Sé que la Universidad de Nariño tiene el mejor observatorio astronómico del país. Que desde él se han hecho importantes aportes, de reconocimiento mundial, a la venerable ciencia de la astronomía. No creo que el doctor Alberto Quijano Vodniza sea un lector del horóscopo, ni que se haga hacer la carta astral todos los días. Pienso más bien que las preocupaciones del doctor Quijano y de todo su grupo de investigación, pasan es por tratar de entender con mayor precisión el complejo funcionamiento del universo.

Ante tan calificado auditorio, como son ustedes, voy a plantear una pregunta que puede sonar baladí y cuya respuesta a más de uno le podrá parecer obvia: ¿prefieren en los planes de estudio de esta Facultad seguir las orientaciones del doctor Quijano o las de Regina Once? Vuelvo a repetir, la pregunta puede parecer impertinente y fuera de lugar. Pero por lo que vamos a comentar, resulta que para algunos personajes que filosofan sobre la ciencia, las opiniones de estas dos tan disímiles personas pueden tener la misma validez. Es decir, a estas alturas del siglo XXI todavía tenemos que estar decidiendo entre ciencia y oscurantismo: el premio Nobel de Medicina de este año le ha sido otorgado a Robert Edwards, de Inglaterra, por su contribución al tratamiento de la infertilidad humana gracias a la técnica de la fecundación in vitro, que permitió que millones de parejas en el mundo cumplan con el más característico imperativo biológico: ¡transmite tus genes! La técnica del doctor Edwards es el resultado concreto de la larga acumulación de investigación científica en el campo de la fisiología de la reproducción humana. Ella ha hecho felices a millones personas en todo el planeta, menos en El Vaticano, donde se declaró que “seleccionar a Edwards había sido algo completamente fuera de lugar”. Suenan en esta declaración viejos ecos del proceso que se siguió contra la ciencia, en la persona de Galileo Galilei, cuando el Cardenal Bellarmino (el mismo que llevó a la hoguera a Giordano Bruno) declaró que la tesis heliocéntrica defendida por el científico de Pisa “es cosa que encierra el peligro no sólo de irritar a todos los filósofos y teólogos escolásticos, sino también dañar a la Santa Fe, al hacer falsas las Sagradas Escrituras…”. Ya en 2008 el actual papa, Benedicto XVI, se había pronunciado contra la fecundación in vitro, cuando dio a entender que esta técnica es una afrenta a la dignidad humana. Pero el oscurantismo ha tomado actualmente otras formas más sutiles, más engañosas: se ha valido de un complicado lenguaje filosófico revestido de conceptos científicos, a veces distorsionados, para adelantar una nueva cruzada en contra de la ciencia.

La ciencia, como el arte o la filosofía, es una hermosa empresa del intelecto humano. Hermosa porque nos permite comprender cada vez con mayor profundidad la infinidad de fenómenos que suceden en el mundo natural. Yo creo que todos ustedes han tenido un sentimiento de alegría muy especial cuando leyendo, o en el laboratorio, han hallado la clave explicativa del fenómeno que ha atraído su interés. Pero seguramente también todos nos hemos admirado ante el imponente espectáculo de un cielo tachonado de estrellas, los majestuosos colores de una orquídea, el orto de la Luna en el horizonte, la exactitud del teorema de Pitágoras o el zigzag del vuelo de un murciélago. Y nos llena de satisfacción intelectual saber que no hay necesidad de recurrir a oscuros principios y que, por el contrario, podemos invocar una teoría racional, soportada por la prueba experimental, y por lo tanto verdadera, para explicarnos esos hechos, sin que por ello dejen de ser hermosos. Respecto de la relación entre belleza y conocimiento científico decía el físico y premio Nobel Richard Feynman: “Hay toda clase de preguntas interesantes que demuestran que el conocimiento de la ciencia no hace más que sumar a la emoción, el misterio y la admiración que nos produce una flor”.

La ciencia también nos ha llenado de innumerables aplicaciones tecnológicas que han hecho más fácil la vida de los seres humanos: pienso en este momento en toda la tecnología que hubo de emplearse para arrancar de las entrañas de un socavón a 33 trabajadores de la minería chilena, en los computadores portátiles, los cada vez más sofisticados teléfonos celulares, la insulina producida por técnicas de ingeniería genética o, en mi viaje ayer hasta la ciudad de Pasto, que fue más rápido gracias “al estudio, diseño y manufactura de aparatos mecánicos capaces de elevarse en vuelo, así como el conjunto de técnicas que permiten el control de aeronaves”, que es como Wikipedia define la aeronáutica, a pesar del miedo atávico que siento por las alturas.

