Cuando se tiene la oportunidad de escribir una columna periodística con relativa frecuencia hay momentos en que al redactor se le presentan dos disyuntivas: la más difícil tiene que ver con la ausencia temática cuando no encuentra una cuestión diferente a las ya escritas o una forma distinta de tratarlas, y la otra, menos traumática, se genera cuando varios asuntos rondan por su cabeza y cuesta decidir cual, por la oportunidad e interés del público, se debe abordar. Varios temas centran la atención mundial y nacional en estos días: uno de ellos tiene que ver con que el planeta vuelve a recordar el atentado del 11 de septiembre a las torres gemelas y otros lugares de Estados Unidos, cuando comandos suicidas de Al Qaeda deciden perpetrarlos y logran su cometido; las consecuencias de estos hechos lamentables, incluyen el prejuicio contra toda la cultura musulmana a la que se relaciona con terror y atraso. Quienes promueven, con torvos intereses, esta visión, echan tierra sobre la enorme contribución de esta cultura en asuntos como el alfabeto, los números arábigos y el algebra, por mencionar solo algunos temas en que se han destacado y que le abrieron espacio a la civilización que hoy conocemos.
El estereotipo generalizado le facilitó a los Estados Unidos la invasión a Irak a la que se acusó de fabricar armas de destrucción masiva que nunca se encontraron, pero que fue pretexto suficiente para adelantar la invasión y permanecer por más de siete años sin que el grueso de la comunidad mundial rechazara la abusiva invasión. Los medios de comunicación convirtieron a Hussein en un enemigo de la humanidad, a pesar de que no se le conocen crímenes más allá de los que presumiblemente cometió al interior de sus fronteras y estos mismos medios han convertido la destrucción de la cultura mesopotámica, la muerte de miles de iraquíes en actos de valor y de contribución a la preservación de la “libertad del mundo civilizado”.
Una estrategia similar pretende realizar el gobierno de Colombia alrededor de varios proyectos de ley y reformas que, a través del Congreso y por fuera de él, tramita Santos como el de convertir a las victimas en victimarios y objetos procesales, cuando amenaza a quienes se han visto obligados por la negligencia del Estado a pagar vacunas o rescates de llevarlos a la cárcel como cómplices de sus verdugos, o cuando insiste, contra la decisión y concepto de la Corte Constitucional, en darle vía libre a los decretos de emergencia social que trasladan sobre los hombros de los sectores de menores ingresos la carga financiera que garantiza inmensas utilidades a las EPS´s y un precario servicio de salud a los afiliados… Y qué decir de su intención de dar trato similar a las conductas delictivas de los menores, como si se tratara de adultos, sin plantearse primero, cómo ofrecer oportunidades a millones de jóvenes envueltos en el arroyo de la pobreza de sus familias.
Quienes continúan haciendo elogios sin límite a la gestión del gobierno anterior y loas a las ejecutorias actuales, sin que medie un análisis serio sobre los supuestos logros alcanzados, terminarán siendo víctimas de alguna de las modalidades delictivas que realizan a lo largo y ancho de la geografía nacional las bandas de delincuentes, las guerrillas y los paras, en medio de una oleada verde oliva, que consume buena parte del presupuesto nacional y que circula por las principales ciudades del país. El fanatismo a la hora de evaluar las conductas de un gobernante, podrá evitar que se sucumba momentáneamente en las turbias aguas de la impopularidad, pero no logrará impedir que el juicio de la historia termine comprendiendo si sus actuaciones son atroces o no y además, objeto de la censura global.