Los regalos de navidad que el gobierno de Juan Manuel Santos le ha dado al pueblo colombiano, sobre todo a los más pobres, no pueden ser más amargos: la peor reforma tributaria de la historia reciente y la congelación del salario mínimo. La primera impuesta a “pupitrazo limpio”, sobornando a la casi totalidad de congresistas, con la honrosa excepción de la bancada del Polo Democrático Alternativo, que liderada por el valeroso senador Jorge Enrique Robledo, desnudó el trasfondo real de la propuesta impositiva del gobierno. Que la mayoría de los congresistas del país son sobornables, una verdad sabida por todos los ciudadanos, quedó más claro que nunca con su comportamiento en la aprobación de este despropósito gubernamental. ¡Una verdadera vergüenza de la que no se salva ninguno de los congresistas del Huila!

Aunque el contenido de la reforma tributaria es voluminoso y farragoso, lo que hace difícil comprender las verdaderas intenciones del gobierno, en esencia su objetivo era bajar los impuestos de los más ricos, especialmente de los grandes monopolios nacionales y extranjeros (calculada por los expertos en más de 8 billones de pesos), y compensarlos con aumentos en el IVA –que lo pagan en mayor proporción los más pobres– y con el aumento del impuesto de renta de los asalariados, con la creación de un impuesto nuevo el IMAN, que afectará a salarios medios y altos en proporción considerable.

Que los impuestos indirectos, como el IVA, afectan a los más pobres lo podemos entender con un ejemplo sencillo: cuando alguien compra una pastilla de chocolate, o una pasta de jabón, paga el IVA, pero no pesa lo mismo para el gran capitalista que gana miles de millones de pesos, que para el trabajador de salario mínimo o el rebuscador de menores ingresos; para el primero es una cifra despreciable, para los segundos es el desayuno de sus hijos del otro día. Y desde hace casi treinta años, el sistema impositivo colombiano ha venido disminuyendo la tributación directa a las rentas (de los más ricos), a la tributación indirecta a las ventas (de los más pobres).

De paso, con la modificación de las cargas parafiscales, que se disminuyen sustancialmente –cerca del 50%– se pone en peligro la subsistencia de entidades de servicio a los más pobres, como el SENA y el ICBF: la educación y la niñez, quedarán aun más desprotegidas.
Esta es, como dijo el senador Robledo, la peor reforma tributaria de la historia reciente.

Para completar el cuadro de miserias promovida por el gobierno, el salario mínimo, referente de la remuneración de la fuerza de trabajo, prácticamente se congela, pues el aumento anunciado, no va a pasar de 20.000 pesos mensuales, 700 pesos diarios, ¡ni para un dulce! Esta es la verdadera cara del gobierno santista.

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