Mientras los filósofos buscan explicar las razones últimas de nuestra existencia y los artistas plasmar la belleza de lo intangible, los científicos indagan acerca de las causas inmediatas valiéndose del siempre renovado método científico, apoyándose en el formalismo matemático, planteando teorías, concatenando observaciones, diseñando experimentos que terminen por respaldar o rechazar una hipótesis y en fin, haciendo todo aquello que sea necesario para transitar por camino seguro hacia la verdad científica. La ciencia ha evolucionado históricamente desde lo más general a lo más específico, lo que le ha permitido explicar una mayor cantidad de fenómenos con más precisión, es decir, con profundidad creciente: comparemos, por ejemplo, la química que hacía Lavoisier con la que llevó al estadounidense Richard Heck y a los japoneses Ei-ichi Negishi y Akira Suzuki a ganar el Premio Nobel de este año por sus innovaciones en la química orgánica.

La ciencia es la forma más elaborada de organización de los conocimientos que la humanidad, a lo largo de su desarrollo histórico, ha venido acumulando acerca del funcionamiento del mundo. La validez de sus hipótesis, teorías y leyes no dependen de la fe o de la autoridad de un individuo, sino del veredicto inapelable de la práctica experimental: fue el experimento de Joseph John Thomson lo que demostró que la secular creencia en la indivisibilidad del átomo, era falsa. La ciencia también es un camino para uno liberarse de prejuicios y supersticiones, y para alcanzar una visión más clara y amplia de la vida. No importa que a veces sus aplicaciones tecnológicas entren en contradicción con la dignidad humana, como cuando la “eléctrica hermosura” del átomo, guardada como si fuera únicamente “píldora norteamericana” fue dejada caer sin misericordia alguna sobre Hiroshima y Nagasaki. Eso no es culpa del conocimiento científico, es culpa de la forma de organización social que actualmente tiene la humanidad.

La ciencia hace rato se convirtió en palanca fundamental para el desarrollo y progreso de las naciones: se calcula que un treinta por ciento del Producto Interno Bruto de los Estados Unidos, proviene de las aplicaciones de la mecánica cuántica, uno de los pilares fundamentales, junto con la teoría de la relatividad, de la física moderna. Las que pertenecen al llamado Tercer Mundo ven con pavor la manera acelerada cómo la brecha científica y tecnológica se amplía y profundiza respecto de las que pertenecen a las del Primer Mundo, desde donde se escuchan recomendaciones como la del norteamericano Michael Porter, de la Escuela de Negocios de Harvard, quien tiene el descaro de sugerir que Colombia debe “dedicarse a lo que sabe hacer bien, esencialmente, producir café, pero no cometer el error de tratar de incursionar en temas más sofisticados en los cuales no tiene ninguna oportunidad”, es decir, en plata blanca, que para los países pobres está negada la posibilidad de contribuir al desarrollo del conocimiento, que lo único que deben hacer es leer y tratar de entender la ciencia que en otros países se está haciendo, y vender a las metrópolis aquellos recursos naturales que les permitan comprar toda la tecnología que necesitan, ya elaborada. Esas tesis han encontrado un eco entusiasta en los gobiernos de estos lares, como el oprobioso del de los ocho años anteriores y el continuista del que se acaba de iniciar, que han tratado de hacerle creer a la opinión pública que no vale la pena que en un país como el nuestro se haga un esfuerzo importante para crear una capacidad propia de producción de conocimiento científico y que lo mejor que podemos hacer es dejar esos temas a los países desarrollados y contentarnos con adquirirles la tecnología que allá producen. Desafortunadamente quienes creen que cualquier forma de explicación es válida, que “todo vale”, o ven en el método experimental “un mito de los epistemólogos” se han convertido en idiotas útiles de todas estas políticas agenciadas desde el Ministerio de Educación Nacional.

Pero hay científicos de renombre, como el neurobiólogo Rodolfo Llinás, que ha reclamado del gobierno colombiano darle a la ciencia y la tecnología la importancia necesaria para que ellas contribuyan a mejorar el bienestar de las gentes del país. Con claridad el doctor Llinás ha señalado: “Colombia no está dando todo lo que puede dar desde el punto de vista humano. Definitivamente nuestros artistas son fantásticos, nuestros escritores son fantásticos, pero nuestros científicos no pueden ser fantásticos. No porque falte capacidad, sino porque simplemente no existe el interés ni la voluntad social y política necesaria para sostener un eje científico fuerte”.

Los centros de poder mundial han decidido condenarnos, por ahora, a cien años de soledad científica y tecnológica. Para lograrlo necesitan debilitar al máximo nuestra soberanía nacional y arrasar con nuestra débil estructura industrial y agropecuaria, objetivos que están alcanzando especialmente desde que aquel presidente de aflautada voz proclamó el “colombianos: bienvenidos al futuro” con que se inició lo que se conoce como la apertura económica y que se va a profundizar con los tratados de libre comercio que se han firmado con Estados Unidos y la Unión Europea, entre otros. En esas condiciones de diseño de un país atrasado, dedicado únicamente a la producción de bienes primarios no hay necesidad de una enseñanza científica, de calidad, en la Universidad, especialmente en la pública.

