Hoy se cumple un año de la entrada en vigencia del acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. El balance no es nada bueno. Para decirlo en términos coloquiales, “nos ha ido peor que a perro en misa”; y este paseo apenas está comenzando. A simple vista, los consumidores encontramos en supermercados minoristas, por ejemplo, cuartos traseros de pollo, a mitad de precio del producto nacional, o el cerdo con precios un 25% más barato, aparentemente bueno para quien compra, pero malo para los productores nacionales, por las consecuentes caídas en el empleo, los impuestos y la creación de capital nacional. Con el riesgo adicional de que cuando la producción nacional desaparezca, la seguridad alimentaria sea muy grande, y los precios monopólicos reaparezcan, abusando de los consumidores, como hoy ocurre con trigo y maíz.

Pero además, crecieron las importaciones de arroz, de leche y sus derivados, de maíz, de trigo, de cebada, que en los primeros productos afectan la producción nacional, pero también a la producción de otros países latinoamericanos que nos proveían de los segundos. En términos generales, según datos oficiales las exportaciones a Estados Unidos crecieron un 3.3%, mientras las importaciones de ese país crecieron un 14.6%. Con el agravante de que las exportaciones del país, se concentran en mercados de nicho, completamente marginales, y en consecuencia, inestables. Son 2.186 empresas (775 nuevas) que exportan 2.000 productos (187 nuevos), en pequeñas cantidades, a un mercado altamente competido. Para apreciar la inestabilidad no es sino ver la irregularidad de las exportaciones de tilapia fresca, –uno de los pocos rubros en donde juega el Huila–, que según el gobierno nacional, es de los más promisorios. Ni siquiera se salvan las trasnacionales colombianas que con mucha dificultad entran al mercado norteamericano, en “alianzas estratégicas” que se sustentan en la entrega de parte de su mercado nacional a los inversionistas extranjeros.

Cuando en la división internacional del trabajo, los países imperialistas decidieron que Colombia por sus características naturales, debía ser un proveedor de materias primas minerales (petróleo, carbón, níquel, oro, etc.), la producción nacional, industrial, agroindustrial y agropecuaria, donde está la mayor parte del mercado de trabajo nacional, quedó condenada. Esta es la esencia de los tratados comerciales con las grandes potencias, especialmente los EE.UU. y la Unión Europea. Y a pagar lo que compramos, con lo que nos queda de la explotación de los recursos naturales.

Renunciar a la existencia del mercado interno de manufacturas y bienes agropecuarios, es renunciar al desarrollo económico, donde está la garantía de futuro de cualquier nación que quiera preservar su independencia. A eso nos conduce, inexorablemente, la política de libre comercio que han abrazado, sin dignidad y sumisas, las clases que detentan el poder político en Colombia. No importando que con ello arruinen a las gentes de trabajo, empresarios de la ciudad y el campo, obreros y campesinos.

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