Ahora que la jauría ha sido desencadenada por completo y que todos los perros, grandes y chiquitos, al llamado de la trompeta de sus amos compiten por quien aúlla más y mejor contra la izquierda democrática; quienes los azuzan, confían en la destrucción del Polo. Lo que no resulta sorprendente: han pasado un siglo dedicando esfuerzos a esos menesteres de impedir a cualquier costo y por encima de lo que sea, que se resuelvan los inmensos problemas de los colombianos creados, quien lo duda, por su política imperial.

No obstante la ensordecedora gritería de los grandes medios de que “ahora si se acabó el Polo” y los llamados destemplados pidiendo que el presidente desconozca la ley en lo concerniente a la terna para definir el alcalde de la capital del país; el Polo eligió en Bogotá con más de setenta mil votos las coordinadoras de las veinte localidades e instaló a los miles de directivos que fueron elegidos; los senadores Jorge Robledo y Alexander López efectuaron un estremecedor debate sobre como las EPS, al amparo de la ley 100, han saqueado los recursos de la salud, convertida en un negocio por personajes como Álvaro Uribe y César Gaviria; y a lo largo y ancho del país las bases polistas se movilizan con las masas contra la privatización de la educación pública, el saqueo de los recursos naturales por las multinacionales, la destrucción de la universidad pública, el raponazo de las regalías a los departamentos y municipios productores y transportadores y tantos otros reclamos de las gente humildes, las clases medias y los productores nacionales.

Resulta de una desvergüenza que espanta que aquellos que contribuyeron y contribuyen con su acuciosa actividad a la concepción, parto y desarrollo del neoliberalismo, uno de cuyos retoños –el más querido- es la privatización, que ha dado de sí políticas tan criminales como la ley 100, que al decir de Robledo mata más colombianos que todas las violencias reunidas; o el desmonte de las obras públicas, entregadas al sector privado que ha hecho y deshecho, forjando inmensas fortunas al precio de mantener el país en el atraso vial e incomunicado por aquellos que tuvieron la desfachatez de venderles trochas con peajes por simuladas autopistas.

Suponen que enlodando al partido que se ha opuesto consecuentemente a esas políticas van a lograr que se olviden sus ejecutorias. Notorio fariseísmo que machaca todos los días sobre el “carrusel de la contratación en Bogotá” al mismo tiempo que ignora ladinamente que los señores Nule se llevaron por delante billones de pesos del Gobierno Nacional, en cuya entraña, la del uribismo fueron acunados, hasta el punto de que les prestaron plata de la Dirección Nacional de Estupefacientes, esa cueva de Rolando en que ha sido convertida por sus administradores.

El Polo acata las decisiones de la justicia, no importa que las imponga un personaje tan cubierto de oscurantismo y rabiosa politización como el procurador. Y por ello le solicitó a Samuel Moreno que renunciara a la alcaldía. En cambio, váyase a ver como pisoteó la justicia el ex presidente Uribe y cómo llama el presidente Santos –imagínese, el primer magistrado de la república- a controvertir las decisiones de los jueces cuando tocan a encopetados miembros de las fuerzas armadas sobre crímenes de lesa humanidad como los del Palacio de Justicia.

Pero los dueños de la jauría se alborozan prematuramente. Ha sobrevivido la izquierda democrática trances más terribles que el actual. Su línea es correcta, su organización fuerte, la terna presentada impecable, de personas que han dedicado sus vidas al servicio del pueblo. Naturalmente a aquellos que están empeñados en quitarle toda oposición a la política neoliberal la consecuencia con el país y su gente les parece radicalismo, el fortalecimiento organizativo que vive el Polo les huele a sectarismo y los ternados, incompetentes.

Ladran los perros, dijo el inmortal manchego. Ladran porque temen que su inmensa obra de hambre y miseria sea percibida tal y como es en su mezcla de hipocresía y cinismo y que para ello el pueblo cuente con la herramienta humilde e imprescindible de la organización política que se forja en el Polo.

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