La política trazada para estos países ya había sido expresada claramente por algunos de los más sobresalientes dirigentes estadounidenses. Veamos algunas de ellas:

1) “La globalización no es otra cosa que el papel dominante de los Estados Unidos”, Henry Kissinger.

2) “Nuestro objetivo con el ALCA es garantizar a las empresas norteamericanas, el control de un territorio que va del polo ártico hasta la Antártida, libre acceso, sin ningún obstáculo o dificultad, para nuestros productos, servicios, tecnología y capital en todo el hemisferio”, Colin Powell.

3) “El ALCA abrirá los mercados de América Latina y el Caribe a las empresas y agricultores de Estados Unidos al eliminar las barreras al comercio, a las inversiones y a los servicios…”, Robert Zoellick, quien es actualmente el presidente del nefasto Banco Mundial.

La acumulación exclusiva de conocimientos ha sido una táctica de dominación muy vieja en la historia de las naciones. Eso ya lo habían ensayado los Ptolomeos, la dinastía que gobernó a Egipto durante tres siglos. Según cuenta Daniel Samper Pizano, los príncipes ptolemaicos “consideraban que no bastaba a un imperio con disponer de información sino que era indispensable evitar que otras naciones la tuvieran”. Para lograrlo fundaron la colosal biblioteca de Alejandría, robaron colecciones privadas, copiaron ajenas, confiscaron las de los vencidos e hicieron todo lo que fuera posible para que las ciudades rivales no pudieran acumular libros. Este ejemplo muestra que el dominio del conocimiento es parte del dominio político y económico. Y algún intelectual que ha tenido el privilegio de estar en la rectoría de la Universidad Nacional, como es el caso de Marco Palacios, para justificar su regresiva reforma académica y en consonancia con los intereses del Imperio del Norte, declaró: “Quizás estemos ‘enseñando demasiado’, entregando un profesional que supera los requerimientos del mercado”.

Pasemos a plantearnos otras preguntas, cuyas respuestas están relacionadas con la que ustedes hayan dado a la que inicialmente planteé: ¿son las teorías científicas una descripción aproximadamente fiel de la realidad material?, ¿tiene la ciencia la misma capacidad explicativa que el mito?, ¿tiene la realidad una existencia independiente de la conciencia o es una proyección de ésta?, ¿qué se quiere decir cuando se afirma que la verdad es absoluta y relativa?, ¿cómo logramos saber que una teoría científica es falsa o verdadera? Planteo estas inquietudes porque en los últimos años han aparecido algunos defensores de lo que se ha llamado el relativismo epistémico, concepción epistemológica que ataca al conocimiento científico y que hace parte de los planteamientos posmodernistas y constructivistas. Desafortunadamente las tesis defendidas por los seguidores de estas corrientes filosóficas de naturaleza idealista, han anidado en las direcciones de algunos departamentos académicos de las universidades y se han convertido en la guía de la pedagogía de buena parte de la educación colombiana, tanto pública como privada.

Digamos que el significado más común de la palabra relativismo tiene que ver con la afirmación de que podemos atribuir un peso o valor equivalente a cualquier explicación posible, pues carecemos de un criterio objetivamente válido para decidir cuál de todas las opciones es la verdadera ya que toda afirmación depende de las condiciones o contextos de la persona o grupo que la afirma. El relativismo epistémico considera que la ciencia no es más que un “mito”, una “narración” o una “construcción social”. Ejemplo de esto es la declaración del arqueólogo británico Roger Anyon, quien durante años estuvo estudiando al pueblo Zuni que habita en Nuevo México (Estados Unidos). Dice Anyon que “la ciencia sólo es una forma entre otras de conocer el mundo”, por lo tanto la visión que los zunis tienen sobre la prehistoria “es tan válida como la perspectiva arqueológica”. Como todos los puntos de vista son igualmente válidos y deben ser igualmente “respetados” entonces la afirmación de que el holocausto nazi haya ocurrido es una cuestión de creencia personal; o deben tener la misma validez la afirmación de que el planeta Tierra se originó hace 4.500 millones de años y la de que el mundo empezó hace menos de 10.000 años; o a la teoría del diseño inteligente se le debe dar la misma respetabilidad que a la teoría de la evolución darwiniana: Ronald Reagan, quien precisamente no descolló por sus contribuciones al conocimiento humano, durante la campaña electoral de 1980 planteó: “El evolucionismo no es más que una teoría científica, tan falible a ojos de la comunidad científica como cualquiera de las en otro tiempo sostenidas y hoy abandonadas. En cualquier caso, si se toma la decisión de enseñarla en las escuelas, creo que también debería enseñarse allí el relato bíblico de la creación”. Espero que ahora sí hayan captado la intención de la pregunta que planteé al iniciar esta lectura.

