El 24 de octubre de este año que empieza a terminar, el ingeniero agrónomo Rodrigo Bernal, docente de la Universidad Nacional de Colombia hasta el año 2007, publicó en el diario El Espectador un artículo donde ponía en duda algunos de los méritos académicos del científico colombiano Raúl Cuero, que últimamente había aparecido ampliamente en diversos medios de comunicación. Al instante se desató una pequeña tormenta intelectual entre los interesados en el tema. Se han dado, como no, apoyos para uno y otro de los dos contendientes. Científicos de diversos campos del saber apoyan al doctor Bernal. El profesor Cuero recibió, entre otros, el respaldo de un funcionario gubernamental del orden nacional, quien sostuvo que lo escrito por el que fue docente de la Nacional tenía que ver con motivos de índole racista y con el desventajoso origen socioeconómico del cuestionado, es decir, que todo se reducía al hecho de ser negro y pobre. Tesis que han repetido otros participantes en este asunto.

No puede existir duda alguna acerca del hecho de que todo científico debe ser lo suficientemente honesto cuando de sus logros habla. Por lo demás, la validez de los trabajos del doctor Cuero se demuestra recurriendo a los cánones que ha establecido hace tiempo la empresa científica: la posibilidad de que otros grupos reproduzcan sus experimentos obteniendo los mismos resultados, la publicación en revistas de reconocido prestigio científico (como Nature o Science), el desarrollo de aplicaciones prácticas a partir de los resultados de sus investigaciones (el profesor Cuero habla de una proteína por él diseñada que tiene la capacidad de absorber los peligrosos rayos ultravioleta provenientes del Sol: ¿podrá ella hacer parte de, por ejemplo, un bloqueador solar?), el respaldo que los pares académicos le den a su trabajo investigativo, etc.

La historia personal de Raúl Cuero es encomiable, pero también es un ejemplo de lo que no debe suceder con nuestros estudiantes si de verdad se quiere que ellos tengan algún día la oportunidad de contribuir al avance científico y tecnológico del país. Porque si se habla de desarrollar el espíritu científico entre niños y jóvenes (sin tener que repetir el difícil camino que tuvo que recorrer el científico desde la pobreza en su natal Buenaventura hasta llegar a la NASA), entonces la calidad de la educación que el Estado le brinda a la inmensa mayoría de sus ciudadanos, atenta de manera grave contra esa posibilidad: ausencia de una jornada de estudio adecuada, salones atestados de alumnos a veces mal nutridos, maestros pobremente remunerados y con limitadas posibilidades de actualización, colegios sin laboratorios, sin bibliotecas, sin campos deportivos, sin espacios para las actividades artísticas, pedagogías que privilegian los métodos sobre los contenidos, etc. Cuando los jóvenes terminan sus estudios de Bachillerato y logran ingresar a la educación superior, el panorama no es que varíe mucho: universidades públicas sin presupuesto adecuado, gran cantidad de docentes contratados bajo la modalidad de horas cátedra, infraestructura locativa que se desploma a pedazos ante los avatares del clima y la mirada indolente del gobierno central, actividad de investigación reducida a la mínima expresión, laboratorios inadecuados, etc. Y si alguno logra alcanzar las cumbres de un doctorado o un posdoctorado, encuentra que sus posibilidades laborales en el país son reducidas.

Pero también las políticas económicas, ordenadas desde Washington y obedecidas en Bogotá, diseñan un país donde ciencia y tecnología son apenas una preocupación marginal de quienes detentan el poder: regalías que se repartirán con criterios politiqueros, quiebra del aparato productivo nacional vía los TLC (y entonces para qué agrónomos, ingenieros, geólogos, químicos, biólogos, astrónomos, físicos, matemáticos… Para qué centros especializados, financiados estatalmente, donde se haga investigación en ciencia básica), adelgazamiento hasta más no poder de entes estatales, como Colciencias, diseñados antaño para impulsar el desarrollo científico y tecnológico, etc. Pero para guardar las apariencias los gobernantes de estos macondianos lares, fieles lacayos del credo neoliberal, alardean dándole la bienvenida a la investigación en ciencia aplicada (y de paso, patean la ciencia básica), invitan a los científicos de aquí y de afuera a aplicar sus talentos para obtener productos patentables, pregonan un discurso hueco sobre la innovación (y Gina Parody, deslumbrada, invita al doctor Cuero al lanzamiento de Sennova, como parte de su estrategia para entregar el SENA a la voracidad de los negociantes de la educación), popularizan parques de la creatividad para vender a la galería la ilusión de un país que hace ciencia y desarrolla tecnología.

El asunto Bernal-Cuero es importante por las implicaciones que tiene; el tiempo terminará por darle la razón a uno de los dos. Pero el debate sobre si se quiere un verdadero desarrollo científico y tecnológico autónomo para Colombia, que no esté al servicio de intereses foráneos, que apunte a mejorar las condiciones de vida de las mayorías es de más largo aliento y de consecuencias mucho más importantes: el país se sume en la oscura barbarie del atraso o aspira a la esplendorosa luz del conocimiento. El camino a seguir lo elegimos nosotros.

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