Como en la época de las grandes convulsiones revolucionarias burguesas de comienzos del siglo XIX, cuando las élites de Europa hablaban y hasta pensaban en francés -de lo que nos ha dejado fidedigna y portentosa nota el conde Tolstoi- ahora, también las élites, hablan y piensan en idioma extranjero, en inglés.
Mas, como en aquellos tiempos la sociedad entera se había sacudido hasta sus cimientos y era imposible gobernar y luchar sin concederle a lo popular un tanto, se necesito un hombre que como Kutuzof hablara la lengua vernácula con la unción de un campesino, para vencer a Napoleón, salvando al imperio zarista y, a la par, trastornándolo con la fuerza poderosa de los de abajo, que continuaría manifestándose durante todo ese siglo y el siguiente. Así, en estos tiempos de las grandes convulsiones de las naciones oprimidas, entre ellas la nuestra, las élites se dan a la política de reclutar gente no nacida en las cumbres del poder económico para, entre otras maniobras de engaño, salpicar su cipayismo con voces populacheras: que el revolcón, que los pechugones, que cuidado conmigo cuando vengo cargado de tigre.
Eso sucede: lo más antipopular se esconde tras la palabra nueva incubada en los sufrimientos y las contadas alegrías del pueblo. Los presidentes hablan como arrieros, los ministros como verduleras –con perdón de arrieros y verduleras por lo desacomedida de la comparación-.
Ahora bien, ojalá sólo fuera eso. Pero han descendido, cosa que no hicieron los afrancesados españoles o los aristócratas rusos, a la jerga del lumpen, que, supongo, se alegra ruidosamente sabiendo a Uribe gritar a sus colaborador o compinche aquel inolvidable: “le parto la cara, marica”.
Los extremos se tocan: los sacamicas de la lumpen burguesía, de la aristocracia financiera, compiten en el habla con los tenebrosos señores de las “oficinas”. Unos y otros se coluden al margen del código penal y de la gramática castellana.
Al fin y al cabo no son simples coincidencias idiomáticas. Se han fraguado sus identidades al calor de las grandes –y a menudo- falsas desmovilizaciones, de las visitas subterráneas al palacio de Nari, de las burdas francachelas en los palacios de los señores de la guerra.
Nos gobiernan en inglés: leemos el Plan Colombia en la lengua de Shakespeare –y lo entendemos mejor, según Serpa, que en español- y sabemos de los contratos de las bases por las páginas gringas. Y nos adoban todo ello con solecismos en nuestro idioma.
Saber inglés es necesario como lo va siendo saber mandarín. Y ser políglota, mucho mejor. Pensar en inglés bostoniano y leer con los prejuicios del que tiene un apartamento en Manhatan y mullidas cuentas en viejos bancos de Zurich, es pasarse de la raya que señala donde termina la nación y la nacionalidad y donde comienza la metrópoli del imperio que nos aflige con el hambre y el atraso.
Y al pueblo, en tanto, se le engaña por partida doble: con el lunfardo de la mafia, mal pronunciado y sin energía por rubicundos políticos y dirigentes empresariales, y con la enseñanza de un inglés apenas suficiente para pegar marquillas al derecho en las maquiladoras o para ser celador en los sultanatos mineros y petroleros que gobiernan las multinacionales en la propia entraña de Colombia.
De modo que mientras nos reímos de las imbecilidades lingüísticas que afloran en la teacher de inglés, los señores que piensan en ese idioma y salpican su habla con las expresiones del lumpen, nos sacrifican entre risotadas.