Para que podamos calibrar la naturaleza ideológica del posmodernismo, Alan Sokal y Jean Bricmont en su magnífico libro Imposturas Intelectuales (que según el escritor Héctor Abad Faciolince, está escrito “contra toda esa ralea de filósofos y pseudocientíficos franceses o afrancesados que han sido y siguen siendo la peste de las universidades del mundo entero”) y que recomiendo sea leído por todos ustedes, lo definen como “una corriente intelectual caracterizada por el rechazo más o menos explícito de la tradición racionalista de la Ilustración, por elaboraciones teóricas desconectadas de cualquier prueba empírica, y por un relativismo cognitivo y cultural que considera que la ciencia no es nada más que una “narración”, un “mito” o una construcción social”.

Algunos de los exponentes más connotados del pensamiento posmodernista han pregonado cosas tan absurdas como el “fin de la historia” supuesto por Francis Fukuyama; la negación de la posibilidad del pensamiento humano para lograr una explicación objetiva de la realidad; idioteces como la de Jaques Lacan de hacer equivalente la erección del miembro sexual masculino a la raíz cuadrada de -1 o su afirmación de que existe una relación entre los objetos geométricos de la topología y las enfermedades mentales: “…se puede mostrar que un corte en un toro corresponde al sujeto neurótico, y en una superficie entrecruzada, a otro tipo de enfermedad mental”; a tratar establecer una relación entre el lenguaje poético y la teoría matemática de conjuntos como era la pretensión de Julia Kristeva; a calificar ese monumento científico, los Principia, erigido por Newton, como poco más que un manual de destrucción lleno de metáforas del científico macho invadiendo y desgarrando en pedazos la naturaleza como piensa Sandra Harding, para quien además la ciencia moderna es sexista, clasista, racista y culturalmente coercitiva; por su parte Luce Irigaray la emprende contra la más famosa ecuación de la ciencia: E=mc2 y se pregunta si esa ecuación es sexuada, para responder: “Lo que se me antoja una señal del carácter sexuado de la ecuación no es su utilización por la industria del armamento, sino que se haya privilegiado exactamente lo que camina más aprisa”; Bruno Latour, al conocer la noticia de que el faraón Ramsés II pudo haber muerto por tuberculosis hacia el año 1213 a.C., comentó que le parecía un anacronismo que al Faraón lo hubiera matado una bacteria que fue descubierta por Koch en 1882 y llegó al extremo de afirmar que “antes de Koch, el bacilo no tiene existencia real”. Si se siguiera la lógica de Latour, entonces tendríamos que aceptar que la radiación cósmica de fondo (el ‘eco’ del big bang de hace 14.000 millones de años) solamente existe desde 1965 cuando fue descubierta, accidentalmente, por Arno Penzias y Robert Wilson; que los organismos que catalogamos como Australopithecus afarensis no existieron nunca pues actualmente no los vemos y de ellos solamente conservamos sus fósiles; que los elementos químicos cumplen la ley de la periodicidad únicamente a partir de cuando Mendeleiev organizó su tabla periódica. A estos y otros absurdos se llega cuando se aceptan todos esos irracionales argumentos. Con razón Mario Bunge, el físico y epistemólogo argentino, dijo de los militantes de la escuela posmoderna francesa que “eran los mayores exportadores de basura intelectual del mundo”. Me niego a creer que ustedes puedan aceptar que toda esa “basura intelectual” sea la que oriente la enseñanza de la ciencia en esta Facultad.

