The blues brothers, la arrebatadora cinta en torno a dos hermanos -como decir dos ángeles caídos- redimidos por la música negra y una misión celestial, fue titulada en español, Los hermanos caradura, como si los impasibles muchachos – representados por Dan Aykroyd y John Belushi- que después de la cárcel reúnen su banda para salvar al hospicio donde crecieron fueran unos sinvergüenzas redomados. Problemas de las traducciones que ya acotó el filólogo Emeterio –el de los Tolimenses- al decir con su facundia campesina que el gringo llama rostro de madera al que todos le dicen care’palo. Y no es lo mismo.

De esas injusticias y otras más notorias está plagado el mundo por aquellos que titulan y subtitulan la realidad a su conveniencia. Noriega fue inicialmente, el hombre fuerte de Panamá –cuando le servía a sus amos del Norte-, luego, el dictador narco Care’piña –cuando otro les podía servir más y mejor- y por último un anciano de exigua estatura que da saltitos para marcar el paso que le dicta la cadena con que lo aherrojan sus carceleros.

Gadafi ha sido, sucesivamente, terrorista, nuestro amigo y el dictador, lo que no impide que ahora ambicionen elevarlo de manera permanente al prisionero o el finado. El que resulte, ya que la consigna es: vivo o muerto. Y a propósito, miremos la manera como cambiaron al asesino que matonea por cuenta de un poder imperial que, pongamos un ejemplo histórico, quiere envenenar una antigua cultura con opio, por un dandi “con licencia para matar, al servicio de su majestad, la reina”. Qué chusco.

Usted puede ordenar una violenta represión que precipita la muerte de decenas y centenas y llegar a ser un “aborrecido dictador” o hacer lo mismo y seguir siendo el “presidente de Egipto, el Emir de Baréin o el primer ministro de Israel”. Puede permanecer impávido ante la muerte por hambre de millones, mejor aún, puede enriquecerse con esas muertes y, sin embargo, seguir siendo llamado el filántropo y pavonearse en rojas alfombras. Eso depende de lo que esté en los propósitos de la chusma caradura, perfumada y bronceada que domina al mundo. O si no miren a Sarkozy, Berlusconi, Obama…

Es la magia de las palabras y las imágenes que refinaron los nazis y de cuyo poder son deudoras Washington, Londres, París y Berlín. Por eso meter un pobre cristiano o musulmán en un tanque de agua hasta que esté a punto de ahogarse no es tortura sino método de indagación no invasivo.

En Colombia la represión contra el pueblo –los falsos positivos, el aplastamiento a sangre y fuego de las huelgas, el desalojo de hospitales y universidades a punta de bolillo y gas- es seguridad –la de los cementerios, los cuales, al decir de Twain, no deben cuidarse porque los de afuera no quieren entrar y los de dentro no pueden salir- y, de encime, democrática. Y bueno, ahora, para la prosperidad democrática.

Y como empezamos con una película terminemos con otra, El niño del pijama a rayas –del libro de John Boyne-, en la que un niño alemán que vive al lado del campo de exterminio de Auschwitz –dirigido por su excelente padre- no sabe el por qué de los terribles malos olores que expelen las altas chimeneas. Ni su mamá lo sabe. Sólo saben que están en manos de un buen padre y buen esposo, que aman a su líder y que los judíos y los comunistas son malos. Hasta que conoce al niño hambriento, triste y tiernamente enfurruñado que vive –mejor sería decir que se prepara para morir- al otro lado de la cerca, empijamado de rayas permanentemente.

Pues bien, como el hijo del nazi tuvo compasión del niño sucio y hambriento del otro lado de la cerca y como su compasión fue todo lo insuficiente que puede ser la compasión de los niños por su ignorancia fundamental de cómo funciona las máquinas de exterminio y propaganda, en lugar de salvar a los que sufrían corrió su misma suerte.

Moraleja: hay que andar prevenidos con la retorcida propaganda de este nuevo santo oficio que recorre achicharrando al mundo para su mayor provecho.

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