Un tipo solitario y amargado que generalmente es policía o, en su defecto, ex miembro de las fuerzas especiales norteamericanas. Dedicado compulsivamente a su trabajo en el primer caso, divorciado o abandonado con alguna manía como criar palomas o coleccionar cajitas de fósforos; consagrado a alguna obsesión en el segundo caso como la memoria de una mujer de hermosura hollywoodense a la que hicieran picadillo unos terroristas barbados burdamente sobreactuados. Y en todas las circunstancias dotado de excelente puntería y un estómago a toda prueba para matar estruendosamente como quien sorbe de un pitillo hasta el fondo en tanto mantiene un perfil rebelde a las órdenes del “jefe” –que es estereotipo gringo-, pero siempre obediente a los inmateriales imperativos de la ideología de Washington.
Ese es el héroe de nuestro tiempo: en un ayer de ensueño dedicado a reescribir la historia de la guerra en Indochina y en las calles de Chicago; hoy voleando plomo en Afganistán y en la frontera con México; mañana (en el futuro que ellos se lo creen) combatiendo subhumanos intergalácticos. En todo tiempo dándole a todo lo que se mueva que no sea típicamente norteamericano y de ello se excluye normalmente al negro y al latino.
No es un hombre feliz no obstante que pueda estar atrincherado en una terraza matando zombis con un fusil cargado con balas explosivas. Es un tipo solitario y amargado, en algunos casos casi loco, no muy pulcro en el vestir, mal afeitado, cuya vida sexual transcurre, cuando pasa algo, en moteles de baja estofa con tipas que eran prostitutas de lujo de la mafia o algo así y que están siendo redimidas por la más moderna institución religiosa: los programas de protección de testigos.
Su disfuncional perfil tiene doble origen: por un lado, por más que mate terroristas, zombies, monstruos, narco traficantes negros e hispanos, científicos locos, burócratas rebeldes, entre otros, sabe que no va a ganar, simplemente “hace su trabajo” y en el mejor de los casos después de una matazón de padre y señor mío puede decir que “hizo su día”; por otro lado, como es producto de una operación comercial no podría ser vendido a la clientela que vive con el sabor amargo en la boca de haber sido echado del trabajo o de ser un “perdedor” –máximo insulto de una cultura que se viene abajo-, si fuera un joven risueño con una vida feliz: ¡nadie lo creería!
Cada día el héroe se vuelve más desabrido, violento, oscuro, solitario. La ciencia le es políticamente sospechosa por lo cual se regodea en la intuición. Su léxico se estrecha, su cara es una máscara –en tantas ocasiones literalmente-. Se parece tanto a sus enemigos.
Este tipo puede ser de otro modo si su cometido es rescatar una risa. Entonces es más tonto que de costumbre lo cual no le quita la asombrosa capacidad de matar a diestra y siniestra. Y torturar, así sea en chiste. De todas maneras la vida de los que no son sus semejantes –los que ya sabemos- le vale un higo.
Que estos tipos y tipas –que también hay Nikitas-, sicarios al servicio de alguna agencia o por cuenta propia, más o menos sofisticados, sean los héroes de nuestro tiempo hasta la saciedad, nos aterriza en las malditas condiciones en que vivimos y lo mucho que estamos inmersos, hasta la coronilla, en la inmundicia de la decadencia imperial.
De esa manera habiéndonos vendido esos héroes de película no tienen resistencia en hacernos tragar sus verdaderos semidioses: las patrullas asesinas en el muro de la infamia en la frontera mexicana, más patrullas de tiradores homicidas en torno a la famélica pero nunca vencida Palestina, más patrullas en Afganistán, Irak; más comandos en todas partes, más asesores, más agentes secretos, más diplomáticos cínicos, más empresarios sin escrúpulos.
Así las cosas, revelemos la distancia inconmensurable de esos ídolos al héroe verdadero de Lermontov que con ojo crítico observa la realidad y del cual, abusivamente, hemos tomado el título.