Para el posmodernismo la realidad física es en el fondo una construcción lingüística y social, la realidad es una proyección de la conciencia, los objetos no están presentes en el mundo sino que son constructos mentales. Esta concepción hunde sus raíces en el idealismo platónico donde el conocimiento es un asunto de la razón, no de la experiencia: “La razón utilizada de forma debida, conduce a ideas que son ciertas y los objetos de esas ideas racionales son los universales verdaderos, las formas eternas o sustancias que constituyen el mundo real”. También se alimenta de las tesis expuestas por George Berkeley: existir es ser percibido, lo que sencillamente significa que lo único que posee existencia real es el mundo de las sensaciones, mientras que la realidad externa no solo no puede percibirse sino que sencillamente no existe; los hombres solamente pueden conocer sensaciones e ideas de los objetos, pero no la materia y el ser; por eso a Berkeley le parece extraño que en los hombres prevalezca “la opinión de que las casas, las montañas, los ríos y, en una palabra, todos los objetos sensibles tienen una existencia natural o real…”. Quien así piense tendrá que negar la capacidad del hombre de acceder al conocimiento verdadero del mundo de las cosas y por lo tanto tendrá la necesidad de negar también la validez de la ciencia para conocer y explicar los fenómenos del mundo. Pero contrastemos estas opiniones con las expresadas, entre otros, por Aristóteles, Leonhard Euler y Albert Einstein. Conceptuaba el Estagirita: “Decir que las ideas son los prototipos y que todo lo demás participa de ellas es hablar por no callar, es recurrir a simples metáforas”. Decía el matemático suizo: “Cuando mi cerebro suscita en mi alma la sensación de un árbol o de una casa, digo, sin vacilar, que fuera de mí, existe realmente un árbol o una casa de los que incluso conozco el emplazamiento, el tamaño y otras propiedades. No es posible encontrar ningún ser, hombre o animal, que dude de esta verdad. Si un campesino quisiera dudar de ella, si dijera, por ejemplo, que no cree en la existencia de su señor, aunque lo tuviese ante sí, sería considerado como un loco y con razón: pero desde el momento en que un filósofo afirma cosas semejantes, espera que admiremos su saber y su sagacidad, que superan infinitamente los del pueblo llano”, mientras que para el padre de la teoría de la relatividad “la creencia en un mundo exterior independiente del sujeto preceptor, es la base de toda ciencia natural”. Juzguen ustedes cuál de esas concepciones es la que debe prevalecer en su Facultad.

Otro aspecto particularmente chocante de los filósofos adscritos a la corriente idealista del posmodernismo, es la tendencia que tienen en sus escritos a emplear un lenguaje rimbombante, oscuro, enredado con el cual pretenden parecer profundos y decir mucho, dejándole al lector una sensación de “minusvalía intelectual” cuando en realidad, en muchos casos, están diciendo sandeces con aire de profundidad. Seguramente piensan que todo lo que es claro es de por sí, superficial. Por ejemplo, miremos la aparente profundidad de la siguiente descripción de las partículas atómicas y del principio de incertidumbre: “…las partículas son composiciones infinitamente compuestas por puntos de vista no sintetizables, prolijos y elementales, que constituyen un punto de vista holográfico e indivisible como la multiplicidad bergsoniana. Así, la doble naturaleza de la partícula elemental, de la cual no se puede establecer al mismo tiempo su dirección y su posición, implica una composición polifónica irreducible a la suma de estas dos naturalezas que, en cambio, multiplica sus determinaciones”. Comparemos este fragmento con otro escrito por la conocida Florence Thomas, extraído de su texto Los estragos del amor: “Esta premisa de que la cultura comunica significa que también puede ser comunicada, precisando aún más, la cultura y los miembros que participan en ella en un momento dado establecen una relación especular con sus objetos semióticos o portadores de sentido (textos difundidos por los medios), lo cual quiere decir que se mira y se reconoce en ellos, que asimismo son, entre muchos otros objetos semióticos, un espejo de la cultura que conforma un conjunto, un cuerpo proposicional de reglas y normas que aunque no son forzosa ni automáticamente obedecidas, sí son reconocidas por todos, definiéndose en torno a ellas una especie de espectro de variaciones que actúa sobre las relaciones de los individuos, sobre sus acciones concretas, sobre su sentir y sobre su saber”. Como ven se trata de hacer pasar por profunda una afirmación filosófica barnizándola de una jerga de apariencia científica; se engolosinan con la curvatura del espacio-tiempo, con la teoría del caos, con la geometría de los fractales, con el principio de incertidumbre o con las matemáticas más abstractas. Pero en muchos casos manejan esos conceptos de manera errada o sin ninguna relación con las ideas que están planteando. Frente a esos dos ejemplos no puedo dejar de citar lo que al respecto dijo Peter Medawar, premio Nobel de Medicina: “El que escribe de forma oscura, o no sabe de lo que habla, o intenta alguna canallada”.

Como la filosofía idealista niega de plano la existencia de una realidad objetiva, los conceptos de ley natural y verdad científica se han convertido en otras víctimas ilustres de la manera posmoderna de acercarse a las cosas. Para el idealismo no existen leyes en la naturaleza pues lo que en ella predomina es el caos y es únicamente la acción de la mente humana lo que pone orden e introduce las leyes en el mundo natural: las leyes vienen siendo dispositivos conceptuales mediante los cuales organizamos nuestro conocimiento empírico y predecimos el futuro. La ley está en el pensamiento racional, no en la realidad material. De allí que un científico de la importancia de Andrè-Marie Ampère concibiera las leyes naturales como “maneras de ver de nuestro espíritu”; para el biólogo y epistemólogo chileno Humberto Maturana, “lo que se denomina habitualmente leyes ‘de la naturaleza’, no puede ser sino una abstracción de las coherencias operacionales de observadores”; el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein considera que “en toda la visión moderna del mundo subyace el espejismo de que las llamadas leyes de la naturaleza son las explicaciones de los fenómenos de la naturaleza”.

