Las enseñanzas de Cancún
Blanca Rubio
Como pocos procesos, la quinta cumbre ministerial de la OMC, en Cancún, es reflejo del mundo contemporáneo. El dominio ciego y soberbio de los países desarrollados en el marco de un profundo descontento social que se extiende y profundiza.
La primera lección apunta al hecho de que el hilo más delgado de la globalización se encuentra en la agricultura. A pesar de que el peso económico de esta rama productiva tiende a decrecer, políticamente tiene creciente importancia, ya que 60 por ciento de la población mundial vive en el campo (La Jornada, 12/9/03).
La agricultura ha devenido, además, en un arma comercial en la lucha por la hegemonía entre los países desarrollados. La Unión Europea y Estados Unidos elevan los subsidios internos, generando una sobreproducción estructural que deprime los precios mundiales de los alimentos. Con estos precios artificialmente disminuidos, las potencias se disputan el mercado alimentario tercermundista con el fin de ganar zonas de influencia, a la vez que fortalecen a las grandes corporaciones alimentarias, que así reducen costos y elevan sus ganancias. La agricultura tiene, por tanto, un papel estratégico en la pugna mundial por el poder, situación que la convierte en la manzana de la discordia del comercio internacional.
La segunda lección apunta al hecho de que los países con fuerte presencia rural han presentando un frente común en las negociaciones mundiales. Mientras en los primeros foros comerciales, como la ronda de Uruguay, la disputa involucraba únicamente a los países del primer mundo, ya que Estados Unidos exigía a la Unión Europea y a Japón la reducción de subsidios a la exportación y de las barreras a la entrada, en la ronda de Doha, pero en particular en esta cumbre, la polaridad fue cabalmente norte-sur. El posicionamiento del grupo G-21 y su avanzada, constituida por Brasil, China, India, Sudáfrica y Argentina, generó una fuerte voz contra los subsidios agrícolas e impidió que los países desarrollados impusieran la discusión de los llamados temas de Singapur (inversión, transparencia en compras gubernamentales, competencia y facilitación del comercio), claramente desfavorables para los países del tercer mundo. La alianza de los antiguos contendientes -Estados Unidos y la Unión Europea- refleja la fuerza que va tomando el grupo de los países no desarrollados. Aun gobiernos de corte claramente neoliberal elevan su voz por la suspensión de los subsidios, presionados por fuertes movimientos internos contra el libre comercio.
Es el caso de nuestro país, donde recientemente se impulsó el movimiento comandado por el frente campesino El campo no aguanta más, el cual reclamaba que los granos básicos fueran excluidos del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Este movimiento sin duda influyó en el discurso inaugural de la cumbre, en el que el presidente Vicente Fox se pronunció por un comercio más equitativo.
La tercera lección se refiere al costo que enfrentan los países desarrollados por sostener sin cambios su posición en la OMC. La negativa a reducir los subsidios responde a los enormes intereses que se verían afectados con una decisión de esta naturaleza: la industria alimentaria trasnacional, las grandes comercializadoras de granos y la reducida elite de productores agropecuarios de las naciones desarrolladas que concentran los subsidios. Asimismo, las perspectivas de relección del presidente Bush, ya que los granjeros constituyen un sector importante del electorado estadunidense.
Sin embargo, el costo político que enfrentan por sostener esta posición es cada vez mayor. El hambre y la miseria de alrededor de 630 millones de pobres rurales, un descontento mundial que se fortalece no obstante los embates sufridos después del 11 de septiembre, y el desprestigio de las instituciones multilaterales como mediadoras de los conflictos mundiales. Después del triste papel de Naciones Unidas en la guerra de Irak, toca ahora el turno a la OMC.
La cuarta lección se refiere al movimiento: representantes campesinos de numerosos países, organizaciones mundiales como Vía Campesina, organismos no gubernamentales de amplio espectro confluyen en un movimiento que tiende a profesionalizarse para evadir la represión y generar una proyección mediática mundial que les permite desnudar no sólo los cuerpos de los jóvenes que participan, sino los hilos del dominio alimentario.
Aún cuando existe enorme desigualdad entre la fuerza del movimiento y la de los gobiernos que enfrentan, el poder de los opositores a la globalización estriba en que se trata de un movimiento global, el único capaz de enfrentar el poder, también global, de las trasnacionales alimentarias. Su fuerza deriva de la justeza de sus demandas. Esto es lo que en el terreno de los símbolos dejó el suicidio de Lee Kyung Hae, dirigente de la Federación Coreana de Agricultores Avanzados. Más allá de los pormenores personales y culturales del personaje, su sacrificio pone al descubierto el carácter letal del dominio alimentario de los países desarrollados. Expresa también la impotencia de miles de campesinos que se debaten entre la miseria y la exclusión, a la vez que son estigmatizados como ineficientes y redundantes. Su inmolación constituye también un llamado de atención sobre el nivel de desesperación que existe entre los campesinos,
La ronda ministerial de la OMC es una puesta en escena en la que el final siempre se repite, pero cada vez con un costo mayor para todos. ¿Cuántos muertos hacen falta todavía para modificar las reglas del injusto comercio mundial?
