La vida en la Tierra existe desde algo así como 4.500 millones de años. Es muy probable que su cuna haya estado en el sombrío suelo de los primeros océanos, en una época en la que aún no se habían consolidado los primeros continentes. Allá, en el oscuro lecho marino, desde el manto terrestre emergían chorros de agua caliente, la química inorgánica permitió el surgimiento de moléculas orgánicas. El planeta era joven, caliente, turbulento, giraba muy rápidamente y el día no duraba más de cinco horas y sobre él la Luna ejercía una poderosa fuerza gravitatoria, pues la pálida Selene aún no estaba a la distancia que actualmente ocupa.
Toda la vida que ha existido sobre este planeta está construida con dos tipos de células: las procarióticas y las eucarióticas. Las primeras carecen de núcleo y de otras estructuras celulares. Las eucarióticas tienen núcleo, mitocondrias, cloroplastos y otros componentes llamados en conjunto organelos celulares. Los primeros organismos vivos que habitaron la Tierra eran bacterias, los arquetipos de la célula procariótica, quienes dominaron durante miles de millones de años y aún persisten en todos los ambientes naturales y artificiales, desde los hielos de las cumbres del Himalaya hasta las aguas radiactivas de una central nuclear. Las otras células, las eucarióticas, aparecieron posteriormente y son las que conforman el cuerpo de todos los demás organismos vivos.
El pasado 22 de noviembre del año que está por finalizar falleció la famosa bióloga norteamericana Lynn Margulis, quien había nacido en la ciudad de Chicago en 1938. Su acercamiento a la ciencia de la Biología ocurrió a la temprana edad de los 16 años cuando ingresó a la prestigiosa Universidad de Chicago. La doctora Margulis fue esposa del también afamado astrónomo Carl Sagan.
Para la teoría neodarwinista, la tesis de la evolución favorecida por la amplia mayoría de la comunidad científica, no ha sido fácil explicar el paso gradual de la forma celular procariótica a la eucariótica. Ante este hecho, Lynn Margulis hizo en la década de los años 1960 una propuesta audaz, heterodoxa: recurrió a la teoría de la simbiogénesis puesta en escena a finales del siglo XIX, entre otros, por el biólogo ruso Konstantin Mereschowiski. Según esta teoría, las células eucarióticas de plantas, animales y hongos se habrían originado por la fusión simbiótica de diversos tipos de bacterias. Hoy se acepta que la mitocondria (la central energética de la célula) y el cloroplasto (el lugar donde ocurre la fotosíntesis) tienen ese origen, pero Margulis extiende esta explicación a otras estructuras celulares. El paso de la vida de la condición procariótica a la eucariótica, fue el salto evolutivo cualitativo y cuantitativo que permitió que la vida ascendiera a nuevas y complejas formas de organización. La inmensa mayoría de las distintas formas de vida que han existido durante eones en el paisaje terrestre, procederían de este salto dialéctico.
La teoría de Lynn Margulis entra en contradicción con la idea de gradualismo defendida por Darwin y el moderno neodarwinismo. Para ella, como para Niels Eldredge y Stephen Jay Gould, el proceso evolutivo también avanza por saltos especialmente en los momentos del origen de nuevas especies. La simbiogénesis sería el mecanismo fundamental sobre el cual se apoya la selección natural para explicar la transformación de una especie en otra.
Aunque hoy los biólogos aceptan que mitocondrias y cloroplastos fueron alguna vez simbiontes, no todos ellos están de acuerdo con las ideas de Margulis. A propósito de esto el biólogo inglés John Maynard Smith, uno de los más importantes representantes del neodarwinismo, escribió: “La simbiosis no es una alternativa a la selección natural; más bien es al revés: necesitamos una explicación darwiniana de la simbiosis”. De todas formas el mecanismo propuesto por Margulis no hace ninguna concesión al creacionismo, es completamente materialista.
Personajes como Lynn Margulis, heterodoxos, contestatarios, polémicos son necesarios, no solo en el ámbito de la ciencia, sino también en el seno de la sociedad: sus ideas a veces conducen por el camino correcto, a pesar de lo que crean las mayorías aferradas a un dogma.