La competencia por la alcaldía de Bogotá era un asunto aburridor –jarto dirían los bogotanos- con unos tipos diciendo con toda seriedad y gran énfasis los mismo lugares comunes: que con ellos sí van a cambiar las cosas, que le van a mejorar la vida a los bogotanos, que van a combatir la corrupción, pero al mismo tiempo desviviéndose en jurar lealtad a la política neoliberal –encarnado actualmente en Santos- que es la matriz de la desigualdad social, de la corrupción y de este estado de cosas que desesperanza a la juventud y desespera a la ciudad entera. Y, para colmo, haciendo gala de una ignorancia que da escalofríos sobre las consecuencias de las decisiones del Gobierno Nacional y de la crisis que azota la economía mundial. En fin, esa casta de políticos adoradores de su ombligo que se consideran a sí mismos un regalo del cielo.
Y así estábamos –jartos, desentendidos y apáticos- hasta que apareció un señor –de los pocos a los que se puede llamar señores-, un intelectual al cual le cabe perfectamente la ciudad en la cabeza, un hombre comprometido desde su adolescencia con el progreso y la justicia social. En resumen, una hoja de vida deslumbrante en la cual no hay tacha ni mácula y un programa que le hace justicia a la magnitud de lo que significa Bogotá en medio de esta tormenta que no cesa.
Me refiero al Ingeniero Industrial de los Andes, Aurelio Suárez, candidato del Polo a la alcaldía de la capital de la república. Ya sabía de él como profesor universitario, diputado y líder de los campesinos y empresarios agropecuarios. Lo había escuchado por la radio y por la televisión consultado sobre los más diversos asuntos nacionales e internacionales siempre con una respuesta inteligente e incisiva que planteaba una salida a los problemas seria y bien meditada.
De manera que en lugar de las fintas de boxeadores domesticados que vienen haciéndose esos candidatos que luchan entre sí como si estuvieran ensayando frente al espejo, nos encontramos en la candidatura de Aurelio Suárez con la posibilidad real de escoger a un estadista para la ciudad capital de Colombia.
Sí, un estadista, necesario por lo que pesa Bogotá en el contexto nacional y por la delicada coyuntura que vive. En este momento crítico los ojos de Colombia están vueltos hacia su capital, ciudad en la cual viven ocho millones de personas y que genera el 40% del Producto Interno Bruto del País. Lo que en ella suceda nos afectará a todos los colombianos para bien o para mal. Siendo un asunto local sus repercusiones son nacionales.
La elección de Alcalde en Bogotá está presidida por la vital discusión de cual política prevalece: la que coloca por encima de cualquier consideración los intereses de los más ricos, de los grandes monopolios y de los bancos o la que busca que sean los derechos de los trabajadores, los estudiantes, el empresariado comprometido con el desarrollo de la ciudad y la nación, los empleados por cuenta propia y, en general, los que no encuentran oportunidades en esta sociedad neoliberal.
¿Cómo se piensa enfrentar las consecuencias de los Tratados de Libre Comercio, la sostenibilidad fiscal, la perversa ley 100? ¿Cuál es el programa para garantizar la seguridad alimentaria de la inmensa urbe? ¿Qué se va a hacer ante la pronosticada amenaza de la invasión de las mediocres universidades con ánimo de lucro y la consecuente destrucción de la universidad colombiana de la cual es meca Bogotá? ¿Cómo es eso del entierro de pobre que le hace el Plan Nacional de Desarrollo a los Planes de Ordenamiento Territorial? ¿Y los planes de vivienda popular? Políticas nacionales que como él señala son bombas atómicas que se le tiran a Bogotá. Y a cada una de estas cuestiones su respuesta es detallada, sorprendente por su conocimiento de las realidades, fundamentada en el análisis del contexto general.
En cuanto a la movilidad pone al desnudo el impúdico negocio que montó el Doctor Peñaloza para felicidad de unos cuantos empresarios dueños del Transmilleno. Bajaré, se compromete, a bajar las tarifas, que son las más altas. Mientras en Quito un pasaje cuesta 25 centavos de dólar aquí vale 90 centavos. Eso es inaceptable para Aurelio y para todos los bogotanos. Y se compromete de verdad verdad con el metro. Un metro público no concesionado que nos saque del atraso adrede.
En resumen, con Aurelio romperemos en el propio centro de la vida económica y política de Colombia el círculo vicioso del enriquecimiento de unos cuantos a costilla de la inmensa mayoría. Por eso su propuesta se agranda a cada paso.