
Para los epistemólogos constructivistas los científicos naturales o sociales no descubren verdades, la verdad no es un reflejo de la realidad, ella es el producto del consenso de los que más saben; lo que los hombres de ciencia hacen es solo construir modelos y conjeturas. En esto el posmodernismo se parece a la teología, donde no hay hechos sino opiniones, y la verdad surge por un acuerdo entre personas y no en relación con las cosas. Si la verdad es una construcción de los individuos que más saben, entonces la teoría del diseño inteligente, uno de cuyos más ilustres progenitores es el constructivismo, sería tan verdadera como la teoría darwiniana de la evolución. Las tesis del diseño inteligente han contado con el apoyo de algunos científicos (los que más saben) que exhiben importantes títulos académicos: por ejemplo, Michael Behe, Ph.D. en bioquímica, quien ha acuñado la pomposa expresión de la “complejidad irreductible” para darle alguna apariencia de respetabilidad al viejo y tosco creacionismo; mientras que Jonathan Wells, doctor en biología, sostiene que ganó sus títulos universitarios para dedicar su vida a destruir el darwinismo.
Estos personajes están de acuerdo con los principios del Instituto Discovery, el Comando Central del movimiento del diseño inteligente, que plantea, entre otras cosas, promulgarlo como el antídoto teísta contra las “devastadoras consecuencias del materialismo científico y su legado de destrucción moral, cultural y político”. Con razón la ya desaparecida Lynn Margulis declaró respecto de esta tosca “teoría” que: “Es una locura cultural. Es muy peligroso porque es pura ignorancia. Bloquea la entrada de la lógica y la evidencia, algo que para un científico es esencial. Y más aún en evolución, de la que no se puede hablar sin disciplinas como la paleontología, estratigrafía, geocronología, ecología, limnología…”. Pero el argumento del diseño inteligente fracasa no porque la comunidad científica lo declare falso por acuerdo mutuo de los que más saben, sino por la razón más básica de todas: porque está abrumadoramente rechazado por la evidencia encontrada en el mundo material.
La verdad es el reflejo de las cosas del mundo exterior en la conciencia del hombre, en los diversos conceptos que ha desarrollado la ciencia. La verdad es el contenido objetivo de los resultados de la actividad científica. Las teorías científicas, cuando son verdaderas, son una representación de los fenómenos que ocurren en la naturaleza. La verdad se alcanza a través de la investigación en el mundo real. La verdad científica surge cuando los datos del experimento están en armonía con los hechos observados; además, el desarrollo de la tecnología es consecuencia de la existencia de leyes naturales sólidamente reales y de teorías verdaderas, y nos evita caer en la idea metafísica de creer que la objetividad de la naturaleza es solo un sueño.
Entonces la tarea de la ciencia, al contrario de lo que piensa el posmodernismo, es conducirnos cada vez más cerca de la verdad. Así lo sostiene el prestigioso físico y premio Nobel Steven Weiberg: “Lo que nos impulsa hacia adelante en el trabajo científico es precisamente el aliciente de que hay verdades por descubrir allá fuera, verdades que una vez descubiertas formarán una parte perdurable del conocimiento humano”.
IV
¿Cuál es el criterio para decidir sobre la veracidad o falsedad de una hipótesis científica? Una teoría científica es verdadera cuando el experimento verifica sus fundamentos teóricos y cuando a partir de ella se hacen predicciones de otros fenómenos o se logran alcanzar aplicaciones tecnológicas. Los protocolos experimentales se diseñan para comprobar si una teoría científica es falsa o verdadera, es decir, si se corresponde o no con los hechos del mundo. Como lo apuntan los ya citados físicos Sokal y Bricmont: “…el acuerdo entre teoría y experimento… sería un puro milagro si la ciencia no dijera algo verdadero –o, por lo menos, aproximadamente verdadero− sobre el mundo. Las confirmaciones experimentales de las teorías científicas más probadas, tomadas en su conjunto, dan fe de que realmente hemos adquirido un conocimiento objetivo, aunque sólo sea incompleto y aproximado de la naturaleza”. Por ejemplo, el derrumbe definitivo de la vieja teoría que defendía la función hereditaria de las proteínas lo propinó el elegante experimento de Alfred Hershey y Martha Chase. Si la teoría de la relatividad no fuera cierta no habría sido posible el desarrollo de los ya comunes GPS. Y aún así algunos epistemólogos constructivistas se empeñan en sostener tonterías como las siguientes: “En la ciencia, las pruebas fácticas no afectan en absoluto a la validez de las proposiciones teóricas”. “El mundo natural tiene un papel pequeño o nulo en la construcción del pensamiento científico”.
