Rosalba es una madre trabajadora como muchas en Colombia, en un pequeño predio que sus padres le dejaron en Yaguará siembra una huerta y el plátano de donde aprovecha las hojas para tapar cada semana los tamales que prepara para vender en el pueblo, su sazón ya tiene reconocimiento en el paladar de los pueblerinos y la venta no tiene mayores dificultades, sin embargo pese a que ha logrado sobrevivir con dignidad criando a sus tres hijitos, ella está haciendo transito de un desbordado optimismo a la más amarga de las frustraciones; siempre ha procurado mantenerse informada de los proyectos y programas que las entidades del gobierno ofrecen para ver en que se puede beneficiar y cuando escucho por primera vez hablar de los Tratados de Libre Comercio ahí mismo inició su pesquisa para conocer el asunto: los funcionarios de diferentes entidades le aseguraron que los precios de la comida bajarían porque se podría importar alimentos baratos de otros países más eficientes y para el colmo de la felicidad ella podría volverse una empresaria para exportar sus tamales muy apetecidos en el mercado internacional, allí inició su ilusión pero con el transcurrir de los días el precio creciente del pollo, del maíz, en general de los insumos para preparar sus tamales la han puesto a aterrizar los pies en la tierra.
Lo que nunca le dijeron es que al entregar nuestro mercado interno aumentamos la dependencia que ya tenemos de la producción extranjera, pues importamos más del 85% de nuestro consumo de maíz y soya entre otros, los tres millones y medio de toneladas de maíz que importa el país con el pronostico de precios, por una fuerte sequia en la zona de la franja maicera de los Estados Unidos, para el segundo semestre de 2012 y primero de 2013 nos valdrá más de mil millones de dólares es decir unos dos billones de pesos colombianos, este incremento en los costos de una de las principales materia prima de los concentrados animales automáticamente incide en los precios de la carne de res, cerdo, pollo y peces en cultivo.
Rosalba ya tiene claro que lo de alimentos baratos era puro embuste y luego cuando se acercó en Neiva a la Cámara de Comercio para indagar por los requisitos que debe cumplir para posicionar sus guisos en el mercado gringo, confirmó sus sospechas: ese era un cuento chino para engañar incautos.