Dos compadres decidieron comprar una vaca en sociedad. Miti-miti como dijera un ministro de nuestra corrompida oligarquía, lo que no impidió que el compadre vivaracho –que no falta- expresara su deseo de ser dueño de la parte de atrás del animal. Al otro, en consecuencia, le tocó la parte de adelante. Ahí se terció el negocio. Al desventurado socio de la parte de adelante le correspondía darle de comer –y muy bien- a la vaca, el de la parte trasera madrugaba alegremente a ordeñarla y a vender –para su exclusivo provecho- la leche. Cuando el semoviente parió fue para el socio de atrás –o acaso por allá no es el cuento de la concepción, etc.- el ternero. Y un mal día la vaca corneó a la mujer del de atrás, por lo cual tuvo el de adelante que pagar remedios y perjuicios.

De esas trampas y mañas derivó el dicho popular, “compañías ni con la cobija”.

Puede que el refrán sea cierto, puede que no. Depende de cómo se hagan los negocios. Parece que quienes los han hecho a nombre de los colombianos son tan avispados como el compadre que se dejó enyardar con la boca de la vaca. Digo parece, porque a pesar de ser una auténtica imbecilidad los contratos con las multinacionales, las prórrogas, otros sís, adendas y demás artilugios jurídicos para tumbar al país; porque no obstante que las privatizaciones son chambonadas hechas por mocosos de primarias que venden sus derechos por una chupeta; porque están acordes la forma como entregan a menosprecio la tierra, el aire y el agua con las ventoleras de cazadores irascibles como el viejo Esaú, el del plato de lentejas; cuando vemos por televisión a los presidentes y a sus ministros, a los presidentes de las empresas y agencias estatales, a los congresistas que ayer se llamaban uribistas y hoy apelan a la “unidad nacional” van siempre con buenos vestidos de paño y buenas corbatas y caras de hombres inteligentes y sesudos. Parecen inteligentes viéndolos de lejos y de cerca, en las negociaciones con las comunidades y sindicatos son unas fieras a las que no se les pasa ni una, y en las manifestaciones y campañas se notan más inteligentes prometiendo lo que no van a cumplir y haciendo que una bien formada secretaria o un mal encarado secretario tomen nota de las peticiones de la agobiada y agobiante multitud, a la cual, en el mejor de los casos sólo le responderán con un calendario en donde estará, sin duda, la foto del dichoso dirigente de la democracia más antigua y estable de América Latina.

También nos damos cuenta que casi nunca –iba a decir nunca, pero no lo hago por cuestiones de pudor- esos señorones hacen un mal negocio personal –excepción hecha de cuando compran un voto y el elector sufraga por otro que le dio más o que le cae mejor o se hace le pendejo y no vota, todo lo cual, de todas maneras, ya está descontado y previsto en el balance secreto de los gastos electorales-. Que tampoco casi jamás se quiebran y, por el contrario, sus empresas florecen y se reproducen en otras más grandes o más francas –como las zonas- a nombre de sus hijos, sus mujeres y hasta de sus nueras.

Como las declaraciones de renta son secretas y hay tantos paraísos bancarios no podemos llevar con exactitud de contador sus finanzas personales ni tener al día el inventario de sus empresas limitadas, anónimas, holdings y demás formas de esconder los buenísimos negocios que hacen, pero evidentemente nunca –y aquí si digo nunca- los han visto pedir fiado en la tienda de la esquina y si gorrean trago en los cocteles no es por estar limpios sino por tacaños.

En resumen, que día a día prosperan a modo y semejanza del Buendía que en su Macondo tenía que decir de muy buen talante “apártense vacas que la vida es corta” porque le parían tanto que ya no lo dejaban caminar cuando iba por sus tierras.

De manera que es inexplicable su comportamiento de hacer buenos negocios cuando son personales y malos cuando son públicos ¿Qué será lo que les pasa? ¿Será que usan una parte del cerebro para lo público y otro para lo privado? ¿Será que como en la teoría de las inteligencias múltiples sólo tienen aquella que les conviene para su lucro personal y son unas mulas en el “servicio público”?

Viéndolos en esa situación se les debería aconsejar que no tomaran leche tibia. Sí, la leche que les dan –en proporciones mínimas- las multinacionales dueñas de la parte de atrás cuando ordeñan la vaca llamada Colombia y ellos, tan acomedidos, se la ayudan a tener.

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