La ciencia ha establecido claramente que los fenómenos naturales no existen aislados unos de otros, sino que entre ellos hay una relación mutua o concatenación que no está causada por nuestra conciencia sino que corresponde a una realidad del mundo material. Las leyes que gobiernan el desarrollo de la naturaleza no dependen de la voluntad de los hombres, pues ellas ya actuaban desde antes que en la Tierra hubiera surgido el pensamiento consciente. Esto significa que la ley debe ser descubierta, no inventada, aunque para descubrirla sea necesario recurrir al uso de herramientas especializadas tanto conceptuales como materiales; es precisamente la existencia de leyes lo que nos proporciona conocimientos cada vez más profundos y universales. Lo que la ciencia ha hecho a lo largo de todo su desarrollo histórico es encontrar leyes, cuyo descubrimiento está condicionado por las condiciones históricas en las cuales viven quienes las descubren: no se podía esperar que Darwin desarrollara las bases teóricas de la nueva síntesis. Mientras la humanidad no tuvo conocimiento de la ley de la gravedad, la comprensión de los fenómenos celestes era muy limitada; por eso, durante siglos, los astrónomos se aferraron al sentido común y a la física aristotélica. Pero cuando Newton descubrió la ley de la gravitación universal se logró la síntesis de la mecánica de los cielos con la terrestre, pues una misma ley podía explicar el movimiento de la Luna y la caída de una manzana y, el conocimiento del cosmos se amplió. Conocimiento que se siguió ampliando y profundizando cuando Einstein, estudiando el comportamiento de la luz, estableció una nueva relación entre materia, espacio, tiempo y movimiento que desembocó en el desarrollo de la teoría de la relatividad.

La ausencia de leyes haría al mundo completamente caótico, nuestras experiencias se tornarían un revoltijo de sensaciones inconexas y de este marasmo resultaría imposible extraer el concepto de “objeto material”. Las leyes de la naturaleza garantizan la capacidad de identificar la presencia de ‘cosas’ que existen con independencia de nuestras impresiones y emociones. A partir de ello avanzamos hacia la certeza de la existencia de una realidad exterior independiente de nosotros mismos, en relación a la cual adquirimos nuestro propio ‘yo’. Es gracias a la existencia de leyes naturales, que dan alguna uniformidad al mundo, que nuestra conciencia puede desarrollarse. Por eso, para un científico tan importante como Steven Weinberg, premio Nobel de Física, “las leyes de la naturaleza son reales en el mismo sentido (cualquiera que éste sea) que las rocas en el suelo”.

Otro precepto de la filosofía posmodernista es la negación del concepto de verdad. Ustedes seguramente han escuchado algo como esto: No existe algo llamado verdad objetiva. Nosotros mismos hacemos nuestra propia verdad. No existe una realidad objetiva. Nosotros hacemos nuestra propia realidad. Somos incapaces de adquirir conocimiento de la verdadera naturaleza de la realidad. Pues bien, estas palabras no corresponden a la declaración explícita de algún filósofo de la posmodernidad, ellas hacen parte de la declaración de principios de ese oscuro movimiento seudo- religioso llamado New Age y que curiosamente está muy de acuerdo con las concepciones filosóficas de reconocidos pedagogos constructivistas como Evon Guba e Ivonne Lincoln para quienes “si no hay una realidad objetiva…entonces no hay leyes naturales, por lo tanto, las atribuciones de causa-efecto no son más que eso: imputaciones mentales”, lo que los lleva a concluir que la verdad “es simplemente la construcción más informada y sofisticada sobre la cual hay consenso entre los individuos más competentes…para formar tal construcción”. Para los epistemólogos constructivistas los científicos no descubren verdades, lo que los hombres de ciencia hacen es sólo construir modelos y conjeturas, con lo cual le niegan al ser humano la posibilidad de conocer el mundo. Si la verdad fuera una construcción de los individuos que más saben, entonces las tesis del diseño inteligente serían tan verdaderas como las desarrolladas por la moderna teoría de la evolución. Y digo esto porque desafortunadamente las tesis del diseño inteligente no han sido desarrolladas por ninguna cofradía religiosa, sino (y eso es lo grave) por científicos (los que más saben) que exhiben importantes títulos académicos y que pertenecen a prestigiosas Universidades: por ejemplo, Michael Behe quien es Ph.D. en bioquímica ha acuñado la pomposa expresión de la “complejidad irreductible” para darle alguna apariencia de respetabilidad al viejo y tosco creacionismo; William Dembski, que ostenta un Ph.D. en matemáticas y otro en filosofía, se vale de otra pomposa expresión, la “complejidad especificada”, para argumentar que el diseño inteligente “es simplemente los Logos del Evangelio de Lucas traducidos al lenguaje de la información”, mientras que Jonathan Wells, doctor en biología, sostiene que ganó sus títulos universitarios “para dedicar mi vida a destruir el darwinismo”. Pero el argumento del diseño inteligente fracasa no porque la comunidad científica lo declare por acuerdo mutuo falso, sino por la razón más básica de todas: porque está abrumadoramente rechazado por la evidencia empírica. Las tesis del creacionismo obedecen más a los intereses de una agenda ideológica que al de la búsqueda de la verdad.