Lecciones de Cancún
Angel Guerra Cabrera
La autoinmolación del campesino sudcoreano Lee Kyung Hae en la reunión ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC), celebrada en Cancún, contiene una explosiva carga simbólica. Toda la que al parecer le quiso imprimir su autor, quien no sólo era uno de tantos millones de campesinos condenados a desaparecer -ya sea físicamente o como grupo humano- por el orden económico más expoliador de la historia. Agrónomo, editor del primer periódico campesino de su país, prestigioso militante contra la globalización neoliberal, al atentar contra su vida Lee no obedeció al impulso autodestructivo de un enajenado ni fue presa de un instante de desesperación. A todas luces realizó un acto premeditado conscientemente por alguien educado en una cultura que en ciertas circunstancias valora el suicidio como el gesto más honorable. Su acción recuerda la de los monjes budistas de Vietnam encendiéndose como antorchas en el centro de Saigón en protesta contra la agresión a su patria. Aunque la gran mayoría de los que en Occidente censuraban la matanza de Washington en Indochina no estaban dispuestos a imitarlos, podían comprender y admirar su conducta.
Los monjes conocían la cultura occidental y, por tanto, su condena a ultranza del suicidio y también la descomunal influencia que en ella ejercía ya la televisión. De modo que buscaban conmocionar con su acción a la opinión pública de Estados Unidos y Europa, pero -sobre todo- que ésta rompiera por unos minutos con el conformismo y el vértigo consumista y se detuviera a meditar sobre el móvil que los inspiraba. La autoincineración de los monjes contribuyó a que muchos en Occidente repararan en el genocidio en marcha hacía años en el sudeste asiático, perfectamente equiparable a las prácticas nazis de exterminio masivo de la población civil en los países ocupados.
De la misma manera, el acto de entrega suprema de Lee llamó la atención sobre otro genocidio sordo y menos evidente, pero igualmente cruel y sistemático, que las políticas neoliberales han internacionalizado con particular saña contra las zonas rurales. Millones de personas mueren de inanición o víctimas de enfermedades prevenibles o curables, y muchos millones más morirán o quedarán marginados del trabajo y los servicios básicos en las décadas por venir si la humanidad no hace algo pronto para revertir el injusto orden dominante e impedir que se imponga el más injusto aún a que aspira en nombre de la democracia y del libre mercado el puñado de potencias que oprime a la humanidad desde el siglo XIX.
Por eso los resultados de la reunión de Cancún son alentadores para quienes creen que otro mundo es posible. Allí brilló la madurez alcanzada por el movimiento antiglobalización, que previamente había realizado una perseverante labor concientizadora a escala internacional sobre los verdaderos objetivos de los países ricos en la conferencia. Destacaron por su combatividad, serenidad y disciplina los activistas y contingentes de Vía Campesina, fuertemente motivados por la masiva presencia de labriegos indígenas y mestizos de México, y el pequeño pero ejemplar destacamento sudcoreano. Su acción fue fundamental para frenar las exigencias de los estados industrializados. Estos, que no representan los intereses de sus pueblos, sino de las trasnacionales, pretendían ahondar más la tragedia ocasionada ya por las prácticas asimétricas de apertura comercial indiscriminada, libre flujo de capitales especulativos y abandono mayoritario por los estados del Tercer Mundo de la defensa de la soberanía, la regulación de la economía y la protección social de sus ciudadanos. Dicho en pocas palabras, lo que se discutía era si los países subdesarrollados aceptaban su recolonización.
Y aquí, como no había ocurrido antes en una cita de la OMC, estos últimos presentaron una resistencia mancomunada que mostró las enormes potencialidades que podría alcanzar una alianza permanente en aquellos puntos en los que sus agendas coinciden: entre el movimiento antiglobalización y los gobiernos de las naciones oprimidas por el imperialismo. Como se veía venir desde la anterior reunión del Movimiento de los No Alineados en Malasia, resucitó la combatividad tercermundista, en esta ocasión de la mano de Brasil y el recién creado Grupo de los 23, con el que cerraron filas los integrantes del mecanismo Africa, Caribe, Pacífico (APC). Fueron en balde las presiones, amenazas y chantajes de los países ricos contra los pobres. Ni siquiera pudieron doblegar a los estados africanos más dependientes de la ayuda internacional, algunos de los cuales mantuvieron una actitud beligerante hasta el final.
En algún momento habrá de reconocerse cuánto ha contribuido la heroica resistencia iraquí a que se venza el temor a los grandes y poderosos. Por lo pronto, de la muerte de Lee Kyung Hae en Cancún renace la lección de la invencible fuerza moral de los pequeños.