Los ciudadanos “de bien”-como suelen decir los panegiristas de las buenas costumbres-, estamos escandalizados por la confirmación de una serie de hechos delictivos cometidos desde las altas esferas de poder, según fallo disciplinario del Procurador General de la Nación. Este fallo que sanciona a la cúpula del DAS, durante los 8 años de gobierno del expresidente Álvaro Uribe Vélez, así como a su Secretario General Bernardo Moreno con destitución e inhabilidad para ejercer cargos públicos, es la comprobación de que la cultura mafiosa había asaltado las altas esferas del Estado.
La manera de proceder contra los opositores al régimen uribista, y a la pretensión de perpetuarse en el poder que tenía el gobierno de marras, por su forma, por sus objetivos, por la catadura de sus integrantes, devela la existencia de una camarilla delincuencial que no se paró en mientes para lograr sus propósitos. Porque las “chuzadas del DAS”, como se denomina el episodio, desenmascara el comportamiento “traqueto” heredado de los capos del narcotráfico en Colombia; una cultura que penetró todas las esferas del poder estatal.
El soborno, la amenaza, la diatriba, la desinformación, la sindicación, los montajes, y hasta el atentado personal y el asesinato, se convirtieron en pan de cada día. El “todo vale” que defendía el mismísimo Presidente de la República cuando llamaba, por ejemplo a los congresistas vinculados judicialmente al proceso de la parapolítica, a que votaran las propuestas del gobierno antes de irse para la cárcel, es una pequeña muestra de lo que se ha venido conociendo con las investigaciones de la Fiscalía, y los procesos disciplinarios de la Procuraduría en el caso de las “chuzadas”.
El conjunto de pruebas que se han venido recopilando, entre otras cosas, por la colaboración con la justicia de muchos de los implicados, es de verdad aterrador. Muestra en su verdadera dimensión el grado extremo de descomposición al que han llegado muchos de los personajes detentadores del poder. Y no solo político sino económico, militar, de medios de comunicación, etc., partícipes directos o conniventes con ese tipo de actuaciones.
Quisiéramos creer que, con esta especie de catarsis que está empezando a realizar el país, el peligro para las libertades y la democracia colombiana, se esté superando. Que ese tipo de personajes siniestros que han encarnado tal comportamiento delictual, estén siendo extirpados del cuerpo social. Pero mucho nos tememos que la infiltración alcanzada en el gobierno y en sectores económicos, políticos, militares y hasta religiosos, exijan un esfuerzo firme, continuado y masivo de la sociedad toda, para desenmascararlos y desterrarlos para siempre. So pena de que seamos condenados a otros “cien años de soledad”.