La verdad es el reflejo de las cosas del mundo exterior en la conciencia del hombre, en los diversos conceptos que ha desarrollado la ciencia. La verdad no es la propia realidad, sino el contenido objetivo de los resultados de la actividad científica. Las teorías científicas, cuando son verdaderas, son una representación de los fenómenos que ocurren en la naturaleza independientemente de la conciencia. Es verdadero todo aquello que se corresponde con la realidad; la verdad se alcanza a través de la investigación en el mundo real. La verdad científica surge cuando los datos del experimento están en armonía con los hechos observados; además el desarrollo de la tecnología es consecuencia de la existencia de leyes naturales sólidamente reales y de teorías verdaderas y no nos permite caer en la metafísica idealista de creer que la objetividad de la naturaleza es sólo un sueño.

La verdad, como unidad dialéctica, tiene dos aspectos: el absoluto y el relativo. En un sentido amplio la verdad absoluta es el conocimiento amplio, exhaustivo, fiel, del mundo en su totalidad, conocimiento que se constituye en un ideal al que la humanidad tiende. La verdad absoluta se conforma de verdades relativas, así como una serie infinita está constituida por elementos finitos: todo lo que se sabe actualmente sobre la estructura y función de la molécula del ácido desoxirribonucleico (ADN) constituye una verdad absoluta, que se ha alcanzado por la acumulación de verdades relativas desde cuando Friedrich Miescher, en 1869, aisló una sustancia hasta ese entonces desconocida y a la que llamó nucleína. La teoría atómica de Demócrito tiene un aspecto de verdad absoluta: la materia es atómica.

Entonces la tarea de la ciencia, al contrario de lo que piensa el posmodernismo, es conducirnos cada vez más cerca de la verdad: si en el nuevo Gran Colisionador de Hadrones se descubre el bosón de Higgs predicho por el modelo estándar de las partículas atómicas, esto aumentaría el grado de veracidad de esa teoría. Si el bosón no existe, eso no significa que todo el modelo estándar sea falso. Vuelvo a citar a Steven Weiberg respecto de su defensa de la verdad: “Lo que nos impulsa hacia adelante en el trabajo científico es precisamente el aliciente de que hay verdades por descubrir allá fuera, verdades que una vez descubiertas formarán una parte perdurable del conocimiento humano”. El descubrimiento de la verdad también es fundamental en asuntos como los relacionados con las investigaciones judiciales: la verdad descubrirá al culpable. Por ejemplo, resulta risible si no fuera por lo trágico de la situación, la razón que dio el ex senador Mario Uribe, investigado por parapolítica, cuando para justificar el extraño incremento de su votación en un 500 por ciento, argumentó que ese hecho fue debido gracias a una cadena de oración.

Ahora, ¿cuál es el criterio para decidir sobre la veracidad o falsedad de una hipótesis científica? Una teoría científica es verdadera cuando el experimento verifica sus fundamentos teóricos y cuando a partir de ella se hacen predicciones de otros fenómenos o se logran alcanzar aplicaciones tecnológicas. Los protocolos experimentales se diseñan para comprobar si una teoría científica es falsa o verdadera, es decir, si se corresponde o no con los hechos del mundo real. Como lo apuntan los ya citados físicos Alan Sokal y Jean Bricmont “…el acuerdo entre teoría y experimento…sería un puro milagro si la ciencia no dijera algo verdadero –o, por lo menos, aproximadamente verdadero- sobre el mundo. Las confirmaciones experimentales de las teorías científicas más probadas, tomadas en su conjunto, dan fe de que realmente hemos adquirido un conocimiento objetivo, aunque sólo sea incompleto y aproximado de la naturaleza”. Si la teoría de la relatividad no fuera cierta no habría sido posible el desarrollo de los ya comunes aparatos GPS; algo semejante podría decirse de las leyes de la herencia y de las técnicas de mejoramiento genético de plantas y animales y de la ingeniería genética.