Como el posmodernismo niega la existencia de la verdad, entonces nunca se comprueba la veracidad de una teoría científica. Pero se puede escoger el criterio de falsabilidad para demarcar las teorías científicas de las que no lo son. Según Karl Popper: “Las teorías no son nunca verificables empíricamente… el criterio de demarcación que hemos de adoptar no es el de verificabilidad, sino el de falsabilidad…”. Esta concepción llevó al epistemólogo vienés a condenar al darwinismo al exilio del campo científico, pues suponía que esa teoría no era capaz de hacer predicciones que se pudieran falsar: “He llegado a la conclusión de que el darwinismo no es una teoría científica testable o contrastable, sino un programa metafísico de investigación, un posible marco para teorías científicas contrastables”. Posteriormente Popper se retractó, aunque no muy correctamente, al sostener que la selección sexual debía considerarse como una especie de falsación de la teoría original de Darwin de la selección natural.
Para Popper nunca es posible probar que una teoría es verdadera, pero sí es posible demostrar que es falsa si se presenta una sola observación, digna de confianza, que la contradiga: si este criterio fuera aplicado de manera estricta entonces una anomalía observada en el movimiento de Mercurio habría falsado toda la mecánica de Newton, lo que en realidad no sucedió. ¿Podría plantearse la búsqueda de esqueletos de mamíferos en los estratos rocosos del Cámbrico de hace 570 millones de años con el fin de falsar la teoría de la evolución?
V
Una educación de carácter científico es básica para ayudar a sacar a Colombia del oprobioso atraso en que se encuentra. El gobierno de la mal llamada Unidad Nacional, que en la práctica es una unidad contra la Nación, ha hecho mucha alharaca respecto de los dineros de las regalías destinados a impulsar la Ciencia, Tecnología e Investigación. Todo ha quedado convertido en demagogia pues se pretende distribuirlos con criterios politiqueros dejándolos en manos de los Gobernadores, debilitando el papel de Colciencias y sin tener en cuenta las regiones donde haya una infraestructura científica suficientemente desarrollada. Con razón Salud Hernández comentaba en una de sus columnas que “en ninguna nación seria del planeta se reparte de ese modo el dinero para la ciencia. Los fondos se destinan a donde hay mayor capacidad construida, salvo que quieran bajar el listón para decir que aumentó la investigación y hacer pseudociencia”.
En estos momentos en que la corrupción está en auge y el talento es escaso, según expresión de Honoré de Balzac, de tanta confusión ideológica, donde la triquiñuela, la picardía, la mentira descarada y el facilismo intelectual son prácticas que han adquirido estatura moral se hace necesario tener claridad filosófica en los asuntos de la ciencia si deseamos, junto con la claridad política, forjar una sociedad más justa, que supere las inequidades e iniquidades que son el pan de cada día de la actual que nos ha tocado vivir.
guillega28@gmail.com
BIBLIOGRAFÍA
1) Bunge, Mario, La peligrosa moda del relativismo en filosofía, La Nación, noviembre 17, 2013.
2) Callinicos, Alex, Contra el posmodernismo, Bogotá, Áncora, 1998.
3) Sokal, Alan y Bricmont, Jean, Imposturas Intelectuales, Barcelona, Paidós, 1999.
4) Sokal, Alan, Más allá de las imposturas intelectuales, Barcelona, Paidós, 2010.
5) Ziegler, Klaus, Posmodernismo y etnociencia, El Espectador, julio 28, 2010.
6) ——, Ciencia y dogmatismo, El Espectador, octubre 3, 2012.