La gente que decide izarse brazada a brazada a alguna cumbre económica atesora cada moneda que cae en sus manos, hace inversiones conservadoras y practica la frugalidad en todos los extremos de las necesidades. De sobra está decir que si tacañea en la comida, la bebida y el sexo, en lo que respecta a asuntos menos básicos como el arte, el deporte y la gastronomía (que no es lo mismo que el no morirse de hambre) asume actitudes radicales e intemperantes de negación absoluta. Denosta de la tontería fatigosa de correr tras una pelota, desprecia cualquier forma de arte que no tenga una relación directa con lo práctico inmediato –como una flor en un pocillo- y considera sacrílego el horno.

Así, penosamente, busca de dejar de ser un pequeño propietario o un profesional de medio pelo. La mayoría de las veces fracasa y entonces lanza inmundicias –las mismas tonterías adocenadas de toda su vida, adobadas por el veneno de la decepción- desde el rincón de un taller desvencijado, de una tienda desvalida de artículos o agitando un poco sus amadas y odiadas cadenas de la oficina.

Esa vida, la de las carencias, y esa meta, la de “superarse” privándose de casi todo, es su receta, su panacea, su remedio universal. La gran burguesía, oligarquía que especula desde sus bancos, trampea sin recatos intermediando lo habido y por haber, y corrompe o se deja corromper en un alto cargo público, y que jamás ha dejado de regalarse con lo mejor de lo mejor –así haya que enterrar diez, desplazar cien o matar de hambre mil-, le tiene un cariño despreciativo a la mísera enseña de sus admiradores de abajo. No, por supuesto, para aplicársela a sí misma, no faltaría más, sino para usarla como lección a las clases populares, tan refractarias a la flagelación y tan partidarias de la prodigalidad de la verbena y del número y la entereza en las calles levantadas.

De vez en cuando una vida ausente de todo gozo –distinto del de querer tener más que los otros- alumbra un triunfo. Pues bien, ese “héroe” es ensalzado por unos instantes –una entrevista, un noticiero- al lado de los grandes señores de la especulación financiera y la defraudación de los bienes del Estado. Luego será olvidado, pero su camino seguirá siendo el de la salvación.

Si el hombre mediano sigue esa senda por convicción, la oligarquía lo hace por una hipócrita necesidad: cuando ha separado a las grandes masas populares del deleite del deporte –sin escenarios, sin instructores, sin una camiseta-; del arte –sin poesía, sin teatro, sin música-, de la gastronomía -¿eso qué es?- , fuerza es que le recete la abstinencia y las telenovelas como sucedáneos de la generosidad de su sangre.

En un panel de la televisión española cuando uno de los intervinientes se quejaba por la ínfima proporción de teléfonos en África, otro le enmendó la plana con un blindado cinismo: no seamos hipócritas: a quién le interesa la suerte de esos pobres diablos. Naturalmente, los pobres diablos están generosamente distribuidos por todos los países pobres y los ricos. Naturalmente, su suerte es de poco interés, ¡Hay tantos!, en tanto no decidan tomar la suerte de la historia en sus propias manos.

Por un lado se les predica la vida espartana, por otro, se les bombardea desde los reactores nucleares de la propaganda masiva para que compren lo que no pueden. Y, entonces, en esa violenta contradicción se debaten: entre la hipocresía y el cinismo. Qué no se sabe cuál sea peor. Cómo en el infierno de Dante, sometidos al calor abrasador y al frío quemante. Se huye de uno para caer en el otro. De la sartén a las brasas, de la admonición del ahorro feroz que le dará un cielo más allá, al pretendido hedonismo del efectivo y la tarjeta de crédito.

Como bien se sabe la verdad no está en los ideales de tacañería de la pequeña burguesía ni en los de la dolce vita de los afamados especuladores de los trusts financieros.

El arte –no el de la vulgaridad o la desatenta desolación- y los placeres del buen comer –no el de ver en televisión como son las viandas y las bebidas- y el de practicar el deporte –no ser simplemente un “fanático”-; esas son, también necesidades vitales de la población, que deben ser conquistadas al igual que las otras necesidades vitales.

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