La historia de las relaciones exteriores de Colombia desde principios del siglo pasado deja al descubierto su alineamiento desembozado con los intereses de los Estados Unidos, nación que en los albores del siglo XX se perfilaba como una nueva potencia imperial y como tal desmembró la integridad territorial de nuestro país, cercenando el istmo de Panamá. Marco Fidel Suárez, como presidente de Colombia, hace casi cien años denominó su política internacional con el nombre de Réspice Polum, mirar hacia le estrella polar (EEUU). Hace sesenta años, cuando Estados Unidos desata la guerra de agresión contra Corea, el gobierno colombiano es el único de América Latina que envía tropas a participar al lado del imperio agresor.

El primero de mayo de 1982 se inicia la confrontación bélica entre Argentina, que busca recuperar su soberanía sobre las islas Malvinas en el Atlántico Sur del continente americano, y las tropas colonialistas de Inglaterra. Contrario al apoyo que casi todas las cancillerías de Latinoamérica le dieron a Argentina, el gobierno de Colombia, junto con los Estados Unidos y la dictadura de Pinochet en Chile, respaldó impúdicamente al agresor colonialista. El presidente colombiano Turbay Ayala declaraba que “es una verdad indiscutible que nos movemos en la órbita en la que Estados Unidos, la primera superpotencia mundial de Occidente, ejerce su mayor influencia”. En esas calendas se señaló a nuestro país como “el Caín latinoamericano”, pues contrariaba el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) que instaba a la solidaridad con cualquier país americano que fuese agredido por una potencia internacional.

En años más recientes, los gobiernos colombianos siguen la misma política de sumisión en los asuntos mundiales: respaldo a la guerra de agresión de Estados Unidos contra Irak y la masacre de su pueblo, la intervención militar de la OTÁN en Afganistán, incluso con fuerzas policiales: es el único país de América Latina que no reconoce el Estado Palestina.

Pero últimamente ha llegado más lejos el gobierno de Juan Manuel Santos. Sigue firmando a las volandas todos los Tratados de Libre Comercio que le propongan, cuando los hechos están demostrando los descalabros que le están ocasionando a la producción nacional y al mercado interno. Ingresó a la Alianza Pacífico con México, Perú y Chile, cuando hasta la Sociedad de Agricultores de Colombia denunció sus efectos perversos para el agro y la pérdida de más de un millón de empleos. Pidió pista en la OCDE, donde han arruinado a países como Grecia, Irlanda e Islandia. Como si fuera poco solicitó hacer parte de la OTÁN, organización militar de los imperios de Occidente que desmembró a Yugoeslavia, aplastó al pueblo Libio y se apresta a arrasar al gobierno y a la nación Siria. El típico abrazo del oso, en vez de buscar la solidaridad y la integración con las naciones y pueblos de similares condiciones.

Amplios sectores sociales y políticos del país coinciden en la necesidad de impulsar un gran Frente Amplio que sea capaz de enderezar el rumbo equivocado de la nación, basado en la defensa de la producción, la soberanía, los derechos de la población y una auténtica democracia que logre frenar le reelección de estas políticas oprobiosas.

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