Como el posmodernismo niega la existencia de la verdad, entonces nunca se puede comprobar la veracidad de una teoría científica. Pero se puede escoger el criterio de falsabilidad para demarcar las teorías científicas de las que no lo son. Según Karl Popper: “Las teorías no son nunca verificables empíricamente…el criterio de demarcación que hemos de adoptar no es el de verificabilidad, sino el de falsabilidad…”. Para Popper nunca es posible probar que una teoría es verdadera, pero sí es posible demostrar que es falsa si se presenta una sola observación, digna de confianza, que la contradiga: si este criterio fuera aplicado de manera estricta entonces la anomalía observada en el movimiento de Mercurio habría falsado toda la mecánica de Newton, lo cual en realidad no sucedió; ¿alguno de ustedes se dedicaría a buscar en la geometría plana un triángulo rectángulo en el cual el cuadrado de la hipotenusa no fuera igual a la suma de los cuadrados de los catetos?; ¿podríamos plantear un experimento que falsara la teoría de la evolución?

La postura de Popper lo llevó a condenar al darwinismo al exilio del campo científico, pues suponía que esta teoría no era capaz de producir predicciones que se puedan falsar. En su momento señaló: “He llegado a la conclusión de que el darwinismo no es una teoría científica testable o contrastable, sino un programa metafísico de investigación un posible marco para teorías científicas contrastables”. Posteriormente el filósofo vienés se retractó, aunque no muy correctamente, de tan descabellada afirmación: para él la teoría darwiniana de la selección sexual debía ser considerada como una especie de falsación de la teoría original de Darwin sobre la selección natural. Lo que Popper no tuvo en cuenta es que la selección sexual no es una alternativa a la selección natural: la selección sexual es un caso particular de la selección natural. Su concepción de que las teorías científicas nunca podrán establecerse como indudablemente verdaderas fue lo que le impidió admitir que estaba equivocado y que el darwinismo no se parece al sicoanálisis.

Lo que realmente pretende Popper es atacar la concepción de que sí existen verdades científicas. Si las tesis popperianas fueran ciertas muchas teorías jamás habrían salido a la luz, perecerían falsadas en sus primeros pasos; además no habría forma de hacer aplicaciones tecnológicas a partir de teorías que carecen del criterio de verificabilidad. Negar la verdad científica conduce a esa forma sofisticada de oscurantismo como lo es el relativismo epistémico del constructivismo, que ha contribuido a la utilización de los sistemas educativos de América Latina para adecuar nuestras atrasadas sociedades al dominio del mercado mundial imperialista. He ahí el porqué no se debe permitir que las tesis del posmodernismo sean las que guíen el trabajo académico en esta y todas las universidades. He aquí porqué tenemos que defender en nuestras Universidades la permanencia de la ciencia y rechazar de manera contundente las nuevas formas de oscurantismo.

Una educación de calidad en ciencias naturales le debe permitir al alumno adquirir los conocimientos científicos necesarios que lo familiaricen con las teorías, conceptos y procesos de la ciencia; lo debe llevar a desarrollar la capacidad de observación cuidadosa de los fenómenos naturales, así como de la imaginación para experimentar y la habilidad para medir y registrar; el bagaje de conocimientos que vaya adquiriendo le permitirá reflexionar sobre la naturaleza del conocimiento científico, admirarse ante la belleza estructural y funcional del universo apoyándose en la certeza de la veracidad de las leyes naturales.

Una educación de carácter científico es básica para ayudar a sacar a Colombia del oprobioso atraso en que se encuentra, apuntando al fortalecimiento de la producción nacional en todos los niveles y sectores de la economía. Para alcanzar este ideal se hace necesario “construir una nación soberana e independiente, cuya sociedad sea capaz de solucionar las necesidades de todos sus ciudadanos proporcionándoles los bienes materiales e inmateriales necesarios para su subsistencia, la educación debe plantearse el reto de alcanzar los más altos niveles científicos y tecnológicos, y colocarse cada vez más a tono con el desarrollo mundial de las fuerzas productivas. Uno de los factores fundamentales para la pérdida de la independencia nacional y la prolongación de la dominación imperialista que padece actualmente el país, es el atraso científico y tecnológico cuya base se encuentra en el sistema educativo” (Álvaro Morales y José Fernando Ocampo).

En estos momentos de tanta confusión ideológica, donde la triquiñuela, la picardía, la mentira descarada y el facilismo intelectual son prácticas que han adquirido estatura moral, se hace necesario tener claridad filosófica en los asuntos de la ciencia si deseamos, junto con la claridad política, forjar una sociedad más justa, que supere las inequidades e iniquidades que son el pan de cada día de la actual en que nos ha tocado vivir. Por eso invito a todos estos jóvenes estudiantes a no seguir el ejemplo de San Agustín, quien al alejarse de las espinas de la curiosidad y del deseo de desentrañar los secretos de la naturaleza, terminó por dejar de soñar con las estrellas. Ustedes deben hacer todo lo contrario.

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