Soy un enamorado del deporte. Mi padre me enseñó a practicarlo y quererlo. Disfruto apreciando el buen deporte, sobre todo hoy cuando los medios masivos de comunicación –como la cajita mágica de la televisión–, nos permiten acceder en tiempo real a eventos de todo tipo de deportes en los cinco continentes. Como tal aficionado, me dispuse el domingo pasado a ver el espectáculo magnífico de la final del futbol americano: el Super Bowl, que en su versión 47 se vivió en el Mercedes Benz Superdome de Nueva Orleáns.
Pero cuál no sería la sorpresa de los millones de espectadores del mundo entero que veíamos el duelo entre los equipos de San Francisco y Baltimore, cuando promediando el tercer cuarto se fue intempestivamente el fluido eléctrico del imponente estadio. Como en cualquier país tercer mundista, en medio del partido el estadio quedó a oscuras. Treinta y cuatro interminables minutos, el apagón ensombreció la noche. Con paciencia, la que a menudo nos piden las autoridades de un país como el nuestro cuando nos suspenden la energía o el suministro de agua, los aficionados norteamericanos tuvieron que esperar hasta que restablecieron – ¡oh, sorpresa! –, parcialmente el servicio. Y en esas condiciones, hubo de jugarse el resto del partido.
Que esto suceda en un país desarrollado, el más importante y rico de los países capitalistas del mundo, muestra como los arquetipos de la propiedad privada en los servicios públicos, son universales. El lucro, el afán de la ganancia, la ambición desmesurada de riqueza con el menor costo posible, pone siempre en riesgo los intereses de los usuarios. El deterioro o el retraso, de la infraestructura de generación, transporte y distribución de energía, que afecta la calidad del servicio, es una constante, cada vez más extendida en todos los países, sobre todo desde que la privatización, instauró la rentabilidad económica como la máxima a cumplir de parte de las empresas prestadoras.
Aparejado con lo anterior, las tarifas que habían prometido bajar como consecuencia de la gran eficiencia del sector privado frente al “desmangurre” del sector público, se estrellan con el comportamiento de ganancia monopólica, característica de esos sectores. Colombia paga una de las tarifas de energía eléctrica más altas de América. Además, la regulación para la promoción de la inversión extranjera en el sector, contempla tal cantidad de gajes y obsequios en descuentos de impuestos y estímulos financieros, como por ejemplo, el cargo por confiabilidad que hace parte de la fórmula tarifaria, que convierten a Colombia en el paraíso de la inversión extranjera como lo afirmara, la semana pasada, la revista Forbes.
Nos queda el triste consuelo de que nos igualan a los “gringos” con el rasero más bajo. ¡Viva la igualdad!