En la era prehispánica nuestro territorio, lo que hoy se conoce como departamento del Huila, estaba ocupado en un 70% por bosque andino y algo más del 20% en bosques secos. Los primeros se desarrollan desde los mil metros sobre el nivel del mar y en sus partes mas altas luego de los mil ochocientos metros se caracterizan por la abundancia de musgos, de bromelias y orquídeas en medio de una nubosidad casi permanente, colgadas de robles, cedros y encenillos. La palma de cera, el árbol nacional, es característico de este bosque rico en insectos, peces y ranas en las aguas que los surcan, aves polinizadoras y roedores como mamíferos dominantes. Mientras el bosque seco, por debajo de los mil metros sobre el nivel del mar característico de bajas precipitaciones, nos ofrece ceibas, guayacanes y negrillos especialmente, es abundante en leguminosas de uso forrajero, aves, anfibios e innumerables invertebrados. A la fecha, entre ambos tipos de bosque que ocupan solo un 26% del territorio, se ha perdido casi un 70%, los cuales han sido reemplazados en un 50% por pastos y un 10% por agricultura. Este cambio del paisaje, tiene que ver con el proceso de colonización que el hombre ha hecho al llegar a los diferentes rincones de la región, que de proseguir sin control alguno, sin evaluar su impacto en el equilibrio del hábitat, puede desembocar en situaciones de alto riesgo para la conservación de la vida.

La presencia de la especie humana en el planeta, genera una contradicción inevitable en su relación con la naturaleza, pues su sobrevivencia depende de la manera como intervenga en ella. Es una discusión que se está poniendo sobre el tapete, con ocasión de los desastres por la ola inverna, que dejan en evidencia la imprevisión y la irresponsable ocupación de aéreas históricamente tomadas por los afluentes y ahora que el gobierno de Santos ha pregonado que una de sus principales políticas es la mal llamada locomotora minera. En ambos casos, con la sinuosidad que lo caracteriza, el gobierno para darle curso a sus torcidos propósitos, presenta sus falencias como responsabilidades no atendidas por otros; en el caso de los terribles efectos de la ola invernal, aprovecha para descalificar a las Corporaciones Ambientales Regionales y procede a tomar el control de las mismas para echarle mano a su presupuesto y a sus plantas de personal y en lo de minería inicia una batida despiadada contra la pequeña y mediana explotación minera, a la que nunca ha protegido, ni ha apoyado con tecnología, capacitación, normatividad apropiada, presentándola como depredadora del medio ambiente, mampara del lavado de dinero y financiadora de actores armados, con el expreso propósito de garantizarle a las multinacionales mineras el control absoluto de los yacimientos ya explorados por la minería nacional, para que sean explotados por ellas, sin restricciones ambientales, con una compensación ridícula para el país y en medio de todo tipo de exenciones para estas compañías extranjeras.

La discusión no es exclusivamente sobre el impacto ecológico que genera cualquier tipo de intervención del hombre sobre la naturaleza, sea la explotación de sus recursos, la construcción de hidroeléctricas, la deforestación; la controversia es fundamentalmente sobre su impacto en el interés de la nación, es decir: ¿sirve al conjunto de la población?, ¿resuelve necesidades apremiantes de la misma o sacia solo el apetito de lucro de unos pocos?, ¿Violenta el derecho de la nación a decidir libremente que camino escoge para su desarrollo?. Estas son algunas de las preguntas que deben primar al momento de evaluar la viabilidad de un proyecto, pues inevitablemente el hombre transformará la naturaleza en su convivencia con ella.

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